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El socialismo de James Joyce

Traducción: Valentín Huarte

El flirteo de Joyce con la política fue breve, pero siempre encontró inspiración en los textos socialistas.

Ulises es un libro en el que pasa todo y no pasa nada. Historia de un día en la vida de una ciudad —la metrópolis hibernesa, según la idea que James Joyce tenía de Dublín—, se trata del viaje a través de un flujo de conciencia disperso en el que los acontecimientos políticos más importantes del momento —la historia transcurre el 16 de junio de 1904— disputan espacio con los hechos más mundanos y con las agitadas vidas de los personajes. Hablando del libro, Jeremy Corbyn remarcó la forma en que «Joyce hace referencia y describe abundantemente lo que sucede en las calles. Mientras alguien habla enfáticamente sobre un tema fundamental de la política, se describe el tránsito del carrito de la basura». Edna O’Brien, una de las mejores biógrafas de Joyce, sostuvo adecuadamente que «ningún otro escritor recreó una ciudad de manera tan resplandeciente y con tanta voracidad».

Joyce murió hace 80 años y su reputación de escritor difícil dueño de una pluma abrumadora sigue vigente. Aunque Anthony Burgess insistió en que «Si alguna vez hubo un escritor para el pueblo, Joyce fue ese escritor», muchos solo parecen percibir impenetrabilidad y petulancia en su obra, especialmente en Ulises y en Finnegans Wake.

Hoy, en su ciudad natal —aunque vale también en términos generales—, no se piensa a Joyce como un «escritor político» a la manera de escritores posteriores como Brendan Behan, o incluso contemporáneos, como Seán O’Casey. El lugar perdurable de Joyce en la memoria colectiva de Dublín es el de un campeón de la ciudad, autor de las palabras «cuando muera, Dublín estará escrito en mi corazón», que se vende en los incontables formatos (imanes, afiches o tazas de café) que compran los turistas. Sin embargo, Joyce fue un escritor al que le interesaba mucho la política —personal, nacional e internacional— y cuya obra estuvo muy influenciada por el clima político en el que fue escrita y por el desarrollo de las ideas políticas de su autor.

Al caminar por Dublín hoy, a uno le sorprenden las placas que señalan la residencia familiar de James Joyce. Si se las examina con más detalle, uno se da cuenta de que fueron períodos de ocupación muy breves. La familia Joyce perdió su posición de clase media y el escritor se refirió muchas veces de esos «tinteros embrujados» que había en las más de quince direcciones en las que vivió durante su juventud. El hogar en permanente movimiento en el que nació James Joyce era inestable y estuvo definido por la precariedad financiera y el temperamento más bien caótico de su padre.

Esto es evidente en las páginas de Retrato del artista adolescente, donde Stephen Dedalus —un personaje que Joyce creó en gran medida, aunque no exclusivamente, a su imagen y semejanza— describe a su padre como un «estudiante de medicina, un remero, un tenor, un actor amateur, un político gritón, un pequeño terrateniente, un pequeño inversor, un borracho, un gran compañero, un cuentista, el secretario de alguien, algo en una destilería, un recaudador de impuestos, un quebrado y en el presente alguien que alaba su propio pasado».

A pesar de las faltas de su padre —algunas de las cuales él heredó, como por ejemplo, su absoluta incapacidad para administrar sus asuntos financieros— John Stanislaus Joyce también tenía muchas cualidades positivas que influyeron en el joven escritor. Este reconoció más tarde que «cientos de páginas y fichas de personajes de mis libros vienen de él», y que «el humor del Ulises es de él; la gente de la novela son sus amigos. El libro es su viva imagen».

En la Irlanda del joven Joyce, la gran cuestión política del momento era la autonomía. El parlamento de Irlanda, disuelto por el Acta de Unión de 1800, se deshizo de todos los nacionalistas constitucionales que habían viajado a Londres y esperaban retornar, desde Henry Grattan, un dublinés enterrado en Westminster Abbey, hasta Daniel O’Connell, descalificado como el «rey de los mendigos» por su capacidad para movilizar a cientos de miles de irlandeses.

Charles Stewart Parnell, noble y protestante, emergió como la improbable cara visible del nacionalismo constitucional en los años 1880. De alguna manera, logró fusionar la cuestión de la independencia parlamentaria de Irlanda con la cuestión agraria en una región que todavía no se había recuperado de la hambruna. Parnell advirtió a los campesinos irlandeses que debían «demostrarle a los propietarios que tienen la intención de mantenerse aferrados a toda costa a sus haciendas y a sus tierras. No deben permitir que los desalojen como hicieron en 1848».

La carrera política de Parnell no se terminó cuando fue a prisión, pero se desmoronó cuando se difundió el escándalo de una aventura amorosa que generó la condena de la iglesia, la deslealtad política y hasta un atentado en el que le arrojaron cal viva durante un acto electoral. El escándalo de Parnell, indiscutible líder secular protestante según la jerarquía católica, dejó un sabor amargo en la boca de Joyce, quien escribió luego en un poema:

Chiste irlandés, bien seco y en remojo
A Parnell le tiraron cal en el ojo

James Fairhall notó que Joyce desde su juventud, «aceptó acríticamente el martirologio parnelita que le transmitió su padre». Es cierto que el asunto Parnell inspiró en el joven escritor un fuerte anticlericalismo que se mantuvo a lo largo de toda su obra.

