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En 1981 se conformó el movimiento Teatro Abierto, donde confluyeron los principales actores, autores y directores del teatro argentino. (Foto vía APU)

Resistir al terror

Los años de la última dictadura militar en la Argentina (1976-1983) fueron tiempos de persecución, muertes y exilios. Pero también de resistencias. Y el ámbito cultural desempeñó un papel importante en esa historia.

La mayoría de las veces, el sentido de la «resistencia» aparece ligado a conductas heroicas, a grandes hazañas que enfrentan de manera organizada los avances autoritarios de un poder de mayor envergadura. Sin embargo, también existen otras formas de resistir, de manera más subterránea, más cotidiana o incluso desde la clandestinidad.

En el marco de la última dictadura militar en la Argentina (que comenzó el 24 de marzo de 1976) se conjugaron distintas resistencias: algunas más visibles, como la de las Madres de Plaza de Mayo; otras, más clandestinas, como la de muchos trabajadores que continuaban organizándose en sus lugares de trabajo y realizaban acciones de sabotaje a la producción como parte de un accionar encubierto. Aquí nos interesa rescatar la historia de una tercera forma de resistencia: la que se dio desde las redes artísticas y culturales.

Cuando hablamos de la última dictadura militar en la Argentina no podemos pensar el período 1976-1983 de manera homogénea. Efectivamente, la faz clandestina del Estado operó de punta a punta (como lo pone de manifiesto el hecho de que en 1982 continuaban desapareciendo compañerxs). Sin embargo, hacia el final del período se produjeron algunos acontecimientos que generaron mayores posibilidades de expresión disidente, más allá de la voluntad –siempre censora– del régimen. 

Un año relevante a este respecto es 1979, cuando la Comisión Interamericana de Derechos Humanos visitó el país para realizar un informe acerca del accionar de la Junta de Gobierno. Esta visita modificó los planes que las Fuerzas Armadas tenían por delante, y a partir de allí comenzaron a darse algunas aperturas con el objetivo de «maquillar» la cara que el régimen de facto mostraba hacia el exterior.

Fue en ese contexto que ciertas manifestaciones artísticas y culturales tomaron aire. Estas resistencias adoptaron una suerte de carácter subterráneo, es decir, persistieron por debajo y mediante redes alimentadas por el «boca en boca». Durante esos años se editaron decenas de revistas culturales que reflejaban, especialmente, los intereses de la juventud. Con reportajes a músicos, artistas plásticos o directores de teatro, con reseñas de libros, poemas y cuentos se difundían consumos culturales críticos que, si bien con un alcance acotado, permitían acceder a contenidos que «en la superficie» –en revistas y medios de gran tirada– seguramente hubieran sido censurados.

También por esos años comenzaron a desarrollarse talleres en casas: de poesía, de teatro, de artes visuales. Esos talleres (espacios pequeños, pero de encuentro al fin) fueron tejiendo redes de afinidad y de afecto, de intercambios artísticos pero también políticos. Incluso algunos militantes de las juventudes partidarias vieron en el desarrollo de esas actividades la posibilidad de continuar su militancia y pensar nuevas formas de reclutamiento. 

Ese fue el caso del Partido Socialista de los Trabajadores (PST), del que formaron parte varios de los miembros del Taller de Investigaciones Teatrales (TIT), del Taller de Investigaciones Cinematrográficas (TIC) y el Taller de Investigaciones Musicales (TIM). En estos espacios, algunos exmilitantes del movimiento estudiantil secundario de los primeros setenta pudieron continuar su militancia, pese a cierto tratamiento despectivo por parte del partido. En 1979, el desarrollo de estas experiencias permitió realizar un festival en un teatro de la calle Cerrito titulado «Alterarte». En él confluyeron no solo estos grupos, sino también artistas under que luego tendrían otras trayectorias (como Omar Chabán, Juan Carlos Romero, Ángel Elizondo, Alberto Sava y Guillermo Kuitca, entre otros).

Un aspecto singular que resalta entre las iniciativas de aquellos años es la reaparición del surrealismo o, como lo ha definido Ana Longoni, cierta recuperación anacrónica de ese movimiento. La influencia estuvo dada por la formación de los militantes en el trostkismo y la difusión del famoso Manifiesto por un Arte Libre que Trotsky escribió junto a André Breton y Diego Rivera (muchos dicen que fue escrito por el primero y luego los otros dos lo firmaron), pero también por otras publicaciones, como Signo Ascendente, una revista de poesía en la que las adscripciones políticas eran diversas. 

Si el surrealismo de los años 20 planteaba lo incoherente e irracional de un mundo que acababa de atravesar una guerra devastadora (la Gran Guerra), la recuperación de esta corriente en la Argentina de la última dictadura militar venía marcada por lo deshumanizante del terrorismo de Estado.

Hacia 1981, en el amague de apertura que el régimen ensaya con el cambio de la presidencia a manos de Viola, las manifestaciones culturales de oposición tomaron un nuevo impulso. Así lo demuestra la revista Hum@r, que comenzó a editarse por esos años. Se trató de una publicación de gran tirada que nucleó a un espectro amplio de humoristas gráficos y periodistas críticos del régimen. También en 1981 se conformó el movimiento Teatro Abierto, donde confluyeron los principales actores, autores y directores del teatro argentino. 

El primer ciclo de funciones que realizó el movimiento fue interrumpido por el incendio del Teatro El Picadero (en agosto de ese año) que, como luego se filtrara por medio de los bomberos, fue producto de una bomba de fósforo de la Marina. La tan evidente búsqueda de censura fracaso por parte de las Fuerzas Armadas terminó generando el efecto contrario, y la adhesión al movimiento proliferó por todas partes. Los empresarios teatrales ofrecieron sus teatros para que las funciones pudiesen continuar, cosa que ocurrió en el Teatro Tabarís. 

Pero, además, la resistencia cultural comenzó en ese entonces a irradiar desde el under hacia personalidades consagradas de la cultura, lo que puso de manifiesto que la degradación del régimen era cada vez más palpable. Con la derrota en la Guerra de Malvinas (1982), el escenario se precipitó. Lo que sigue es historia conocida.

Lo que interesa rescatar aquí es que la derrota del régimen militar tuvo aristas diversas, socavamientos desde distintos espacios que, a su modo y dentro de sus posibilidades, se opusieron a las políticas del terror y el silenciamiento. Las Madres de Plaza de Mayo en la superficie, lxs trabajadores en los espacios laborales y los artistas en «los sótanos» hicieron sus aportes para que, más temprano que tarde, la dictadura llegara a su fin. Por supuesto, también influyeron otros factores, como el fracaso del plan económico de Martínez de Hoz y la ya mencionada derrota isleña. Pero rescatar estas otras historias y pensarlas de conjunto con los relatos más conocidos nos permite poner en valor las resistencias en sus múltiples formas, sean grandes o pequeñas.

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