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La estatua de Napoleón, derribada durante la Comuna de París de 1871. (Hulton Archive / Getty)

La Comuna de París en los ojos de un liberal argentino

En 1871 Mariano Severo Balcarce, hijo del héroe de Suipacha y yerno del Libertador San Martín, se encontraba en Londres en calidad de Ministro Plenipotenciario. Sus informes, enviados a la cancillería en Buenos Aires, relatan con horror los sucesos de la Comuna.

Serie: 150 años de la Comuna de París

Entre el 18 de marzo y el 28 de mayo de 1871, los habitantes de París se rebelaron. Desoyendo el ruinoso acuerdo de paz firmado por el gobierno galo con el enemigo triunfante en la Guerra Franco-Prusiana, establecieron un Estado autónomo, al que llamaron Comunne. Las ideas, las decisiones y las políticas de los comuneros, también llamados federados, provocaron espanto y preocupación en el mundo «civilizado», así como también dejaron su huella en la teoría y la práctica revolucionaria posterior. 

La contrarrevolución, refugiada en Versalles, desató una ofensiva feroz para terminar con la revuelta. La tremenda crudeza de la represión final evidencia lo que este enfrentamiento civil significaba. No se trataba de diferencias políticas o sobre el futuro de Francia; era la lucha de clases llevada al extremo del enfrentamiento armado. 

Mariano Severo Balcarse, hijo del héroe de Suipacha y yerno del Libertador San Martín fue, a lo largo de cuatro décadas, Ministro Plenipotenciario argentino en múltiples destinos europeos. Las crónicas que escribió sobre la Comuna, reflejadas en sus informes al Canciller Carlos Tejedor, son extraordinarias. Constituyen una cronología alumbrada desde el punto de vista liberal y desde el horror personal ante el fallido intento de impugnar el status quo por parte de la Comuna. 

Este artículo rescata los informes manuscritos enviados a Buenos Aires desde el refugio londinense del embajador para, a través de ellos, intentar pintar un fresco del impacto emocional que produjeron semejantes acontecimientos a los ojos de Balcarce.

Los hechos (según Balcarce)

Mariano Severo Balcarce, médico personal del General San Martín, se desempeñó durante muchísimos años como diplomático representando a la Argentina en las principales capitales europeas: París, Londres, Roma y Madrid fueron algunos de sus destinos. Ejerció el cargo de embajador con simultaneidad en dos o más de esas metrópolis y en más de una oportunidad. 

En el cumplimiento de esa función asistió a sucesos de profundo dramatismo, como la Guerra Franco Prusiana y sus terribles consecuencias en suelo francés. La guerra que había estallado el 19 de julio de 1870 habría de extenderse hasta mayo de 1871. Fue una rápida aunque muy cruenta victoria de las fuerzas conducidas por Otto Von Bismarck quien, como reconocimiento, una vez terminada la contienda y unificados los reinos beligerantes en un nuevo Imperio Alemán, fue ascendido a Príncipe. 

Por su parte, el Segundo Imperio Francés era conducido por Napoleón III. Tras la derrota en la guerra, el Imperio dará paso a la naciente Tercera República. El primer ejecutivo de la República, Gobierno de la Defensa, tenía entre sus dirigentes más salientes a Adolph Thiers. Los del bando ganador sitiaron París durante cinco meses y la llegaron a ocupar incluso luego del armisticio, como garantía del cobro de las gravosas indemnizaciones impuestas a Francia.

Balcarce permanentemente anticipa el resultado de la guerra y el estallido de revuelta que sucederá ni bien se firmen los tratados preliminares de paz en la ciudad de Fráncfort. En todas sus comunicaciones oficiales toma partido por Francia, ante la cual representaba a la Argentina desde 1862, sucediendo a Juan Bautista Alberdi en esta tarea. La tradición francófila argentina tiene en el yerno de San Martín un exponente cabal.

El fracaso del Segundo Imperio dejaba en el limbo el futuro institucional de Francia y entonces Balcarce, en enero de 1871, anticipaba la necesidad de resolverlo prontamente para no alimentar más las causas revulsivas que veía asomarse. La futura Guerra Civil, decía el embajador, sería un escenario aún más aciago que el enfrentamiento entre las potencias beligerantes. 

París era obligada a pagar (por encima de la indemnización que le correspondía a Francia) otros 200 millones de francos para solventar los gastos ocasionados a los estados germanos durante el sitio; esta cláusula del acuerdo caerá pésimamente entre la población de la Ciudad Luz, contribuyendo desde luego a reforzar la rebelión que se avecinaba. El artículo IX del acuerdo de paz rezaba: «La ciudad de París pagará una contribución municipal de guerra de 200 millones de francos. Este pago deberá hacerse antes del 15º día del Armisticio y las condiciones del mismo serán fijadas por una comisión mixta formada por funcionarios alemanes y franceses».

