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México y América Latina van de la mano en el plano abstracto del conocimiento, ya que era y sigue siendo axiomático para los gramscianos –como para los marxistas en general– que uno no se entiende sin la otra y viceversa.

Gramsci en México

Gramsci está presente, aun sin frecuentes menciones, en el debate político mexicano. Y lo seguirá estando, porque la historia del tiempo presente mexicano invita a ejercicios de interpretación gramsciana.

El texto que sigue es el capítulo de conclusiones del libro coordinado por Diana Fuentes y Massimo Modonesi Gramsci en México (UNAM-UAM-Ítaca, México, 2021).

 

Este libro busca trazar los contornos de nuestro Gramsci y del nosotros que le corresponde, el de los gramscianos mexicanos de ayer y hoy. Como resulta evidente, de una fuente común de inspiración se ramificaron afluentes, apropiaciones particulares, con intensidades variables, formas y temáticas diferentes, así como interpretaciones convergentes o divergentes.

Más que cualquier otro marxista, después de medio siglo de difusión del canon leninista y de una década de “althusserización”, Gramsci circuló y circula ampliamente por los espacios y los tiempos nacionales y regionales. Ocupó –desde los años sesenta hasta la actualidad– un lugar político, intelectual y académico difícil de mapear a detalle, ya que atraviesa fronteras políticas y disciplinarias, pero que puede entenderse a partir de algunas líneas de debate en torno a la interpretación de dilemas típicamente gramscianos sobre la hegemonía, la guerra de posición, la revolución pasiva, la subalternidad, lo nacional-popular, así como del lugar y el papel de la cultura, los intelectuales y la educación en la disputa política.

A modo de cierre personal de este esfuerzo colectivo que intenta ofrecer, por primera vez, una panorámica de la presencia e influencia de Gramsci en México, me permito incursionar breve y libremente en algunas selectas coordenadas espaciales, temporales y temáticas que, a mi parecer, resaltan unos nodos fundamentales de un itinerario sumamente complejo y rico.

Mexicanos y latinoamericanos

En primer lugar, hay que reiterar que la circulación de Gramsci en México conforma un capítulo de su presencia en América Latina, pues, a pesar de ser una perogrullada, a menudo esto se pierde de vista, entre los puntos ciegos de un nacionalismo epistemológico que obstruye la visibilidad de las dinámicas políticas transversales que constituyen a la región –a la par de las plataformas estructurales de la cultura, la lengua, la geografía o la subordinación productiva y comercial al mercado mundial y a la lógica imperialista–.

En lo que se refiere a la recepción de nuestro autor, este vínculo resulta estrecho e indisoluble, ya que por Nuestra América circularon profusamente las letras gramscianas en las cuales, a contrapelo tanto del idealismo como del economicismo, se teorizaba la hegemonía como autonomía relativa de lo político y como cemento del bloque histórico entre estructura y superestructura. Los libros, las revistas y sus autores –intelectuales militantes de vocación nacional-internacionalista, como sugería el revolucionario italiano– transitaron por países atravesados por luchas de clases particularmente intensas en el tercer cuarto del siglo XX; 25 años marcados a fuego por el impulso revolucionario y el contragolpe reaccionario. El gramscianismo méxico-latinoamericano se retroalimentó de esta época de militancia revolucionaria, de desarrollo y difusión del marxismo, de muchas derrotas, algunas victorias y un sinnúmero de vívidas experiencias políticas. Y, más allá de la serie de conexiones concretas que se visualizan en los capítulos del libro, en particular los exilios y la circulación de revolucionarios e intelectuales militantes, México y América Latina iban de la mano en el plano abstracto del conocimiento, ya que era y sigue siendo axiomático para los gramscianos –como para los marxistas en general– que uno no se entiende sin la otra y viceversa; que es necesario pensar a México como América Latina y pensar a América Latina con y desde México.

