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La pandemia ha ejercido un influjo si no amenazante, al menos develador de cuestiones que, por su naturaleza, debían permanecer denegadas para la reproducción ideológica del régimen neoliberal.

¿Será que el rey está desnudo?

Notas sobre ideología y pandemia.

Los efectos de la crisis económica y social que traerá la pandemia para la humanidad toda han sido objeto de las más dispares predicciones y conjeturas. No es el objetivo de este análisis asumir alguna posición en el marco de esos álgidos y en ocasiones osados debates. El interés se circunscribe a un aspecto muy específico que, lejos de referir a horizontes futuros, atañe al escenario actual. 

Concretamente, examinaremos con algún detenimiento un conjunto de circunstancias asociadas a la pandemia que, creemos, comprometen aspectos vertebradores de la ideología neoliberal. Nuestra tesis será que, según esa presunción, la referidas circunstancias supondrían el primer quiebre significativo en la hegemonía ideológica del capitalismo global desde la caída del muro de Berlín. 

En la década de los noventa se produce, precisamente, una reconfiguración geopolítica del mundo a partir del fin de la guerra fría por efecto de la disolución del régimen soviético. Es probable que no haya mejor expresión para identificar el alcance de lo que ese proceso significó que el famoso eslogan de Margaret Thatcher: «no hay alternativa», difundido planetariamente con el acrónimo TINA (por su expresión en inglés, There is no alternative). 

La fórmula hacía referencia al destino inevitable del régimen neoliberal: «no hay alternativa» significaba no hay opciones al capitalismo, al mercado, a la globalización, a la desregulación financiera, a la retirada de la intervención económica y la protección social del Estado. 

De modo tal que el neoliberalismo económico no solo se presentaba como el mejor modo de organizar las sociedades, sino más bien como el único posible. Asistimos entonces a la proclamación del «fin de las ideologías», que en verdad proclamaba el primado en exclusividad de la ideología neoliberal en un mundo unipolar, que hizo posible la más plena y acabada consolidación del «capitalismo monopólico transnacional», para decirlo en los términos del filósofo Ruben Zardoya. 

A partir de este marco, sostendremos que el acontecimiento de la pandemia ha ejercido un influjo si no amenazante, al menos develador de cuestiones que, por su naturaleza, deben permanecer de-negadas (más que negadas) en –y para– la reproducción ideológica de ese régimen neoliberal.

La crisis del 2008 puede considerarse un hito significativo en esa misma dirección, de la que el régimen no salió sin costos, aun cuando luego deviniera un nuevo y quizás más profundo reforzamiento de sus políticas. De igual modo, aunque por opuestas razones, lo fueron los procesos progresistas que se vivieron en Latinoamérica comenzando el siglo XXI (que emergieron también como respuestas a la crisis que trajeron las políticas de ajuste de los 90). 

La crisis que inaugura la pandemia debe ser leída desde esa historia, reconociendo de todos modos que ninguno de esos antecedentes tuvo el impacto, el alcance y la profundidad que se advierte en este nuevo escenario a escala planetaria. Reconocer esta situación no supone asumir ningún pronóstico –mucho menos, un pronóstico exitista– sobre el futuro de la humanidad, ni la predicción de un fin inminente del sistema social imperante. 

El análisis se limita a identificar algunos aspectos en los que objetivamente se expresan los antagonismos en que está sumido no solo el orden económico-social, sino también los supuestos en los que se erige. Y en esa dirección, sistematizar algunos elementos que dan cuenta de las alertas que la crisis desencadena para los propios poderes hegemónicos.

Estado y mercado

El primero de ellos refiere a la cuestión de los vínculos existentes entre Estado y mercado. La íntima y connatural relación entre mercado y Estado como condición de posibilidad para la reproducción del capital ha sido, si no negada, al menos tergiversada de múltiples formas por la ideología neoliberal. La pandemia, sin embargo, la desnuda en su real vinculación. 

Ya en la crisis del 2008 se puso en evidencia que, cuando el sistema económico financiero global atravesaba una situación que pone en jaque sus lógicas especulativas, es el Estado el que acude a su rescate (a través del famoso «salvataje financiero»). Lo que esa crisis develó, y lo que la actual crisis termina por desplegar en su plenitud, es la dependencia del capital financiero de las estructuras del Estado allí donde éste se erige en el mediador necesario y garante de la reproducción de aquel. 

