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Sello postal irlandés del Che Guevara. (Imagen: Wikimedia Commons)

Irlanda y América Latina: hermanas en armas contra el imperialismo

Traducción: Valentín Huarte

El pasado común de lucha antimperialista de Irlanda y América Latina tiene vínculos más antiguos y profundos de lo que se piensa y se nutrió de la firme solidaridad internacional entre sus figuras más destacadas y sus organizaciones revolucionarias.

«Por las venas de mi hijo corre la sangre de los rebeldes irlandeses» –dijo Ernesto Guevara Lynch, padre del legendario Che Guevara, que sentía orgullo de sus raíces irlandesas y de la forma en la que su familia construyó una nueva vida en Argentina después de huir de Irlanda durante la era de Cromwell

La sangre rebelde de los irlandeses fue esencial en las luchas emancipatorias de América Latina y lo sigue siendo aún hoy. Latinos e irlandeses luchan juntos contra el imperialismo desde el siglo XIX, cuando los inmigrantes irlandeses, huyendo del hambre y la opresión provocados por el Imperio británico, encontraron en América Latina un nuevo campo de batalla para desafiar la crueldad del colonialismo

Muchas de las repúblicas de nuestro continente contaron con la contribución de los irlandeses y de sus descendientes, como por ejemplo, Chile con Bernardo O’Higgins o todos los irlandeses que formaron parte del ejército bolivariano. La afirmación vale también en sentido inverso. Recordemos al irlandés-argentino Éamon Bulfin: nacido en Buenos Aires, fue él quien izó la bandera republicana irlandesa en el Correo Central durante la Revuelta de Pascua en 1916

El Che, un irlandés

El más célebre «representantes irlandés» y figura central de la revolución cubana fue Ernesto Che Guevara: sus ancestros celtas, los Lynch, sufrieron en manos del inglés Oliver Cromwell, el hombre que derrocó la monarquía y ejerció el poder sobre Inglaterra durante varios años. 

Los miembros de la familia huyeron de Irlanda a España, desde donde partieron hacia Argentina cuando el país todavía era una colonia española. El bisabuelo del Che luchó en la Guerra de la Independencia contra España a mediados del siglo XIX. Los Lynch llevaban consigo el espíritu de la libertad y, junto a otros miembros de la diáspora irlandesa, alimentaban el vínculo con la tierra de sus ancestros, pero el Che pasó apenas un día de su vida en Irlanda. 

Ese día, un vuelo de Aeroflot que viajaba de Moscú con destino a La Habana fue desviado por la niebla hacia el aeropuerto de Shannon. El avión se detuvo para reabastecerse, pero no logró despegar de nuevo debido al clima. Durante su rápida visita, el Che dijo que estaba orgulloso de su ascendencia irlandesa y que los irlandeses habían derribado al Imperio Británico, con lo cual se refería a la Guerra de la Independencia de Irlanda que se desarrolló desde 1919 hasta 1921. 

Cuba y la solidaridad internacional con Irlanda

Esos lazos no tomaron simplemente la forma de una historia ancestral. Fidel Castro se convirtió en un revolucionario durante su tiempo como militante político estudiantil en la Universidad de La Habana. Se inspiró en Julio Antonio Mella, conocido fundador del Partido Comunista Cubano. 

El combativo Mella se exilió en México después de convertirse en una amenaza para la dictadura sangrienta del presidente cubano, Gerardo Machado. Allí se organizó junto a otros comunistas. La madre de Mella, Cecilia McPartland, nació en Irlanda. Es decir que uno de los mayores héroes de la historia cubana, que inspiró a los revolucionarios cubanos durante la década de 1950, tenía ascendencia irlandesa. 

En 1981, cuando los republicamos irlandeses presos estaban en medio de una huelga de hambre histórica contra el Estado británico, fue Fidel Castro el que volvió a aliarse con los oprimidos.

La huelga de hambre fue el resultado de una batalla de cinco años entre los nacionalistas irlandeses y la autocracia británica, desatada después de que Margaret Thatcher les quitó a los republicanos el estatus de presos políticos. Dirigidos por Bobby Sands, parlamentario electo y miembro del Ejército Republicano Irlandés Provisional (IRA-P), los presos comenzaron a rechazar la comida. Diez huelguistas, incluido Sands, murieron de hambre.

