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Chile: entre el tiempo muerto y el salto histórico

Chile se encuentra en un «interregno», según la definición gramsciana. Ni el régimen actual termina de morir, ni emerge con claridad una alternativa. Ante este panorama, la izquierda debe ofrecer radicalidad y ruptura.

La canónica definición de crisis de Antonio Gramsci -«el hecho de que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer»- refería a una época parecida al presente. Aludía a un tiempo enfermo, a un «interregno» en el que se hacen realidad «los fenómenos morbosos más variados». Generalmente traducidos como «monstruos», dichos «fenómenos» referían a hechos más allá de los límites morales: la osadía de algunas violencias; la desvergüenza de otras corrupciones; la oscura corrupción de los comunes y corrientes. En suma, una diversidad de fenómenos sociales y políticos ruines.

Así luce más o menos Chile hoy. Ni Sebastián Piñera ni el régimen de la transición terminan de acabarse, por mucho que persistan heridos de muerte desde la revuelta de 2019. Pero por el otro lado nada parece emerger como alternativa. El vacío político en la debacle de la era de la Transición (1990-2019) aviva la sombra de los verdaderos dos demonios de las clases populares latinoamericanas: la reducción a la turba de algún caudillo y el autoritarismo militar desde el Estado. La otrora densa y moderna izquierda chilena hoy se confunde en la niebla parlamentaria del tiempo muerto de la crisis, imaginando tal vez y de forma muy equivocada que el presente será eterno.

El vacío

Para la izquierda chilena, la firma del acuerdo del 15 de noviembre de 2019, que posibilitó la apertura del proceso constituyente actualmente en marcha, es un punto polémico. Más allá de controversias, la fecha es el hito en que la suerte de la Constitución de 1980 quedó echada. Luego vino el plebiscito, postergado de abril a octubre de 2020, cuando el rotundo y masivo apoyo en las urnas al inicio del proceso terminó por hundir el mejor y más afinado engendro de orden de la oligarquía chilena. Ahí pareció agotarse el «repertorio» de la política destituyente, de marcadas caras plebeyas, que empezó en la difusa revuelta popular y terminó aplastando un año más tarde al pinochetismo, y con él a toda la legitimidad del orden político de la Transición.

El desborde del río se ha llevado todo. En paralelo a la aparente quietud callejera sostenida por más de un año con arbitrarias y erráticas cuarentenas sanitarias, toque de queda y un descarado uso político del estado de excepción, por la base –en cada casa, en los espacios cotidianos de complicidad que surgen en chats sin cuarentena y reuniones recreativas proscritas– el desgobierno se sigue expandiendo más allá de las jornadas de la revuelta. La bancarrota de lo que en la década de 1990 se llamó «el modelo chileno», es total y tiene un tinte de masas. Pero es también un momento de desfonde de la política, de saber cómo producir soluciones y no solo crisis. Más allá emerge el vacío, la redundancia fatal (en este contexto, realmente fatal) de lo que se conoce y que ya no sirve.

Hay una particularidad histórica en este tiempo muerto de la crisis. El vacío que deja el neoliberalismo es peor que los vacíos anteriores. Si éste se erigió destruyendo la política para colocar en su lugar el método legal del imperio capitalista, si dicho orden se basaba en la idea según la cual el orden del mercado era uno y definitivo, y por ende no necesitaba otra moral para sostenerse más que la expansión ilimitada del goce del consumo, entonces la pérdida de su carácter de orden legítimo constituye una catástrofe mayor. Es extremadamente difícil producir política democrática después de que esta fue desplazada por la barbarie, por la siempre injusta relación de fuerzas brutas, por la violencia desnuda vestida por las formas del mercado. ¿Cómo organizarse en pos de fines colectivos en el reino en ruinas del individualismo? ¿Para qué el colectivo cuando toda relación con el estado se procesa en clave individual, desde la recepción de bonos en dinero hasta la experiencia brutal de la represión? Ninguno de estos problemas es simple de resolver.

