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Karl Polanyi. Max Planck Institute

El punto de quiebre de la socialdemocracia

Traducción: Valentín Huarte

Necesitamos una política que reconozca que la conciliación de clases que propone la socialdemocracia es insostenible.

Patrick Iber y Mike Konczal escribieron un ensayo en Dissent en el cual utilizan el fenómeno de Bernie Sanders como una oportunidad para explicar las teorías de Karl Polanyi.

Polanyi fue un húngaro que emigró primero a Viena y luego a Inglaterra y a los Estados Unidos, un veterano de aquel período de entreguerras que propició la Gran Depresión y el ascenso del fascismo.

Su obra más conocida, La gran transformación, fue escrita durante los años 1930 y 1940. Allí intentó un diagnóstico del fracaso del capitalismo de libre mercado de aquella época que, desde su punto de vista, fue lo que estuvo en el origen de la reacción y de la guerra que él vivió. 

Su tesis central, y la que más influyó en los liberales contemporáneos, es que nunca hubo algo como un libre mercado natural o sin restricciones.

En cambio, todas las formaciones sociales realmente existentes suponen vínculos complejos entre la gente, basados en una multiplicidad de normas y de tradiciones. Tal como dicen Iber y Konczal, «la economía está “encastrada” en la sociedad, es parte de las relaciones sociales y no está separada de ellas».

Por este motivo, el intento de instituir mercados sin restricciones ni regulaciones está condenado al fracaso: una sociedad de libre mercado pura es un proyecto utópico y es imposible, porque las personas no aceptarán transformarse en mercancías.

Esta es una tesis importante y, hasta aquí, no hay mucho con lo que pueda estar en desacuerdo. El problema surge cuando se intenta derivar una estrategia política completa a partir de este análisis. En este punto me separo de la alternativa que proponen Iber y Konczal apoyándose en Polanyi.

Sugieren que la perspectiva del «socialismo» de Polanyi –pero también la de Bernie Sanders– se reduce, en última instancia, a la imposición de ciertos límites humanos y democráticos al capitalismo. Citan un pasaje en el cual Polanyi define al socialismo como «la tendencia inherente a una civilización industrial de trascender el mercado autorregulador subordinándolo conscientemente a una sociedad democrática».

Polanyi no parece pensar que los mercados y la propiedad capitalista puedan ser reemplazados por otra cosa (a pesar de que la última parte de La gran transformación es un poco ambigua en este sentido). El capitalismo solo será humanizado y controlado. Esta es la idea que Iber y Konczal le atribuyen a Bernie Sanders: «las personas usan la democracia para transformar las reglas que gobiernan nuestra economía política nacional».

Existe una larga tradición, asociada especialmente al leninismo, que rechaza este programa y lo califica de «reformista». De acuerdo con esta tendencia, la perspectiva de Polanyi es inadecuada porque acepta reformas que mejoran el capitalismo.

Se supone que esto es una mera distracción de la necesidad de construir una fuerza revolucionaria capaz de tomar el poder, derrocar a la clase dominante y reconstruir las relaciones de propiedad. Esta es una perspectiva que Iber y Konczal descartan rápidamente: tomar los medios de producción mediante el Estado es una idea tradicional del marxismo que fue abandonada incluso por la mayoría de aquellos que se identifican como socialistas.

Me considero socialista y marxista, aunque difícilmente se me pueda calificar de «tradicional». Sin embargo, mi objeción al análisis de Polanyi es ligeramente distinta a la que consideran Iber y Konczal.

Soy bastante «reformista», en el sentido de que mi política cotidiana implica defender cosas como la salud pública, el fortalecimiento de los sindicatos o el combate contra la corrupción en los gobiernos locales. (Debe notarse que es lo que hicieron también muchos militantes comunistas a lo largo de la historia, aun si sostenían que el horizonte era la toma del poder). Me separo de la izquierda polanyiana –y, hasta cierto punto, también de la izquierda marxista tradicional– en lo que respecta al fin último de estas luchas.

Algún tiempo atrás, escribí sobre la influencia que tiene Polanyi en los defensores y partidarios del Estado de bienestar. En respuesta al ataque que el sociólogo Daniel Zamora dirige contra la teoría de Michel Foucault, argumenté que muchas personas que critican por izquierda al capitalismo neoliberal conciben el proyecto de la izquierda en términos polanyianos, con lo cual se limitan a luchar para que los trabajadores logren amortiguar un poco los caprichos del mercado, sin tocar las instituciones básicas de la propiedad privada y del trabajo asalariado.

En ese caso, no hay nada mejor que el Estado de bienestar para proteger a la clase trabajadora de las sacudidas de un mercado sin restricciones.

Plantearía dos objeciones a este proyecto. Una es fundamentalmente normativa: no me interesa vivir en un mundo que se define en función de un trabajo asalariado hasta cierto punto humanizado, aun si este mundo sería mejor que el mundo en el que vivimos hoy.

Esto se basa en una tradición socialista de rechazo al trabajo, que insiste en que el último objetivo de la política socialista no es hacer más agradable el trabajo asalariado, sino abolirlo por completo. Dado que escribí mucho sobre esto en otros lugares, no repetiré mis argumentos aquí.

