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Situaciones, procesos, estrategias revolucionarias

Existen, por lo menos, dos maneras de definir una situación revolucionaria: una basada en una cita de Lenin, y otra en una de Trotsky. El abuso en la utilización de la definición leninista a menudo ha conducido a la izquierda marxista al optimismo de ver procesos revolucionarios donde no los hay.

Juan Dal Maso continúa el debate respecto la cuestión de las situaciones revolucionarias en la teoría marxista (ver Ideas de Izquierda, 17/01/21). Agrega contenido al concepto de proceso revolucionario y se remite al mismo fragmento de Historia de la Revolución Rusa  (HRR) en que nos apoyamos en nuestro texto anterior para Jacobin América Latina. Intenta sostener que proceso revolucionario y doble poder son dos realidades no necesariamente implicadas, cuando en el fragmento sí aparecen así. En contraste, mi punto de partida es una recuperación de este concepto de dualidad de poder en Trotsky como la mecánica política central en las situaciones revolucionarias (sabiendo que en otros lugares y momentos el mismo autor sostiene conceptos contradictorios). 

Situación y proceso

Para Dal Maso, lo central son los procesos revolucionarios para los cuales, sin embargo, no necesariamente hay situaciones de poder dual. Juan propone que el concepto de procesos revolucionarios es especialmente adecuado dado que capta procesos antes que situaciones. Añade que proceso revolucionario refiere al de la revolución definida como el paso del poder entre las clases. 

Ahora bien, ¿puede haber traspaso de poder de clases sin la situación previa de doble poder? No. Por tanto, no puede haber proceso sin esta mecánica política. La situación revolucionaria es un momento de este proceso. Juan menciona, sin enumerar o centrarse en su análisis de casos, numerosos ejemplos de procesos revolucionarios. Si nos atenemos al proceso como tal y no a situaciones, debemos ver que en este se forme la situación de doble poder; de lo contrario, estamos en presencia de procesos potenciales pero no realizados. Situación o proceso, a lo que apunto es a la dualidad de poder como mecanismo; mientras que, para Dal Maso, puede haber tanto situación revolucionaria o proceso revolucionario sin tal relación de poder entre las clases. 

Una manera de dar cuenta de la diferencia entre «situación» y «proceso» es que la primera designa un tipo de situación mientras que la segunda refiere a cierto desarrollo con fases y cambios internos. En este sentido, la categoría de proceso es indispensable para explicar las dinámicas que tienen resultados distintos, sea la revolución misma u otras trayectorias posteriores (contrarrevolución, reformas, etc.). 

Pero para caracterizar un tipo de proceso necesitamos verificar su cualidad revolucionaria. Sin el contenido no podría hablarse de proceso. La determinación de este contenido debe ser objetiva, en el sentido de que ciertos tipos de hechos o realidades se presentan para los distintas fuerzas. La formación, desarrollo y resultados de la relación de poder entre las clases, que llega a la posibilidad de su transformación, constituyen este contenido objetivo. La confusión de otro tipo de procesos como los ciclos de protesta o rebeliones populares con procesos revolucionarios es común en una gran parte de la bibliografía, más aún desde el activismo de izquierdas o de los movimientos.

Entendemos que la categoría de situación revolucionaria de HRR es de particular utilidad, ya que subraya que la movilización popular debe representar una realidad objetiva de poder, no meramente subjetiva o atribuida por las vanguardias. En la definición que nombramos como canónica entre les marxistas, Lenin habla de «acciones independientes históricas» de las masas. Pero esto no establece un tipo de relación de poder, sino un gran significativo de movilización. En el debate, Juan busca distanciarse del «impresionismo» que contempla situaciones, etapas o procesos revolucionarios en cualquier momento. Sin embargo, nos parece que en la teoría de Dal Maso, que es la que le viene de la tradición, no hay concepto adecuado de situación revolucionaria, pero tampoco de proceso revolucionario, para poder superar este impresionismo.

Dualidad de poder, revolución, reforma

Un tema nuevo en debate es el de la interpretación poulantziana de la dualidad de poderes. No me interesa defender Poulantzas como teórico de las vías reformistas. Estamos hablando de situaciones revolucionarias como dualidad de poderes y guerras civiles. Con esta definición sintética, debería quedar claro que no apunto a la idea de una «revolución» por la vía formal institucional [1]. El mérito Poulantzas, en respuesta a la crítica foucultiana, consiste en poner en el pensamiento la realidad relacional del poder que atraviesa (también) al Estado. Recordemos que la diferencia entre las definiciones a la Lenin o a la HRR de situación revolucionaria es precisamente la cuestión del poder. Siguiendo HRR, en las situaciones revolucionarias el poder del Estado se ha fragmentado, controlando las fuerzas sociales antagónicas partes del mismo. Este antagonismo se resuelve, generalmente, por la violencia. 