Entonces estalló el conflicto en Irlanda del Norte, donde miles de personas protestaron indignadas. Thatcher no se conmovió, pero sí lo hizo Castro. En 1981, el cubano se reunió con Gerry Adams, en ese entonces líder de Sinn Fein («nosotros mismos», en gaélico irlandés), el centenario partido independentista de izquierda irlandés, y habló con pasión sobre la causa republicana:

Al hablar de política internacional, no podemos ignorar lo que está sucediendo en Irlanda del Norte. Siento que debo referirme a este problema. En mi opinión, los patriotas irlandeses están escribiendo uno de los capítulos más heroicos de la historia. Ellos piden algo tan simple como que se reconozca aquello que realmente son: presos políticos… Que los tiranos tiemblen frente a estos hombres que son capaces de morir por sus ideas. 

El líder de Sinn Féin viajó a Cuba ese mismo año e inauguró un monumento en homenaje a los diez muertos en la huelga de hambre. Aaron James Kelly, coordinador irlandés de la Red en Defensa de la Humanidad, dijo: 

Hay un mérito justificable y demostrable en la placa conmemorativa que adorna la calle O’Reilly en La Habana con las palabras «dos pueblos isleños en el mismo mar de lucha y esperanza», dado que tanto Cuba como Irlanda sufrieron los daños causados por los imperios. Cuba, sosteniendo su internacionalismo y su humanitarismo sin parangones en todo el planeta, fue uno de los apoyos más importantes de Irlanda en la lucha contra el imperialismo británico y, de hecho, es desde ahora un aliado clave para el Proceso de Paz y para la próxima etapa de esta lucha.
La solidaridad demostrada durante las huelgas de hambre dio cuenta de su compromiso inquebrantable. Del lado irlandés, fueron los movimientos de la clase obrera, antimperialistas y republicanos irlandeses los que retribuyeron esa solidaridad.
Al contrario de la Revolución cubana, que desde mi punto de vista es la más importante de todas las revoluciones del siglo pasado a causa de su éthos anticolonial profético y de la importancia mundial de los valores que la orientaron y de las acciones que desplegó, la Guerra de la Independencia en Irlanda fue una revolución paralizada o interrumpida que fue eclipsada por las fuerzas reaccionarias. No solo a causa de la presencia continua de la dominación británica en la zona norte, sino también a causa de la hegemonía ejercida por los fascistas y los conservadores en la zona sur.
La atracción de los Estados Unidos y de la Unión Europea (es decir, del imperialismo) es fuerte y es particularmente despreciable que las personas de una isla que fue hambreada deliberadamente por el Imperio británico durante an Gorta Mór (la Gran Hambruna), en nombre de las degradadas palabras «derechos humanos» apoye ahora con alegría y perversidad al imperialismo norteamericano y a su uso del hambre como arma de guerra en el bloqueo ilegal y criminal de Cuba. 

 

Reagan viaja a Irlanda 

Entre 1979 y 1980, Ronald Reagan hacía campaña para las elecciones presidenciales de Estados Unidos. En California, Reagan conoció al entonces embajador irlandés en los Estados Unidos, Sean Donlon. Este último indagó en la conversación las raíces del nombre del candidato a la presidencia.

«Usted debe ser irlandés», le dijo Donlon a Reagan, «¿de qué parte de Irlanda proviene? […] Con un nombre como Reagan, de seguro que usted es irlandés». En ese momento, Reagan se vendía a la población americana como un WASP, es decir, un protestante blanco de origen anglosajón.

Recordando su conversación con quien llegaría a ser presidente, Donlon afirmó más tarde: «Cuando le dije a Reagan, cerca de las elecciones, que sus raíces eran definitivamente irlandesas y no inglesas, él preguntó si esa información podía ser mantenida en reserva hasta después de las elecciones […]. No quería alterar su perfil a último minuto».

Cuatro años después, mientras patrocinada operaciones de contrainsurgencia brutales en toda América Central, Reagan viajó a Irlanda en el marco de una visita oficial. Distintos grupos irlandeses planearon «piquetes ininterrumpidos» contra las políticas de Reagan sobre las armas nucleares y su apoyo a los Contras en Nicaragua. 

El gobierno irlandés estaba tan preocupado por la recepción hostil con la que se encontraría Reagan, que presentó una nueva ley apenas 90 minutos antes de su llegada y la utilizó para detener a 30 manifestantes que protestaban fuera de la residencia del embajador de los Estados Unidos.

Cuando el presidente llegó al aeropuerto de Shannon, su primera bienvenida fueron los piquetes. Y una vez que estuvo en la ciudad de Dublín, un grupo de monjas dirigida por el Convento de las Hermanas por la Justicia «cargó un cajón con los nombres de tres hermanas americanas asesinadas en 1980, junto a un trabajador católico, por la guardia nacional en El Salvador». El grupo también entregó una petición al Ministerio de Relaciones Exteriores de Irlanda, firmada por 20 000 personas, en solidaridad con el pueblo de América Central.