Balcarce anticipa la rebelión por venir, ya que las condiciones del armisticio, relata desde Londres, «son onerosas y humillantes». El conocimiento del yerno del Libertador sobre la situación es sorprendente. Leamos un fragmento de sus informes:

El desarme de algunos batallones será necesario, y su actitud hace temer que no se logrará hacer sin medidas violentas. En París, en Lyon y en otros puntos, el partido Rojo se muestra irreconciliable, la suerte de la Francia depende de la consolidación del orden público, y de la vuelta a sus tareas habituales de los obreros que durante el sitio tomaron las armas en defensa de la patria… 

El anticipo de Balcarce estaba al caer: el pueblo Parisino, de larga tradición revolucionaria, no dejaría pasar fácilmente la firma del armisticio ni las exigencias desmedidas de los políticos prusianos. Vendería cara su derrota. La siguiente comunicación se produce cuando la insurrección parisina lleva transcurridos diez de sus escasos 72 días de existencia. Balcarce transcribe el fuerte impacto que le produce recibir las noticias procedentes de París en su residencia londinense.

(…) al terminar mi comunicación número 17 del 8 del corriente manifestaba a V.E. que el desarme de algunos batallones de la Guardia Nacional de París sería necesario y que su actitud hacía temer que ello no se lograría sin apelar a medidas violentas. El Gobierno temporizando a fin de evitar derramamiento de sangre entre hermanos, cuando el enemigo común, estaba aún a las Puertas de París, daba lugar a que cobrase bríos la insurrección latente que reinaba en algunos barrios de la Capital, desde cuyas posiciones dominantes, cañones en gran número amenazaban al resto de la población, desde luego en la zona de Montmartre y Belleville, de (los) que eran dueños los Batallones de Republicanos radicales, una autoridad secreta y atrevida, gobernaba en oposición al gobierno legal, nombrado por la Asamblea Nacional. La insurrección existía ya de hecho (…) los soldados de Infantería de línea, con que el General Vinoy pretendió atacar las primeras barricadas, lejos de obedecerle fraternizaron con el pueblo armado, y algunos jefes fueron hechos prisioneros por los insurrectos.

Balcarce mostraba su enojo ante las dilaciones previas a la represión de la Comuna:

La Asamblea Nacional que por primera vez se reunía en Versalles el 20, no adoptaba ninguna medida viril para robustecer la autoridad del gobierno. Este mismo, preocupado sin dudas de contener el resto de la Francia, buscaba medios de conciliación en vez de adoptar medidas de represión, y los diputados radicales de la capital reclamaban audazmente en la Asamblea que se hicieran las concesiones que los insurrectos exigían, obteniendo que se reconociese por el gobierno el principio de la Autonomía del Municipio y que París nombrase libremente su autoridad comunal.

En mi opinión, la revolución de hoy es la más grave y la más peligrosa de cuantas la han precedido. Todas han sido de un carácter más o menos político, mientras que la presente es exclusivamente social, y encabezada por hombres desconocidos o de fatales antecedentes, que para consolidar su usurpado poder no trepidarán en derramar a torrentes la sangre de sus conciudadanos y cometerán toda clase de horrores para conservar su preponderancia aun cuando sea por el terror. 

La situación política tambaleaba, y la opinión de Balcarce se radicalizaba. El relato es formidable y refleja tanto los acontecimientos extraordinarios que se suceden como la angustia creciente de Balcarce por el triunfo de la insurrección y el futuro de Francia y de todo el continente europeo. Es entendible que un republicano burgués como el diplomático temiera considerablemente el derrumbe del orden establecido y denunciara a la Comuna como un intento terrorífico de trastocar el status quo. Pero, además, es admirable la certeza con la que describe los hechos, sobre todo teniendo en cuenta que no estaba en territorio francés y que contaba con medios de comunicación precarios (porque Francia permanecía ocupada en gran parte del territorio por el ejército vencedor).

La convulsión en Francia era total. En París se sucedían las marchas y contramarchas, los nombramientos y las renuncias. Todo ello bajo la acechanza de los prusianos, estacionados a sus puertas. El Comité Central que dominaba París antes de la elección de la Comuna, integrado por miembros de la Guardia Nacional electos por sus propios integrantes, es acusado por el gobierno francés de ser aliado del enemigo prusiano. Nada puede ser más abominable. Comenzado el mes de abril, penúltimo de la Comuna, Balcarce comunica a Tejedor las Novedades de París: 

Desde entonces su carácter lejos de mejorar ha empeorado considerablemente, y aquella capital se halla amenazada de fuera por las tropas del Gobierno legal de la Nación, y por los soldados de Alemania, mientras que dentro, reina el terror que inspiran los actos arbitrarios y los excesos de los hombres que se han hecho dueños del poder (…) Una de las primeras resoluciones del Gobierno de París, fue declarar que la Asamblea Nacional reunida en Versalles debía disolverse y para ello, en la tarde y noche del día 2 de Abril numerosos batallones de Guardias Nacionales atravesando París salieron fuera de la ciudad para emprender en la madrugada del 3, su marcha sobre Versalles; marcha que en la crédula opinión de los más, debía solo ser un paseo triunfal; y que el Gobierno de Monsieur Thiers y la Asamblea desaparecerían, como desgraciadamente, había desaparecido el primero, de París, en la noche del 18 al 19 de marzo ante la defección e indiferencia de la gran mayoría de su población. 

