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Cromwell, de Ken Hughes, medio siglo después

En tiempos en los que tan de moda está la serie de Netflix The Crown, volver a ver Cromwell es como respirar una bocanada de aire fresco a la salida de un subterráneo.

No hace mucho, en julio de 2020, se cumplieron cincuenta años del estreno de Cromwell, la clásica película de Ken Hughes sobre el líder regicida de la Revolución Inglesa. El aniversario pasó sin pena ni gloria, en medio de la vorágine pandémica y la noche sin luna del olvido. Mientras tanto, la serie The Crown, centrada en Isabel II del Reino Unido y su familia, coronaba el 2020 como una de las tres series de Netflix más vistas en todo el mundo. 

El contraste no podría ser más irónico, ni más cruel… Este breve ensayo, que mixtura libremente la crítica de cine con la historia, la tradición marxista con la discusión política, busca hacerle justicia al Cromwell de Hughes –y al personaje que lo inspiró– nadando a contracorriente de la marea monárquica provocada por The Crown.

Arturo, rey legendario de la Britania posromana. Alfredo el Grande, bretwalda unificador de los reinos anglosajones amenazados por los vikingos. Ricardo Corazón de León, caballero medieval con corona entreverado en las Cruzadas. Ricardo II, Eduardo III y demás monarcas del canon shakesperiano. Enrique VIII, cismático fundador del anglicanismo. Isabel, campeona de la causa protestante y de la guerra patriótica contra España. Jorge II, primer destinatario del God Save the King. Victoria, soberana del Imperio Británico en su apogeo comercial e industrial, naval y colonial. 

No hay necesidad de hacer un inventario exhaustivo, pero, considerando la enorme popularidad que está disfrutando The Crown, bien podríamos añadir las tres últimas figuras regias que la serie de Netflix ha llevado a la ficción: Eduardo VIII, el dandi heterodoxo y filonazi que abdicó prematuramente para poder casarse con una estadounidense divorciada, de quien estaba perdidamente enamorado; Jorge VI, el padre de familia tartamudo que le tocó reinar durante la Segunda Guerra Mundial, a la sombra de Churchill; e Isabel II, la protagonista de la tira, quien todavía hoy detenta el cetro del Reino Unido por la Casa de Windsor, habiendo ya batido con holgura todos los récords de longevidad (94) y años de reinado (69).

Suficientes ejemplos. Baste aquí con señalar que, en el imaginario político-cultural de tories y whigs, de conservadores y liberales, Albión ha estado tradicionalmente asociada a la realeza, a la monarquía; y también, desde luego, a la Iglesia anglicana, que en los tiempos de la Reforma protestante se escindió de la Cristiandad católica y osó trocar al papa por el rey. No es, precisamente, una asociación que se caracterice por el realismo crítico. Es, por el contrario, una asociación con altas dosis de idealización romántica: la vieja mística del trono y el altar, que hunde sus raíces en el ideologema bíblico del rex et sacerdos.

¿Pero hubo alguna vez una Inglaterra no monárquica, republicana? ¿Existió antaño una Inglaterra con Parlamento, pero sin Corona? Cuesta imaginarlo, pero sí: la Commonwealth del siglo XVII, alumbrada por una revolución regicida en medio de guerras civiles y cambios estructurales. El interregno de la Mancomunidad duró once años, de 1649 a 1660. Pero el proceso revolucionario venía desplegándose desde antes, desde 1642, cuando el Parlamento Largo, en nombre del pueblo inglés, se rebeló contra el absolutismo de la dinastía reinante y buscó instaurar una monarquía atemperada, situación que desencadenó una cruenta y prolongada lucha entre cavaliers (realistas) y roundheads (parlamentarios).

Acotemos algo: todavía faltaba bastante –más de una centuria– para que la Independencia de Norteamérica y la Revolución Francesa transformaran al Occidente moderno inspirándose en las ideas ilustradas. Nunca antes en la historia universal el pueblo insurrecto había reasumido la soberanía destronando a su rey, juzgándolo por traición a la patria, condenándolo a muerte y decapitándolo en una ceremonia pública. Volvería a ocurrir en Francia a fines del siglo XVIII, con Luis XVI de Borbón. Pero primero sucedió con Carlos I de Estuardo, rey de Inglaterra, Escocia e Irlanda.

