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Guattari y los desafíos latinoamericanos de hoy

Un 30 de abril de 1930 nació Félix Guattari, psicoanalista, filósofo y activista francés que supo combinar su labor intelectual con un compromiso político profundo y militante.

Félix Guattari nació un 30 de abril de 1930. Desde temprana edad supo combinar su quehacer autodidacta como filósofo y escritor con una investigación y una práctica clínica, pero también con el activismo político: capacidad de dar cuenta de fenómenos diversos para intervenir en planos de la realidad que muchas veces se nos presentan escindidos. Félix intervino activamente en las discusiones del Partido Comunista Francés en la primera mitad de la década del cincuenta y, después, fue un militante de las experiencias que se gestaron por fuera del estalinista PCF: entre 1958 –cuando abandonan la «táctica de infiltración» en el seno del PCF– y hasta 1964, participó de la organización La Voie Commnunista, que editaba un periódico del mismo nombre y, desde 1965, de la «Oposición de Izquierda». 

Mayo del 68 lo encuentra siendo un protagonista activo del acontecimiento francés junto a usuarios de la Clínica Le Borde, quienes ocuparon el Teatro del Odeón. La década del sesenta la culmina publicando Psicoanálisis y transversalidad (donde gran parte de la «caja de herramientas teóricas» del trabajo con y sobre la subjetividad aparecen entremezclados con «Tesis» políticas de la Oposición de Izquierda) y la de los setenta la abre con  su trabajo junto al filósofo Gilles Deleuze. Conocida es su participación junto al operaismo italiano a fines de la década (las Radios Libres, entre otras) y sus vínculos con las primeras organizaciones ecologistas. 

Pero su activismo no se agota allí, sino que interviene también en las discusiones políticas, forjando una auténtica «práctica teórica». En los años ochenta viaja a Brasil, se entrevista con un joven Lula y recorre lo que el poeta y ensayista argentino Néstor Perlongher denomina el Brasil menor. Los últimos años de su vida los dedicó a pensar y ejercer un activismo en torno a la ecosofía, o una filosofía caracterizada por pivotear sobre tres dimensiones de la ecología: la ambiental, la social y la subjetiva. Falleció en 1992, un 29 de agosto en la Clínica Le Borde. Dejó un legado aún poco explorado por las izquierdas y las militancias populares. 

Crítica y política

En 1952, con veintidós años, Guattari abandona el hogar familiar para irse a vivir solo. Lleva ya varios años de «politización» que, como en tantos otros casos, llegó a su vida con la liberación de París, en 1945, cuando la Segunda Guerra Mundial llegó a su fin. Félix había comenzado a escribir desde adolescente: poemas, historias, sueños. Aunque quienes lo conocieron sostienen que era mejor orador que escritor, esa etapa marcó para siempre una vocación irrenunciable. 

De aquellos años de la primera juventud consta su paso por el Partido Comunista Internacionalista, fracción francesa de la Cuarta Internacional (trotskista) y su «táctica de infiltración» en el seno del Partido Comunista Francés, posicionado en la línea oficial de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Militante comunista crítico del estalinismo, Guattari cuestionó con fuerza las posiciones del PCF respecto de la guerra de Argelia y transitó distintos momentos de activismo en los marcos del marxismo antes de incursionar en sus propias apuestas por gestar «organizaciones políticas de nuevo tipo».

Entre batalla política y batalla política, Félix estudió primero farmacia y luego –lecturas filosóficas mediante– llegó a los seminarios de Jaques Lacan, de quien también fue paciente. De la mano de su amigo Jean Oury, joven y brillante psiquiatra, Guattari logró combinar su pasión por la militancia con lecturas ligadas a la filosofía, la psiquiatría y el psicoanálisis. En abril de 1953 Oury funda Le Borde, clínica que abrió sus puertas en julio de 1956 pero rápidamente entró en bancarrota. Y allí, precisamente allí, es donde entra en escena el joven Guattari, para mostrar sus dotes de organizador: con veinticinco años, se hace cargo de las finanzas de la institución y logra salvarla, transformándose, de hecho, en su director.

