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Alfred Sohn-Rethel

Mano y cabeza

Traducción: Valentín Huarte

El libro Alfred Sohn-Rethel, «Trabajo manual y trabajo intelectual», brinda una interesante explicación de la forma en la que los seres humanos construimos una sociedad donde una clase planifica y otra hace el trabajo duro.

El marxismo se deleita navegando entre las múltiples contradicciones del capitalismo —valor de uso y valor de cambio, fuerzas y relaciones de producción, esencia y apariencia, trabajo asalariado y capital— pero hay una en particular que es frecuentemente ignorada en este abanico: la contradicción entre trabajo intelectual y trabajo manual.

Una excepción notable es Harry Braverman, quien en Trabajo y capital monopolista argumenta a favor de la centralidad de esta escisión, que tiende a extenderse cada vez más desde las transformaciones que sufrió la economía mundial durante el período de posguerra. Escribiendo en medio de la «revolución técnico-científica» de Occidente, Braverman insistió en que el saber específico de su empleo del que disponían los trabajadores de las líneas de montaje industriales, en lugar de expandirse, estaba evaporándose. Atribuyó esto a la subordinación de la ciencia a la industria, como así también a una división técnica del trabajo avanzada que segmenta lo que alguna vez fue un trabajo mecánico calificado en una serie de rutinas de memoria y repetición. De esta manera, el proceso de trabajo se simplifica: no solo disminuye la inversión en formación laboral y salarios, sino que también lo hace la autonomía de los trabajadores.

El resultado es una polarización entre la concepción y la ejecución en el lugar de trabajo. El control sobre el proceso productivo se vuelve propiedad de una clase gerencial y la comprensión plena del proceso de trabajo se transforma en una esfera exclusiva a la que solo ella accede. Cada una de las tareas que se realizan en el lugar de producción es susceptible de ser minuciosamente medida, calculada, designada y ordenada. Esta microgestión de los trabajadores por parte de los no trabajadores definió el campo de la gestión científica de comienzos del S. XX, introducida por Fredrick Winslow Taylor, el hombre al que se le atribuye el descubrimiento de que el control de los trabajadores se realiza mejor a través de la administración que de la disciplina. Por lo tanto, la revolución técnico-científica de la posguerra, según Braverman, fue el equivalente de una acumulación colosal de conocimiento que logró una parte de la sociedad mediante la desposesión de la otra, lo cual plantea el escenario en el cual un grupo planifica mientras otro simplemente ejecuta.

Trabajo intelectual y trabajo manual de Alfred Rohn-Rethel converge con —e incluso utiliza— el análisis que hace Braverman de estas transformaciones. Pero Sohn-Rethel piensa que esta división se remonta a un período histórico mucho más antiguo. Su argumento esencial es que todos los aspectos de la modernidad capitalista están contenidos en ella; de hecho, sus fundamentos revelan la estructura completa de pensamiento y conocimiento de la civilización occidental, que remite a un espectro que abarca desde la cosmología de Parménides y el mundo de las ideas de Platón hasta el cogito ergo sum de Descartes y el sujeto trascendental de Kant.

Trabajo manual y trabajo intelectual es la obra magna de Sohn-Rethel, pensador francés que vivió en Alemania y que tuvo una influencia considerable en la Escuela de Frankfurt, especialmente en Theodor Adorno, aunque también en Walter Benjamin y Ernst Bloch. Sohn-Rethel había publicado solo tres artículos antes de los 70 años cuando, después de casi veinte años de escandalizar al marxismo ortodoxo con su manuscrito, se las arregló para publicar Trabajo manual y trabajo intelectual en Suhrkamp, en parte gracias a que Adorno lo citó favorablemente en la Dialéctica negativa. Tal como afirma Chris O’Kane en su introducción a la nueva edición del libro, fue en el funeral de Adorno que Sohn-Rethel finalmente logró asegurarse un contrato con la editorial. Una vez publicado, el libro causó sensación y le valió un cargo de profesor invitado en la Universidad de Bremen y una influencia perdurable en los círculos del marxismo heterodoxo.

