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Jean-Paul Sartre en una entrevista en 1947. (Foto: Charles Hewitt / Getty)

El excesivo optimismo de Jean-Paul Sartre

Traducción: Valentín Huarte

El filósofo francés Jean-Paul Sartre murió un día como hoy hace 41 años. Sus valores filosóficos y políticos todavía tienen la capacidad de inspirar nuestras luchas por la libertad.

El 15 de abril es el aniversario de la muerte de Jean-Paul Sartre. Todavía recuerdo cuando me enteré de la noticia. No era del todo inesperada —estaba gravemente enfermo hacía un tiempo— pero aun así fue impactante. Para aquella gente de mi generación que empezó a interesarse por la política socialista en los años 1950 y 1960, Sartre fue una guía y una influencia importante. Además, dejó una obra enorme.

En ella se incluyen volúmenes gigantescos de filosofía y teoría marxista junto a novelas y obras que dramatizan las cuestiones filosóficas y las hacen dolorosamente concretas. También hubo polémicas políticas, ancladas en situaciones muy específicas. Luego de su muerte, el descubrimiento de manuscritos inéditos —entre ellos, un guion cinematográfico sobre Freud— reveló nuevos aspectos del pensamiento de este autor prolífico y complejo.

«Condenado a ser libre»

Suele presentarse a Sartre como un pensador pesimista. En su novela La náusea, escribió: «Todo lo que existe nace sin razón, se prolonga por debilidad y muere por casualidad». Es probable que su cita más conocida sea la de la obra de teatro A puerta cerrada: «el infierno son los otros». Pero si este punto de partida parece desolador —vivimos en un universo sin dioses y sin sentido— la lógica del argumento es que todo sentido y todo valor emanan de los seres humanos, de nosotros mismos. En los propios términos de Sartre, estamos «condenados a ser libres».

Tal como notaba él mismo, su supuesto pesimismo no exasperaba a la gente tanto como su excesivo optimismo: la insistencia en que somos libres para actuar, libres para cambiar el mundo y, por lo tanto, responsables por el mundo tal como es, incluyendo las guerras, las hambrunas y la opresión. El carácter fáctico de esta libertad, experimentada no con placer, sino con angustia, es central en toda la obra de Sartre, como también lo son las estrategias que desarrollamos para negar nuestra propia responsabilidad, que él denominaba «mala fe».

Sartre insistía en que no existía nada parecido a un desastre natural: «Es el hombre el que destruye sus ciudades a través de la intervención de los terremotos». En un mundo sin seres humanos, un terremoto no tendría significado: sería simplemente una turbulencia sin sentido de la materia. Solo cuando el terremoto atenta contra proyectos humanos —rutas, edificios, ciudades— se convierte en un desastre. Es un crudo recordatorio de que, en la época del cambio climático, el desastre no resulta de la naturaleza, sino de las decisiones humanas, de su ambición y su brutalidad.

En un artículo escrito en 1948, Sartre confesó su proyecto de «escribir para su propia época». Su objetivo no era buscar verdades universales, sino confrontar la realidad del mundo en que vivía. Sus problemas eran demasiado urgentes como para ser negados a favor de consideraciones de más largo aliento.

En tiempos de guerra

Para apreciar esto, es importante recordar el mundo en el que Sartre vivió. Entre 1939 y 1962, un lapso que abarca buena parte de la obra de Sartre, Francia tuvo paz solo durante breves períodos. Primero vino la Segunda Guerra Mundial, durante la cual las fuerzas alemanas ocuparon el país y se levantó el movimiento de la Resistencia.

Apenas después de haber conseguido la liberación, Francia se involucró en dos largas y amargas guerras, con las que intentó en vano aferrarse a su gran imperio colonial: un conflicto de ocho años en Indochina, que llevó a una humillante derrota en Dien Bien Phu, seguido de una guerra de siete años en Argelia, definida por su crueldad y su salvajismo. Debe decirse también que la violencia en Argelia a veces se derramaba en las calles de la Francia continental.

