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Albert O. Hirschman nació el 7 de abril de 1915 y falleció el 10 de diciembre de 2012.

La pasión reformadora de Albert O. Hirschman

El economista heterodoxo Albert O. Hirschman pensó las dinámicas del cambio y de la reforma con una pasión inigualable. Sus vínculos con la América Latina de las «décadas desarrollistas» tuvieron un enorme impacto en su filosofía del desarrollo y de la acción colectiva.

El posibilismo no tiene buena fama en la izquierda. Inspirar, alentar y concretar la reforma no levanta muchas pasiones. Acostumbradas a pensar en los grandes programas y proyectos transformadores, las izquierdas del mundo han asumido que una reforma es algo que sucede de forma más bien contingente o casual. Sin embargo, a lo largo de su vital e intensa trayectoria, el economista germano-estadounidense Albert O. Hirschman demostró la necesidad de pensar e imaginar lo posible con la misma pasión que se hace con los horizontes providencialistas. 

Como lo ha demostrado en su lúcida y apasionante obra biográfica Jeremy Adelman (traducida al español como El idealista pragmático), Hirschman forjó su filosofía de la planificación a lo largo de los grandes combates del siglo XX: el acercamiento al comunismo en la década de 1920, el antifascismo de la década de 1930 (espacio compartido de manera central con el antifascista italiano Eugenio Colori), el compromiso partisano –en Francia, España, Italia y después en los Estados Unidos– y, finalmente, el importantísimo encuentro con América Latina a partir de la década de 1950.

Así, formado en un siglo de extremos, Hirschman mostró que la reforma, concebida con un código democrático y popular, no solo representa una alternativa sino que puede ser un combate valioso. En su afán de lidiar con la complejidad del cambio social, sus múltiples caminos y sus enseñanzas, Hirschman entendió que la reforma constituye un horizonte de construcción creativa que puede movilizar la imaginación política.

Salida, voz y lealtad

Comprometido con una noción poco usual de desarrollo, Hirschman era un disidente pragmático en un terreno económico dominado por los modelos abstractos neoclásicos. De hecho, nuestra actual situación sociopolítica, atravesada como está por desquiciamientos ideológicos y subversión de coordenadas estables, presenta un momento ideal para recuperar el pensamiento estratégico de Hirschman.

Si bien Hirschman era un desencantado del comunismo –el cual había conocido en el agitado Berlín de la primera posguerra–, esto no le impidió ser un ávido lector de V. I. Lenin. Del revolucionario ruso comprendió la clave estratégica y, de hecho, su máxima favorita era la célebre frase de Lenin: «Situaciones absolutamente sin salida no existen».

Publicada en 1970, Salida, voz y lealtad es quizás la obra más célebre de Hirschman, donde se ensaya una gramática del cambio social y de la acción colectiva. En lo más inmediato, el trabajo fue una respuesta al teórico Mancur Olson, cuyo argumento en torno a la acción colectiva sostenía que para el individuo era más rentable no movilizarse que hacerlo. En su respuesta, Hirschman brindó insumos para pensar el conflicto en el Estado, el mercado y diversas organizaciones recurriendo a tres imágenes para analizar tanto las dinámicas que posibilitan la acción colectiva como los peligros que la acechan.

La primera estrategia respecto a la acción colectiva, según Hirschman, es la de la salida: con ella, reconocía la posibilidad de los cambios abruptos por ejemplo, en el mercado, cuando un consumidor insatisfecho cambiaba una marca por otra (la salida, de hecho, nace como concepto mercantil –similar a la mano invisible de Adam Smith– pero después extendió ese concepto hacia otras escalas y ámbitos de la vida social). 

La segunda imagen es la de la voz –que puede ir del murmullo al grito de protesta– como el elemento que posibilita la negociación y el cambio dentro de un colectivo; el uso y cultivo de la voz posibilitaba que las organizaciones –sindicatos, asociaciones, partidos y también Estados– pudieran adecuarse a las demandas de quienes emprendían la acción colectiva. Así, la voz debe ser entendida como un recurso que tiene el integrante de una asociación ante una situación poco satisfactoria: es la forma en la que participa para alentar cambios, pero también es un mecanismo que alerta de las fallas que pueden existir en los organismos. 