Crítica y clínica

Le Borde se destaca desde sus inicios por trabajar a través de la organización de «comités»: de cocina, de cultura, de limpieza, de menú… comités que se intercalaban con ámbitos de discusión de temas más generales, incluso de política, de coyuntura. En su «Carta fundadora», por ejemplo, los rastros de la experiencia militante de Guattari se hacen sentir con fuerza: instituyen un principio común del colectivo de trabajo como grupo terapéutico según tres principios organizadores:

  1. El centralismo democrático, que garantiza la preeminencia del grupo de gestión y responde al clásico principio marxista-leninista.
  2. La utopía comunista, que estable la precariedad de los estatutos y promueve la puesta en cuestión de la división del trabajo manual y el trabajo intelectual.
  3. El antiburocratismo, a partir del cual se ponen en común las responsabilidades, las tareas y los ingresos económicos de cada uno, en la búsqueda por gestar una organización comunitaria de la vida.

Cuentan que para incitar a los militantes comunistas a romper con el partido, Félix los invitaba a Le Borde para que conocieran «en la práctica» aquello que desde lo teórico ya comenzaba a esbozarse como una crítica sagaz a los modos de hacer política del estalinismo. Esta labor clínica de Guattari se presenta de un modo inescindible a sus modos de practicar la investigación y llevar adelante una práctica política. Así, entre 1956 y 1966 participará de algunas experiencias claves de investigación/producción «profesional»:

En 1961, Guattari se suma al GTPSI, Grupo de Trabajo de Psicoterapia y Socioterapia Institucional, fundado el año anterior. Experiencia que, hasta 1965, funciona con dos reuniones anuales, llevadas adelante durante un fin de semana completo, en la búsqueda por «hablar fuera de los propios establecimientos». En 1965 participa de la fundación de la Sociedad de Psicoterapia Institucional, con un grupo de psiquiatras que definen un campo teórico-práctico de intervención que toma el nombre de «psicoterapia institucional», que tiene entre sus principios considerar que «solo es posible hacerse cargo de los locos dentro de una institución que ha reflexionado sobre su propio modo de funcionamiento». 

Esta tendencia promueve nuevos tratamientos en la búsqueda por inventar nuevos agenciamientos y conexiones sociales y hacer surgir nuevos «grupos-sujetos» que deshagan a su vez los grupos que están sometidos (sujetos) a las leyes exteriores (un año antes, en 1964, Guattari ya había presentado en el Primer Congreso Internacional de Psicodrama, desarrollado en París, su tesis sobre la «transversalidad», concepto que pone en cuestión un doble supuesto: el del eje vertical en tanto estructura piramidal, como el eje horizontal que yuxtapone distintos vectores sin conexión entre sí).

También en 1965 se funda la Federación de Grupos de Estudios e Investigaciones Institucionales (FGERI), que en enero del año siguiente lanza el primer número de su revista Recherches, donde –entre otras cuestiones– sostienen que «la repetición es la muerte» y cuestionan la utilización que algunos sectores hacen de Karl Marx y Sigmund Freud («el modo de la repetición es entregarse a una suerte de adulación mortífera», insisten). No es que el grupo no rescate los aportes freudianos y marxistas, sino que lo hacen poniendo la libido en el centro del proceso de investigaciones, que conciben desde una perspectiva «transdisciplinaria», es decir, como un proceso de interrogación original sobre cada disciplina, a la vez que se apuestan por articular sus orientaciones y poner en discusión «la división de propietarios preocupados por sus límites fronterizos». En junio de 1967, la revista inicia la publicación de números temáticos.

El Grupo de Estudios y de Investigaciones del Movimiento Obrero (GERMO) y el Grupo de las Mujeres de Izquierda (GROBOFEGA), ambos impulsados por el FGERI, buscan establecer  conexiones entre la «práctica profesional» y su afuera. El primero aparece ligado a las experiencias sindicales de izquierda –que, a su vez, tienen un fecundo vínculo con sectores del movimiento universitario– y el segundo pretende aportar a la difusión de una cultura de liberación sexual (libertad de abortar y promoción de la anticoncepción gratuita) en combinación con reflexiones en el campo de la historia y la etnología. En 1967, como cierre de todo este período, crea el Centro de Estudios, de Investigaciones y de Formación Institucionales (CERFI), un colectivo autogestionado que se propone estar «a la escucha» de los distintos actores sociales. 

