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Lenin quiso que la revolución rusa se expandiera hacia Alemania, pero también hacia India.

Lenin y las revueltas anticoloniales

Traducción: Valentín Huarte

La Revolución rusa entusiasmó a los movimientos anticoloniales de todo el mundo y alimentó la esperanza de que los imperios europeos podían ser derrocados. Pero las movilizaciones contra el imperio también fueron fundamentales para la estrategia de Lenin, quien intentó unir las revueltas obreras de las metrópolis y las luchas nacionales para terminar con la explotación colonial.

En 1920 un joven inmigrante empezó a trabajar en las cocinas de los hoteles y pintando baratijas en París. Cuando le quedaba alguna hora libre, bajaba a los sótanos de los bares para asistir a reuniones socialistas. Eran tiempos caldeados y de mucha polarización: el movimiento obrero francés, al que le costaba mantenerse unificado, se estaba despedazando a causa de la Revolución rusa y de los distintos enfoques socialistas que disputaban su significado. En una de estas reuniones, alguien le dio a este trabajador migrante una copia del Primer esbozo de las tesis sobre los problemas nacional y colonial, texto que había sido publicado recientemente por Lenin.       

En ese texto, escrito como parte de un debate que se desarrollaba en la joven Internacional Comunista, el personaje más importante de los revolucionarios rusos se comprometía con un anticolonialismo intransigente. En efecto, esto dibujó una línea en la arena que separó a los militantes bolcheviques de todos los socialistas europeos moderados que eran ambiguos cuando se trataba de las cuestiones referidas al imperio. Como tantas otras personas, desparramadas desde Perú hasta la India, el joven itinerante sintió una corriente eléctrica que recorría su cuerpo. «¿Qué fue lo que me atrajo del leninismo en un primer momento?», se preguntó muchos años después. La respuesta estaba condensada en una palabra: el «patriotismo». Este joven se volvió mundialmente conocido como Ho Chi Minh: líder de la lucha vietnamita contra Francia y luego contra los Estados Unidos, su rostro fue pintado en las pancartas de todos los continentes. 

Imperios y catástrofes

Mientras que el nombre de Lenin hoy está asociado sobre todo a monumentos grises, a un Estado autoritario y a su complemento, un partido conspirativo, lo que representó en el pasado es hoy un tesoro enterrado. En gran medida, el lenguaje radicalizado de los años 1960 y 1970, desde la crítica feminista a la regulación represiva de la sexualidad y la reproducción hasta el discurso sobre el «sistema-mundo» capitalista y la explotación de los países más pobres a través del «subdesarrollo», se remonta a un período revolucionario anterior, que se desarrolló durante los años 1910 y 1920.      

En ese momento el bolchevismo abrió un camino nuevo. La idea posterior según la cual el pensamiento colonialista estaba tan vinculado al «espíritu de la época» que sería injusto juzgar a alguien por haberlo sostenido, implica una gran cuota de amnesia o, de hecho, define a la alta sociedad «respetable» de las capitales de Occidente del fin de siglo como si hubiesen sido el mundo entero. Basta recordar que en 1913 John Maynard Keynes definió los estragos del imperio en el extranjero como «países semibárbaros bajo gobiernos civilizados». Sin embargo, ese mismo año, Lenin reaccionó a la revolución de China y escribió una avalancha de artículos que hablaban de la «Europa atrasada y el Asia avanzada», con lo cual se burlaba y alternaba deliberadamente la definición colonial binaria de lo bárbaro y lo civilizado. Quería que la Revolución rusa se extendiera por Alemania, pero también quería que llegara a la India. 

El texto clásico de Lenin escrito en 1916 y titulado El imperialismo, fase superior del capitalismo, retoma con libertad algunas ideas de Nikolái Bujarin, pero incluye el subtítulo «Ensayo popular». Con esto quiero decir que Lenin solo fue una cara famosa asociada con un proyecto político e intelectual colectivo de alcance masivo. Sus protagonistas provenían en muchos casos de poblaciones desdeñadas y ridiculizadas por el imperialismo racial. En 1920, los bolcheviques organizaron un «Congreso de los pueblos de Oriente» en Bakú, en donde convocaron a una yihad contra el imperialismo británico e insinuaron que los socialistas que simpatizaban con el colonialismo debían considerarse afortunados de no ser colgados. 