Sin embargo, es un error pensar que la política de Joyce estuvo exclusivamente —o principalmente— moldeada por el parnelismo. Richard Ellmann, su biógrafo, insiste con justeza en que «muchas veces se piensa que Joyce no tenía más política que su lamento por Parnell, pero este no era un hombre que adorara a los muertos». Joyce, aun antes de abandonar Dublín en 1904, se interesó en las cuestiones que planteaba el socialismo, que conoció a través de la literatura y de las ciudades modernas. Su hermano contó que Joyce «asistía a reuniones secretas de grupos socialistas», y, en un fragmento de su diario del verano de 1904, anotó: «Se denomina a sí mismo socialista aunque no se aferra a ninguna escuela particular del socialismo».

Al abandonar Dublín y partir hacia Trieste, Joyce contempló la sociedad irlandesa con la claridad y la comodidad que brindan la distancia. Burgess escribió que «el exilio fue una forma que encontró el artista de alejarse para ver más claro y retratar todo con más precisión; fue el único medio de objetivar un tema obsesivo».

En Trieste estuvo más expuesto a ideas políticas radicales y se topó con un movimiento socialista que publicaba su propio periódico, Avanti!, y que jugaba un rol muy activo en la vida cotidiana de los trabajadores. La situación era muy distinta a la de Dublín, ciudad en la que hacía tan solo unos años, James Connolly había sacudido al Club Socialista de Dublín en el pequeño cuartito de un bar, sin pena ni gloria y con ocho miembros presentes. En Italia, el joven Joyce pudo ver que el socialismo era algo que entusiasmaba a los trabajadores. «Mi posición política», escribió, «es la de un artista socialista».

El flirteo de Joyce con la política socialista fue breve, pero siempre encontró inspiración en los textos socialistas. En 1909 consideró traducir al italiano The Soul of Man Under Socialism, de Oscar Wilde. En este texto Wilde exponía su filosofía política, que era básicamente una forma de socialismo libertario: «La gente se pregunta a veces cuál es la mejor forma de gobierno bajo la cual podría vivir un artista. Solo hay una respuesta a esta pregunta. La forma de gobierno más adecuada para el artista es que no exista ningún gobierno en absoluto». Sin duda, la concepción de Joyce debe más al socialismo y al antiautoritarsimo de Wilde que a cualquier cosa que haya salido de la pluma de Marx.

Las tensiones del desarrollo personal de Joyce son evidentes en Retrato del artista adolescente, su novela de 1916. El relato del joven Stephen Dedalus y su pérdida de fe en todos los pilares que sostenían la vida y la sociedad que lo rodeaban, tendría consecuencias inesperadas.

Huey P. Newton de las Panteras Negras recordó en su biografía: «Me identificaba mucho con Stephen Dedalus […] porque atravesamos experiencias similares. Él sintió mucha culpa cuando empezó a cuestionar el catolicismo y creía que sería consumido por las llamas del infierno a causa de su vacilación. En un sentido, es lo mismo que me sucedió a mí».

Pero el cuestionamiento y la tensión que atravesaban sus relaciones con el nacionalismo irlandés están presentes en toda su obra, en particular en el personaje del Ciudadano del Ulises. Un personaje que exhibe «todo el misticismo del nacionalismo irlandés temprano y una gran cuota de xenofobia», cuestiona el carácter irlandés de Leopold Bloom, dublinés judío imaginado por James Joyce protagoniza la novela.

Joyce admiraba la tradición y el ambiente revolucionarios irlandeses. Admiraba al Sinn Féin de Arthur Griffith en sus comienzos, del que escribió que «desde muchos puntos de vista, esta última forma de feinianismo tal vez sea la más formidable». Sin embargo, siempre sostuvo una posición crítica.

En una calle parisina, una placa escrita en francés (solo en francés) marca el lugar donde estaba Shakespeare and Company, la editorial que publicó el Ulises en 1922. Es sorprendente que un libro tan detallista en cuanto a la descripción de una ciudad —desde las funerarias hasta los bares y desde las farmacias hasta las imprentas de los periódicos— haya tenido que ser escrito tan lejos de ella.

El escritor James Plunkett, que supo capturar el horror y el heroísmo del Dublín revolucionario en Strumpet City, dice de la obra de Joyce que «se apega con firmeza a una perspectiva no heroica de la condición humana, a la banalidad de la mayor parte de sus charlas, a la naturaleza en gran medida despreciable de sus preocupaciones». Pero en medio de la vida cotidiana, la obra de Joyce tiene momentos de enorme rebelión personal y de lucha por la libertad individual. Joyce fue un producto de su época y de sus circunstancias, al igual que nosotros, pero nunca tuvo miedo de cuestionarlas.

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Publicado en Artículos, Cultura, homeIzq, Irlanda and Política

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