Aquí la palabra «generalmente» también es importante. Zavaleta Mercado (El poder dual en América Latina, 1974) crítica a Trotski por su «universalismo» y generalidad, defendiendo un Lenin «concreto», específico, que conceptualiza a partir de un caso, mientras que el primero establece mecanismos generales para realidades históricas no asimilables. Me parece que Zavaleta Mercado hace una crítica metodológica discutible. El mérito de Trotski es conceptualizar una «mecánica» identificable en los diversos casos de procesos revolucionarios. De hecho, este nivel de abstracción nos permite dar cuenta de mecanismos que operan en casos diversos y, por tanto, en el marco de estrategias y fuerzas sociales distintas. 

La preparación histórica de la revolución conduce, en el período prerrevolucionario, a una situación en la cual la clase llamada a implantar el nuevo sistema social, si bien no es aún dueña del país, reúne de hecho en sus manos una parte considerable del poder del Estado, mientras que el aparato oficial de este último sigue aún en manos de sus antiguos detentadores. De aquí arranca la dualidad de poderes de toda revolución. 

Esta frase de Historia de la Revolución Rusa (HRR) es muy sugerente de una dinámica concreta de la dualidad de poderes según la cual las fuerzas sociales revolucionarias controlan una parte del Estado. Aunque podamos pensar que aquí Trotsky generaliza lo ocurrido en Rusia, podemos encontrar esta dinámica también en México 1910-1920 o en la Guerra Civil Española. Las revoluciones china, cubana y nicaragüense se apartan de este curso, en tanto las fuerzas armadas populares se constituyen por fuera de los aparatos del Estado.

Debate estratégico

En la nota anterior decíamos que el poder dual podía desencadenarse «con una parte del Estado en manos de gobiernos de izquierda», en el sentido que lo afirma HRR. Afirmar que el poder dual surge de experiencias gubernamentales de izquierda no implica la ilusión de transformar el Estado capitalista desde adentro, sino que la realidad de este gobierno hace a la crisis del Estado por lo que implica este tipo de gobierno en las relaciones de fuerzas (pongamos por caso el Frente Popular en España).

Estos problemas hacen al análisis concreto, ya que el curso cubano o chino muestran trayectorias muy diferentes. No obstante, en todas ellas puede abstraerse el mecanismo general señalado en HRR que refiere a la presencia de la dualidad de poderes y la guerra civil, y en este sentido nos parece lo esencial. La noción de «Estado en disputa» es bastante diferente. Esta refiere a la pretensión de cambiar «radicalmente» la sociedad mediante la lucha dentro del Estado en su misma forma. 

Esta discusión nos remite a las estrategias. Habría aquí una disyuntiva entre la «estrategia Trotsky» y la «estrategia Poulantzas». La estrategia Trotsky se orienta hacia la participación del partido con una política de poder en los organismos soviéticos, encargados de la toma del poder mediante la insurrección. En Poulantzas, la estrategia pasa por la participación en las organizaciones de masa legales (también las autogestionarias) y en las elecciones, con el objeto de ganar el gobierno y transformar las instituciones estatales. Se supone aquí que el nuevo gobierno tendrá control de las fuerzas armadas estatales para usarlas en su favor en contra de intentos contrarrevolucionarios. 

La experiencia chilena muestra la dificultad de este esquema. La reciente experiencia venezolana es más compleja (y por ello interesante). Allí, parte de las Fuerzas Armadas (Chávez) se rebelan contra gobiernos neoliberales, ganan luego las elecciones y, cuando quieren ser desplazados del poder mediante un golpe de estado patrocinado por EE. UU. y la burguesía, se mantienen en favor del gobierno popular movilizando al pueblo. Esto habilita una nueva relación de fuerzas, en donde la forma del Estado capitalista no se altera fundamentalmente pero incorpora nuevos organismos de poder popular. No obstante, siguen siendo secundarias. La burocracia militar, base de una fracción burguesa, no es desplazada por representantes de las clases subalternas, especialmente del proletariado estratégico y sectores populares proletarizados. 

Esta disyuntiva «estrategia Trotsky» contra «estrategia Poulantzas» no se verifica en la experiencia. Del caso ruso es evidente su excepcionalidad. Además, lo que no se pone en cuestión es la particularidad de la relación guerra mundial–armamento popular por parte del Estado. La crisis abre la perspectiva del control popular de las Fuerzas Armadas misma del Estado (por los soviets de soldados). Esta dinámica no se repite en la historia, pero tampoco se establece en el procedimiento de elevar la experiencia de 1917 a «estrategia Trotsky». 

Ya la experiencia española muestra una forma diferente. Las revoluciones cubana y china, aún más. No encajan en aquella disyuntiva. La estrategia es resultado también de los procesos históricos. Nuevamente, aquí lo que señala el debate sobre conceptos generales es que los mecanismos de una teoría de la situación revolucionaria no son una estrategia en sí (una estrategia sería la especificación de las formas en un proceso  histórico concreto). Estos mecanismos, sin embargo, apuntan a las relaciones fundamentales del proceso revolucionario, no obstante, reiteradamente confundidas con otros procesos todavía no revolucionarios. 

En relación al debate con Poulantzas, Trotsky culmina su capítulo sobre dualidad de poder dando cuenta del problema de la crisis del Estado y la dualidad del poder en su fragmentación antagónica. 