La expedición parisina fue un fracaso, ya que ni siquiera llegó a destino. Esta intentona, entre otras iniciativas, es lo que lleva a Karl Marx a sostener que la desorganización y la indulgencia de los parisinos son dos de las causas que explican la derrota de la Comuna. El 12 de abril Balcarce informa que 

(…) en sus comunicaciones a la Asamblea, el Señor Thiers se expresa con la mayor confianza en cuanto a vencer a la Revolución, y ha declarado que no ha querido aceptar los repetidos ofrecimientos del Gabinete de Berlín, de que las tropas alemanas interviniesen para restablecer el orden legal. Mientras tanto, la situación de París es cada día más angustiosa para sus habitantes. El Gobierno de la Comuna para fundar su autoridad, ha suprimido de hecho la libertad de imprenta, la libertad de opinión, la libertad de conciencia, y la libertad individual. Los excesos que se cometen son cada día mayores. Los templos del culto son profanados y saqueados y sus ministros encarcelados y maltratados. El domicilio privado no es ya inviolable y los ciudadanos son arrancados a su hogar, y trasladados a las prisiones como malhechores con solo la presunción de que son «sospechosos». En una palabra, el reino del terror se va estableciendo en París como en 1792, mientras que en el seno de La Commune reina el desconcierto y la confusión, el populacho abusando de la impunidad se deja llevar de sus malos instintos. Siguen habiendo combates diarios entre las tropas del Gobierno y los de los Revolucionarios y ésta lucha fratricida causa mucha efusión de sangre, mucha ruina y muchas desgracias. 

El diplomático confirma la suposición acerca de la voluntad del alto mando prusiano de acabar con la Comuna y así evitar el contagio europeo además de permitir que los vencidos comiencen a pagar las indemnizaciones de guerra pactadas en Fráncfort. «Barricadas con proporciones de reductos verdaderos, se levantan entre la población, minas, torpedos y todos los medios posibles de defensa y destrucción se preparan en previsión de un asalto; mucha sangre tiene aún que derramarse, mucha ruina habrá que deplorar antes que cesen las violencias que se cometen en París y se restablezca el orden legal».

Arribando a mayo, Balcarce comunica: «Cercano o remoto, el fin de la guerra civil actual, su duración hasta la presente basta sobradamente para que los días que han nacido de ella, tomen raíces profundas, que muy difícil será extirparlas, y que será uno de los mayores obstáculos que hallarán para su obra, los llamados a la futura reorganización de esta desgraciada Francia». Y cuando la rebelión va llegando a su fin, relata: 

En la rabia de su impotencia, los vándalos de París incendiaron todos los Palacios y monumentos públicos que se veían precisados a abandonar, agravando su crimen la circunstancia de que con ese fin habían esparcido anticipadamente petróleo en todos ellos. El Museo del Louvre, que ni de los soberanos de la Francia, ni del mismo pueblo francés, puede llamarse patrimonio, pues sus célebres colecciones pertenecen al mundo entero, el Louvre, también estaba condenado a ser destruido, y aunque, no intacto, ha podido felizmente salvarse. Las furias del infierno no podrían haber perpetrado un hecho más bárbaro y atroz; no hay palabras que basten a calificarlos, y a expresar el horror que ha causado en toda la Europa y que causará en todo el mundo civilizado.

La valentía de sus guardias nacionales y de sus habitantes del común se transformaron en un sacrificio humano enorme, ya que las cifras de la matanza son fenomenales. Los relatos de los testigos presenciales abundan en detalles escabrosos de ejecuciones sumarias, muchas crudelísimas. En esos aciagos días, la estigmatización social conducía a la ejecución sin mediar derecho a la defensa; incluso el argot con el que se expresaban los comuneros los hacía detectables y víctimas putativas. Haber servido al ejército francés en la guerra contra Prusia y luego defender a la Comuna era causal de ejecución inmediata. Las delaciones, las traiciones personales, el odio de clase, el enfrentamiento larvado entre el mundo rural creyente y el ateísmo de la metrópoli también sirvieron para transformar París en un inmenso cementerio a cielo abierto. Durante el mes de junio y con La Comuna derrotada, Balcarce escribe desde Londres:

La Guerra Civil que durante dos meses separó a París del resto de la Francia, había virtualmente concluido a la fecha de mi última comunicación. Algunas horas después, el barrio de Belleville, que fue el último de la Capital, donde resistieron los insurrectos, y que podría llamarse, la última guarida de esas fieras, fue dominado completamente por las tropas del Gobierno, y los desesperados de La Comunne se rindieron, o arrojando sus armas procuraron esconderse. (…)

La mayor actividad se ha desplegado en París para restablecer la circulación en todas partes deshaciendo las barricadas y llenando las zanjas, con que la mayor parte de las calles de la ciudad estaban cortadas. Pronto recobrará la Capital su vitalidad y movimiento, pero solo el tiempo borrará las huellas de la destrucción material.

El 15 de julio Balcarce vuelve a París y dirige una nueva comunicación al Ministro de Relaciones Exteriores: «Antes de regresar a París, creí mi deber asociarme oficialmente desde Londres, a las manifestaciones amistosas que todos los Gobiernos Europeos han dirigido al de Francia por el triunfo que había obtenido en favor de la civilización, del orden social, de la verdadera libertad, en la terrible lucha que inundó en sangre y cubrió en ruinas a ésta desgraciada capital». 

El resto del año 1871, el representante argentino por antonomasia en Europa irá mermando sus comentarios acerca de los sucesos de París, aunque se quejará de la indulgencia de los tribunales (que, en los hechos, juzgan duramente a los federados) y por el mes de septiembre dirá: «Es de esperar, que la mayoría de la población, facilitará la difícil tarea de organizar la patria común, a los que tanta abnegación, la han asumido, sobre todo en circunstancias tan difíciles, y cuando por todas partes, en Francia, como en el resto de Europa, la doctrinas disolventes de la Internacional y otras sociedades, se desarrollan más y más, con el halago que ofrecen a la ignorancia y a los malos instintos de las clases obreras». De esta forma, y como es lógico colegir del ideario de Balcarce, alerta a su gobierno acerca de futuros inconvenientes con las ideas «disolventes» de los comunistas. Otra vez, Balcarce se anticipa a los tiempos venideros y a las corrientes migratorias que poblarán su patria.

De Balcarce a Lenin

La tarea de Balcarce y su claridad política y expositiva saltan a la vista. Su narración es concienzuda, detallada y en muchas ocasiones anticipatoria, lo que demuestra el enorme conocimiento acerca del escenario europeo que tenía el ministro argentino. Su ideario, lógicamente, se filtra en todo el relato. Balcarce, al igual que toda la élite europea, le temía a la revuelta social, y eso lo llevará a tomar decidido partido por la Francia republicana por encima de la revolucionaria. Es una marca generacional, sin dudas, y seguirá presente en los sectores dominantes hasta bien entrado el siglo XX. 

Pocos días después de finalizada la epopeya parisina se emite una resolución que, hablando de los comuneros y dirigida a todas las embajadas francesas, reza: «Ninguna nación puede ampararlos bajo su inmunidad, y en cualquier territorio su presencia sería una vergüenza y un peligro. Por lo tanto, si llega usted a saber que un individuo comprometido en el atentado de París, ha traspasado la frontera de la nación ante la cual se halla usted acreditado, le invito a solicitar de las autoridades locales su inmediata detención». 

Herederos institucionales en Argentina de este temor son la Ley de Residencia de Miguel Cané, de 1902, que prevé la deportación de todo extranjero cuya conducta comprometa la seguridad nacional o perturbe el orden público. Lo mismo vale para la Ley de Defensa Social de 1910, que refuerza la anterior. 

***

Hay que decir que Balcarce llevaba bastante razón con su temor. Sería difícil exagerar la importancia que tuvo la Comuna para el movimiento revolucionario. Ya en 1915, Lenin fijaría una posición que recuerda los sucesos de la capital francesa: «La transformación de la actual guerra imperialista en guerra civil es la única consigna proletaria justa, indicada por la experiencia de la Comuna (…) y derivada de todas las condiciones de la guerra imperialista entre los países burgueses de alto desarrollo» (Resoluciones sobre la Guerra Imperialista. Berna. 27 de febrero al 4 de marzo de 1915). 

Aquel peligro anunciado por Balcarce se convertía, en la pluma de Lenin, en una estrategia imprescindible para la revolución. La misma consigna –transformar la guerra imperialista en guerra civil contra la burguesía– será sostenida firmemente dos años más tarde por el revolucionario ruso durante el período que media entre las Revoluciones de febrero y octubre de 1917: «que la Guerra Europea se transforme en una confrontación de clase para acabar con el capitalismo en Rusia y luego en el mundo todo». 

Cierre

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