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El filósofo y crítico cultural Slavoj Zizek. (Sahan Nuhoglu / Pacific Press / LightRocket vía Getty Images).

En defensa de Slavoj Žižek

Slavoj Zizek ha cometido algunos errores graves en los últimos años, pero sigue siendo un teórico importante para la izquierda en nuestra era posmoderna y neoliberal.

Slavoj Zizek es uno de los pensadores de izquierda más controvertidos del mundo actual. Para los fans, es una figura digna de elogios y de revistas académicas enteras dedicadas a estudiar su pensamiento; para los detractores, es un charlatán y un payaso, un emblema caricaturesco que representa todo lo que está mal en la filosofía continental superficialmente radical y desfasada.

Estas críticas tienen a veces algo de verdad. Zizek ha tomado algunas posiciones realmente malas en los últimos años, siendo una de las peores su “apoyo” cripto-aceleracionista a Donald Trump frente a Hillary Clinton. Desde entonces Zizek ha intentado explicarse, pero nunca se ha apartado de su postura básica: que la victoria de Trump ayudaría a crear una “izquierda más auténtica”. Era un mal argumento que ignoraba la historia real de los movimientos de extrema derecha, que –lejos de acelerar el surgimiento de una izquierda auténtica– con frecuencia han engendrado más reacción. Los argumentos de Zizek también ignoraban el increíble daño que Trump era capaz de hacer (y que finalmente causó)

Los comentarios de Zizek de 2015 sobre los refugiados también merecen críticas. Aunque criticó con razón a los estados occidentales y al capital global por generar muchas de las condiciones que hacen que la gente huya de sus países de origen, su visión de los refugiados de África y Oriente Medio –como radicalmente diferentes, casi incompatibles– respecto a la sociedad europea corre el riesgo de reforzar el racismo de extrema derecha. Zizek puede afirmar que apoya la solidaridad con los refugiados a pesar de esto, pero estas observaciones siguen siendo preocupantes.

Pero a pesar de estos graves errores, Žižek sigue siendo un teórico importante para la izquierda por dos razones. En primer lugar, su reinterpretación del materialismo dialéctico ha resucitado la filosofía de la izquierda frente a los ataques intelectuales. En segundo lugar, ha escrito estudios creativos y perspicaces sobre la ideología en nuestra era posmoderna y neoliberal. En conjunto, estas contribuciones constituyen un legado formidable que garantiza que Zizek, sean cuales sean sus defectos, seguirá siendo una piedra de toque durante mucho tiempo.

¿Alguién dijo materialismo dialéctico?

Podría decirse que el logro más significativo de Zizek es su replanteamiento del materialismo dialéctico. Antes de profundizar en él, conviene explicar qué es el materialismo dialéctico. El “dia-” en “dialéctico” viene del griego antiguo y significa “aparte” o “a través”. El “lectical” deriva de la palabra griega “logos”, un término demasiado enigmático para explicarlo aquí, pero al que nos referiremos como “diálogo” o “discusión”.

Para los filósofos de la antigüedad, como Sócrates o Platón, la dialéctica era la exposición de argumentos por parte de interlocutores opuestos con el objetivo de alcanzar la verdad. Sin embargo, en los siglos XVIII y XIX –en un momento decisivo para la filosofía europea– su significado se transformó. La “dialéctica” ya no se utilizaba para describir la práctica de la discusión racional. En su lugar, los pensadores alemanes G.W.F. Hegel y Karl Marx lo aplicaron para caracterizar todo el avance de la sociedad y su vida intelectual, que según ellos progresa mediante la negociación de sus contradicciones internas.

Según Hegel, el impulso de la historia se produce a través de la manifestación de los conceptos en el ámbito de la práctica. El hecho de que la Reforma Protestante no se haya producido en Francia, por ejemplo, condujo a un momento de ajuste de cuentas con las autoridades feudales en el que prevalecía la “violencia absoluta”; en el que la ausencia de individualismo social significaba que la guillotina de los enemigos podía ser tratada “sin más importancia que cortar una cabeza de repollo”.