Entre voz y salida se encuentra la tercera imagen, que es la de la formulación de la lealtad como la construcción de identidad o apego que anida a partir de las posibilidades de modular exitosamente la voz o pagar los costos y sacrificios (mayores o menores) de la salida. Así, el uso de la voz en la acción colectiva y sus mecanismos de negociación posibilitaba que las organizaciones o los Estados sobrevivan, procesando los conflictos y saliendo fortalecidos de ellos fomentando la lealtad

La lealtad, plantea Hirshcman, es lo que permite un equilibrio entre el recurso de la participación por medio de la voz y el costo de abandonar una asociación (la salida), al tiempo que permite imaginar recursos alternativos y creatividad en la interacción.

La salida –el abandono definitivo de formas organizativas– fue pensada por Hirschman como una acción individual que, en algunos casos, podía llegar a ser colectiva, pero que dependía siempre de la debilidad del uso de la voz y de la erosión de la lealtad. Si bien la salida fue pensada inicialmente para la acción de los individuos en el mercado y la voz para acciones políticas, pronto se dio cuenta que tenían otros usos, tanto individuales como colectivos. 

Las asociaciones de consumidores, por ejemplo, eran una muestra de que el mercado también posibilitaba la acción colectiva y la salida (en este caso el cambio de un producto por otro) no era exclusivamente individual. Estas imágenes le servían para pensar la acción colectiva en espacios diversos: allí donde existe alguna posibilidad de participación, donde hay alta capacidad de abandono y retirada (los partidos políticos o las asociaciones), pero también donde se dificulta (por ejemplo, los Estados).

Hirschman analiza el ejemplo de la República Democrática Alemana, en donde la salida es muy difícil –pues se corre el riesgo de perder la vida y se abandona el espacio vital– y el uso de la voz –es decir, la negociación– se encuentra atrofiada. Estas imágenes son importantes porque otorgan un insumo para pensar la acción colectiva, las formas de organización, los mecanismos de negociación y, por supuesto, las posibilidades de la ruptura.

Un juicio global podría ser que se trata de un intento por comprender las acciones colectivas, sus efectos, límites y sus posibilidades. El ejercicio propuesto por Hirschman cuenta con múltiples y ricas combinaciones según los espacios, escalas y culturas. No cabe duda que en su obra habita la idea de que el ejercicio de la voz debe cuidarse y cultivarse, pues su atrofia implica el desuso de la política. Sin embargo, eso no implica que sea la única opción; es una entre otras: siempre recordando a Lenin, Hirschman gustaba recordar que no hay ninguna situación en la que no existan esperanzas.

Algunos de los movimientos y gobiernos progresistas de las últimas dos décadas bien podrían ser pensados a partir de esta concepción. El México de la Cuarta Transformación es un claro ejemplo de un gobierno en el cual la voz de quienes apoyan y legitiman al gobierno y sus acciones se encuentra en pleno ascenso. De formas muy diversas, la lealtad de los animadores e impulsores de la Cuarta Transformación, se ha fortalecido. El espacio político contribuye a esta situación, pues a la mitad del gobierno de Andrés Manuel López Obrador, nadie ejercería su posibilidad de salida, pues ello derivaría en un ostracismo político a pesar de las diferencias puntuales con decisiones específicas. 

La reforma como herejía económica

Como es evidente, el trabajo de Hirschman –un economista– nunca se detuvo en el análisis económico en sentido estricto. En una primera instancia, reconocía la conflictividad generada por la existencia del excedente, el cual dejaba a la sociedad contemporánea en un marasmo al no tener opción de no producirlo. En este camino, Hirschman llegó a interesarse por la historia intelectual de la sociedad capitalista. Ese interés fue plasmado en 1977 en Las pasiones y los intereses, una sugerente y poca ortodoxa genealogía para comprender el triunfo del capitalismo. 

Hirschman centra su análisis en la transformación gradual de una pasión –la de la búsqueda del dinero– que, de encontrarse condenada por la ética dominante, se convirtió en el argumento preferido para lograr el pleno control del poder político, que al ser depositado en ciertos personajes podía ser usado caprichosamente (es decir, el nuevo leitmotiv de la naciente sociedad burguesa). Hirschman se interesa en cómo la actividad económica se vuelve motivo de impulso de la acción política, como lo es también de deterioro de ella. De lo que se trata es ir de la economía a la política y más allá, mostrando que cuando se habla de economía no hay nunca automatismo, sino múltiples posibilidades de articulación.