Reagan, que había renunciado a sus raíces irlandesas, encontró un país más que preparado para renunciar a las políticas brutales que desplegaba en América Latina.

Irlanda, o «el país de Roger»

La mañana del viernes santo de 1916, Roger Casement fue capturado en Banna Strand, Kerry, custodiando casi dos mil rifles que serían utilizados en el Alzamiento de Pascua de Irlanda contra la opresión británica. Casement había sido un Caballero del Reino y era un veterano diplomático que tenía vínculos de larga data con el Ministerio de Relaciones Exteriores británico. Esto espantó a sus captores que juzgaron su conducta como una traición.

Condenado a muerte por sus acciones, dio un discurso que resonó en todo el mundo desde el cadalso. Refiriéndose al uso los soldados irlandeses durante la Primera Guerra Mundial, Casement proclamó:

Si las pequeñas naciones no fuesen los peones en este juego de lucha de gigantes, no habría motivo para que Irlanda derrame su sangre por cualquier otra causa que no fuese la suya, y si eso fuese traición más allá de los mares, no tengo vergüenza de confesar ni de responder por ello con mi vida. Ese lugar en el que todos los derechos se convierten simplemente en errores acumulados; donde los hombres deben implorar con la respiración suspendida permiso para subsistir en su propia tierra, para pensar sus propios pensamientos, para cantar sus propias canciones, para gozar de los frutos de su propio trabajo; y aun así, sin importar cuánto imploren, se les quita inexorablemente todo lo que piden. Entonces, sin ninguna duda, es más audaz, más sano y más verdadero ser un rebelde en los actos y en las acciones contra estas circunstancias, en vez de aceptarlas mansamente como si fuera el destino natural de los hombres. 

El antimperialismo de Casement no comenzó con la lucha por la independencia de Irlanda. Apenas seis años antes, Casement había sido enviado a Putumayo –que entonces era un territorio disputado en la frontera amazónica de Ecuador, Perú y Colombia– para investigar los supuestos crímenes de la Peruvian Amazon Company (PAC), una empresa de caucho de propiedad británica.

De acuerdo a los informes de la revista inglesa Truth, la PAC había «forzado a los indígenas pacíficos de Putumayo al trabajo esclavo a cambio de la comida necesaria para mantenerse con vida», y usó a un grupo de barbadenses (súbditos de los británicos) para dirigir la represión. Esas historias de condiciones análogas a la esclavitud encontraron resonancia en Gran Bretaña, y Casement, en ese entonces cónsul británico en Río de Janeiro, fue enviado para investigar el caso. En Putumayo encontró una zona de explotación colonial espantosa; estimó que 40 000 indígenas habían muerto desde el inicio de la colecta de caucho por la PAC.

Aunque sirviera a la corona británica, Casement percibió las luchas de los pueblos indígenas de Putumayo en términos comparables a los de su tierra natal de Irlanda. Al encontrarse con un propietario de esclavos del noroeste de Perú llamado Andrés O’Donnell, observó: «¡Pensar que un nombre tan grande puede caer tan bajo!»

Lo cierto es que la decisión de Casement de ponerse del lado de los «colonizados» –sea en el Congo, en Putumayo o en Connemara– selló su destino: el 3 de agosto de 1916 fue encerrado en la prisión de Pentonville, en Londres. Más de un siglo después de su muerte, Casement todavía es recordado en Putumayo. Cuando, un siglo después, el padre Brendan Forde de Clontarf viajó por primera vez al sur de Colombia, fue bautizado por los habitantes locales como «padre Brendan de Irlanda, país de Roger».

Esta comunidad de luchas, revoluciones y revolucionarios entre latinos e irlandeses no es solo histórica. El parlamentario irlandés Chris Hazzard, representante de South Down, sigue manteniendo ese puente entre ambos pueblos en su partido, el Sinn Féin. 

Cuando se le pregunta por qué es importante que latinos e irlandeses se mantengan unidos, responde de manera categórica: 

El internacionalismo siempre estuvo en el centro del republicanismo irlandés; en realidad, el republicanismo irlandés mismo es el producto de ideas e influencias internacionales. Siempre tuvimos orgullo de posicionarnos firmemente contra el colonialismo y el imperialismo en Irlanda y en todo el mundo, incluida América Latina. El Sinn Féin sigue promoviendo con orgullo esta tradición radical hasta el día de hoy. La solidaridad internacional y nuestro permanente trabajo internacional son componentes clave de nuestra lucha por la liberación nacional. A lo largo de la historia de la lucha por la independencia de Irlanda, los revolucionarios irlandeses brindaron a otros y recibieron de ellos mucha solidaridad en la causa común por la liberación nacional y social.

 

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