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Karl Marx insistió en que apreciemos la ruptura radical con el pasado que significó el capitalismo liberal.

Marx merece mejores críticos

Traducción: Valentín Huarte

A 138 años de su muerte, los gurúes conservadores siguen empeñados en caricaturizar la obra de Karl Marx en vez de refutar sus ideas. ¿Por qué? Porque las agudas intuiciones de Marx exhiben las profundas inconsistencias de algunas de las doctrinas de la derecha.

Si se desea exasperar a un intelectual conservador, basta argumentar que probablemente Karl Marx dijo algunas cosas importantes. O peor, sugerir que un hombre que escribió numerosos libros sobre un espectro muy amplio de temas, que abarca desde la filosofía alemana hasta los supuestos de la economía política clásica, tal vez tenga una teoría más matizada que la que expresa la frase «la gente rica es mala, la gente pobre es buena». –

Sin embargo, décadas después de la Guerra Fría, los gurúes de la derecha siguen sin mostrar ningún interés por refutar a Marx con argumentos que excedan la forma de una denuncia superficial. Jordan Peterson describió al marxismo como una teoría nociva y se hizo conocido al despotricar contra el «neomarxismo posmoderno», a pesar de que admitió en el marco de un debate que no leyó mucho más que el Manifiesto del Partido Comunista.

En su último trabajo, titulado Don’t Burn This Book, Dave Rubin mete al fascismo y al nazismo en la misma bolsa que el socialismo y argumenta que Benito Mussolini se formó leyendo Das Kapital. Olvida deliberadamente las campañas posteriores del Duce para encarcelar y silenciar a los marxistas junto a otros «enemigos de la nación». Más recientemente, el libro de Ben Shapiro How To Destroy America in Three Easy Steps recicla viejos discursos acerca del «sinsentido» de la teoría del valor-trabajo de Marx, aunque ignora que es un poco irónico elogiar al mismo tiempo a John Locke por haber indicado correctamente «la propiedad de bienes es simplemente una extensión de la idea de la propiedad del trabajo de cada uno; cuando tomamos algo del estado de naturaleza, lo mezclamos con nuestro trabajo y le agregamos algo que es nuestro, entonces lo convertimos en nuestra propiedad».

Esta tendencia a criticar a Marx sin considerar realmente sus ideas es un poco ridícula, sobre todo si se consideran los clichés acerca de la importancia del trabajo serio y del debate honesto, que personas como Peterson, Rubin y Shapiro repiten como loros. Una forma sencilla de desestimar sus críticas sería insistir en que esta gente vive según los nobles estándares de PragerU.

Pero optaré por un rumbo distinto. Argumentaré que los conservadores evitan considerar seriamente la obra de Marx no solo porque criticó capitalismo, escribió algunas cosas polémicas sobre la religión y porque supuestamente «inventó» una especie de jerarquía entre las clases. Lo hacen porque los escritos de Marx evidencian las inconsistencias profundas de las doctrinas que ellos tanto aprecian.

Dos de los ejemplos más obvios: la inclinación que tienen los conservadores a elogiar el capitalismo mientras se lamentan al mismo tiempo por el ocaso de la tradición; y la tendencia a invocar una «naturaleza humana» inmutable para arremeter contra los críticos del capitalismo mientras insisten al mismo tiempo en que debería pensarse a los individuos en relación con las tradiciones y las comunidades que los rodean.

Marx frente a un mundo nuevo

La sociedad burguesa moderna, que con sus relaciones de producción, de intercambio y de propiedad hizo aparecer medios de producción y de intercambio gigantescos, es como una bruja que, luego de invocar a los seres del inframundo, es incapaz de controlar sus poderes.

Los primeros defensores del capitalismo liberal, como John Locke, se expresaron con frecuencia en términos ahistóricos. Asumieron que los individuos y las relaciones mercantiles que emergieron con el advenimiento de la modernidad habían estado siempre presentes y que reflejaban verdades eternas acerca del mundo y de la naturaleza humana. Fue solo a partir de Kant –y luego, Hegel– que los teóricos empezaron a pensar críticamente el carácter radicalmente novedoso de las sociedades capitalistas liberales.