La segunda objeción tiene que ver con la viabilidad a largo plazo del capitalismo de bienestar polanyiano, que es concebido como una cierta forma de equilibrio al interior del capitalismo. La distinción fundamental que me gustaría plantear, entre la socialdemocracia marxista y la polanyiana, no se relaciona con la disyuntiva reforma o revolución.

En otras palabras, acepto la tesis según la cual en el corto plazo el proyecto socialista debe desarrollarse por medio de luchas graduales y progresivas que suponen conquistas materiales para los trabajadores en el contexto del capitalismo.

Pero, en realidad, el punto de llegada del socialismo polanyiano es el régimen que el teórico del Estado de bienestar, Gøsta Esping-Andersen, denominó capitalismo de bienestar.

Es decir, se trata todavía de una sociedad en la cual los medios de producción están controlados de manera privada por una pequeña élite y la mayoría de las personas debe vender su fuerza de trabajo para sobrevivir. Es diferente del capitalismo sin restricciones porque la presencia de realidades como los sindicatos, las regulaciones y las redes y programas de seguridad social desmercantilizan parcialmente –nunca en términos absolutos– el trabajo.

La distinción entre la perspectiva polanyiana y la alternativa marxista que propongo puede apreciarse a partir de este punto. Todo gira en torno a la cuestión de si este régimen es viable.

¿Qué es la viabilidad? Le debemos al sociólogo Erik Olin Wright –de formación marxista, aunque influenciado considerablemente por Polanyi– una definición concisa.

Wright trabajó mucho en el bosquejo de «utopías reales» que podrían funcionar como alternativas al sistema presente. Argumenta que cualquiera de estas utopías debe satisfacer tres criterios: ser deseable, ser susceptible de ser realizada y ser viable. Las primeras dos no requieren mayores precisiones: ¿Es allí donde queremos ir? ¿Es posible llegar hasta ahí?

Tal como señalé antes, creo que la visión polanyiana es un poco deficiente en la medida en que no es del todo deseable. Pero nadie pone en duda que representaría un avance.

Y en lo que respecta a su posible realización, no tengo mayores objeciones. Apoyo las luchas reformistas a favor del Estado de bienestar porque creo que son realizables, sobre todo frente a las estrategias alternativas que proponen construir un partido comunista insurgente o hacer propaganda sectaria y esperar a que el capitalismo colapse solo.

Los problemas surgen cuando se considera la viabilidad. Wright define esta cuestión en los siguientes términos: Si pudiésemos construir esta alternativa, ¿seríamos capaces de hacerla durar o conllevaría consecuencias inintencionadas y dinámicas autodestructivas de tal magnitud que lo harían insostenible?

Volvamos sobre la definición del socialismo polanyiano como la situación en la cual las personas se sirven de la democracia para transformar las reglas que gobiernan nuestra economía política nacional.

¿Es este un equilibrio estable, que será aceptado tanto por capitalistas como por trabajadores? ¿O se trata de una situación intrínsecamente inestable que tarde o temprano concluirá con la expropiación de la clase capitalista o con la restauración del poder de la clase dominante?

A diferencia de los polanyianos, creo que el Estado de bienestar es inviable en los términos propuestos por Wright. Sin embargo, a diferencia de Wright, no considero que esto lo descalifique en tanto objetivo de las luchas políticas. Por el contrario, creo que la política socialista se trata inevitablemente de construir la crisis.

Y la gran tragedia del socialismo de posguerra fue la terrible división de los trabajadores politizados a la que dio lugar, que separó a los revolucionarios, que se negaban a comprometerse con una política reformista, de los reformistas, que no estaban dispuestos a lidiar con la crisis que generaban inevitablemente sus triunfos.

Entonces, ¿por qué la socialdemocracia, concebida como un sistema estable, es inviable? Para responder debemos volver al economista polaco Michał Kalecki y a su famoso ensayo de 1943, titulado «Aspectos políticos del pleno empleo». 

La tesis principal de este ensayo es que las luchas económicas entre trabajadores y patrones no remiten en última instancia a la magnitud del salario, ni a la estabilidad del empleo, ni a la generosidad de las prestaciones sociales. Remiten al poder.

Es posible argumentar que devolverles el trabajo a los desempleados sería beneficioso también para los capitalistas, en el sentido de que esto conllevaría un crecimiento económico más acelerado y mayores ganancias.

Pero tal como explica Chris Maisano en su exégesis de Kalecki, las principales barreras al mantenimiento del pleno empleo son de naturaleza política, no económica.

Esto es así porque en una situación de bajo empleo, los trabajadores tienen menos temor a lo que Kalecki define como el «poder de despedir». A medida que les pierden el miedo a los patrones, los trabajadores exigen cada vez más concesiones de los capitalistas.

Se fortalecen los sindicatos y los partidos socialdemócratas; proliferan las huelgas ilegales. Finalmente, esta dinámica pone en cuestión, no solo las ganancias, sino las relaciones de propiedad subyacentes al capitalismo.