Además, desde 1947 en adelante, Francia quedó envuelta en la Guerra Fría entre la Unión Soviética y los Estados Unidos y sufrió la amenaza constante de la aniquilación nuclear. No es sorpresa que la obra de Sartre durante este período tenga en su centro a la violencia.

Todo menos un hombre

En 1943, luego de publicar su obra filosófica más importante, El ser y la nada, Sartre prometió una secuela sobre cuestiones morales. Nunca la terminó, aunque después de su muerte apareció un manuscrito. Sartre estaba muy preocupado por la opresión, en particular por la opresión racista, que llegó a convertirse en un tema que logra reunir muchos aspectos de su obra.

En 1945 publicó un libro corto titulado Antisemita y judío. Allí Sartre se centraba, no en el Holocausto, al que apenas mencionaba, sino en el antisemitismo endémico de la sociedad francesa, que explicaba por qué tantos franceses habían apoyado con entusiasmo a los ocupantes nazis y en algunos casos hasta los habían alentado.

Mostraba que el antisemitismo no tenía nada que ver con la existencia de los judíos. En cambio, era producto de las ilusiones del antisemita: «Si el judío no existiera, el antisemita lo inventaría». Sartre demostraba que las raíces del antisemitismo no yacen en la superioridad racial, sino en la debilidad:

El antisemitismo, en síntesis, es miedo a la condición humana. El antisemita es un hombre que desea ser una roca implacable, un torrente furioso, un rayo devastador: todo menos un hombre.

En 1945 Sartre visitó los Estados Unidos. Una de las cosas que más atrajo su atención fue la magnitud de la opresión racial en el país. Sin embargo, insistía en que no podía separarse el racismo de las clases sociales y en que la población negra debía «luchar codo a codo con los trabajadores blancos por el reconocimiento de sus derechos».

Cuando escribió su obra La puta respetuosa —basada en el juicio de Scottsboro en el que se condenó injustamente a pena de muerte por violación a unos jóvenes negros de Alabama— algunos lo acusaron de ser antinorteamericano por insistir en la importancia que tenía el racismo en los Estados Unidos. La historia muestra que Sartre era más perspicaz que sus críticos.

En contra del imperio

En 1948, Sartre escribió el prefacio a una antología de obras de poetas africanos editada por Léopold Sédar Senghor, quien luego fue presidente de Senegal. Abrió con su habitual ferocidad: «Cuando quitaron la mordaza que mantenía estas bocas negras en silencio, ¿qué esperaban? ¿Que cantaran sus alabanzas?».

Al final de la Segunda Guerra Mundial, Francia todavía poseía el segundo imperio colonial más grande del mundo y casi todos sus políticos estaban decididos a sostenerlo. Sin embargo, en el plazo de veinte años, luego de un derramamiento de sangre y un salvajismo de magnitudes incalculables, el imperio cedió.

Durante los primeros años de la guerra de Argelia, algunas de las figuras más importantes de la izquierda política francesa —Guy Moller, líder del Partido Socialista, Pierre Mendès-France y el joven François Mitterrand— formaron parte del gobierno que más tropas envió a Argelia y que ordenó la ejecución de militantes argelinos. Cuando el gobierno decidió habilitar los «poderes especiales» para lidiar con la crisis y le garantizó al ministro residente el derecho a gobernar por decreto, hasta el Partido Comunista Francés (PCF) votó a favor. Mientras tanto, Sartre, consciente de la naturaleza racista del dominio colonial francés, estuvo entre los primeros que se opusieron a la guerra y promovió luego la independencia de Argelia.

Podría pensarse que en la actualidad recibe algo de crédito por su rapidez para reconocer que el imperio francés se había vuelto obsoleto. En cambio, desde su muerte, los historiadores sometieron a Sartre a constantes ataques, denunciando su supuesta simpatía con el comunismo soviético. Entre estos se cuentan muchos que escriben obras con cierto aire de izquierda, como el historiador británico Tony Judt, el exmaoísta Bernard-Henri Lévy y Michel Onfray, que alega ser anarquista.