Eso no significa desconocer que el Estado constituye una arena en la que se libran genuinas batallas entre los sectores que disputan la hegemonía en cada momento histórico. La situación es particularmente evidente en los Estados de los llamados «países dependientes del tercer mundo». En éstos se expresa franca y directamente la lucha por mayores o menores márgenes de autonomía con respecto al sojuzgamiento de los poderes económicos globales. Es por eso que, como se ha señalado, la «asunción del gobierno» por fuerzas progresistas no es equivalente al control de las genuinas estructuras del Estado. 

La crisis de la actual pandemia no solo puso en evidencia la función del Estado en la preservación (o negación) de los «intereses generales» frente a los «intereses particulares» del mercado; además, evidenció la dependencia que el mundo de las corporaciones mantiene con el Estado. Con un agravante para los supuestos ideológicos neoliberales: solo desde el Estado, y por lo tanto desde la política, se pueden movilizar acciones tendientes a proteger bienes básicos como la vida o la salud de la población. 

Los ultradefensores del credo neoliberal se encontraron en una disyuntiva irresoluble ante la necesidad de dar respuestas desde el Estado a la crisis desatada por la pandemia: si asumían políticas asistenciales y de protección social, erosionaban los cimientos de su prédica ideológica. Eso requería que el Estado apareciera recuperando funciones que el neoliberalismo resignó transfiriéndolas a la gestión privada. Pero si no lo hacían, el resultado de los acontecimientos revelaría las consecuencias de esa misma prédica en un escenario en el que, además, los logros de los Estados más intervencionistas se mostraban mucho más efectivos y eficientes.  La opción en una gran parte de los casos (paradigmáticamente, EE. UU., Brasil e Inglaterra) fue la primera. 

Por lo demás, cuando fue necesario volver a salir al rescate del capital, las medidas no se hicieron esperar: el Senado de Estados Unidos aprobó una ley que contempló dos billones de dólares en concepto de ayuda a trabajadores y empresas para hacer frente a la crisis, y con ello logró que los mercados globales recuperaran parte de las pérdidas que venían registrando.

También los Estados europeos llevaron adelante acciones tendientes a preservar sus mercados, asumiendo un cambio significativo en la política del bloque. La Comisión Europea aprobó un plan de recuperación (Next Generation EU) valuado en 750 mil millones de euros para ayudar a los países de la UE a enfrentar la crisis. Por primera vez, Alemania –con apoyo de Francia– propuso la mutualización de la deuda, es decir, que sea el bloque quien la asuma y no los países individualmente. Como se ha señalado, Merkel pasó de ser la canciller de la austeridad y principal obstáculo a la solidaridad con Grecia durante los peores años de la deuda europea a convertirse en una de las impulsoras del mayor plan económico de la UE ante esta nueva crisis, que ahora afecta sus intereses de manera directa. 

Capital y trabajo

El segundo aspecto que devela la pandemia tiene un carácter aún más estructural para la lógica del capitalismo, ya que refiere a la relación entre capital y trabajo. La pandemia invirtió los términos en los que usualmente se presenta el capital frente al trabajador/a. Para la lógica liberal, es el capital el que da trabajo. Según su doctrina, se necesitan capitalistas para generar trabajo. Sin embargo, cuando se detuvo la maquinaria y los trabajadores debieron recluirse, se advirtió ipso facto que sin los trabajadores/as no hay trabajo pero, además –y más importante–, que sin trabajadores/as no hay generación de valor. 

Es por eso que fueron los Estados los que debieron salir a paliar o compensar –con distintos tipos de medidas según los países– la caída de los salarios o directamente a los y las desempleado/as. De modo tal que la crisis y las medidas adoptadas pusieron en evidencia las mediaciones y relaciones que sostienen la rueda de la producción y la circulación: cuando la pandemia la detuvo, los cielos se despejaron del esmog y la polución y, de manera similar, también se pudo vislumbrar parte de los engranajes del orden social. 