La Revolución Inglesa –la primera, la auténtica, la que estalló en 1642– está indisolublemente atada a un nombre controvertido, a un prócer maldito: Oliver Cromwell (1599-1658). En un lúcido y bello ensayo intitulado La revolución del siglo XVII y el cartismo, Trotsky lo comparó con Lenin («un Cromwell proletario del siglo XX») y también con Lutero y Robespierre («La crisis social de Inglaterra en el siglo XVII reunió los caracteres de la Reforma alemana del siglo XVI con los de la Revolución Francesa del XVIII. En Cromwell, Lutero tiende la mano a Robespierre»). Pero no olvidemos que Marx, en su libro El 18 brumario de Luis Bonaparte, ya había abonado el terreno: «Cromwell y el pueblo inglés habían ido a buscar en el Antiguo Testamento el lenguaje, las pasiones y las ilusiones para su revolución burguesa. Alcanzada la verdadera meta, realizada la transformación burguesa de la sociedad inglesa, Locke desplazó a Habacuc».

Cromwell, un hacendado puritano del este de Inglaterra al que la Corona le había impedido emigrar a Norteamérica y sumarse a la utopía de los Pilgrim Fathers, fue elegido diputado por Cambridgeshire hacia 1640. En un acenso meteórico, se convirtió en uno de los principales líderes del bando parlamentario, luego en comandante del New Model Army y, finalmente (1653), en Lord Protector de la Mancomunidad británica, un dictador carismático y vitalicio que –como Julio César y Napoleón– basó su poder en la lealtad del Ejército y el apoyo de la plebe. Aunque con dos diferencias: no murió asesinado ni desterrado, sino de muerte natural en su patria; y nunca aceptó el título de monarca ni la sacralización de su persona, en tributo a sus convicciones morales y político-religiosas.

Ningún otro personaje de la historia inglesa ha sido tan temido y odiado por quienes defienden la institución monárquica, los privilegios aristocráticos y el supremacismo anglicano. La anécdota del ensañamiento revanchista con su cadáver tras la Restauración estuardiana así lo ilustra. En 1661, Carlos II ordenó que fuera sometido a juicio póstumo el mismo día –ex profeso– que su padre había sido procesado y ejecutado. 

Tras la condena, el cuerpo de Cromwell fue exhumado, arrastrado por las calles hasta el patíbulo, ahorcado, decapitado, descuartizado y destripado, como estipulaba la tradición medieval en el caso de los reos de alta traición. Los miembros y el tronco fueron arrojados a un pozo, cual basura. Su cabeza, clavada en una pica de seis metros, permaneció expuesta por más de veinte años, hasta que una compasiva tormenta la tiró al suelo de noche y alguien se la llevó en secreto. Fue cambiando de manos entre coleccionistas durante siglos, suscitando toda clase de leyendas urbanas, teorías conspirativas y discusiones morbosas sobre su autenticidad o paradero, que se entremezclaron con los acalorados debates de cada nueva generación en torno al significado y valor de la figura cromwelliana en la memoria e historia británicas.

Hay una biopic estupenda sobre él: Cromwell (1970), de Ken Hughes, producida por Columbia. Memorable actuación de Richard Harris en el rol protagónico. Buen guion y excelentes diálogos. Gran reparto: Alec Guinness, Robert Morley, Frank Finlay, Timothy Dalton, Geoffrey Keen… Sólida reconstrucción de época. Magnífico vestuario. Un clásico del cine británico.

Como todo drama histórico, Cromwell tiene sus inexactitudes y licencias, sus énfasis y omisiones, su interpretación del pasado. Lo ubica, por ejemplo, en la crucial batalla de Edgehill, cuando es poco probable que interviniera en ella. Nada dice de su brutal campaña de pacificación en Irlanda, ni de su hostilidad burguesa hacia el reparto de tierras y la comunidad de bienes, ni tampoco de su feroz represión contra los levellers y diggers, el ala izquierda de la Revolución Inglesa. 

Lo muestra como un demócrata, cuando en realidad se oponía al sufragio universal (prefería el voto calificado)… Deja al margen, piadosamente, sus tardías veleidades cuasimayestáticas como Lord Protector. No obstante, aunque el film resulta apologético, al punto de incurrir en varias idealizaciones anacrónicas por acción u omisión, el cuadro histórico general se sostiene. En todo caso, puede ser complementado con Winstanley (1975), la película de Kevin Brownlow y Andrew Mollo sobre el portavoz del radicalismo digger.

La trama de Cromwell no abarca toda la vida de revolucionario inglés, sino el período comprendido entre 1640 y 1653. Vale decir, desde que es electo diputado del Parlamento Largo y comienza a descollar como orador de los roundheads, hasta que, en la cresta de la ola de su ascendiente político-militar, disuelve por la fuerza el Parlamento Rabadilla y se convierte en Lord Protector. 