En este vacío de sentido, con la pandemia poniendo en trance todo proyecto, ya no hay destino común, ya no hay proyecto de humanidad aparte  del frío cálculo de un mercado cada vez más salvaje. Salvajismo que ya no es metáfora, sino una realidad normalizada de forma estremecedora. Un tiempo sin mapas, sin ejemplos, el tiempo de la secularidad total, del absoluto descreimiento, de la realidad sin arreglo. La utopía después de las utopías, al caer en picada, solo deja un forado enorme donde antes solía haber consenso. No es la primera vez que ocurre en la historia, pero sí la primera en mucho tiempo para la mayoría de las personas que habitan Chile.

La redundancia

Por otra parte, la versión regional de izquierdas del consenso derruido, encarnada en los progresismos latinoamericanos, también se hunde en la crisis de legitimidad del macro orden de los opacos años 90. Ya no expresan la esperanza popular como alternancia al ultra-neoliberalismo representado por Carlos Menem o Ricardo Lagos. Ya nada parece encender en las masas el entusiasmo por el porvenir, por un nuevo desarrollo capitalista que redistribuya en tono latinoamericano y plebeyo. En Bolivia, su mejor ejemplo, dicha opción sobrevivió golpeada; en Ecuador fue derrotada por la desconfianza de un sector del campo popular; en Perú, el progresismo nunca alcanzó a nacer. Ahí también terminó reinando el vacío, pues la descomposición del mito del pueblo del siglo XX tampoco ha tenido un reemplazo efectivo desde la derecha. Venezuela no cayó y Piñera hizo el ridículo en Cucuta, meses antes de la revuelta de 2019. El imposible rearme de un ciclo político virtuoso parece hoy una tragedia regional coronada por la impotencia de las clases populares de convertir revueltas en ofensivas políticas.

La redundancia en la praxis de los actores es lo más normal. La derecha, tanto el gobierno, como sus parlamentarios y sus bases (el empresariado y las clases propietarias), ofrecen el espectáculo de una lucha fratricida, definida entre la lealtad suicida y antipopular y la crítica oportunista al gobierno de Sebastián Piñera. Si el instrumento político no funciona, si los partidos de la coalición en el poder carecen del más mínimo margen de maniobra y liderazgo, el empresariado también experimenta la desorientación política, y ello acelera el paso a la defensa violenta de sus privilegios. La resistencia desesperada de los patrones se muestra desnuda en ejemplos brutales. Primero fue el gremio inmobiliario, después el de los agroindustriales: ambos se quejan de las ayudas estatales, pues aquello los obliga a «mejorar los ingresos de los trabajadores». En una misma semana, el multimillonario presidente Piñera se ha opuesto a diversos programas de asistencia, a la vez que intenta detener un impuesto a los súper ricos cuyo trámite avanza en el parlamento, y que de aprobarse afectaría directamente a sus arcas.

La persistencia del clasismo empresarial, con el presidente a la cabeza, solo expresan bajos instintos de clase, y nada de política. Allí no hay estrategia alguna. La derecha pelea el día a día y ofrece una feroz, aunque fragmentada resistencia a su propia crisis. Habitar la crisis significa redundar en una dominación amarga de tan explícita que es. Ya por casi veinte meses, en Chile la crisis avanza corroyendo en cada hogar y puesto de trabajo los cimientos mismos de la democracia neoliberal. En La Moneda el plan parece ser que a costa de la democracia se salva la clase. No hay más orden que resistir para ver si mañana todo se olvida, para probar si todo esto fue solo un mal sueño, una turbulencia olvidable. Cuando la cuenta bancaria se mide en millones de dólares, cuando todavía se tienen a mano los resortes de reconstrucción, no se teme a los derrumbes.

Así, entre el atrincheramiento desesperado de unos y la radicalización delirante de otros, flotamos en el vacío. Pareciera ser que solo queda  seguir destruyéndose en la vorágine del derrumbe hasta que ya nadie pueda ganar nada. Una macabra descomposición entremedio de 25 mil muertos por COVID. El gobierno expresa, en su resistencia cada vez más desanimada, la profundidad y daño que dejó el fuerte golpe de su derrota en el plebiscito. La última bala del soberbio presidente eran las vacunaciones y el gobierno terminó siendo reconocido por la población como el factor de error y crisis que arruinó una campaña exitosa. No les quedan más jugadas, pues el itinerario electoral es denso hasta el fin del gobierno en marzo de 2022. Aunque sabemos que siempre pueden apostar doble o nada y patear el tablero.