En esa dirección, y en un sentido algo más profundo, el impasse que le impuso al sistema la pandemia suturó por un momento la ruptura que rige la circulación de mercancías entre el trabajo vivo y el trabajo muerto u objetivado. En la lógica productiva del capital, la mercancía porta en su propia materialidad relaciones sociales de producción, pero éstas se presentan como si provinieran de las mismas cosas. De modo tal que en el proceso habitual de la circulación, esas relaciones están presentes y ocultas al mismo. 

En buena medida, al detenerse el proceso, algo de ese fetiche también se derrumbó. Se hizo especialmente evidente cuando hubo que determinar qué mercancías serían esenciales y qué trabajos –y en especial qué trabajadores– estaban vinculados a ellas. Detrás de cada una aparecían ahora, tematizadas, las mediaciones que las producían y las ponían en circulación.  

Por lo demás, resultó igualmente gravosa la referida distinción entre los «trabajos esenciales» y los «no esenciales». El capitalismo requiere de la incesante expansión y creación de necesidades para alimentar el consumo (expandir la demanda). Cualquier factor que limite ese principio atenta contra su propia lógica reproductiva, pero también y contra sus fundamentos ideológicos.

La pandemia exhibió en toda su crudeza la sinrazón de la lógica de la producción desmedida e irrefrenable que sostiene el sistema económico actual. Invirtió, por un momento (probablemente solo por un brevísimo momento), el orden de las prioridades, dado el repliegue hacia la preservación de la vida en su acepción más básica y universal. 

Producción

Otro aspecto que puso en evidencia la crisis que atraviesa el orden económico mundial refiere a la escala de producción. Este constituye un problema sistémico cuyas contradicciones entre lo político, lo económico, lo social y lo biótico adquieren estado crítico. Si las lógicas productivas –especialmente las vinculadas a la agroindustria y al extractivismo– se mantienen, las pandemias seguirán presentes como un emergente consustancial a esos procesos productivos. El desarrollo incontrolado de la industria agropecuaria, que se manifiesta también en deforestación masiva y la expansión de los monocultivos, reduce de igual modo la biodiversidad de los ecosistemas y su papel de freno en la propagación de virus. 

A lo largo de los últimos años la humanidad enfrentó, con mayor o menor propagación, un sinnúmero de patógenos que pueden causar enfermedades graves (MERS, SARS, gripe aviar y porcina, fiebre de Hendra, Lujo, Marburgo, Lassa, Nipah o Crimea-Congo, Ébola, entre otros). La aparición de todos ellos se produjo a un ritmo nunca antes conocido. Y todo indica que surgirán muchos otros si las condiciones que les dieron origen se mantienen. 

La contracara de todo esto, como lo ha señalado la OMS, refiere a la capacidad de los países para gestionar y enfrentar los brotes epidémicos que esos patrones productivos pudieran estar provocando. En ese orden, las repuestas que se vienen constatando en los distintos países evidencian diferencias muy notables. Los países con políticas públicas y sociales más próximas a las del Estado de bienestar (o las de filiación socialista) ostentan resultados mucho más favorables que los de franco corte neoliberal. 

Si se toman en cuenta factores como la esperanza de vida, que tienen impacto directo en los riesgos diferenciales ante el COVID, se observa que aún con valores muy próximos en ese indicador se mantienen las diferencias en las tasas de mortalidad. Por ejemplo, Cuba, que tiene una esperanza de vida media-alta (era de 78,73 años en 2018), o Vietnam (con 75,32 años), presentan índices de mortalidad por COVID mucho más reducidos que varios países europeos o que el propio Estados Unidos (cuya esperanza de vida es prácticamente idéntica: 78,54 años). Mientras que en Cuba se informan 12,26 y en Vietnam 0,37 decesos por millón de habitantes, en EE. UU. ese valor asciende a 996,25 casos por millón (para fines de 2020)

Conforme con todo ello, si bien no puede afirmarse que estos países sean los únicos con bajas tasas de mortalidad por COVID-19, lo que sí puede constatarse es que en todos ellos esos valores se mantuvieron desde el inicio muy por debajo de la media mundial (y de la de muchos países «desarrollados»). 

¿Será entonces que «el Rey está desnudo»?