Simultáneamente, Guattari interviene en el campo específicamente político. Desde 1958 –momento en que abandonan la «táctica de infiltración» en el seno del PCF– y hasta 1964, Félix participa de una organización y un periódico (que publica 49 números entre 1958 y febrero de 1965, momento en que es embargado por publicar un Manifiesto en defensa del pueblo argelino que lucha por su liberación) que lleva por nombre La Voie Commnunista y cuenta con un «núcleo obrero» (en la Hispana) y otro «estudiantil» (en La Sorbona). 

En 1965, un año después de haber dejado La Voie Commnunista, crea la Oposición de Izquierda (OI), una organización política que sirve, además, como espacio de contención militante de sus allegados profesionales. En los marcos de esta experiencia Guattari logra dar un paso más allá de la crítica al burocratismo de corte estalinista. En la «Plataforma Programática» –que es redactada en la Clínica Le Borde y se publica como folleto en febrero de 1966– aparece con claridad una crítica, incluso, al «centralismo democrático» que sostenían desde sus posiciones trotskistas. Desde este espacio fundan el Bulletin de l´ Opposition de Gauche (BOG), que tiene una frecuencia quincenal.

El Mayo Francés 

«Como un pez en el agua», así define Francois Dosse (biógrafo de Deleuze y Guattari) la posición de Félix durante el Mayo Francés, cuando es tomado el Teatro del Odeón. Y cuenta esta anécdota que me permito transcribir:

Con esto se apunta a la cultura oficial de la República, pues el Ministro de Cultura André Malraux frecuenta este teatro. Guattari forma parte de la ocupación, después de evaluar los peligros que representa el ataque frontal de uno de los símbolos del Estado. La Universidad, vaya y pase: está protegida de las intervenciones intempestivas de la policía por los derechos universitarios, ¡pero el teatro subvencionado de Jean Louis Barrault es otro asunto! 

Guattari pone toda la habilidad de la FGERI –sus médicos, sus diversas redes de militantes- al servicio de la toma del Odeón. «Muchos trabajan en los hospitales. Llenamos los autos de vendas, desinfectantes, antibióticos». Otros se ocupan del abastecimiento necesario para sostener una hipotética ocupación. «Habíamos visitado el teatro diciendo que éramos periodistas y vimos que podíamos subir al techo, llevar colchones, y que había sitio para almacenar medicamentos y comida». Después de la gran manifestación del 13 de mayo, el Odeón es tomado por asalto el día 15 y el movimiento irrumpe en una escena donde artistas e intelectuales; pero, sobre todo, una multitud anónima toma la palabra en el hall de entrada. El comando principal escribe en rojo esta advertencia:

Cuando la Asamblea Nacional/ se convierte en un teatro burgués,

todos los teatros burgueses/ deben convertirse en Asambleas Nacionales.

El encuentro con Deleuze

Sin lugar a dudas, el «clima de mayo» tiene entre sus efectos el encuentro entre Gilles y Félix. Deleuze es un filósofo con claros dotes de polemistas, y seguramente el recorrido militante y profesional de Guattari lo haya atrapado por las conexiones con algunos planteos que ya se venía haciendo. Por supuesto, el interés de Deleuze por el psicoanálisis ya estaba presente en sus textos previos, a la vez que Guattari siempre tuvo un manejo muy fluido de la filosofía. Sobre ese comienzo supo decir Deleuze: «Felix y yo decidimos trabajar juntos. Al principio lo hicimos por cartas. Luego, de tiempo en tiempo, en sesiones donde uno escuchaba al otro. Nos divertimos mucho. Nos aburrimos mucho. Siempre había uno que hablaba demasiado…». Y agrega continuación:

También leíamos mucho. No libros enteros, sino trozos. A veces encontrábamos cosas totalmente idiotas que confirmaban nuestros prejuicios del Edipo y la gran miseria, la gran pobreza del psicoanálisis. A veces nos encontrábamos con cosas que nos parecían admirables y teníamos ganas de desarrollar. También escribíamos mucho. Félix trata a la escritura como un flujo-esquizo que carga toda suerte de cosas…

En 1972 sale a las calles el primer trabajo conjunto: Antiedipo, primer tomo –a su vez– de Capitalismo y esquizofrenia (el segundo tomo, Mil mesetas, será publicado en 1980 y en medio escriben y publican Kafka, para una literatura menor). Antiedipo no solo lleva el nombre de ambos, sino que implica un profundo trabajo entre los dos. Se trata de un libro que funciona como punto de partida de una serie de producciones conjuntas pero también de ese encuentro que produce una mutua afectación. Ninguno de los dos será el mismo de allí en más. Nacerá así una amistad, en sentido cabalmente filosófico. Tal como remarca Raúl García en La anarquía coronada. La filosofía de Gilles Deleuze, la amistad así entendida «niega la identificación». No hay, entonces, analogías ni equivalencias, sino diversidad, alianza (que suele ser «aberrante»).