Aunque estaba en deuda con Hegel, Marx pensaba que utilizaba conceptos abstractos con demasiada libertad. Intentó situar la dialéctica sobre una base materialista analizando la economía política. Su famosa tesis apenas merece ser repetida: que el capitalismo, debido a su propensión a sustituir a los trabajadores por máquinas y a privarles del producto completo de su trabajo, acaba por privarse de la demanda de los consumidores que necesita para sobrevivir (lo que conduce, por supuesto, al comunismo).

La adaptación de la dialéctica por parte de Marx, por tanto, fue siempre un esfuerzo explícitamente materialista. Pero mientras que el uso de la dialéctica para explicar el impulso económico de la historia se convirtió en una norma entre los marxistas, su aplicación a la naturaleza siguió siendo controvertida. Entre 1872 y 1882, Friedrich Engels escribió –con la bendición de Marx– varios manuscritos en los que intentaba esquematizar los fenómenos naturales, desde la biología hasta la fricción de las mareas, utilizando la dialéctica. El carácter excesivamente determinista –¿es realmente el agua hirviendo un ejemplo de dialéctica?– hizo que los escritos sobre la naturaleza de Engels fueran despreciados por gran parte de los marxistas de Occidente a partir de los años 20.

La recepción fue mucho más cálida entre los apparatchiks de la Unión Soviética. En 1938, Stalin llegó a codificar el “DiaMat” (materialismo dialéctico) engelsiano como filosofía oficial de la URSS. Dado el tratamiento que Stalin dio a las ciencias naturales durante su violento reinado (más notoriamente en el caso Lysenko), esto no mejoró la reputación intelectual de la dialéctica.

Para Zizek, la vulgaridad del materialismo dialéctico, combinada con la vulgaridad de su aplicación política, lo convierte en “posiblemente el sistema filosófico más estúpido del siglo XX”. Entonces, ¿por qué insiste en identificarse con la etiqueta? Zizek argumenta que sin una visión de la naturaleza que oponer al capitalismo, la izquierda marxista se encontrará incapaz de hablar con decisión: será, como bromea de la filósofa post-estructuralista Judith Butler, incapaz de señalar un vaso de agua en la mesa sin rodearlo en una serie de advertencias retóricas.

Al mismo tiempo, la versión de Zizek del materialismo dialéctico –que él llama, como si fuera una secuela de Rocky, “Materialismo Dialéctico 2″– es bastante diferente de su precursor más acotado. El error del “materialismo dialéctico 1” es que su intento de subordinar la realidad a las leyes objetivas ignora las grandes convulsiones intelectuales de la modernidad: a saber, el descubrimiento de la filosofía (Kant a través de Descartes) de que la estructura de nuestro pensamiento condiciona nuestra comprensión del mundo exterior, y el descubrimiento del psicoanálisis (Lacan a través de Freud) de que el deseo se constituye a sí mismo en oposición a una carencia que nunca puede llenarse adecuadamente.  

El gesto característico de Zizek no es concebir estos mandatos de forma negativa –como prueba de las limitaciones de la razón humana, o de la sexualidad como lugar de imposibilidad– sino de forma positiva. Si los humanos se definen por una tensión irresoluble entre la razón y su falibilidad, entre el deseo y su falta, esto demuestra que son parte de la naturaleza. Porque si algo nos ha demostrado la ciencia contemporánea es que la naturaleza está plagada de incoherencias, contingencias y tensiones. En otras palabras, es constitutivamente incompleta. 

Para ilustrar este punto, Zizek a menudo menciona la física cuántica. Antes de la física cuántica, nuestra comprensión newtoniana del mundo natural era como un artefacto material que funcionaba mecánicamente. La ruptura de esta imagen, dice Zizek, fue como el descubrimiento de un fallo en un videojuego por parte de un jugador. Cuando un jugador encuentra un glitch –cuando, por ejemplo, pasa más allá de una puerta que se ha puesto en el juego con fines decorativos– suele encontrarse inmerso en un caos de líneas de código; en un espacio liminal en el que las reglas aparentes del juego no se sostienen. Pero estos espacios siguen formando parte del juego.