Nuestro presupuesto es que todos y cada uno de los elementos que hemos ido considerando erosionan de manera objetiva los supuestos ideológicos en los que se erige el libre mercado y sus variantes neoliberales. Como se ha señalado, le ideología neoliberal inaugura variantes importantes con respecto a la que rigió en sus orígenes liberales. Estas se dirigen fundamentalmente a una modelización subjetiva, consistente en transformar a todo sujeto en una versión aggiornada del Homo œconomicus, en un «empresario de sí», para decirlo con la fórmula de Foucault (nuevamente fue Thatcher quien mejor sintetizó ese proyecto ideológico-político cuando sostuvo: «la economía es el método, el objetivo es el alma»).

Bajo el neoliberalismo, todo sujeto, cualquiera sea su posición objetiva en la estructura social, se siente convocado a ser un gestor, un «emprendedor» de su vida, proyectando sobre ella esa concepción economicista propia del libremercado. Esto se traduce en una exacerbación de la autoexplotación, la maximización del rendimiento y la competencia y, por supuesto, en el culto al individualismo (y su complementario, el anticolectivismo). 

Por lo demás, en los 80 y los 90 lo que objetivamente se produjo fue el retiro del Estado de toda política social a través de procesos de privatización de muchos de los servicios considerados hasta entonces «públicos». El retiro del Estado de bienestar se produjo conforme se desmoronaba el bloque soviético, lo que pone en evidencia que, en gran medida, el welfare state no era más que la respuesta del mundo capitalista ante el temor de una avanzada del régimen socialista a escala global.

Todo ello, junto a la progresiva automatización y robotización de la producción, dio lugar a una cada vez más acusada concentración de la riqueza y a un vertiginoso crecimiento de la población estructuralmente excluida del mercado laboral. Estos procesos y las políticas que los motivaron se constataron en todo el llamado «mundo occidental» y, aunque tuvieron distinto impacto en los países periféricos que en los centrales, la lógica que los condujo fue relativamente semejante. 

La «crisis de la pandemia» emerge como un escenario inesperado pero especialmente propicio para poner en cuestión estos principios de la ideología neoliberal. En un artículo reciente, publicado por el portal Mises Wire, que se define como un medio dedicado a ofrecer «noticias y opiniones contemporáneas a través del lente de la economía austriaca y la economía política libertaria», se sostiene:

(…) el «cambio climático» y la pandemia de coronavirus son coincidencias afortunadas para [los nuevos marxistas]. (…) La epidemia de coronavirus ofrece a todos los enemigos del capitalismo puro una oportunidad aún mayor para derribar lo poco que queda del sistema de libre mercado. Con la ayuda de cierres coercitivos —supuestamente una medida para «combatir el virus»— los gobiernos pueden destruir directamente el capital corporativo, boicotear el comercio mundial y causar un desempleo masivo, dejando así a mucha gente abatida y receptiva a políticas aún más intervencionistas, colectivistas o incluso socialistas.  

Sin duda el alerta está activo para los representantes e ideólogos de las doctrinas del libremercado. Nada de lo que se manifiesta en las calles, primero como «movimientos anticuarentena», luego como «antivacunas», apareció por generación espontánea. Para comprobarlo alcanza con recorrer los Think tank, donde se constata la virulencia con la que se movilizan para librar sus combates ideológicos, que se expresan también en sus portavoces políticos y mediáticos

Probablemente, una de las expresiones más acabada en esa dirección sea el Manifiesto liderado por el escritor peruano Vargas Llosa y rubricado por intelectuales, empresarios y referentes políticos de Europa, América Latina y Estados Unidos. La prosa tiene una agresividad nada habitual para estas derechas atentas a la manipulación mediática. Luego de denostar a las «dictaduras» de Cuba, Venezuela y Nicaragua y ubicar a Argentina, México y España como países acechados por Estados intervencionistas, sostienen: 

A ambos lados del Atlántico resurgen el estatismo, el intervencionismo y el populismo con un ímpetu que hace pensar en un cambio de modelo alejado de la democracia liberal y la economía de mercado. Queremos manifestar enérgicamente que esta crisis no debe ser enfrentada sacrificando los derechos y libertades que ha costado mucho conseguir. Rechazamos el falso dilema de que estas circunstancias obligan a elegir entre el autoritarismo y la inseguridad, entre el Ogro Filantrópico y la muerte. 