No era solo una protesta moral, ni tampoco era simplemente un llamamiento a la independencia nacional; la forma política que reemplazó al imperio alrededor del mundo, la nación, no era considerada en ese momento como su sucesora inevitable. En cambio, el llamamiento de Lenin a la autodeterminación nacional era parte de una estrategia transnacional para terminar con el capitalismo global y, al menos en teoría, establecer federaciones más igualitarias. Las grandes luchas nacionales para liberarse del imperio le pondrían fin al acceso que tenía el capitalismo europeo a las superganancias, mientras que los trabajadores revolucionarios de las metrópolis aplastarían al leviatán en su sede central. 

Se trataba de un asalto doble para derrocar los aparatos de Estado imperiales y las relaciones de dominación y explotación de clase que estos perpetuaban. Este pronóstico obedecía a un tiempo histórico determinado.  Los bolcheviques habían notado que tanto la militancia obrera de Europa y Norteamérica como las lejanas luchas anticoloniales se encontraban en ascenso en el mismo momento. Por lo tanto, su hoja de ruta estratégica fusionó a ambas. 

Esto implicaba pensar el espacio global, no como un mercado mundial chato en donde las mercancías fluyen en todas las direcciones, sino como un nexo abigarrado y jerárquico estructurado por un poder capitalista que estaba concentrado solo en un puñado de países. El imperio implicaba que la expansión global del capitalismo no podía significar «desarrollar» Asia y África mediante la repetición de las innovaciones sociales y tecnológicas que habían marcado la modernidad europea. Las regiones, de manera similar a las clases, estaban emplazadas en posiciones interdependientes que a su vez respondían a la jerarquía del pillaje. El hecho de que Lenin abrazó el anticolonialismo de una manera mucho más implacable que Keynes no es ninguna coincidencia. Esta posición podía deducirse de la anatomía intelectual del marxismo.

Los desacuerdos sobre el imperio fueron un elemento fundamental en la ruptura entre reformistas y revolucionarios que definió al socialismo europeo luego de 1914. Los fundadores de lo que se convirtió en el «socialismo democrático» moderno consideraban al Estado nación como la arena central de la política, preveían la creación de sistemas de gobierno estables y clases trabajadoras acomodadas en Occidente, todo lo cual se lograría en parte gracias a la prosperidad derivada del colonialismo. En Alemania, algunos defendieron la expansión colonial para rivalizar con Gran Bretaña y Francia. Todo esto hizo posible una política que estaba atada al territorio de cada país y que convocaba a los electorados nacionales. 

En el flanco izquierdo disidente, del cual Lenin era un miembro clave, se negaba la idea según la cual el imperialismo implicaría una mejoría para la periferia subyugada o para el corazón metropolitano. En cambio, dejando de lado las teleologías optimistas de un progreso que llevaba «ordenadamente» del feudalismo al capitalismo y del capitalismo al socialismo, lo más llamativo de los escritos de Lenin es el lugar que le otorga a la catástrofe como un espectro aterrador que acecha en el horizonte. 

Las guerras provocadas por el imperialismo –según la lectura que Lenin y sus camaradas hicieron de la masacre de 1914– constituían una catástrofe urgente que debía ser evitada mediante revoluciones. La catástrofe de las guerras cumplía un rol similar al que desempeñan en la actualidad la aniquilación nuclear o el cambio climático para el pensamiento de izquierda más radicalizado. Se concebía a la revolución como un «freno de emergencia», según la expresión de Walter Benjamin. Por lo tanto, se necesitaba una estrategia transnacional de insurrecciones. Para decirlo con otras palabras, el anticolonialismo de la Comintern exigía repensar tanto el tiempo como el espacio. 

¿Quién hará la revolución?

Lo distintivo de esta forma de anticolonialismo fue en parte el resultado de conectar el problema del imperio y el problema del poder burocrático del Estado. En un sentido, se trataba de una idea tradicional. El «imperialismo» moderno había estado vinculado al autoritarismo nacional desde el primer momento en que este término se utilizó para arremeter contra Napoleón. A comienzos del S. XX, el flanco izquierdo del marxismo advirtió el debilitamiento paralelo de los mercados libres y de la soberanía parlamentaria, bajo el peso creciente de los cárteles monopolistas y de un poder ejecutivo agresivamente expansionista y arrogante. En los liberales antimperialistas estadounidenses, Lenin veía al «último de los Mohicanos de la democracia burguesa». 

