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El astronauta Ed Gibson en la misión espacial Skylab 4. (NASA)

Houston, tenemos una huelga

Traducción: Valentín Huarte

Durante mucho tiempo corrió el rumor de que en 1973 hubo una huelga en el espacio exterior. Los astronautas dicen que no fue tan así, pero el relato verdadero no deja de testimoniar la capacidad que tienen las huelgas —o incluso las amenazas de huelga— para modificar el balance de fuerzas en los lugares de trabajo.

Durante décadas, circuló el rumor de que hubo una huelga en el espacio. Se dice que en 1973, tres astronautas de la misión Skylab 4 pararon un día para protestar contra la gestión del centro de control en la Tierra y que su acción tuvo como resultado mejorar las condiciones de trabajo. Es una gran historia.

Aunque de acuerdo con Ed Gibson, miembro de la tripulación del Skylab 4, eso no es exactamente lo que sucedió, su versión de los hechos —por más diferente que sea del divertido relato de una «huelga espacial»— sigue siendo un cuento sobre el trabajo excesivo, la microgestión y la desobediencia, que termina con una mesa de negociación. El recuerdo de Gibson confirma así que hasta el mínimo gesto de acción colectiva es capaz de modificar la relación de fuerzas a favor de los trabajadores.

A comienzos de año, la BBC transmitió una entrevista con Gibson —el último sobreviviente de la tripulación del Skylab 4— conducida por Lucy Burns, productora y presentadora de Witness History. «Durante estos cuarenta y siete años, solo un periodista se contactó con nosotros», le dijo Gibson a Burns. Entonces, se preparó para corregir el relato.

Gibson sostuvo que la tripulación no tenía la intención de hacer una huelga. Pero lo que hicieron tuvo un efecto similar en el sentido de que mejoró la situación de los astronautas en el marco de una dinámica de trabajo (extraterrestre) bastante desfavorable.

Demasiado trabajo en el espacio exterior

En noviembre de 1973, Ed Gibson, Gerald Carr y William Pogue partieron desde la Tierra hacia Skylab, una estación espacial de la NASA. Hubo mucha presión desde el inicio: era el último viaje antes de dejar a la estación fuera de servicio y la NASA tenía reservado mucho trabajo para estos astronautas. Además, la tripulación anterior que había viajado a Skylab había sido muy eficiente, con lo cual la vara que medía el desempeño de los nuevos era muy alta.

Los problemas comenzaron casi inmediatamente, cuando Pogue sintió náuseas durante el lanzamiento. La tripulación tenía la esperanza de que las náuseas de su compañero fueran temporarias —en el caso contrario, serían un obstáculo considerable para la misión— y decidieron no informar nada al centro de control. Pero el centro de control estaba escuchando sus conversaciones y «nos reprendió por no haber dicho inmediatamente la verdad», recuerda Gibson.

Por lo tanto, la relación entre la gestión de la misión y los trabajadores tuvo un mal comienzo y, desde entonces, la tensión no hizo más que crecer. La NASA había encomendado a la tripulación la realización de un gran número de experimentos para estudiar la Tierra, el sol, sus propios cuerpos y misceláneas tales como la forma en que las arañas tejen sus redes en el espacio. Pogue todavía no terminaba de recuperarse cuando se hizo evidente que la carga de trabajo era demasiado pesada.

«El resultado», le dijo Gibson a la BBC, «fue que empezamos a retrasarnos respecto a los objetivos del centro de control. Entonces, decidieron ayudarnos dándonos cada mañana una serie de instrucciones detalladas. Nos llegaban a través de un teletipo. Una mañana el teletipo había impreso como veinte metros de mensajes que debíamos recortar, dividir y entender antes de empezar a trabajar. Las instrucciones eran abrumadoras, planificaban cada segundo del día y no facilitaban en absoluto nuestras tareas».

La tripulación empezó a cometer errores, lo que terminó frustrándolos a todos. Para empeorar las cosas, los medios informaban la situación en tiempo real. Una nota de 1973, titulada «El ritmo frenético de trabajo provoca malestar en un astronauta», señalaba que Pogue había cometido muchos errores. Citaba a Pogue diciéndoles a los científicos del centro de control que con una agenda de trabajo tan aphttps://www.newspapers.com/clip/22205712/hectic-pace-upsets-skylab-astronautretada, «Es inevitable que alguien meta la pata, y no me gustaría que después me echaran la culpa».

«Si nos presionan para ir de un lado al otro de la nave sin darnos tiempo para prepararnos mentalmente, ni mucho menos para revisar las condiciones de los experimentos», le dijo supuestamente Pogue al centro de control, «no hay forma de que podamos hacer un trabajo profesional».

Luego, Pogue habría subido el tono: «No me gusta estar en la posición de tomar prestadas unas herramientas carísimas y golpearlas salvajemente como un cavernícola».

Huelga por falta de comunicación

En su conversación con la BBC, Gibson contó la experiencia de la tripulación con la microgestión en términos que resultan familiares para muchos trabajadores confinados a la Tierra.