Para muchos de estos pensadores, esta novedad era motivo de celebración. En su ensayo «¿Qué es la Ilustración», publicado en 1784, Kant sostiene que, en aquel entonces, los seres humanos estaban dejando atrás su «autoculpable minoría de edad» y finalmente se mostraban dispuestos a enfrentar el mundo como seres libres y racionales. Hegel fue más crítico y argumentó que el individualismo revolucionario que levantaba vuelo en el S. XVIII debía ser atenuado por instituciones fuertes y por relaciones sociales significativas (una idea que recuperan y a la que dotan de una retórica conservadora los hegelianos de derecha, como Roger Scruton).

Marx también sentía euforia y ansiedad por la modernidad capitalista liberal. Desde sus días de joven hegeliano en adelante, elogió el orden capitalista liberal naciente y, aunque pensaba que estaba destinado a ser reemplazado por una forma de sociedad superior, argumentó que se trataba de un gran progreso frente a sus predecesores abiertamente autoritarios. Pero Marx también insistió en que debía comprenderse la magnitud de la ruptura con el pasado que implicaba el capitalismo liberal.

Escribiendo en medio de la Revolución industrial y en la época del imperialismo europeo, Marx observó la destrucción de las comunidades rurales mientras la gente se mudaba a las ciudades y definió al capitalismo como un mercado en constante expansión que empuja a la burguesía a ocupar toda la superficie del planeta. Criticó la nueva cultura del «fetichismo de la mercancía», que reemplazó a la fidelidad religiosa del pasado, e invirtió con malicia el lenguaje de la fe para destacar la nueva veneración que la sociedad le brindaba a Mammón.

Aunque Marx siempre sostuvo que este desarrollo era liberador en muchos sentidos, insistió en que estos cambios eran a su vez catastróficos, dado que tiraban abajo relaciones fijas y congeladas –de manera violenta, cuando era necesario– para rehacer el mundo a imagen del capital. El capitalismo era un modo de producción revolucionario, que transformaba constantemente la sociedad en todos sus aspectos de maneras inesperadas y algunas veces aterradoras. Era un enemigo de la tradición.

Los primeros pensadores conservadores eran mucho más sensibles a las convulsiones del capitalismo que sus descendientes. Denunciaban que el capitalismo trastocaba el mundo y establecía una cultura burguesa vulgar que estaba centrada en el consumo y en la opulencia en vez de en las virtudes heroicas o trascendentes de antaño. Pero los autores que vinieron después, como Shapiro, ignoran estos problemas y rechazan cualquier crítica del capitalismo como si fuese utópica o marxista, mientras contemplan horrorizados un mundo en el cual la urbanización, la secularización y el consumo están a la orden del día.

Si se hubiesen tomado el trabajo de leer y estudiar a Marx, tal vez no estarían tan sorprendidos. Su argumento fundamental era que uno no se puede lamentar por el ocaso de la tradición y apoyar al mismo tiempo el sistema económico que hace que todo lo sólido se desvanezca en el aire. Culpar a las élites culturales y académicas de las universidades de Ivy League por el cambio social es como condenar al humo por empezar el fuego.

Naturaleza humana e historia

Otra de las estrategias favoritas de los pensadores conservadores es desestimar la «teoría de la naturaleza humana» de Marx: o bien Marx rozaba niveles peligrosos de ingenuidad en lo que respecta a la capacidad de hacer el mal y al egoísmo humanos –motivo por el cual habría fracasado en última instancia su sociedad ideal sin clases–, o bien creía que no había ninguna naturaleza humana, que somos seres infinitamente plásticos que pueden ser formados y deformados por cualquier Estado racional y poderoso comprometido con una planificación utópica.