Una conexión que no era concebida en clave poscolonial pero que, ante litteram, abrevaba de la gramsciana cuestión meridional, de una mirada desde el sur y desde las clases subalternas. No se nutría de un esencialismo latinoamericanista, sino de la necesidad de pensar los altibajos de una revolución latinoamericana que despertaba esperanza en Europa y en Italia, así como, en sentido inverso –desde acá– se buscaban inspiraciones en los puntos de mayor intensidad revolucionaria, comunista y marxista, en el llamado primer mundo, como en Francia e Italia. Buscando algo más que conocer la belleza de sus ciudades, los secretos de su gastronomía o la eficacia de su fútbol, diversos intelectuales marxistas mexicanos y latinoamericanos hicieron estancias más o menos prolongadas en Italia entre los años sesenta y setenta. Se familiarizaron con el idioma y tuvieron contacto con los núcleos gramscianos y el extenso microcosmos comunista; conocieron el Instituto Gramsci en Roma; leyeron el cotidiano L’Unità –fundado por Gramsci en 1924– y revistas como Rinascita o Critica Marxista. Algunos de ellos, como Pepe Aricó, el Negro Portantiero y Carlito Coutinho, participaron en importantes seminarios y eventos.

Intelectuales, militantes y académicos

Respecto de la particularidad de México y los mexicanos nativos y adoptivos en este panorama, varios capítulos han aportado luces que no volveré a encender salvo para plantear que, así como la edición Gerratana de los Cuadernos de la cárcel, publicada en castellano por Era, abría las puertas a lecturas filológicas y en general más eruditas, el gramscianismo en México rápida y tempranamente se atrincheró en la academia.

Si bien existió un gramscianismo militante en el PCM –que se prolongó en el PSUM y después se diluyó en el PRD– y hubo algunos primeros lectores mexicanos de Gramsci que no desdeñaban la intervención política, el pensamiento gramsciano arraigó y se desarrolló fundamentalmente en las universidades. Esto puede explicarse no por una tendencia intrínseca, sino por circunstancias históricas que hacían de la academia mexicana pos-68 un lugar de concentración y congregación del izquierdismo nacional y del exilio latinoamericano –expresión del auge, pero también del reflujo, del repliegue y reclusión en la ciudadela universitaria–. Esto debido a un pasaje de época a nivel mundial y latinoamericano a mediados de los años setenta, pero también a la eficacia de la operación de desmovilización impulsada por el presidente priista Luis Echeverría, quien, mientras reprimía selectivamente a través de la “guerra sucia”, intentó recuperar la hegemonía perdida cubriendo el régimen a su izquierda, a través de una serie de políticas de expansión de infraestructura, matrícula y salarios universitarios, así como un retórica tercermundista, antifascista y antiempresarial. Un intento de revolución pasiva que no “hizo época”, pero que marcó una coyuntura de la historia nacional y de la microhistoria de las universidades públicas.

La ciudadela universitaria y el radio de influencia de los intelectuales específicos –como diría Foucault– se convirtió en la medida del alcance y el límite de irradiación del pensamiento gramsciano. Allí se fueron diluyendo las vocaciones militantes mientras, en los años ochenta, daban los últimos coletazos de influencia política.

Intramuros, el gramscianismo cumplió un doble papel, habilitó una apertura y enriquecimiento del marxismo hacia cuestiones fundamentales como la cultura, la democracia y el pluralismo y, por la otra, abrió la puerta a la “desmarxistización” posmoderna. Le debemos, por lo tanto, buena parte de la persistencia del marxismo, así como del surgimiento del posmarxismo.

Al mismo tiempo, un saldo del “momento gramsciano” de los años setenta y ochenta es el irreversible encumbramiento de un autor que ocupa un lugar junto a los clásicos; un autor que será leído de manera constante e inclusive creciente en las décadas posteriores, al punto de convertirse en uno de los marxistas más citado en las humanidades y las ciencias sociales –si no el más citado, considerando que Marx no era marxista y que el “momento Althusser” concluyó mientras el de Gramsci sigue transcurriendo–. En México y América Latina esta expansión de interés académico habilitó también las condiciones para una recuperación en clave más militante, o de militancia intelectual, por la presencia de nichos preestablecidos, animados por gramscianos irredentos, o bien por la creación de nuevos ámbitos en coincidencia y en relación con coyunturas de lucha y movilización en los años noventa y dos mil. El calor del conflicto confortó y retroalimentó núcleos de pensamiento crítico, al interior de los cuales la figura de Gramsci seguía destacando en la medida en que su pensamiento y sus conceptos, frente al anquilosamiento de los campos disciplinarios consolidados durante el auge neoliberal, ofrecían claves de lectura que permitían lecturas de dinámicas de crisis orgánica que afloraban en la región.