Días de radio

Las radios en Italia funcionan durante un tiempo como verdaderos «andamios», «organizadores colectivos» – en el sentido cabal del término, tal como fue planteado en la teoría leninista de la prensa–. Las batallas en las fábricas y universidades, la lucha en las calles, supieron combinarse con profundos combates por el sentido, por la interpretación de lo que acontece y lo que hay que hacer en momentos donde el orden aparece desquiciado. Eso sucede en Italia a poco menos de una década transcurrida desde el Mayo Francés. Ante la muerte de un estudiante, o de una mujer a la que le niegan un aborto terapéutico –cuenta Dosse–, por ejemplo, un anuncio en las radios lograba que miles de personas salieran a manifestarse. «En Bolonia, Guattari es considerado un héroe. Se lo considera como uno de los inspiradores esenciales de la izquierda italiana», insiste el autor de la «biografía cruzada».

Pero no solo en Italia hay movimientos moleculares que pujan por hacerse escuchar. También en Francia, en un contexto totalmente distinto y un mayo del 68 que parece haber quedado demasiado lejos, sin embrago, se produce un intenso movimiento de «radios libres». Y allí está Guattari, junto a uno de sus hijos –que ya tiene 20 años– intentando abrir una grieta en las voces de los medios hegemónicos de comunicación. 

Junto a su amigo Francois Pain, especialista en tecnologías, Guattari ingresa clandestinamente, desde Italia, una serie de aparatos que le permiten realizar trasmisiones más allá de no encontrarse acreditado por el Estado. En 1977 se crea la ALO, la Asociación para la Libertad de las Ondas. Guattari –junto a Deleuze, Foucault y otras quince personalidades de la cultura francesa– firma un petitorio para la liberación de las antenas. Pero Guattari no se queda en la firma de un papel. Participa activamente del movimiento y junto con un grupo funda la Radio Libre París (que en 1980 pasará a llamarse Radio Tomate), que emite las 24 horas del día y, además de los programas culturales (teatro, música, cine), cuenta con un programa semanal de debate político coordinado por el propio Guattari. Las problemáticas de las «minorías» (como los ocupantes ilegales de casas) de Francia tienen un lugar. Incluso, las minorías de otros países: palestinos, irlandeses…

La apuesta revolucionaria, siempre

En el caso de Guattari, por su trayectoria militante, las preocupaciones por «las nuevas formas de subjetivación» siempre estuvieron vinculadas a otras de corte más específicamente político: cómo encontrar nuevas formas de lucha colectiva, que refundaran la perspectiva del proyecto revolucionario. En algunos textos de su autoría, como «Las luchas del deseo y el psicoanálisis», Guattari plantea que ambas luchas no pueden ser excluyentes entre sí: «por una parte, la lucha de clases, la lucha revolucionaria de liberación, que supone la existencia de máquinas de acción capaces de oponerse globalmente a las fuerzas opresivas, funcionando para ello de acuerdo a un cierto centralismo, o por lo menos un mínimo de coordinación; por otra parte, la lucha en el frente del deseo, en el frente de los agenciamientos colectivos que proceden a un análisis permanente de la subversión en todos los niveles del poder». 

En otros, como «Micropolítica del deseo» (ambos textos fueron reunidos en el libro titulado Cartografías esquizoanalíticas), cuestiona la idea de «representar a las masas e interpretar sus luchas». Así y todo, no condena a priori «toda acción de partido», toda idea de «línea, de programa, incluso de centralismo», pero sí se esfuerza por situar y relativizar esa acción en función de una práctica «que se opondría punto por punto a los hábitos represivos, al burocratismo y al maniqueísmo moralizante que contaminan actualmente a los movimientos revolucionarios» (tengamos en cuenta que Guttari habla y escribe en un contexto muy diferente al nuestro: entonces aún persistía la URSS y los PC alineados con ella, y «lo nuevo» emergía con toda la frescura de la novedad).