Ninguna de estas afirmaciones tiene sentido. Desde sus primeros esbozos acerca de la determinación natural del género humano hasta sus últimas reflexiones psicológicas sobre cómo los deseos de reconocimiento y ascenso social incentivan el «fetichismo de la mercancía», Marx nunca fue utópico ni ingenuo en lo que respecta a nuestra capacidad para la hipocresía, la crueldad y el hedonismo. Marx innovó al mostrar cómo las condiciones económicas e históricas a nuestro alrededor juegan un rol importante a la hora de moldear nuestra conciencia y nuestra conducta.

Esto no significa que estamos completamente determinados por nuestro contexto histórico. En cambio, Marx argumentó que las condiciones históricas y económicas en las que nacemos nos brindan un punto de partida desde el cual empezamos a navegar. Tal como dice en El dieciocho brumario Luis Bonaparte, «los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado».

Este argumento –o al menos algunas de las ideas que pone en juego– atrajo a muchos conservadores. Desde Edmund Bruke a Roger Scruton, una crítica típica de la derecha siempre fue que los izquierdistas se representan a los humanos como seres ahistóricos que pueden realizarse como individuos atomizados. En cambio, insisten, todo humano está inserto en múltiples capas de comunidad, que en general responden a una tradición y a una moral que tomaron forma a lo largo de la historia, y a instituciones, que incluyen las iglesias y los templos, las naciones y hasta la siempre opaca «civilización occidental». Estas «pequeñas brigadas» afectan nuestra forma de pensar y lo que creemos.

Los conservadores insisten en que ignorar la importancia de estas comunidades históricas solo puede conducir al desastre. Marx estaría absolutamente de acuerdo. Pero agregaría que también estamos insertos en un sistema económico histórico específico que influye profundamente en lo que somos y en lo que creemos.

Precisamente en este punto, muchos comentadores conservadores, que insisten en la idea de aplicar una lente histórica e institucional para comprender el comportamiento humano y las comunidades, se convierten en devotos ahistoricistas. Insisten en que el capitalismo simplemente emana de la naturaleza humana, que siempre estuvo en el mundo y que, por lo tanto, siempre estará, y que cualquier esfuerzo por transformarlo solo puede conducir al desastre, dado que sería equivalente exigir que las vacas vuelen. El siguiente comentario de Ben Shapiro es significativo en este sentido:

No, Marx no tenía razón. Pero la izquierda nunca lo abandonará, porque brinda la única alternativa verdadera a una perspectiva religiosa de la naturaleza humana, es decir, una que afirma que el hombre no es una tabula rasa, ni un ángel que espera la redención, sino una criatura imperfecta que es capaz de grandes obras. Realizar estas grandes obras implica un enorme trabajo. Transformarnos a nosotros mismos a nivel individual implica un enorme trabajo. Predicar sobre los males de la sociedad… seguro que eso es suficientemente fácil.

Pero el capitalismo no es más o menos natural que cualquier otro sistema históricamente contingente, lo que incluye a los sistemas religiosos. Lo que emergió en la historia puede transformar la historia. Y ahora que estamos en medio de otra recesión a nivel mundial, parece haber llegado el momento de apuntar a algunos cambios importantes.

Marx merece mejores críticos

Marx escribió aquella frase célebre en la que afirma que los filósofos no han hecho más que interpretar de diverso modo el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo. De manera irónica, las interpretaciones –buenas y malas– de Marx transformaron efectivamente el mundo e influenciaron tanto a movimientos revolucionarios como a algunos tiranos. Esto prueba el enorme poder de sus convicciones personales y la agudeza analítica de la teoría marxista. Entender los conceptos fundamentales del marxismo es importante para participar de cualquier debate sobre el futuro del capitalismo y sobre los antagonismos políticos que definen nuestra época.

Para sus oponentes, es también una condición para criticarlo de manera efectiva. Muchos comentadores de la derecha política parecen decididos a pasar sobre Marx lo más rápido posible e ignoran o minimizan los matices y los detalles. También pretenden dejar atrás las lecciones del marxismo que ponen en cuestión ciertos discursos a los que ellos consideran sagrados.

Marx merece mejores críticos. Y quienes desde la izquierda nos ocupamos de su complejo legado esperamos que los consiga.

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