Según Zizek, lo mismo puede decirse de la física cuántica: la conjunción sombría de ondas y partículas demuestra el carácter anárquico de la naturaleza. La primera iteración del materialismo dialéctico pasa por alto que la realidad no sea holística y armoniosa, sino que se defina por la desunión y la negativa a someterse a leyes férreas.

Dado el énfasis de Zizek en el fracaso y la incompletud como características inherentes del universo, es comprensible que su propio sistema tampoco sea perfecto. Se podría cuestionar la utilidad de basar la concepción de la naturaleza en la contingencia. ¿No se corre el riesgo de promover un punto de vista en el que cualquier cosa desconocida puede ser vista como una prueba de su “incompletud”?

Sin embargo, la gran fuerza del materialismo dialéctico de Zizek es que incorpora las críticas a las versiones anteriores. Muchos postmodernos han atacado al materialismo dialéctico ortodoxo por ser demasiado rígido y determinista, por asumir la conocibilidad de la realidad. 

Zizek no rechaza directamente estos puntos de vista, sino que los incorpora a su sistema. Se suele decir que la dialéctica progresa en un vals de tres pasos, de la tesis a la antítesis y a la síntesis. Con “Materialismo Dialéctico 2”, Zizek logra una hazaña dialéctica por excelencia: la síntesis de su oposición en algo nuevo.

La sublime resurrección de la ideología

Si el “Materialismo Dialéctico 2” de Zizek intenta renovar el pensamiento marxista desechando una idea ingenua de la realidad objetiva, lo mismo puede decirse de su teoría de la ideología. A finales de los años ochenta y noventa, cuando Zizek se dio a conocer, los estudios sobre la ideología estaban totalmente pasados de moda. Los críticos post-estructuralistas y “post-marxistas” habían lanzado una serie de ataques contra el relato clásico dado por luminarias desde Marx y Engels hasta Althusser.

Generaciones de foucaultianos afirmaban que, en contra de sus cualidades aparentemente radicales, la teoría de la ideología era demasiado simplista: replicaba la vieja distinción apariencia/realidad de la filosofía liberal de la Ilustración, sólo que a un nivel superior de sofisticación. Y lo que es peor, era elitista al sugerir que sólo un cuadro privilegiado de intelectuales podía dejar de lado las ilusiones de la ideología y acercarse a la verdad.  

Partiendo de esta base, los críticos más politizados afirmaron que la lógica binaria en la que se basaba la teoría de la ideología generaba una noción simplista del poder: la ideología era tratada como una mera parte de una superestructura epifenoménica que justificaba y ofuscaba la base material real de la explotación de clase. Según estos críticos, era crucial reconocer cómo las ideas nos moldeaban para convertirnos en los sujetos empresariales y neoliberales que participaban y creaban un mundo dominado por el capital.

El argumento de Zizek reconoce muchas de estas críticas a la vez que muestra por qué la ideología sigue siendo una categoría teórica vital para la izquierda. Su innovación es mostrar que la ideología se entiende mejor no en términos de una ilusión que oculta la realidad, sino como una disposición psicológica y un conjunto de comportamientos. Esto es especialmente importante de entender en una sociedad posmoderna, en la que el distanciamiento irónico y la metaconsciencia de nuestra propia manipulación se han convertido en tropos culturales familiares.

Con frecuencia, este tipo de disociaciones se perciben como gestos críticos: al subrayar mi conciencia de la ideología y el poder, se puede conjurar la hechiza. Zizek insiste en que esto no tiene sentido. Tomar una mínima distancia de la ideología facilita, de hecho, nuestra reconciliación con ella.

Hay venerables precedentes de esta disociación y retracción ideológica. La práctica católica de la confesión permite a la gente un espacio seguro para dar rienda suelta a su naturaleza pecaminosa, al tiempo que reduce el poder de la Iglesia al exigir a los fieles que absuelvan performativamente estos actos. Es común suponer que hemos dejado atrás esas prácticas anticuadas. Pero Zizek argumenta que somos más propensos que nunca a adoptar costumbres que nos permiten burlarnos de la ideología mientras nos sometemos a sus imperativos.