Sur Global y Nuevo Orden Mundial

Los años ochenta y el breve tramo de los noventa que vivió Guattari fueron tiempos de reconversión acelerada del capitalismo: el bloque socialista se desploma, el sandinismo (triunfante en 1979) pierde las elecciones en Nicaragua, la Argentina pasa a ser gobernada por un régimen neoliberal que gana las elecciones con la boleta peronista para rápidamente llevar adelante un programa de gobierno que va contra las tres banderas históricas del peronismo (políticamente libre, socialmente justa y económicamente  soberana). 

Estamos a las puertas de lo que será un Nuevo Orden Mundial. Guattari lo ve y con lucidez lo denomina Capitalismo Mundial Integrado (CMI), aun antes de que caiga el Muro de Berlín. En ese Nuevo Orden Mundial que comienza a bosquejarse tiempo antes de su muerte, el capital tiende a desterritorializarse en un doble sentido: por un lado, de modo extensivo (se expande al conjunto del planeta); por el otro, intensivo (ocupa la totalidad de la vida). Por eso para Guattari ya no resulta productiva la división Este/Oeste, y se propone pensar en clave de Norte/Sur, asumiendo que hay nortes en los sures y sures en los nortes. 

El «Tercer Mundo» pasa al centro de la escena. A comienzos de la década del ochenta Guattari viaja a Brasil, se entrevista con Lula –quien encabeza el proceso de nacimiento del Partido de Trabajadores– y conoce a Néstor Perlongher. Aún no ha nacido el Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra, el MST, pero los movimientos sociales tienen una presencia y un dinamismo inusitado para lo que es el Cono Sur, luego de que –vía Plan Cóndor– la voracidad imperial arrasara con las apuestas revolucionarias de esta región del continente. Guattari visualiza el Tercer Mundo como el sitio desde el que pueden llegar a surgir «recomposiciones más militantes» que puedan torcer las desfavorables relaciones de fuerzas a nivel internacional.

Es en este contexto que Guattari subraya que el movimiento obrero tiene un gran problema: el corporativismo sindical (él lo dice a propósito del obrerismo marxista pero también podríamos leerlo al interior de la Argentina, como un fenómeno que se extiende al obrerismo peronista). Y por eso insistirá en la necesidad de gestar nuevas prácticas (políticas y sociales) que puedan realizar una reapropiación –singular y colectiva– de la subjetividad (trabajo de resingularización). Guattari va a llamar a su propuesta EcoSofía, en un movimiento teórico de claras resonancias con su experiencia junto a «Los verdes». Su propuesta consiste en tramar una articulación de una ecología ambiental, sí, pero también social y subjetiva. En ese sentido, se refiere a la necesidad de llevar adelante una «reconversión ecológica» de la acción sindical. Una reconversión que implica estrechar nuevas alianzas, fundamentalmente con el feminismo y el ecologismo.

También en esos momentos de pasaje de la década del ochenta a la del noventa, Guattari se refiere a Latinoamérica en alguna que otra entrevista televisiva (para la TV Griega), leyendo el proceso de despliegue de ofensiva del capital a través de casos como los de Argentina y Chile. No puede menos que llamar nuestra atención, sobre todo teniendo en cuenta las repetidas ignorancias de los centros del poder/saber respecto de los procesos de las periferias globales. 

El francés Guattari es quizás uno de los teóricos más actuales del proceso de luchas populares latinoamericanas. En su afán conjuntivo (más que disyuntivo), logra pensar en un contexto incipiente dinámicas que hoy han logrado desplegar en la escena política de nuestros países una potencia arrolladora (como los feminismos y los ecologismos populares, las luchas por la diversidad y la organización comunitaria del precariado en el marco de las economías populares), sin perder de vista la necesidad –diríamos «macro», «molar», «por arriba»– de librar una disputa más general por otro tipo de sociedad, donde las lógicas y lenguajes más «clásicos» emergen para apuntar algunas propuestas más conocidas, quizás menos creativas, pero de las que seguramente a los pueblos explotados y dominados del mundo no nos convenga prescindir así nomás.

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