En una de sus obras menos conocidas, El avance de la colectividad, avizoró las diversas tramas que se construyen alrededor de lo que hoy denominamos las economías sociales-solidarias –tan urgentes de ser cultivadas en nuestros días–, mostrando que su presencia generaba tramas que solían escapar a los esfuerzos de los teóricos de desarrollo: al ras de suelo, en el campo mismo de la acción, constató que en ocasiones «la carreta se coloca por delante del caballo». 

En lugar de pensar con desencanto la modernización que, con sus efectos, había provocado la instalación de férreos gobiernos autoritarios en la mayor parte de América Latina, Hirschman decidió retratar la persistencia de la energía social en busca de mejorar las condiciones de vida. Más aún: llegó a la conclusión de que la economía popular es «un rechazo al culto del producto nacional bruto» y de la «tasa de desarrollo» como árbitros únicos del «progreso económico y humano».

Ese libro, aparecido en 1983, es un gran alegato en contra de la privatización y la desmovilización que se instaló con las dictaduras militares regionales, al tiempo que era una constatación de la persistencia de cambios posibles, en el aquí y el ahora, situados en medio de la profunda crisis regional que se llegó a identificar como la «década perdida»: formas diversas de la reforma, algunas de ellas, agredidas por el Estado, otras tantas nacidas al calor de intereses individuales y la mayor parte de ellas, generadoras de vínculos solidarios.

Contra el avance reaccionario

Aunque la persistencia del sectarismo programáticamente suele ser marginal en la voz de las grandes mayorías que han aventurado transformaciones/reformas sociopolíticas, no está de más regresar a Retóricas de la intransigencia, texto de 1991. Allí, Hirschman analiza las voces que a lo largo de la historia se negaron a aceptar los tres grandes procesos de democratización de la época moderna. Se trata del análisis de la retórica que reaccionó en forma de rechazo ante los procesos que establecieron la igualdad frente a la ley, negando el carácter democrático del sufragio universal y el rol del Estado benefactor.

Retóricas plantea una crítica a la época de ascenso neoliberal, destacando que existen tres argumentos de corte reaccionario que suelen revivirse continuamente: el del «efecto perverso», el de «futilidad» y el del riesgo. El primero indicaría que cualquier cambio resultaría dirigido en su contrario; el segundo, que es inútil proponer transformaciones; y el último, que el costo del cambio es muy elevado frente a las posibles pérdidas de lo ya existente. 

El conjunto de argumentos se da un momento polémico, que es el de la caída del socialismo y la emergencia de un ambiente abiertamente reaccionario. Hirschman responde al triunfalismo del libre mercado y hace notar las raíces de la retórica reaccionaria: su argumento es que estas retóricas en contra de los cambios son muy recurrentes a lo largo de la historia y que su uso repetido no muestra su validez, toda vez que se desarrollan en un entramado de polarización. El contexto neoconservador en el que Hirschman expone sus ideas sobre los contrargumentos al cambio y la transformación convirtieron a aquel libro en un trabajo incómodo, que le valió críticas diversas. En el fondo, argumentaba la necesidad de abandonar cualquier tipo de intransigencia.

Hirschman discutió a los intelectuales que –señaló– parecía que abrazaban estas tesis reaccionarias para sentirse bien consigo mismos: «los científicos sociales que analizan el efecto perverso experimentan por otra parte un fuerte sentimiento de superioridad y se regocijan con él». La crítica de la retórica intransigente, es bueno recordarlo, no se limita a la reacción, pues el «progresismo» comparte una retórica intransigente al señalar que existen senderos correctos de la historia. 

El texto, producido al calor del supuesto «triunfo del libre mercado» tras los sucesos de 1989, es un llamado a cultivar el arte de la voz, un refrendo de la importancia capital de la democracia y la necesidad de abandonar las posiciones tejida en clave de extremos. El argumento, sin embargo, sigue siendo útil más allá de las discusiones políticas; es pertinente al momento de observar los «revisionismos» históricos, que siguen argumentado sobre la perversidad de los cambios ocurridos por procesos sociales de amplio alcance.