El fenómeno del fetichismo de la mercancía es un buen ejemplo. Antes decíamos que el problema es que la gente ve las mercancías, como los coches caros, los bolsos de Gucci y el café de Starbucks, como objetos talismán. El objetivo del análisis ideológico es, por tanto, hacer que la gente sea consciente de que todos ellos son simples objetos materiales, producidos típicamente en condiciones de explotación.

Pero, como señala Zizek, esto ya lo sabemos todos hoy en día. Una de las razones por las que las empresas proclaman su compromiso (superficial) con la justicia racial es porque los consumidores repiten como loros una retórica aparentemente crítica sobre la industria de la moda (que depende de estándares de belleza irreales, que la ropa no hace al hombre, etc). Y cuando se les presiona para que defiendan su apego a los productos de consumo, señalarán que Gucci apoya a la comunidad LGBTQ, que Starbucks se comprometió recientemente a contratar más mujeres ejecutivas, o incluso afirmarán que sólo estamos consumiendo “irónicamente”.

La combinación de expresar la conciencia de nuestro consumismo, con la evasión simbólica que proporcionan las apelaciones a la inclusión cosmética o a la disociación irónica, cumple la misma función que la confesión tiene para la iglesia católica. Nos da un espacio seguro para tomar una mínima distancia de la ideología, al tiempo que nos asegura que estamos tan en deuda con ella como siempre. En otras palabras, el sujeto ideológico adecuado no es el que no sabe lo que pasa, sino el que dice “lo sé, pero…”. 

Lo mismo ocurre con las ideologías políticas. Uno de los rasgos extraños sobre el conservadurismo posmoderno era la cantidad de jóvenes de derechas, sobre todo en internet, que decían apoyar a Trump de forma irónica o satírica. A menudo afirmaban que no se trataba de defender nada parecido a los principios conservadores, sino de “dominar a los liberales” o enviar un mensaje a las “élites”.

Pero, por supuesto, estas disociaciones de los puntos de vista reaccionarios proporcionaron una defensa ideal contra las formas convencionales de crítica: cada vez que alguien señalaba que los trumpistas eran plutócratas que defendían un sistema de poder explotador e intolerante, los conservadores posmodernos podían afirmar que su apoyo era todo una gran broma y burlarse de los críticos por tomarlo en serio. Lejos de ser contraculturales, esto les permitía apoyar ideas reaccionarias sin tener que apropiarse de ellas ni ofrecer justificaciones.

El valor de Zizek

Zizek es una figura voluble cuya obra puede ser desconcertantemente espasmódica. Su propensión a adoptar la posición más provocadora le ha llevado a concluir que los votantes franceses no tienen ninguna razón para preferir al neoliberal Macron sobre la xenófoba Marine Le Pen.

Su escritura vacila entre lo agradablemente accesible, con muchas referencias a la cultura pop, y lo frustrantemente impenetrable. Pero estos defectos no deberían ocultar el valor del trabajo de Zizek sobre el materialismo dialéctico y la ideología. Pocos teóricos de la izquierda han sido tan eficaces a la hora de centrar nuestra atención en la dinámica del capitalismo neoliberal y en las formas cada vez más misteriosas en que su ideología aflora en la vida cotidiana.

Asimismo, aunque sus oponentes de izquierdas han discrepado a menudo con su exhumación del materialismo dialéctico, acusándolo de ser precientífico, quizá podrían aprender algo de él. 

La dialéctica de lo incompleto de Zizek nos muestra cómo es posible la novedad en la política, como en la ciencia, cómo Lenin pudo emerger de la periferia para tomar el poder en la Revolución Rusa, por citar uno de sus ejemplos favoritos. Los puntos de vista de su oponente de izquierdas a veces parecen más primitivos y binarios. Hay desigualdad, nos dicen, así que debemos redistribuir la riqueza. Si la misión de la teoría crítica es analizar y criticar las dolencias de su tiempo, entonces Zizek es uno de nuestros mejores diagnosticadores. Su trabajo puede no ser sublime, pero es revelador, que es justo lo que la izquierda necesita ahora.

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