Así, en medio de los altibajos de la lucha de clases del siglo pasado, nosotros, los gramscianos mexicanos, fuimos, desde los inicios, universitarios de mayor o menor, explícita o velada, militancia. Con todo, habitando las ciudades universitarias, estuvimos y estaremos entre los que buscan abrir puertas y ventanas y, cuando se pueda, derribar muros.

Marxistas y posmarxistas

Otra identidad en disputa remite al fantasma del marxismo, al lugar del pensamiento gramsciano entre el florecimiento de los mil marxismos y la tentación posmarxista.

La elección de Gramsci, el devenir gramsciano, suele darse por un impulso hacia la heterodoxia, la búsqueda de renovación de la perspectiva marxista con mayor o menor grado de continuidad, hasta alcanzar el punto de inflexión del posmarxismo. Como vimos en varios capítulos del libro, en las décadas de los sesenta y setenta, lecturas leninistas o althusserianas de Gramsci convivieron con acercamientos de corte humanista e historicista. A partir de finales de los años ochenta, afloró la más simple pero no menos problemática tensión entre defensores de la vigencia –más o menos actualizada– del marxismo y los posmarxistas y/o antimarxistas. Unos y otros armados de argumentos y citas emprestadas de los Cuadernos de la cárcel.

Por otra parte, en otro nivel de debate, al Gramsci marxista que circulaba en México gracias a vientos cálidos que venían de Italia y desde el sur latinoamericano, se agregó el frío Gramsci global de corte anglosajón de los cultural studies y sus alrededores que, en México y América Latina, se cruzaron con los postcolonial y subaltern studies. Un Gramsci teñido de culturalismo, “desmarxistizado” y despolitizado respecto del original; aun cuando, paradójicamente, en el contexto de la academia anglosajona, revitalizaba corrientes de pensamiento crítico.

Esta tensión entre politización y despolitización de Gramsci iba de la mano de los itinerarios de lectura e interpretación de su obra, así como de la selección de conceptos en su interior.

El debate en los años ochenta sobre la cuestión democrática y del pluralismo tuvo claros acentos gramscianos y giró en torno a la relación Estado y sociedad civil, mostrando la existencia también en México de una lectura liberal-democrática de Gramsci, al estilo de la de Bobbio.

En términos generales, la noción de hegemonía fue y sigue siendo una clave de lectura y una espía de posturas que tienden a desplazar el eje del andamiaje teórico gramsciano bajo el pretexto de actualizarlo. En efecto, observamos sintomáticas tendencias a mutilar la idea gramsciana de hegemonía. En primer lugar, se trunca su doble acepción, quedando sólo como concepto que indica y permite analizar la forma del ejercicio de la dominación desde arriba, pero ya no apunta a la capacidad/posibilidad de un proceso de subjetivación política, de una alternativa desde abajo que se despliega como guerra de posiciones. En segundo lugar, la relación entre dirigentes y dirigidos, ya no es concebida en términos de lucha de clases, aunque fuera a través de la conceptualización plural propuesta por Gramsci de clases dominantes y clases subalternas. Por último, bajo una óptica culturalista, se difumina su carácter concreto –los aparatos hegemónicos y su anclaje en las condiciones materiales de existencia– al convertirse en estrategia discursiva, en difuso sentido común entendido como opinión pública.

Estas tres tendencias, en conjunto o por separado, descarrilan el programa de investigación marxista trazado por Gramsci y abren otros caminos con connotaciones que, aunque resulten fecundas desde su propia lógica, obturan dimensiones cruciales del análisis de los procesos políticos fundamentales.