En el texto de Sohn-Rethel, el núcleo fundamental de la división entre trabajo manual y trabajo intelectual se encuentra en el intercambio de mercancías. Para él, las propiedades formales de la mercancía, tal como fueron definidas por Marx en El capital, derivan de la orientación del sujeto moderno hacia el mundo empírico. En el proceso de intercambio, las acciones de cada uno de los agentes se vacían de las particularidades cualitativas de ambos objetos; mientras que sus mentes se preocupan por el valor de uso del objeto de la otra persona, sus acciones están motivadas por su valor de cambio, que se expresa como la equivalencia de su propio objeto en el precio.

A través de la necesidad de intercambio en una sociedad de productores privados, se oscurece el origen de cada mercancía en la interacción metabólica del trabajo humano con el mundo natural; cada una se convierte en una instanciación cuantificable de esa sustancia intangible y abstracta que es el valor. La forma de manifestación de la mercancía —su fetichismo— no es simplemente una mera ilusión ni un acertijo que podría resolverse a través de la desmitificación analítica. Se trata más bien de algo inexorable, de una forma necesaria de falsa conciencia en un modo de producción cuyas condiciones de supervivencia están mediadas por la forma valor. Este es el motivo por el cual Sohn-Rethel habla de «abstracción real»: dos partes realizan en la práctica una abstracción teórica aunque ninguna de las dos sabe conscientemente lo que sucede.

A través de la abstracción real del intercambio de mercancías —la «síntesis social» de la sociedad moderna— se desarrolla una separación experiencial del sujeto y del objeto que, para Sohn-Rethel, articula toda una estructura de la experiencia. Esta experiencia conlleva la extracción de conocimiento del proceso de producción directo, que culmina en la universalidad abstracta esencial para la gestión científica y para la ingeniería industrial que gobiernan este proceso y lo corrompen hasta transformarlo en una serie de tareas fragmentarias regladas. Sohn-Rethel busca conectar las categorías de la forma mercancía capitalista con las de la «forma pensamiento» burguesa mediante una expansión de la crítica de la economía política marxiana hacia una crítica de la conciencia cosificada. Es el proceso de abstracción real el que crea las condiciones de posibilidad para la separación entre trabajo manual y trabajo intelectual.

Soh-Rethel ancla su argumento en una investigación sobre la emergencia paralela de la filosofía natural y la forma mercancía. Identifica el núcleo de la división entre la mano y la cabeza en las primeras sociedades de clase del Antiguo Egipto y la Mesopotamia, que surgieron luego del colapso de las prácticas agrícolas y productivas del «comunismo primitivo» del neolítico. Mientras que el trabajo aluvial fundado en las herramientas de piedra se organizaba de una forma directamente colectiva, la usurpación del faraón de las tierras cultivadas y de los valles despejados a orillas del río posibilitó que pusiera en marcha su aparato estatal como una maquinaria divina para la apropiación de un excedente. En la terminología de Sohn-Rethel, una «lógica de apropiación» empieza a dominar a una «lógica de producción». Las formas simbólicas del trabajo intelectual, tales como la escritura, la aritmética y la enumeración se desarrollan en conjunto y su único propósito es la regulación del trabajo manual.

Pero el intercambio no penetró internamente en estas sociedades de la Edad del Bronce. No fue hasta el siglo VI a. e. c., del lado jónico del Egeo, que la apropiación perdió sus vínculos con una autoridad sagrada y unilateral para convertirse, en cambio, en una fuerza que afectaba a los productores individuales bajo la forma de una compulsión recíproca al intercambio. Con el advenimiento de la metalurgia de hierro, el trabajo en las sociedades de la Antigua Grecia se atomizó: el bajo costo junto al incremento de la capacidad productiva de las nuevas herramientas de metal proveyó una ocasión para que el trabajo se independice relativamente de la economía colectiva del riego. Dado que los propietarios privados estaban geográficamente dispersos, sus productos excedentes —complementados por el pillaje y los saqueos de los ricos territorios de la Edad del Bronce— encontraron una salida, no en los tributos divinos, sino en el mercado abierto.