Todavía incierto, no es descabellado imaginar que la derecha utilice el recurso autoritario. Es sabido que el desgobierno actual, el vacío de autoridad, es muy molesto para las Fuerzas Armadas, que en diversas ocasiones han recurrido a muestras de autotutela y deliberación política inéditas desde la Dictadura. Así, Carabineros se encuentra en abierto enfrentamiento y antagonismo a las instituciones de DDHH, algunas estatales, así como a las instancias judiciales que los investigan por corrupción. El Ejército, por su parte, ha sido denunciado recientemente por prácticas de espionaje y hostigamiento a periodistas, fiscales y jueces que investigan su ya archiprobada corrupción institucional, medida en millones de dólares. Los militares no parecen tener ánimos de protagonismo en esta crisis, pero el nivel de autonomía y deliberación que han ido demostrando, en medio de un vacío político enorme, resulta un hecho preocupante dada la morbosidad de los tiempos.

Saltar (o hundirse)

Pero en la incertidumbre del vacío y a pesar de la redundancia de las instituciones políticas, en la base la rebelión se sigue desplegando. En estos días se cumple una década desde que comenzaron las masivas protestas estudiantiles de 2011 en Chile. Fue la primera herida de preocupación que tuvo el orden de la Transición. Las protestas, protagonizadas por cientos de miles de jóvenes en todo el país durante casi todo el año, lanzaron un desafío mayor que la reivindicación de una reforma. Desde entonces, desbordando los límites de la lucha estudiantil, se abrió un proceso masivo de formación de movimientos, coordinadoras y partidos que han planteado desde un orden «post neoliberal» hasta el cambio de Constitución y de régimen. Este año se cumple una década de desestabilización política desde abajo. Los nuevos movimientos de trabajadores, especialmente fuertes en sectores como la docencia, los puertos y la burocracia estatal precarizada, el movimiento feminista, mayoritariamente identificado con las izquierdas, o el reguero de organizaciones en conflictos socioambientales contra las industrias extractivas, han ido haciendo densa y concreta la impugnación al neoliberalismo. Pero por otra parte, la elaboración de un proyecto de sociedad que supere la redundancia sin sentido de la crisis no ha tenido un desarrollo nítido ni veloz.

Aunque no debe observarse un simple vaso medio vacío. Lo cierto es que desde 2011 las fuerzas sociales y políticas que apostaron a desarmar el edificio neoliberal junto a su legitimidad de masas tuvieron éxito. Hoy, por la base, el salto histórico se concreta en un nuevo consenso de masas. Pareciera que ante el vacío total, y ante la redundancia en él de la clase política, las masas han decidido abrazar el vértigo. Así, el remache crítico de una década ha generado entre las clases populares posiciones mayoritarias a favor del fin del ahorro previsional privado (las AFP); de más y mejores derechos sociales y menos mercado, sobre todo en salud, educación y vivienda; por derechos sexuales y reproductivos de avanzada; más participación política para las organizaciones de la sociedad civil; etc. La entente de la Transición está en el piso, y no se volverá a levantar. La lucha de más de diez años contra el neoliberalismo ha logrado permear a las mayorías, se ha convertido en la opinión de masas. Las distintas izquierdas surgidas o reimpulsadas desde 2011, por su parte, observan demasiado aquella hegemonía transicional en ruinas, no logran convencerse del todo de que ya no hay paz, de que no volverá la paz sin mediar un conflicto secular. En el horizonte asoma historia y no quietud.

