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El rótulo de «pandemia» parece quedarse corto para caracterizar la situación actual. Hay quienes proponen hablar de «sindemia», que implica la superposición de enfermedades a una situación previa de profunda inequidad social. (Foto: Unsplash)

De la pandemia a la sindemia

Para acabar con la crisis sanitaria de manera exitosa, no alcanza con detener el contagio. Es indispensable enfrentar, de manera simultánea, las desigualdades económicas y sociales en todo el mundo.

pasaré a demostrar que la sociedad en Inglaterra comete … [un] crimen social; que ella ha colocado a los trabajadores en una situación tal que no pueden conservar la salud ni vivir mucho tiempo; que ella mina poco a poco la existencia de esos obreros, y que los conduce así a la tumba antes de tiempo… (Friedrich Engels, 1845)

 

Desde la declaración por parte de la OMS del COVID-19 como una pandemia, la idea dominante ha girado en torno a que la crisis mundial actual tiene su explicación en la presencia de este virus. Se ha establecido que esta enfermedad resulta más grave y mortal para aquellos que tienen algún tipo de comorbilidad (como obesidad severa, diabetes, hipertensión, entre otras), así como ha quedado que los sectores de bajos ingresos son a menudo los que quedan más expuestos. Como conclusión lógica de tal razonamiento, se desprende que es la eliminación o control del virus lo que llevará a recuperar la «vida normal». De ahí la competencia mundial por la producción de una cura definitiva: la vacuna.

Sin embargo, esta manera de conceptualizar la crisis (y, por añadidura, su solución) parece quedarse corta para describirla. Recientemente, el Dr. Richard Horton, redactor en jefe de la prestigiosa revista médica The Lancet, ha señalado la crisis del COVID-19 no se trata de una pandemia, sino de una sindemia. Este término, acuñado por Merrill Singer, nace de la conjunción de palabras sinergia y pandemia, y se define como «la concentración e interacción deletérea de dos o más enfermedades u otras condiciones de salud en una población, especialmente como consecuencia de la inequidad social y el ejercicio injusto del poder». 

Las implicaciones de este abordaje conceptual son enormes. En principio, implica reconsiderar el término de «comorbilidades» en la presente crisis, y considerar a estos padecimientos como pandemias que interactuaran entre sí. Este enfoque parte del hecho de que las enfermedades raramente existen de manera aislada de otras enfermedades y desórdenes, y que sus interacciones tienen efectos y consecuencias importantes.

Pero, al mismo tiempo, saca a flote una cuestión de relevancia: considera la inequidad económica, la disparidad en el acceso a servicios de salud y otras disparidades sociales (raciales, de sexo, etc.) o ambientales como causas adicionales de la crisis, al contribuir a la concentración e interacción de las enfermedades y padecimientos. Para resolver la crisis, entonces, no se puede tratar a cada uno de estos factores como fenómenos asilados: hace falta considerarlos en conjunto e impulsar soluciones integrales.

En el caso de esta sindemia, señala Horton, el COVID-19 interactúa con enfermedades no transmisibles altamente difundidas entre la población (obesidad, diabetes, enfermedades crónicas respiratorias y coronarias, cáncer), que son exacerbadas por las desigualdades existentes en el mundo. Y esto no constituye una novedad, ni toma a nadie por sorpresa: ya desde 2019, en The Lancet Commissions se señalaba que las interacciones entre de obesidad, malnutrición y cambió climático debían ser consideradas una sindemia global y ser abordadas como tal.

Para acabar con la crisis sanitaria de manera exitosa, es indispensable controlar estas otras epidemias y enfrentar las desigualdades de manera simultánea. Considerar que la solución para el COVID-19 reside en la vacunación o en un tratamiento es un error. Y es que las muertes atribuidas al virus surgen, en gran medida, de las interacciones de éste con los padecimientos y, sobre todo, con las condiciones sociales que los generan. Y de revertir estas últimas nadie habla. 

Consideremos, además, que entre las desigualdades está el acceso diferenciado a la salud, por lo que no todos podrán acceder a la vacunación, lo que conducirá a la persistencia del COVID-19 en muchas partes de mundo durante un tiempo prolongado. Aún más: la escasa coordinación global y a la disputa mezquina entre naciones y empresas por la vacunación y sus ganancias vuelven casi imposible considerar que será posible vacunar a 7,7 mil millones de personas en el mediano plazo. Por poner un ejemplo, las estimaciones más optimistas señalan que en 2021 se logrará tener suficientes dosis para vacunar tan solo al 20% de la población del conteniente africano.