De nuevo, la revolución era considerada como un freno de emergencia para rescatar, transmutados en una forma más elevada, esos ideales que la sociedad burguesa había parido pero que ahora estaba matando. No obstante, también había en todo esto un pensamiento más fundamental. El imperialismo ejemplificaba una negación de la autonomía que los comunistas también veían en la condición del trabajador bajo el capitalismo: los trabajadores estaban sistemáticamente excluidos de la posibilidad de determinar sus propias vidas, tanto en el campo político, en donde la policía y el presidente les quitaban su poder, como en la vida social, en donde lo hacían los patrones. Las esperanzas que tenía Lenin en el soviet –una especie de gobierno consejista de los oprimidos– descansaban en la posibilidad que aquel le ofrecía de reemplazar una representación parlamentaria clasista, insuficiente e indirecta por una democracia participativa y directa. Pensaba que esa era la forma política consistente con la transición a una sociedad sin clases. Su núcleo no era tanto la igualdad material, sino las experiencias del empoderamiento y de la autotransformación a través del ejercicio de la soberanía popular. 

Por lo tanto, fue una concepción ambiciosa de la autodeterminación la que estuvo en el origen del anticolonialismo y del antiestatismo bolchevique. Ambos estaban estrechamente vinculados. Algunos académicos contemporáneos consideran a Marx como un teórico político comprometido con un «republicanismo» radical, que perseguía una república social más allá de la sujeción del poder arbitrario de los capitalistas y de la dominación impersonal de los mercados. Pero esta imagen se ajusta mucho mejor al bolchevismo. «Ciudadano Marx» era un título utilizado en la Primera Internacional. Sin embargo, si se considera el escepticismo que Marx profería hacia la ciudadanía abstracta, al menos desde 1843 en adelante, debe decirse que era un título un tanto inapropiado. 

Aunque él también deseaba sustituir de alguna forma el poder soberano, fue el Ciudadano Lenin el que realmente forjó una República.  Tanto la oposición «neorromana» a la dominación como el énfasis «neoateniense» de la participación estructuraron la oposición de Lenin al capitalismo. Esto explica la teoría política del capitalismo de Lenin: su lenguaje de la opresión concebida como una forma de desempoderamiento y del poder soviético como su solución, y la atención que le prestó a la crítica del Estado –tema sobre el cual Marx nunca escribió un tratado exhaustivo–, al que definió como el mecanismo central para explicar la reproducción del capitalismo, tema que preocupaba enormemente a los marxistas de su generación.    

El «internacionalismo proletario» desafió los enfoques marxistas ortodoxos de la voluntad revolucionaria. Solo unas décadas después de la muerte de Marx, es sorprendente hasta qué punto el flanco izquierdo del marxismo pensaba que la concepción de la sociedad capitalista de Marx debía ser actualizada. En muchos casos desde afuera de las zonas centrales más importantes para el capital, estos revolucionarios deseaban desarrollar una teoría sistemática del sistema mundial complejo en el que los múltiples Estados y la expropiación constituían el andamio sobre el que se alzaba la explotación de las minas inglesas y de las fábricas estadounidenses. Fue entonces cuando Rosa Luxemburgo elaboró, en su libro La acumulación del capital, una crítica rigurosa del esquema de la reproducción capitalista que Marx esbozó en el segundo tomo de El capital, que se basaba –decía ella– en la ilusión imposible de una «economía nacional» única. 

La imagen global de Lenin implicaba a la vez un acuerdo y un desacuerdo con la concepción del sujeto revolucionario de Marx. Para Lenin, el imperialismo había generado, al interior del proletariado, una «aristocracia obrera» cuyo involucramiento en las ganancias del imperio tenía una gran importancia política, dado que esta fracción de clase influenciaba al movimiento obrero en general para favorecer sus intereses de clase «chauvinistas». En la medida en que esta aristocracia obrera encarnaba la posibilidad de intereses de clase contradictorios, que oscilaban entre la lucha contra sus explotadores para ganarse el derecho a su tierra y la alianza con ellos para defender las migajas del imperio de las que se beneficiaban, el análisis de Lenin postulaba que los intereses de clase eran hasta cierto punto contingentes y construidos, en lugar de ser automáticos y de estar completamente determinados en términos sociales. 

El imperialismo también había sometido a millones de campesinos, no afectados por la «subsunción real» del capital, a la influencia del capitalismo global, dado que la producción de aquellos era una condición de posibilidad para la reproducción de este. En un tono similar al que utilizó Nancy Fraser para referirse recientemente a la conexión entre las luchas feministas y las luchas ecologistas, en aquel momento se pensaba que, si eran capaces de interrumpir el suministro de alimentos del cual dependía la Hidra, entonces las luchas campesinas y anticoloniales podían ser objetivamente anticapitalistas. 