Sería erróneo afirmar que el archivo de Sartre es impecable. Efectivamente, puede juzgárselo por sus valoraciones falsas y por haber cometido enormes errores tácticos. En cuanto al estalinismo, difícilmente pueda decirse que fue el único personaje de la cultura europea que se ilusionó con el fenómeno: Bertolt Brecht y Pablo Picasso son culpables de haber ido todavía más lejos.

Sin embargo, la denuncia que le hacen a Sartre sus detractores no surge de una crítica reflexiva, sino de una diatriba abusiva que se funda muchas veces en citas aisladas y engañosas. A pesar de que el comunismo del Bloque del Este haya muerto para siempre, los críticos de Sartre parecen desesperados por destacar su propia virtud volviendo sobre las luchas de la Guerra Fría.

Sartre y Camus

Estos críticos suelen contrastar a Sartre con su contemporáneo (y, durante algún tiempo, amigo) Albert Camus. Sartre y Camus tuvieron un debate espectacular en 1952, cuando Camus publicó un libro que es percibido en general como un rechazo de la tradición marxista, especialmente en su versión leninista. Los admiradores de Camus suelen exaltarlo como un modelo de virtud anticomunista. La realidad es un poco más compleja.

Camus, hijo de una familia obrera europea que se estableció en Argelia, denunció algunos de los crímenes del colonialismo francés durante sus años de juventud. Pero nunca apoyó la independencia de Argelia (se murió en 1960, antes de que terminara la guerra). Además, los partidarios interesados de Camus suelen toparse con algunos detalles incómodos.

Justo después de su pelea con Sartre, Camus escribió un prefacio con una valoración muy positiva de un libro llamado Moscú bajo Lenin, autobiografía de Alfred Rosmer. Rosmer fue un pionero del comunismo francés y luego un opositor a Stalin, que trabajó cerca de Lenin y de Trotsky durante los primeros años de la Internacional Comunista. Los amigos de Camus casi nunca mencionan esto.

De hecho, las relaciones de Sartre con el comunismo y con el PCF fueron mucho más tormentosas de lo que sus críticos quieren hacernos creer. En el período posterior a 1945, los intelectuales del PCF lo sometieron a violentos y repetidos ataques. Tenían miedo de que sus ideas estuviesen ganando demasiado apoyo entre los estudiantes y la juventud, a quienes deseaban atraer a sus propias filas. Sartre sufrió ataques de este bando mucho más despiadados que los que recayeron sobre Camus. Un libro de Roger Garaudy, intelectual del PCF, en el cual Sartre tiene una presencia notable, se titula Une littérature de fossoyeurs [literatura de sepultureros].

En 1950, David Rousset, un antiguo aliado de Sartre, sobreviviente de un campo de concentración nazi, lanzó una campaña contra los campos de concentración en la URSS. Sartre se negó a participar. Argumentó que la campaña estaba siendo utilizada por la prensa de derecha y que no denunciaba los campos de concentración de los regímenes pronorteamericanos.

Por este motivo, los enemigos de Sartre suelen denunciar que no condenó los campos de concentración soviéticos. La verdad es que firmó una editorial en Les Temps modernes que afirmaba que la existencia de estos campos, en los que había al menos diez millones de prisioneros, representaba una condena para el sistema soviético: «Nos preguntamos qué motivos hay para seguir utilizando el término socialismo en relación con él».

El enemigo principal

Sin embargo, en 1952, Sartre cambió de posición. Lo hizo durante el punto más álgido de la Guerra Fría: la policía francesa había atacado violentamente una manifestación comunista y el líder del PCF fue arrestado por poseer dos palomas, con las cuales, se alegó, planeaba comunicarse con Moscú. (Es dado pensar que la dirección del PCF tenía canales de comunicación un poco más sofisticados). Se habló incluso de prohibir cualquier actividad del partido.