El largometraje recrea su fervor religioso de cristiano protestante disidente, su puritanismo y austeridad, su vocación mesiánica y redentora inscripta en una cosmovisión providencialista, su actuación en la Cámara de los Comunes como tribuno de la plebe, sus proezas en las guerras civiles como comandante del New Model Army y como creador de los ironsides (la caballería plebeya del bando parlamentario, arma decisiva en Naseby y otras batallas)… También da cuenta de su responsabilidad primaria en el regicidio de Carlos I y en la instauración de la Commonwealth republicana, allá por 1649. 

Y, por último, dramatiza el golpe de estado que inicia –o formaliza– su dictadura; escena donde el personaje, luego de rechazar la realeza y quedar solo en el recinto, rompe la cuarta pared y le anuncia al público espectador, con teatral elocuencia, los propósitos que –según el director y guionista– guiarán su Protectorado.

Un breve texto remata el film: «En 1658, él murió. Tres años más tarde, Carlos, príncipe de Gales, fue coronado rey, y un monarca se sentó en el trono de Inglaterra. Pero Inglaterra nunca volverá a ser la misma». Es una clara alusión al fracaso –o a las grandes limitaciones, cuando menos– de la Restauración estuardiana en el largo plazo, como consecuencia de las irreversibles transformaciones estructurales y supraestructurales operadas durante el período 1642-1660: la monarquía resucitada sobrevivirá, pero no ya en su forma absolutista regresiva, sino adaptada a la ideología liberal progresiva de la burguesía en ascenso. 

En 1688, la Gloriosa Revolución contra Jacobo II restablecerá para siempre la primacía soberana del Parlamento como órgano representativo del pueblo, reduciendo la realeza a una función simbólica y protocolar de «jefatura de estado» (el rey reina pero no gobierna, al decir de Thiers).

A Trotski le molestaba el destrato de la izquierda laborista inglesa a Cromwell. Le parecía mezquino y miope, injusto y anacrónico, no perdonarle al revolucionario inglés que no haya sido un demócrata socialista como su compatriota y coetáneo Winstanley. Trotski juzgó el factor subjetivo cromwelliano en función de su contexto histórico, sopesando las limitaciones y posibilidades objetivas de una Inglaterra posfeudal modernizada a medias, donde el naciente capitalismo pugnaba por afianzarse, y donde los frutos benéficos de la Revolución Industrial (progreso tecnológico, desarrollo económico-social, democratización de la política, formación de la clase obrera, creación de sindicatos, maduración teórica y práctica del socialismo, etc.) aún estaban demasiado verdes. 

Para un hombre de acción como él, con el lomo curtido por la Revolución Rusa y su guerra civil, la férrea eficacia burguesa de Cromwell como líder de masas, como jefe del Ejército parlamentario y como estadista de la Revolución Inglesa triunfante valía más que el utopismo plebeyo de los niveladores y verdaderos niveladores, un sueño prematuro, ingenuo e impotente y, por ende, condenado al fracaso por la historia.

Trotski no es cruel con los levellers y diggers, pero apenas si los menciona con indiferencia. Parece mirarlos desde esa frialdad retrospectiva –y resultadista– que el historiador Edward Thompson llamaría, con razón, «condescendencia de la posteridad», tan distinta a la empatía genealógica de Marx con la rebelión fallida de Espartaco, o de Engels con la herejía anabaptista de Thomas Münzer, no menos numantina. 

«Auténtico representante de una clase nueva, Cromwell a este fin necesitaba la fuerza y la pasión de las masas populares», explica Trotski. «Bajo su dirección, la revolución adquirió la impetuosidad que le era necesaria». Pero «Al rebasar, encarnada en los levellers (niveladores), los límites que le estaban asignados por las exigencias de la sociedad burguesa en vías de renovación, Cromwell se mostró implacable con esos ‘insensatos’». Lo único que le merecen estos precursores del socialismo proletario son, pues, las comillas que los salvan de la descalificación por irracionalidad.

Cuando a mediados del siglo XIX el escocés Thomas Carlyle acometió la titánica empresa intelectual de biografiar a Cromwell, señaló que su mayor dificultad fue tener que despejar toda esa «montaña de perros muertos» (toneladas de bulos y calumnias) en que había sido sepultado por la maledicencia de la historia oficial, rabiosamente monarquista. 

El mayor mérito de Hughes es haber logrado plasmar ese revisionismo en el lenguaje estético y ficcional del cine, con toda su potencia expresiva. En estos tiempos, donde tan de moda está la serie de Netflix The Crown –insidiosa naturalización de la realeza británica por medio del tradicionalismo y el intimismo–, volver a ver Cromwell es como respirar una bocanada de aire fresco a la salida de un subterráneo. Incluso habiendo pasado medio siglo desde su estreno. Incluso, sin vislumbrarse todavía ningún horizonte republicano y socialista en la isla donde otro rebelde decapitado por un rey, Tomás Moro, otrora escribiera su Utopía.

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