En 1920, los delegados que participaron del Segundo Congreso de la Comintern en Bakú se hicieron eco de esta problemática y ampliaron deliberadamente la invocación de Marx –«¡Proletarios del mundo, uníos!»– para incluir a los «pueblos oprimidos». En vez de una cuestión de voluntarismo absoluto –lo cual asumen muchas veces tanto los críticos como los admiradores de Lenin– se trataba de un modelo de teoría política situada, cuyas prescripciones estaban ancladas en una teoría social crítica de la sociedad capitalista contemporánea y de los sujetos políticos que esta generaba. A partir de esto, se plantean muchas preguntas en relación con la posibilidad de aplicar este modelo en la actualidad. 

Repensando a Lenin hoy

Durante los años recientes hemos asistido a una revisión sana de la obra temprana de Lenin, en el marco de la cual Lars Lih y otros cuestionaron cierta imagen establecida de Lenin, que lo presenta como un personaje «vanguardista» antidemocrático y autoritario. La reconsideración de su obra posterior –luego de la ruptura con las principales corrientes del marxismo europeo que le eran contemporáneas, evidente a partir del Congreso de Stuttgart y del debate sobre el imperio– abre posibilidades todavía más alentadoras. ¿En qué canon deberíamos incluir a Lenin? Siguió a Jean-Jacques Rousseau en el antiguo linaje de quienes defendieron la soberanía popular revolucionaria. Abordó la cuestión de la impotencia proletaria con una disposición cuya fundación suele atribuírsele, en la tradición marxista, a los trabajos más sutiles de Antonio Gramsci, y que fue cultivada luego por la Escuela de Frankfurt. 

Percibió ardientes posibilidades revolucionarias en el campesinado, en el lumpenproletariado y en todos aquellos sujetos que son marcados por las ficciones de la raza y de la nación para ser sometidos a niveles de explotación y opresión particularmente excesivos. Esto nos recuerda a Frantz Fanon y al «marxismo negro» posterior. De manera instructiva, maridó los problemas que planteaba la voluntad emancipatoria en los países desarrollados con los que planteaba esta misma voluntad en el resto del mundo, remarcando la necesidad de una lucha transnacional que excediera las letales fronteras. 

A diferencia del vocabulario común al comunismo tardío y a la socialdemocracia, según el cual el poder estatal equivalía a la posibilidad de establecer la igualdad ciudadana en una nación, el lenguaje de Lenin, que concebía al socialismo como una forma de libertad, se dirigía en contra de los Estados establecidos y traspasaba todas las fronteras nacionales. Desde 1989, muchas lecturas de Marx intentan ponerlo a distancia de los desastres del S. XX para rescatar las ambiciones del S. XIX. En este caso, Lenin se presenta como el villano perfecto. Pero la historia real es mucho más complicada y nos plantea muchos desafíos.

El 7 de marzo comienza un nuevo curso online sobre el pensamiento revolucionario ruso, en el cual se intentará mostrar que Lenin nos legó lecciones sorprendentes y olvidadas sobre anticolonialismo y republicanismo. En este curso, que durará un mes y se dictará por Zoom, exploraremos tanto la aventura de 1917 como su ruina posterior. Lenin, aun más que Marx, habló como un republicano radical del S. XVIII. Y también compartió el mismo destino. Mientras que Marx y Engels sostuvieron cierta ambivalencia en relación con los jacobinos y con el Terror, Lenin levantó una estatua de Robespierre en la Unión Soviética. Para Lenin, fue Robespierre quien le puso fin al pasado feudal y quien creó el mundo burgués, el que percibió la tendencia de la historia y luchó con fiereza para convertirla en realidad. El voluntarismo de Lenin –su creencia en la fuerza consciente de la voluntad humana– es menos relevante de lo que suele considerarse cuando se trata de su pensamiento sobre la posibilidad de la revolución. La presencia real del voluntarismo se encuentra en la anticipación de lo que debería venir después de la revolución. En esto fue una figura transicional de enorme importancia. 

Situados impacientemente entre las esperanzas depositadas en el socialismo como una forma de libertad y la norma del S. XX, que establecía que el socialismo era una forma de gobierno, y en medio de las tensiones generadas por una terrible burocracia naciente, construida para intentar destruir a otra, los últimos trabajos de Lenin adquieren a veces tonos frenéticos y desalentadores. El aislamiento, la guerra, la escasez y el caos hicieron que la esfera de la libertad se sintiera como algo muy distante. Si el capital solo le deja espacio a una oposición salvaje e implacable, se preguntaba, ¿cómo seremos capaces de construir una nueva comunidad de iguales? ¿Por qué fracasó Lenin? Esa es la tragedia que nos hace regresar una y otra vez a la Rusia de principios del S. XX. Es la dialéctica noble y triste del poder popular y su opuesto la que se repite, y debemos explicarla si deseamos construir una política emancipatoria capaz de pronunciar la palabra «victoria».

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