En esta situación, cuando muchos de los intelectuales que habían apoyado al PCF estaban rompiendo vínculos con el partido, Sartre anunció su alianza con él. Su lógica era simple: el PCF contaba con el apoyo masivo de la clase obrera (cinco millones de votantes y la dirección de la organización sindical más importante), y Sartre quería permanecer junto a la clase obrera. Para él, lo que sucedía en Francia era más importante que lo que sucedía en la URSS: en palabras del comunista alemán Karl Liebknecht, «el enemigo principal está en casa».

Sin duda, durante los años que siguieron Sartre hizo algunas declaraciones muy insensatas en defensa de la Unión Soviética. Pero la alianza no duró. En 1956, cuando las autoridades soviéticas enviaron tanques a Hungría para aplastar un levantamiento obrero, la oposición de Sartre fue pública y directa. Insistió en que el socialismo no se construye a punta de pistola. A partir de entonces, sus críticas a la URSS se volvieron cada vez más agudas: condenó el «imperialismo soviético» y argumentó que las clases trabajadoras soviéticas debían tomar el poder que les habían quitado los gobernantes del país.

Sartre nunca se afilió al PCF y, de hecho, era muy escéptico frente a todas las formas de organización partidaria. Pero reconocía la necesidad de la acción colectiva e intentó explorar de qué manera era posible organizar una izquierda independiente. En 1948, cuando la Guerra Fría se intensificó, Sartre jugó un rol central en el intento de organizar una nueva formación política, la RDR (Rassemblement démocratique révolutionnaire, Reagrupamiento democrático revolucionario). En su manifiesto de fundación, este movimiento declaraba su independencia tanto de Washington como de Moscú:

Entre la podredumbre de la democracia capitalista, la debilidad y los defectos de cierta socialdemocracia y los límites del comunismo en su forma estalinista, creemos que una reunión de hombres libres a favor de la democracia revolucionaria es capaz de revitalizar los principios de la libertad y de la dignidad humana al vincularlos con la lucha por la revolución social.

El RDR gozó de una breve popularidad, pero colapsó bajo las presiones de la Guerra Fría. Fue el fracaso a la hora de fundar una corriente independiente de ambos bloques lo que forzó a Sartre a posicionarse del lado del PCF.

Tiempos modernos

Más duradera fue la fundación, en 1945, de la revista Les Temps modernes (Tiempos modernos), con la que Sartre mantuvo un compromiso de por vida. Organizó a un equipo de escritores y la revista estuvo abierta a varias corrientes de la extrema izquierda. Publicó material de Victor Serge, uno de los primeros partidarios de los bolcheviques encarcelado por Stalin, y el relato de Richard Wright de su experiencia como militante negro en el Partido Comunista de Estados Unidos.

Les Temps modernes jugó un papel especialmente encomiable durante la guerra de Argelia. Aun antes de que comenzara el conflicto, había publicado un artículo importante del anarquista Daniel Guérin, «Piedad por el Magreb», que predecía la guerra y las terribles consecuencias que tendría en la sociedad francesa.

El director editorial, Francis Jeanson, que había escrito un libro sobre Sartre, abandonó su obra literaria para construir una red de apoyo clandestina a los rebeldes argelinos. En Argelia, las autoridades confiscaron Les Temps modernes no menos de cuatro veces en 1957, lo que puede considerarse como un tributo invertido a su valiente posición editorial.

La defensa pública de la independencia de Argelia con la que se comprometió Sartre evidentemente tuvo su importancia. Colaboró con el influyente periódico antiguerra La Voie communiste y fue uno de los firmantes más conocidos del Manifiesto de los 121, que aprobaba la desobediencia civil para detener la guerra:

Respetamos y consideramos justificado el rechazo a tomar las armas contra el pueblo argelino. Respetamos y consideramos justificadas las acciones de aquellos franceses que estiman que es su deber ofrecer asistencia y protección a los argelinos oprimidos en nombre del pueblo francés.