A esta tendencia a asumir la irreversibilidad de la derrota del proyecto comunista revolucionario y un horizonte de época cerrado, corresponde el interés creciente hacia los conceptos de subalternidad y revolución pasiva. Estas categorías, tardíamente “descubiertas” por los estudios gramscianos, son herramientas críticas poderosas para dar cuenta de condiciones subjetivas desde abajo, el correlato subalterno de la hegemonía entendida como dominación, y de cómo se generan iniciativas desde arriba que buscan mantenerla, incorporando y neutralizando las demandas desde abajo. Proyectos y procesos de revolución pasiva –acompañados generalmente de transformismo y cesarismo– entendidos como reformismos conservadores, pasivizantes y subalternizantes.

Pasado y presente

Más allá de estos tópicos de la agenda gramsciana de ayer y de hoy, es un hecho que la obra de Gramsci está siendo objeto, desde el ámbito más estrictamente académico, de un siempre más cuidadoso y erudito estudio que seguramente dará sus frutos.

Actualmente, después de la generación de los gramscianos pioneros de los sesenta y de los que profundizaron el estudio de los Cuadernos de la cárcel en los setenta y ochenta, germinó lo que fue sembrado y existe una constelación de gramscianismo difuso, de mayor o menor densidad en su referencia y uso de conceptos y categorías. En correspondencia con el decantamiento de compartimientos disciplinarios, en las humanidades y las ciencias sociales, se cuentan siempre más gramscianos filósofos, filólogos, historiadores, sociólogos, antropólogos, pedagogos y politólogos.

En relación con estos nichos disciplinarios, pero también más allá de ellos, nuestro Gramsci se trenza y bifurca en relación con el sentido profundo de su obra y los campos temáticos que contiene. También en México se perciben las dos direcciones que los estudios gramscianos en el mundo han ido tomando en las últimas décadas: profundización filológica y desarrollo de nuevas temáticas.

Entre estas últimas, hay que señalar que constituyen puntos de interés en el plano de los estudios culturales y socioantropológicos la cuestión de lo nacional-popular, ligada al papel y lugar de la intelectualidad y, en particular, la educación, una temática emergente en los estudios gramscianos en ambos lados del Atlántico.

En estos y otros campos de estudio que hemos mencionado anteriormente, radica la posibilidad de impulso e irradiación de un pensamiento gramsciano actual, de su alcance crítico y del potencial subversivo que le corresponde. Así que el gramscianismo está atado al destino del mundo universitario mexicano, a la posibilidad de sostener perspectivas críticas, de defender el estudio y la investigación en campos disciplinarios humanísticos.

Al mismo tiempo, a pesar de todo lo dicho, queda algo irreductible del Gramsci político, que no deja de estar anidado en la formación de intelectuales en el sentido ampliado, es decir, operadores de la cultura, maestros, periodistas, opinionistas, divulgadores en general.  Aquellos que tuvieron algún contacto con Gramsci en sus estudios universitarios o, casos raros, por interés autodidacta o porque categorías y concepciones gramscianas se filtraron, como núcleos de buen sentido, en el sentido común. Gramsci está presente, aun sin frecuentes menciones, en el debate político mexicano.

Lo seguirá estando porque en la coyuntura política actual, la historia del tiempo presente mexicano invita a ejercicios de interpretación gramsciana. No sólo en relación con la permanente pregunta sobre la hegemonía, sino también, para poner una cuestión de debate político, sobre si se puede o no entender a la Cuarta Transformación impulsada por el actual presidente Andrés Manuel López Obrador como un proyecto o proceso de revolución pasiva con aspiraciones nacional-populares, como un fenómeno de transformismo y cesarismo progresivo; así como sobre cuál es el papel de los intelectuales en su seno; cuáles son las formas de persistencia y reconfiguración de las clases subalternas y qué dinámicas de subjetivación política se activan y desactivan.

Nosotros, los gramscianos mexicanos, por abigarrada que resulte nuestra composición identitaria, para hacer honor a una tradición y una perspectiva radicalmente crítica, estamos una vez más llamados a pensar nuestro presente para intentar transformarlo.

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