En esa dirección, resultan igualmente significativas y muy reveladoras las manifestaciones del propio Trump en su campaña electoral, al sostener que en caso de que triunfara Biden se correría el riesgo de que surgiera una «Venezuela dentro de Estados Unidos». Esas amenazas alcanzaron su expresión más tangible en el asalto al Capitolio por seguidores de Trump en el momento en que debían certificarse los votos que consagraban a Biden como nuevo presidente de los Estados Unidos. 

Es un hecho inédito, al menos para los últimos tiempos, la amenaza de una sedición interna para el país del norte. Estas provenían siempre del «mundo exterior». Los acontecimientos  desencadenados van por supuesto mucho más allá de lo esperable en una contienda electoral. Se inscriben en un contexto ya convulsionado, signado por enfrentamientos entre facciones antagónicas de la sociedad norteamericana, como lo mostraron también los levantamientos populares y antirracistas que se vivieron antes de iniciada la campaña electoral. Levantamientos que, en plena pandemia, tuvieron un alcance también inédito para su historia reciente; pero que no pueden comprenderse sin considerar la profunda crisis económica, social y sanitaria que atraviesan los EE. UU.  

Sería un error ver en Trump a un «loco descarriado», como tantas veces se lo hace aparecer. Trump fue también producto y efecto de una crisis estructural que atraviesa el capital a escala global. Más allá del devenir de los inéditos acontecimientos políticos, lo que por ahora es claro es que la era Trump ha logrado consolidar y comenzar a darle entidad política a amplios sectores ultraderechistas y neofascistas que pueden persistir más allá de él, entre otras cosas porque son emergentes de una misma crisis sistémica.  

En el marco de esas contradicciones debe leerse también el llamativo movimiento de «Millonarios por la Humanidad» que demandan a los Estados por el cobro de mayores impuestos. Sus declaraciones no dejan de sorprender; bien podrían haber sido escritas por el más acérrimo enemigo del capital. Afirman, por ejemplo, que la «humanidad es más importante que nuestra plata» y consideran que la situación «no puede resolverse con caridad, por más generosa que sea». Obviamente, representan a un grupo muy reducido de todos los millonarios del planeta. Sin embargo, dan una señal inteligente en términos de las amenazas que podrían cernirse sobre sus intereses, en un escenario político convulsionado e imprevisible como el que ya se percibe. 

Es este también el contexto en el que surgieron los denominados «movimientos anti» (cuarentena, vacunas, etc.), a los que ya nos referimos. De alguna manera, mientras las aguas se agitan, mientras el río está revuelto –como se dice–, la ganancia es de los pescadores. Probablemente, en este caso las consignas que los convocaron no deban leerse «al pie de la letra»: todas ellas resultan profundamente irracionales, cuando no contradictorias. En nuestro parecer, hacen parte de un proceso en el que lo importante –para los sectores aún hegemónicos– es generar las condiciones para que no se advierta que el rey está desnudo. Que no se advierta lo que ya está a la vista de muchos/as: los límites cada vez más críticos a los que conduce el capitalismo financiero transnacional que gobierna hegemónicamente el planeta.  

No sabemos a ciencia cierta si esta nueva crisis planetaria (que en lo económico recién comienza) supondrá una transformación efectiva de las bases del capitalismo actual. Son varios los caminos abiertos, entre ellos el riesgo de la consolidación de nuevas derechas extremas; pero también la lucha de los pueblos y los países que ya resisten a estas lógicas neoliberales. 

En principio, no hay indicios de un cisma inmediato en las estructuras que soportan al actual sistema económico global. Pero, sin dudas, la pandemia ahondó en los ya erosionados supuestos ideológicos en los que se sostiene. Develó –como nunca antes, probablemente– la irracionalidad de su lógica reproductiva y los supuestos profundamente inhumanos en que se funda.  

Si Hegel estuvo en lo cierto, y admitimos con él que «todo lo real es racional, y todo lo racional es real», hay razones para sospechar precisamente que la irracionalidad del sistema no podrá sostenerse por mucho tiempo. Resta averiguar, en todo caso, si en su derrumbe se lleva a la humanidad consigo.

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