El capitalismo de bienestar alcanza lo que podríamos denominar el «punto Kalecki», en el cual la viabilidad se encuentra fatalmente socavada.

En esta situación, los empleadores están dispuestos a tomar medidas drásticas para disciplinar a los trabajadores, aun si esto implica una pérdida de rentabilidad en el corto plazo.

Esto puede tomar muchas formas, que incluyen desde ataques del Estado contra los sindicatos hasta la negativa de los capitalistas a invertir, es decir, «huelgas de capital» en el marco de las cuales se fuga dinero al exterior o simplemente se lo inmoviliza en los bancos para quebrar a la clase trabajadora.

En Breve historia del neoliberalismo, David Harvey define básicamente el giro derechista de los años 1980 como una solución reaccionaria de este tipo de crisis: un alejamiento del punto Kalecki que restauró el poder de la clase capitalista en vez de dar un salto al socialismo.

Es muy útil el análisis que realiza Jonah Birch del caso del gobierno francés de Miterrand durante este período. Este intentó superar los límites del compromiso socialdemócrata y finalmente fue forzado a retroceder por el poder del capital.

Otro caso similar es el fracaso del plan Rehn-Meidner, que fue básicamente un esquema gradualista para socializar los medios de producción en Suecia.

Hasta aquí argumenté que la conciliación de clases socialdemócrata es intrínsecamente inviable y tiende hacia el conflicto y la crisis. Otra forma de pensar lo mismo implica afirmar que el capitalismo de bienestar puede ser forzado a ser viable, pero solo en la medida en la que abandona los objetivos socialistas.

Esto es así porque el «poder de despedir» puede transformarse en otros mecanismos de poder disciplinario, que dependerán de la naturaleza específica del régimen capitalista de bienestar que se considere.

Recientemente descubrí (gracias a Mariame Kaba) la obra de Elizabeth Hinton. Trata sobre la expansión del Estado de bienestar durante el período de la «Gran Sociedad» de Lyndon Johnson en los años 1960 y su conexión con la construcción del Estado carcelario, es decir, el incremento de la encarcelación en masa y de la militarización de las fuerzas policiales.

Muestra que, mientras la Gran Sociedad intentaba expandir el acceso a los subsidios para las familias de bajos ingresos y a los servicios de salud, la «guerra contra el crimen» sometía simultáneamente a los pobres, especialmente a los negros, a una vigilancia y a una represión estatales cada vez más impresionantes.

Su análisis señala que no se trató de una yuxtaposición accidental, sino que fue parte de una reconstrucción cohesiva de la relación entre el Estado y la clase trabajadora.

Esto es fácilmente comprensible en términos de la naturaleza contradictoria del Estado de bienestar y el problema del punto Kalecki. Sin el Estado de bienestar, los trabajadores son disciplinados mediante el «poder de despedir» o, en situaciones en las cuales los trabajadores están suficientemente organizados y disponen de la suficiente cohesión como para resistir a los patrones, mediante milicias privadas.

Sin embargo, durante el período del Estado de bienestar, la desmercantilización parcial del trabajo genera mayores riesgos para el capital, dado que acentúa la autonomía de los trabajadores –empleados o no– a la hora de plantear reivindicaciones frente al capital y al Estado.

Fue el reconocimiento de esta realidad lo que llevó a militantes como Frances Fox Piven y Richard Cloward a organizar a los beneficiarios de los planes sociales a fines de los años 1960.

La violencia policial, la guerra contra el narcotráfico, la encarcelación en masa, los exigentes requisitos que deben afrontar los beneficiarios de los planes sociales: todas estas son formas de disciplinar a los trabajadores en un período en que el Estado de bienestar es dominante, es decir, cuando el «poder de despedir» es limitado.

Esto también significa que las luchas contra la opresión policial y la encarcelación en masa no son paralelos ni complementarios a la lucha de clases y al movimiento por el socialismo, sino que son fundamentales: atacan al régimen disciplinario que sostiene la estabilidad de nuestro régimen específico de acumulación de capital.

La mayoría de los polanyianos y polanyianas cree que es posible alcanzar un mundo en el cual los trabajadores viven tranquilamente y los patrones todavía ganan mucho dinero. Esa es la perspectiva que parece animar a Iber y Konczal.

El argumento marxista alternativo es que el capitalismo se define en función de la lucha por el poder entre los trabajadores y el capital y la versión polanyiana del socialismo intenta suprimir esta contradicción en favor de una visión de coexistencia armoniosa.

Esta perspectiva no falla en el corto plazo, pero sí en el largo. Deja a la izquierda mal preparada para abordar las crisis inevitables que genera un programa reformista exitoso, y estaría dispuesto a afirmar que la creencia en la posibilidad de una conciliación de clases permanente contribuyó a la derrota de la izquierda y a la victoria del neoliberalismo.

Entonces, el problema no es que la conquista de reformas por parte de los trabajadores sea imposible. La historia demuestra más bien lo contrario. El problema es lo que viene después de la victoria, y necesitamos una teoría del socialismo y de la socialdemocracia que prepare a nuestros movimientos para esa etapa.

 

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