«No sé si alguna vez ustedes tuvieron que hacer algo bajo condiciones de microgestión», dijo. «Una hora ya es bastante espantosa, pero intenten hacerlo veinticuatro horas al día. Sucede simplemente que no funcionamos de esa forma. No hacemos las cosas como debemos hacerlas si no somos capaces de usar nuestro propio juicio».

«Si a uno se le pasaba algo», recordaba Gerald Carr antes de morir, «si cometía un error y debía volver atrás y empezar de nuevo, o si tardaba demasiado en una tarea, terminaba corriendo contra el reloj y cometiendo más errores, embarrando todavía más el experimento y en general solo agrandaba el pozo en el que se hundía».

Sin tiempo ni para afeitarse, a los miembros de la tripulación del Skylab 4 les creció la barba. Como contaba Carr, empezaron a sentirse muy malhumorados. La situación era insostenible y algo debía cambiar.

A fines de diciembre, la tripulación consiguió permiso para tomarse un día libre. Estaba estipulado en sus contratos, pero el equipo lo solicitó en un momento en que los ánimos estaban bastante decaídos. Los astronautas tuvieron que supervisar algunos experimentos, pero, en gran medida, «Nos tomamos el día para hacer todo lo que queríamos hacer», contó Carr en una entrevista del año 2000, realizada por un historiador de la Fuerza Aérea.

«Nos bañamos. Bill y yo leímos un poco y miramos por la ventana, contemplamos la Tierra, sacamos algunas fotos y cosas por el estilo», recordó Carr. En fin, «Tuvimos un buen día».

Pero «Una de las cosas que hicimos mal fue descuidar nuestras radios», agregó Carr, «y nos olvidamos de configurar una de nuestras comunicaciones».

Cada mañana, la tripulación realizaba una llamada de treinta minutos con el centro de control. Como siempre les faltaba tiempo para cumplir sus tareas, Gibson contó que se avivaron y decidieron «poner solo a un astronauta a escuchar las órdenes del centro de control, luego, este se las transmitía al resto del equipo».

«La cuestión es que funcionó bastante bien», le dijo Gibson a la BBC, «salvo que un día estábamos tan fatigados que perdimos la señal y nadie escuchó al centro de control». La tripulación perdió comunicación con la base durante el tiempo de una órbita completa alrededor de la Tierra.

Aparentemente, el centro de control pensó que era a propósito. «En la base lo interpretaron como una huelga», dijo Gibson, y «la palabra “huelga” salió a la velocidad de la luz de la sala de control hasta llegar a los medios». Desde entonces existe el rumor de la huelga espacial.

Dar vuelta el partido

El silencio de los astronautas no había sido intencional, y no se habían tomado el día sin permiso, como sugirieron algunas fuentes. Pero la simple creencia de que estaban en huelga —y la repentina conciencia de que eran capaces de hacer algo así— parece haber impulsado un cambio en la dinámica entre la tripulación del Skylab 4 y el centro del control.

Unos días después, los directores del proyecto convocaron a una «reunión de emergencia». La tripulación manifestó su descontento frente al estilo de gestión opresivo de la NASA. Pidieron que se les entregara una lista de tareas en vez de una agenda minuto a minuto, y que se confiara en que serían capaces de utilizar su propio juicio al decidir la mejor forma de realizarlas.

Al final de esta charla, el centro de control estuvo de acuerdo en que los astronautas organizaran sus propias agendas. En consecuencia, el desempeño de la tripulación mejoró notablemente. Cuando regresaron a la Tierra, se comprobó que su nivel de eficiencia había sido superior al de la tripulación estrella que viajó antes que ellos.

Además de trabajar en un entorno menos estresante y de manera más efectiva, la tripulación del Skylab 4 también tuvo más tiempo para disfrutar del espacio, lo que incluía darle rienda suelta al asombro que generaba la increíble vista de la Tierra. «Uno llega a conocer la Tierra como la palma de su mano», le dijo Gibson a la BBC, «y es hermoso».

Gibson cree que la NASA aprendió mucho de estos acontecimientos. «Nuestra misión demostró que la microgestión no funciona más que en los casos en que el despegue o el reingreso hacen que sea necesaria», le dijo a la BBC. «Afortunadamente, esta lección definió los viajes espaciales y la conducta de las tripulaciones que vinieron después».

Y las lecciones de Skylab 4 no conciernen exclusivamente al sector espacial. La historia de esta «huelga» accidental en el espacio nos muestra hasta qué punto todos los trabajadores que están sometidos a ritmos de trabajo excesivos y trabajan en función de metas imposibles, tienen el poder de dar vuelta el partido.

Ninguna operación que dependa de la actividad humana puede continuar sin la conformidad de los que realizan esa actividad. Ese es el motivo por el que el mito de que la tripulación del Skylab 4 había hecho una huelga parece haber ayudado a precipitar discusiones en las que los astronautas lograron conquistar mejores acuerdos.

Las huelgas funcionan, y también funcionan las amenazas de huelga, sean intencionales o accidentales, en la Tierra o en el espacio. Algunas veces los patrones solo necesitan un pequeño recordatorio de que, como dice una vieja canción sindical estadounidense, «sin nuestro cerebro y nuestro músculo ni una sola rueda puede girar».

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