Sin capacidad de ofrecer algo más que vergüenza por sus ideas, y sin más recurso que plantear evasivas al conflicto abierto, los partidos supuestamente leales a las clases populares se desentienden de este antagonismo que sigue creciendo y se radicaliza sin descanso, disponiéndose cada vez más a un salto histórico que permita sortear la parálisis. Y es que la crisis es cada vez más urgente para las mayorías trabajadoras del país. Además, las mayorías han pasado esta década aprendiendo a avanzar a punta de votos y barricadas. Así se demostró recientemente, con un retorno de las protestas callejeras – violando el estado de excepción – en los barrios periféricos de Santiago ante el anuncio de la negativa presidencial a que los trabajadores puedan hacer un tercer retiro de dinero de las cuentas de ahorro previsional, que dicho sea de paso ha sido la única alternativa ante las magras ayudas gubernamentales y la envergadura de la crisis económica que los acosa. Pero hay algo más en este retorno del recurso a la barricada. Hay algo que denota una disposición al salto adelante, el saber que se puede obtener ese dinero si se presiona lo suficiente, un tanteo a las posibilidades de un poder popular ya experimentado en la revuelta. Es así, tosco, desanclado de los itinerarios y prelaturas de los partidos, un tanteo por la política autónoma, situada desde los intereses parciales de las clases trabajadoras. No luce como gustaría, pero es indiscutiblemente una política popular actuando sin permiso.

Que el reflejo popular por la lucha consista en la demostración de malestar a través de la gresca callejera desnuda su carencia de estrategia. Hace tiempo que se tocó el techo del disturbio, y éste parece un simple gesto táctico que testimonia tanto el malestar como su impotencia política. El par de miles que mantenían las protestas en el centro de la ciudad cada viernes, al menos hasta que las cuarentenas lo permitieron, fueron convirtiendo en una tradición cuasi teatral lo que en su momento fue novedosa explosión. Y ya ni eso. Se fue la escultura del General Baquedano del centro de la Plaza y, aunque nadie lo previó, también se fueron los manifestantes. Apelar a la verdad de la revuelta de ayer es reducir la verdad de la indignación popular de hoy: la crítica frontal y radical a todo lo políticamente existente, el rechazo a formar parte de cualquier esfuerzo de reconstrucción de lo derruido en el último trimestre de 2019.

He ahí, por tanto, un dilema para la izquierda chilena: abrazar la creciente disposición de las clases populares a producir un salto histórico, una ofensiva por una nueva etapa política o priorizar la salvación de la institucionalidad política. Ambos intereses divergen. Y es que también, junto a la rabia de cada familia golpeada por la crisis, crece también la posibilidad del mito del atajo populista. En la izquierda esto se apersona en la figura de Pamela Jiles, exdiputada del Frente Amplio, actual líder del Partido Humanista, tratando de liderar la demanda por más ayudas estatales a las clases populares. Si la izquierda no quiere romper con el régimen cuando éste sufre una debacle así de profunda, debe estar segura que alguien más lo hará. Esa es la oportunidad que se le abre al populismo de tonos de izquierda, la de satisfacer con teatralidad antagonista la oposición real de las mayorías a la dominación, así como su disposición secular a la lucha. Los saltos al vacío que promete el populismo, lo sabemos ahora, se quedan en mera retórica, en espectáculos de danza que simulan enfrentamientos.

La izquierda -comunista y frenteamplista por igual- se ha dedicado a denunciar la falta de seriedad de Jiles y otros coqueteos con el populismo. Como sea, puede atacar el espectáculo de luces que hay detrás de las tácticas populistas en la política chilena actual, pero no puede negar la creciente disposición al salto al vacío de buena parte de las clases explotadas. Negar ese hecho es identificarse con las instituciones o por lo bajo reconocerse en la vereda opuesta al sentir popular. Sería un error fatal. De ahí que la izquierda deba ponerse a la cabeza de la voluntad de ruptura y terminar de nacer como la inteligencia política que urge por un cambio radical y democrático. Ya no hay institucionalidad que defender, solo el caos y el vacío de sentido de una barbarie neoliberal que no termina de morir. Socialismo y democracia es una oferta más audaz que gritar insultos a la oligarquía por la prensa o acaudillar pueblo reduciéndolo a irreflexiva masa votante. O la izquierda apuesta a doble o nada por el socialismo, o quedará reducida a la galería de espectadores sin boleto en un teatro político dispuesto a una nueva regresión autoritaria que de seguro ya está en marcha.

 

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Publicado en Chile, homeCentro and Política

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