La fantasía organizada

Si bien Hirschman fue un disidente en el plano económico, también lo fue respecto a la política externa de Estados Unidos. Esto asumió la forma concreta de una visión crítica de la denominada Alianza por el Progreso impulsada por John F. Kennedy en 1961. En la perspectiva de Hirschman, Estados Unidos no podía ofrecer «alianzas» ni impulsar el desarrollo en el exterior y al mismo tiempo continuar preparando operaciones secretas en contra de gobiernos latinoamericanos. Más allá de ese capítulo específico, su trabajo vinculado con América Latina extiende y complejiza el polimórfico concepto del desarrollo más allá de la economía convencional (de su tiempo y del nuestro).

En su experiencia colombiana –y después en su conocimiento de otras regiones del continente–, Hirschman apostó por pensar el desarrollo como estrategia y menos como una gran teoría. En su concepción, el desarrollo sintetizaba oportunidades, capacidades, creencias y expectativas y no solo un gran plan de inversiones. Eso es lo que explica que en obras de la década de 1960 y 70 insistiera en proyectos específicos, que causaran eslabonamientos en la producción y el consumo y solo aledañamente los grandes planes de inversión. Además, en los múltiples ejemplos que analiza en sus trabajos de esta época le muestran que existen siempre acciones inesperadas, que no se pueden prever y que era importante a lidiar con ellos.

La relación que Hirschman entabló con América Latina fue de un intelectual comprometido con la vivencia cotidiana, en la que se tramaron grandes amistades –de Carlos Fuentes a Orlando Fals Borda, de Camilo Torres a Fernando Henrique Cardoso, entre muchos otros– con quienes trató de esquivar el atolladero maximalista, cultivando otras alternativas y estableciendo vínculos de ida y vuelta. Y si bien no se comprometió con las energías revolucionarias desatadas tras 1959, estuvo lejos de simpatizar con los ejercicios autoritarios de las élites y ejércitos regionales (iniciados en 1964 con los golpes en Bolivia y Brasil) que dejaron el suelo latinoamericano plagado de sangre, dolor y libre mercado.

De hecho, la presencia de Hirschman en América Latina fue una constante. Su obra se conoce desde 1950 y encontró, entre otros espacios, al Fondo de Cultura Económica como un lugar privilegiado de recepción. Situación que se vio alentada por los diálogos con personajes como Guillermo O´Donell o Celso Furtado, pero también por la recepción crítica que hizo Rodolfo Stavenhagen, con quien sostuvo un sucinto debate en la revista Plural de Octavio Paz. Y es sugerente, finalmente, voltear a ver lo que otro biógrafo, Luca Meldolesi, apunta sobre sus trabajos que se encuentran por encima de «los estrechos confines de las disciplinas», entre los que podemos pensar su ensayo sobre «Hegel y el imperialismo» que, según la biografía de Adelman, se escribió en el momento en que el ambiente de la universidad americana le permitió el regreso de una perspectiva que él mismo llamó «micromarxismo».

La voz de Hirschman

Como dijimos, la izquierda continental se puede nutrir de una perspectiva que alienta tanto la democracia como la reforma, el mejoramiento de la vida cotidiana y las experiencias populares. El de Hirschman es, más que un pensamiento acabado, una forma de pensar. Que avanza con la «mente abierta, pero nunca en blanco», como escribió Adelman.

El próximo año se cumplen 10 de su muerte y ello posibilitará, seguramente, múltiples reflexiones. El posibilismo, es decir, la reforma como posibilidad y pasión, no es un horizonte que la izquierda deba rechazar por principio. Múltiples posibilidades de creación social, de redireccionamiento de las energías de la sociedad, se traman constantemente. Reconocerles su valía, incorporarla a las tradiciones de lucha y potenciarlas es algo que el pensamiento de Hirschman propone e impulsa.

Ello no es sencillo, pero se encuentra habilitado a partir de una izquierda con una posición materialista que abandone definitivamente el providencialismo y las retóricas intransigentes sobre los «lados correctos de la historia». Una izquierda anclada en la coyuntura, que construya transformaciones en el presente, sobre el eje de la voz de sujetos reales, reconociendo que se encuentran atravesados por pasiones y deseos.

Para quien entienda que el pensar crítico es un árbol de raíz diversa, la aventura intelectual de Hirschman le puede resultar, además de apasionante, profundamente útil. De lo que se trata es de cultivar ese árbol, con paciencia y mesura, como una de las tareas a las que puede contribuir en momentos donde posibilitar la reforma es tan urgente como continuar imaginando el futuro. 

 


Juan de la Fuente es profesor en la Universidad Autónoma Chapingo en México. 

Jaime Ortega es integrante de la revista Memoria.

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