Un número cada vez más grande de jóvenes reclutados por el Estado para luchar en Argelia manifestaba su descontento con el rol que se le asignaba. Finalmente, la guerra se terminó porque la población francesa no quiso continuarla: el Frente de Liberación Nacional nunca obtuvo una victoria militar. Sartre se ganó el respeto de uno de los intelectuales más importantes que dirigían la lucha por la independencia de Argelia, Frantz Fanon, y escribió el prefacio a su libro más influyente, Los condenados de la Tierra.

También contó con la simpatía de Sartre el levantamiento de 1968 en Francia. El filósofo firmó una de las primeras declaraciones de apoyo al movimiento estudiantil. Cuando este movimiento desató la huelga general más grande de la historia europea, toda la escena política se transformó. Sartre se vinculó con varias corrientes maoístas, a pesar de que siempre negó definirse a sí mismo con esta etiqueta. Más bien tarde, se involucró en el activismo directo. Cuando las autoridades francesas prohibieron varios periódicos revolucionarios, Sartre empezó a vender esos periódicos en las calles, con lo cual desafiaba a la policía a que arrestara a alguien tan famoso como él.

El juicio de los cangrejos

La carrera de Sartre nos deja más preguntas que respuestas. En efecto, puede argumentarse que su obra es valiosa precisamente por las preguntas que plantea y no por las respuestas que brinda. Sus posiciones enmarañadas y muchas veces contradictorias sobre Medio Oriente, que nunca se decidieron del todo entre la simpatía por Israel como Estado judío y el apoyo a los derechos palestinos, son solo un ejemplo de un tema en el cual no podríamos considerarlo una guía política.

Sin embargo, a pesar de que estuvo anclada a su propia época, la obra de Sartre todavía tiene mucho para darnos en estos tiempos tan distintos. Por ejemplo, Sartre siempre se preocupó por la posibilidad de la acción colectiva. En su Crítica de la razón dialéctica, distinguió entre la gente que espera un colectivo y la multitud que tomó la Bastilla.

Los que esperan el colectivo están reunidos en el mismo lugar y comparten un mismo objetivo (subirse al colectivo); pero, de hecho, en la medida en que no hay suficiente espacio a bordo, cada individuo es un obstáculo para los otros. En contraste, aquellos que tomaron la Bastilla —lo que Sartre denominaba un «grupo en fusión»— no solo están reunidos en torno a un objetivo común, sino que dependen del apoyo mutuo (lo cual significa que nadie podría tomar la Bastilla solo). Saber cómo llega a existir un grupo en fusión sigue siendo una cuestión fundamental.

Para Sartre, el hecho de la libertad humana implica que es imposible que la historia tenga un fin determinado. Tal como escribe en el ensayo «El existencialismo es un humanismo» de 1946:

Mañana, después de mi muerte, algunos hombres pueden decidir instituir el fascismo, y otros pueden ser lo bastante cobardes y estar tan desconcertados como para dejarlos actuar. En ese momento, el fascismo será la verdad humana, y tanto peor para nosotros; en  realidad, las cosas serán como el hombre haya decidido que sean.

Se acerca bastante al espíritu de la disyuntiva de Rosa Luxemburgo: «socialismo o barbarie».

En su última obra de teatro, Los secuestrados de Altona, el personaje principal, Franz, intenta imaginarse cómo se juzgará nuestra propia época histórica en el futuro. Sin embargo, a medida que visualiza los siglos por venir, no encuentra ningún ser humano capaz de juzgar a la humanidad: la única corte son los cangrejos. En ese momento, Sartre temía una guerra nuclear, pero podemos imaginarnos con facilidad que, si el nivel de los mares sigue creciendo y sumerge a la humanidad, no quedarán más que cangrejos. Sartre aún interpela vívidamente nuestras esperanzas y nuestros temores.

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