El fenómeno de la dualidad de poderes, no estudiado hasta ahora suficientemente, ¿se halla en contradicción con la teoría marxista del Estado, que se ve en el gobierno el Comité ejecutivo de la clase dominante? Es lo mismo que si preguntáramos: ¿es que la oscilación de los precios bajo la ley de la oferta y la demanda se halla en contradicción con la teoría marxista del valor? ¿Acaso la abnegación del macho que defiende a sus cachorros contradice la ley de la lucha por la existencia? No, en esos fenómenos no reside más que una combinación más compleja de las mismas leyes que parecen contradecir. Si el Estado es la organización del régimen de clase y la revolución la sustitución de la clase dominante, el tránsito del poder de manos de una clase a otra, es natural que haga brotar una situación contradictoria de Estado, encarnada, sobre todo, en la dualidad de poderes. La correlación de fuerzas de clase no es ninguna magnitud matemática susceptible de cálculo apriorístico. Cuando el equilibrio del viejo régimen se rompe, la nueva correlación de fuerzas sólo puede establecerse como resultado de la prueba recíproca a que éstas se ven sometidas en la lucha. La revolución no es otra cosa. 

Este párrafo final enfatiza la idea anterior respecto de la ruptura de la unidad del Estado y la expresión territorial y organizacional del doble poder. Dos cuestiones, sin embargo. Interpretada de modo directo, aquí se pierde la relación entre exterioridad e interioridad de las organizaciones de la lucha de clases (consejos, ejércitos populares, gobiernos). Esto es, que las fuerzas en disputa refieren a partes del Estado anteriormente constituido. La experiencia indicaría, más bien, una combinación entre fuerzas externas e internas a partir de la crisis del Estado. De esta crisis también debemos tener en cuenta la presencia de las fuerzas populares en los gobiernos u organizaciones estatales. 

Optimismo, voluntad y realismo

Este debate surge respecto de si les marxistas tienen un concepto adecuado de las situaciones revolucionarias. También vale para los procesos revolucionarios. Mi análisis sostiene que hay, por lo menos, dos maneras de definirlos: una basada en una cita de Lenin, y otra en una de Trotsky. Sin originalidad, sigo aquí cierta sociología histórica de las revoluciones que se basa en la segunda. Agrego que el uso de la cita de autoridad de Lenin ha obstaculizado a les marxistas el análisis real de los procesos revolucionarios. 

Esta idea es funcional al optimismo de ver procesos revolucionarios, una y otra vez, donde no los hay. Dal Maso discrepa con mi tesis de diversas maneras. Por un lado, sostiene que se trata de un concepto de Mao y no de Trotsky (y menos de Lenin). Por otro lado, se separa de aquellos marxistas optimistas que ven situaciones revolucionarias en todo momento. La organización de Dal Maso (PTS) proviene de una corriente que, efectivamente, cometió este error de modo patente, señalando que una situación así se observa en la Argentina desde 1982 hasta principios de los 1990. De ahí que hice referencia a los documentos del archivo histórico del PST-MAS. Estuve un poco petulante en numerarlos. 

Pero Juan responde como si nada tuviesen que ver con ese archivo, aunque hace a la formación de su cultura política. Resulta también que me esperancé con esta separación tajante de Juan de estos optimismos infundados. Sin embargo, en su libro El Villazo (publicado en 2018 por la editorial de su organización, donde analiza políticamente el levantamiento obrero de la ciudad de Villa Constitución en 1974), Octavio Crivaro repite la orientación del PST de la época e inclusive tiene el sesgo de basarse en las fuentes orales y escritas de este partido para su análisis político. 

Esto pone de relieve el peso de la tradición en la transmisión vía los cuadros en la cultura política de una organización, lo que incluye su visión y las categorías. No solo en los años 70 se habría iniciado un «proceso revolucionario», sino que 2001 habría constituido una «etapa revolucionaria». Más recientemente, en su reciente Conferencia Nacional, el PTS sostiene la presencia de una «etapa prerrevolucionaria» en ciernes. Nos preguntamos, nuevamente, a qué se refiere con este tipo de etapas, el modo de periodizar en relación con lo revolucionario. Parecería que se sigue manteniendo (llámese situación, proceso o etapa) el mismo esquema heredado. En este sentido, se justifica una crítica del esquema en pos de una nueva conceptualización. 

Notas

[1] Nos estamos refiriendo a las conclusiones de Estado, poder, socialismo, de Nicos Poulantzas, de 1978. Aquí se contrapone la estrategia de “poder dual” con otra que combine nuevas relaciones de fuerzas en el estado democrático (elecciones, libertad de prensa) junto con organismos popular autogestionarios. No obstante, se evita en su formulación la cuestión del antagonismo y violencia que surge de la dualidad de poder o también de cualquier estrategia de transformación. Pero además, a diferencia de HRR, Poulantzas presenta a la estrategia “leninista” de poder dual como la confrontación con el estado desde organizaciones soviéticas externas que buscan tomar el poder desde afuera. Nótese, en el contexto de este debate, la riqueza y complejidad del planteo de Trotsky en HRR quien narra una combinación de lo externo e interno a las organizaciones estatales. 

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