A esto le siguió la introducción del dinero acuñado. La génesis del dinero —como equivalente general de todos los objetos vendibles— conllevó generalizaciones complementarias en filosofía y en matemáticas. Mientras que en Egipto, las medidas necesarias para la construcción de templos, pirámides y represas se realizaban con una cuerda, en Grecia se realizaba con reglas estandarizadas, respaldadas en la geometría de las matemáticas «puras», establecida a lo largo de los siglos por Tales, Euclides y Heródoto. A medida que los procedimientos egipcios mutaron hasta adquirir forma de leyes geométricas, las matemáticas se elevaron hasta alcanzar el concepto de demostración y el trabajo manual y el trabajo intelectual se bifurcaron a nivel de una práctica social general, en el marco de la cual el último dirigía al primero.

Sohn-Rethel rastrea todo esto hasta la modernidad, pasando por la disolución de los oficios protegidos que se desarrolló durante la Revolución Industrial hasta llegar al capitalismo comercial y luego al monopolista. La línea del estudio de Sohn-Rethel no pasa por argumentar que el método científico moderno es un invento inaplicable más allá del capitalismo como forma de organización social. En cambio, su intención es dar cuenta de la emergencia histórica de las formas de pensamiento y de cómo perpetúan el modo de producción en el cual fueron concebidas.

La nueva edición del libro que hizo Historical Materialism incluye un debate sobre la obra que se desarrolló en Lotta Continua, un periódico izquierdista italiano estrechamente vinculado al movimiento estudiantil de los años 1960 y 1970. Entre los materiales de este debate hay un artículo de Antonio Negri, redactado originalmente para ser el prefacio de la traducción italiana del libro. Fue el mismo Sohn-Rethel el que rechazó la contribución de Negri, con el argumento de que su crítica principal —a saber, que su tesis subestima el rol de la lucha de clases para el progreso científico— tergiversaba los objetivos del libro y confundiría a los lectores.

De manera irónica, el prefacio rechazado de Negri articula negativamente los motivos que explican la tenaz persistencia de Trabajo intelectual y trabajo manual en los debates comunistas y socialistas; el libro perdura, no a pesar de la omisión indicada por Negri, sino precisamente a causa de ella. El hecho de que el libro define al capitalismo como un conjunto de compulsiones impersonales y abstracciones autosustentables, que sedimentan en el pensamiento y en la acción, hizo que tenga una gran influencia para las distintas reinterpretaciones de Marx que se desarrollaron durante los últimos treinta años, como las de los teóricos culturales y de la economía política asociados con la Neue Marx-Lektüre en Alemania y el resurgimiento, luego de 2008, del interés en los estudios de John Holloway, Werner Bonefeld y la revista Endnotes.

Nuestra sociedad se desarrolla en función de principios racionales que están al servicio de prácticas sociales cada vez más irracionales. El trabajo, despojado sistemáticamente de su potencial creativo y de autodeterminación, sofoca las facultades intelectuales de quienes trabajan. Este es un rasgo constitutivo del modo de producción capitalista, que está incrustado tanto en la acción como en el pensamiento.

El hecho de que esta fisura esté anclada en una dimensión tan profunda implica que la superación del capitalismo no puede desarrollarse únicamente a través de una transformación en la distribución material de la riqueza de arriba hacia abajo. En cambio, requiere una transformación radical a nivel de la vida cotidiana, que deberá pasar a través de la abolición de la síntesis social fundada en el intercambio. Una verdadera sociedad sin clases y no alienada solo puede alcanzarse a través de una resocialización de la ciencia y de la tecnología, que unifique a la mano y a la cabeza en el trabajo; o, en palabras de Sohn-Rethel, a través de «la potencia histórica del hombre para lograr una práctica racional y una teoría racional combinadas».

 

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