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Una visión futurista de almacenes automatizados de la tira cómica «Closer Than We Think» de Arthur Radebaugh,.

La utopía de las máquinas

Traducción: Valentín Huarte

Bajo el capitalismo, la automatización destruye empleos. En una sociedad socialista, podría liberarnos del trabajo y brindarnos un tiempo de ocio nunca antes conocido.

A comienzos del S. XIX, el artista francés Jean-Marc Côté y algunos colaboradores produjeron una colección de imágenes que intentaban representar el año 2000 tal como se lo imaginaban. Dadas las dificultades financieras, las series En L’An 2000 nunca se distribuyeron y salieron a la luz recién en los años 1980 gracias a una publicación del escritor de ciencia ficción Isaac Asimov. A pesar de que no se trata exactamente de una utopía (el futuro, imaginado por Côté y sus colaboradores, parece incluir la guerra) un tema que se repite es el potencial emancipatorio de la tecnología, que haría más eficiente y conveniente la vida cotidiana y liberaría a las personas de la necesidad de realizar tareas difíciles y tediosas.

En «Electric Scrubbing», un robot barre y le saca brillo al piso mientras una criada lo observa. En «The New Barber», los clientes se sientan en una posición relajada mientras una máquina trabaja sobre sus cabezas y el peluquero maneja todo el salón desde una terminal. En «A Very Busy Farmer», un granjero maneja sin mucho esfuerzo la agricultura a gran escala desde la comodidad de la galería de su casa. Muchas otras imágenes muestran gente disfrutando de distintas formas de su tiempo de ocio y dejan en claro que es la presencia de las maravillas tecnológicas y la automatización la que permite que exista este tiempo de descanso.

Durante las décadas siguientes, se conservó en gran medida esta imagen popular del futuro: máquinas que se vuelven capaces de las cosas más extraordinarias, y que reducen también el trabajo humano e incrementan el tiempo de ocio. Durante los años 1950, Arthur Radebaugh, caricaturista de Detroit, cautivó a millones de lectores con su columna titulada «Más cerca de lo que pensamos», en la que no solo presentaba imágenes de la humanidad en el espacio, sino también de depósitos y granjas operados a través de procesos automáticos. «Buena parte de la granja del viejo McDonald puede manejarse mediante botones de control remoto», se lee en una de las tiras más famosas de Radebaugh. «Desde una torre se supervisará a una multitud de robots y tractores operados mediante comandos electrónicos».

Como suele suceder con el pensamiento futurista –salvando el caso de algunas mentes muy creativas– las imágenes sorprendentes que nos brindan los artistas como Côté y Radenbaugh no dicen mucho sobre economía política. Su conjetura implícita, que en algún momento pareció bastante razonable, era que la tecnología volvería prácticamente obsoletos muchos de los grandes problemas tradicionalmente asociados a la política y a la economía. Con el privilegio del que gozamos al mirar las cosas en retrospectiva, podemos señalar lo que está errado en este tipo de utopías tecnológicas. Tal como predijeron muchos artistas futuristas, el ritmo del progreso tecnológico a lo largo del siglo XX fue efectivamente extraordinario. Las máquinas, de hecho, se volvieron capaces de realizar muchas de las funciones que aquellos artistas imaginaron y todo tipo de actividades cotidianas: desde las comunicaciones hasta la industria, pasando por el trabajo doméstico, todo se volvió más fácil y eficiente.

Sin embargo, no hace falta decir que la prometida sociedad del ocio nunca llegó: la vida del S. XXI recompensa con el ocio solo a algunas personas exorbitantemente ricas. Aun en las sociedades más desarrolladas, la vida de millones de personas está definida todavía por la precariedad económica y por empleos poco satisfactorios y agotadores que consumen casi todas las horas del día y apenas bastan para ganar el dinero suficiente para sobrevivir. A pesar de que es difícil afirmar que la tecnología es la única culpable, una de las causas de esto es que la automatización –tal como predijeron los futuristas– volvió obsoletos a innumerables trabajos. Cuando una tarea o un proceso pueden ser fácilmente automatizados, lo más probable es que ningún modelo económico mínimamente eficiente considere preferible que los realice un ser humano.

El problema en una sociedad capitalista, en la cual la mayoría de las personas viven de su salario, es que estas necesitan un empleo para sobrevivir. Con este objetivo, se crean todo tipo de trabajos que simplemente no existirían en un mundo en el cual la propiedad y la distribución del poder y de los recursos se repartieran de manera más equitativa. Un buen ejemplo es el call center en el cual alguien gana menos de ocho dólares por hora para molestar a la gente con el objetivo de que contraten una tarjeta de crédito. Al menos en el corto plazo, algo parecido al trabajo garantizado –que formaba parte de la propuesta de Green New Deal de Bernie Sanders– serviría para redistribuir una buena parte de esa fuerza de trabajo y brindarles empleos mejor remunerados y más valiosos en términos sociales a millones de personas.

Dejando de lado la cuestión de los trabajos basura y el progreso de la automatización, es difícil imaginar una sociedad en la que no se realicen al menos algunos trabajos tediosos e infructuosos. Por ejemplo, los dispositivos como las máquinas de autopago pueden dejar sin trabajo a muchos empleados de comercio, pero probablemente nunca reemplazarán completamente la necesidad de supervisión humana de las ventas y del consumo. Sea como sea, en el futuro cercano el verdadero problema es el empleo: la gente que alguna vez se ganó la vida trabajando en un pequeño comercio o en la caja de una farmacia se verá privada de sus ingresos y tendrá que buscar trabajo en otra parte. A esto hay que agregar que lo más probable es que este trabajo se desarrolle en condiciones de explotación, que sea tedioso y mal remunerado.

Lo cual nos lleva de vuelta a las maravillosas imágenes creadas por artistas como Jean-Marc Côté y Arthur Radebaugh, de cuyas antiguas visiones del S. XXI la realidad parece prácticamente haber calcado las máquinas de autopago. Desde la perspectiva de estos futuristas, la tecnología eliminaría cualquier trabajo aburrido y penoso, lo cual facilitaría la vida de los seres humanos y liberaría tiempo de trabajo en el mismo movimiento. En la actualidad, las máquinas de autopago representan la paradoja de la tecnología y de la automatización bajo el capitalismo: las mismas herramientas que podrían hacer la vida más simple y gratificante atentan contra los medios de subsistencia y, en muchos casos, terminan incrementando el poder de los patrones a la hora de supervisar y reforzar la disciplina en función de su interés de incrementar las ganancias.

Por supuesto, no es necesario que esto sea así. Un modelo económico mejor estructurado alrededor de la satisfacción de las necesidades sociales garantizaría como derechos muchas de las cosas que en general son consideradas en la actualidad como mercancías, si no directamente como lujos: desde la vivienda hasta la salud, pasando por el tiempo de ocio y la educación universitaria. Si la enorme riqueza colectiva de nuestra civilización se distribuyera de forma más equitativa, muchos trabajadores que sufren el aburrimiento incapacitante y el hastío de las oficinas y de los depósitos tendrían más libertad para disfrutar de la vida sin la amenaza constante del fracaso económico y la desesperanza.

Bajo el capitalismo, la tecnología y la automatización destruyen empleos. En una sociedad socialista, podrían volver realidad la visión futurista y brindarnos un tiempo de ocio nunca antes conocido.

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