La perspectiva de la sindemia pretende dialogar, desde la medicina, con análisis similares propuestos desde otras disciplinas. Particularmente con distintos enfoques de corte marxista o de izquierda, en los que se insiste con que las responsables últimos de la crisis sanitaria son las condiciones de producción capitalista y sus interacciones con la naturaleza. Así lo señala Mike Davis en «Llega el monstruo. Covid-19, gripe aviar y las plagas de capitalismo», o John Bellamy Foster e Intan Suwnadi en «COVID-19 y el capitalismo catastrófico». 

Desde sus inicios, el capitalismo ha generado una sociedad altamente desigual que se relaciona con la salud y enfermedades de forma mortal. Ya en 1845, en La condición de la clase obrera en Inglaterra, Friedrich Engels describía cómo las condiciones de vida deplorables de los obreros en las ciudades (con bajos salarios, sin drenaje ni agua potable, etc.) hacían que allí las enfermedades presenten tasas de mortalidad mucho mayores que en el campo. La desigualdad económica y el ambiente degradado convertía a la clase trabajadora en un blanco mortal de las enfermedades, y esto era calificado por Engels como un «crimen social».

Siglo y medio después de aquellos escritos, las fuerzas productivas del mismo sistema capitalista han generado una mejora de las condiciones materiales de los trabajadores. Eso es innegable. Pero también es innegable que las grandes desigualdades –y las enfermedades asociadas a ellas– persisten. Por ejemplo, solo el 71% de la población mundial tiene acceso al agua potable, y solo un 45% accede a servicios sanitarios seguros.

En las cuatro últimas décadas, además, ha existido un agravamiento de estas desigualdades. Un agravamiento deliberado y planificado, causado por el despliegue de políticas neoliberales que, al reducir el gasto social, cargaron contra la débil barrera erigida para atemperar estos males. El recorte del gasto en sanidad y en salubridad, que sin duda ha afectado a los más pobres, es ejemplo de ello. Al mismo tiempo, se ha dejado al control de las grandes empresas farmacéuticas el abasto de productos y tratamientos médicos, que se venden al mejor postor con lógicas que nada tienen que ver con la salud de la población.

Esto ha venido acompañado de un proceso acelerado de urbanización e industrialización alimentaria que ha traído una oferta de productos alimenticios procesados y baratos, con bajo valor nutricional y alto contenido calórico, que son ingrediente esencial en la prevalencia de obesidad, malnutrición, diabetes, etc., entre población de escasos ingresos que carecen de tiempo para cocinar. A la vez que hoy nos enfrentamos a ambientes contaminados, en los cuales florecen padecimientos como las enfermedades respiratorias.

Estas condiciones se conjugan con la agroindustria, la destrucción ecológica y la globalización. La generación y diseminación de nuevas enfermedades será cada vez más moneda corriente. La búsqueda de ganancia de las agroindustrias está llevando las fronteras agrícolas y ganaderas cada día más cerca de los sitios naturales no explotados, destruyéndolos, y al uso desmedido de pesticidas para la agricultura y antibióticos para la ganadería.

La comercialización de animales exóticos, ya sea cazándolos o criándolos para su comercialización (como pangolines o murciélagos, animales sospechosos de portar inicialmente el COVID19), algo de lo que se ha hablado mucho al comienzo de la pandemia, es otro factor relevante. Esto conduce a un intercambio más dinámico de patógenos entre especies, generando mayor resistencia a los medicamentos y a la aceleración del ritmo de aparición de enfermedades zoonóticas como el COVID-19. Todo esto acompañado de un mundo de cadenas de producción globalizadas, que facilitan el viaje rápido de estas nuevas enfermedades por el mundo.

¿Qué se desprende de todo esto? Que es la misma dinámica de la sociedad capitalista la que garantiza la existencia de epidemias y pandemias. A pesar de los avances tecnológicos, las profundas condiciones de inequidad interactúan con las enfermedades y generan millones de muertes. Como bien señalan Foster y Suwnadi: «la crisis del COVID-19 no debe ser tratada como el resultado de una fuerza externa o como un evento impredecible de ‘cisne negro’, sino que pertenece a un complejo de tendencias de crisis que son ampliamente predecibles, aunque no en términos de tiempo real».

La crisis económica generada por esta sindemia llevará a la pobreza a millones de personas y agravará las desigualdades en el mundo, al tiempo que la crisis ambiental va en aumento. Esto incrementará la transmisión de las enfermedades ya existentes como acelerará la aparición de otras nuevas. Si las condiciones subyacentes no cambian, es solo cuestión de tiempo enfrentar una crisis de aún mayor envergadura que la actual. 

No volveremos a la «normalidad». Pero eso tampoco es algo deseable, pues fue aquella «normalidad» la que coció a fuego lento el desastre de hoy. El coronavirus debe ser un llamado de atención que nos obligue a emprender cambios radicales.

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