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Militantes del PT con banderas (Foto: Reprodução)

El PT entre el pasado y el futuro

Traducción: Valentín Huarte

En la conmemoración de sus 41 años de existencia, el PT enfrenta un dilema estratégico: se conforma con no tener por delante más que un gran pasado, o redobla la apuesta radicalmente antisistémica a favor de la clase trabajadora que le dio origen.

La anécdota de María Antonieta sobre los pasteles tal vez sea más célebre, pero la que narra el supuesto intercambio entre el duque de Liancourt y el rey Luis XVI en julio de 1879 es más reveladora:

Señor, marchan hacia la Bastilla.
¿Es una revuelta?
No, señor, es una revolución.

¿Por qué evocar este presunto diálogo en la apertura de un artículo sobre los 41 años del Partido de los Trabajadores (PT)?

La respuesta es simple. El destino del PT dependerá de la respuesta del partido al principal dilema que vive Brasil en este año II de la Era Bolsonaro: ¿qué haremos con nuestra bastilla?

La clase dominante brasileña nos está empujando nuevamente hacia los años veinte del siglo pasado, momento en el cual Brasil era solo un país agroexportador completamente sometido al imperialismo. En ese entonces, la política estaba monopolizada por la oligarquía y la cuestión social era tratada como un asunto policial. 

Hoy, al igual que hace 100 años, la clase trabajadora brasileña tiene dos alternativas: hipoteca su destino a alguna de las fracciones de la clase dominante o busca un camino independiente. Una diferencia fundamental en relación con aquel pasado es que hoy ya no existe ningún sector de la clase dominante con disposición para cambiar la situación. O, para ponerlo en términos más claros, ningún sector de la clase dominante está dispuesto a cambiar la situación en una dirección progresiva. Desde 2016 se optó por el camino inverso que desembocó en la situación reaccionara que vivimos.

En el caso de que la clase trabajadora brasileña elija el camino de la hipoteca, es decir, renunciar a la independencia política, sus organizaciones actuales –movimientos, sindicatos y partidos– sufrirán probablemente un destino similar al de sus antepasados del S. XX: la cooptación y la extinción. 

Para hacerse una imagen de lo que esto significa, puede compararse lo que son el PTB, el PCdoB y el PCB en 2021 con lo que eran en 1964.

Esta es la disyuntiva estratégica que enfrenta el PT en su 41° aniversario: se conforma con no tener por delante más que un gran pasado, o redobla la apuesta radicalmente antisistémica a favor de la clase trabajadora que le dio origen.

La necesidad de la revolución brasileña

Brasil necesita una revolución política, social y cultural. No una «revolución» de mentira, como la de 1964, ni una revolución dirigida por una fracción de la clase dominante, como la de 1930. Necesitamos una revolución plebeya, popular, jacobina, que guillotine a la oligarquía. Una movilización democrática de masas capaz de causar pánico en los poderosos, que tire abajo a los canallas que hacen vivir al pueblo trabajador en medio del sudor, la sangre, el barro… y el virus. 

Necesitamos una revolución por dos motivos, uno negativo y el otro positivo. Primero, el negativo: la ausencia de una revolución es la principal explicación de la persistencia en nuestra sociedad de tantos rasgos coloniales y esclavistas, vinculados a una la política oligárquica. La ausencia histórica de una revolución popular está en la raíz, tanto de la desigualdad social abismal de nuestros días como de la dependencia externa y de la falta de libertades democráticas concretas para la mayoría. El orden capitalista en Brasil no fue el resultado de una gran revolución democrático burguesa, como fue el caso en otros países. En gran medida, este es el motivo por el que nuestro capitalismo es como es: atrasado, oligopólico, oligárquico y dependiente.

El segundo motivo, el positivo: solo una revolución puede garantizarle al pueblo brasileño un futuro cualitativamente mejor que el pasado. Sin una revolución, el lugar de nuestro país en la división internacional del trabajo será in saecula saeculorum el del invernadero de los especuladores, el de la exportación de materias primas y la importación de productos industriales e insumos tecnológicos. Brasil nunca experimentó una gran revolución popular, y por este motivo la vida del pueblo a veces parece un inmenso valle de lágrimas interrumpido de vez en cuando por breves carnavales.

Entonces, necesitamos una revolución. Si esta revolución efectivamente sucede y triunfa, su dinámica nos empujará en dirección al socialismo. No un socialismo de tipo soviético, chino ni cubano, sino un socialismo brasileño. Esto por el simple motivo de que no será obra de trabajadores rusos, chinos ni cubanos, sino de trabajadores y trabajadoras brasileños que luchan contra el capitalismo que floreció aquí. Como dirían nuestros amigos venezolanos y chinos, un «socialismo del S. XXI con características brasileñas».

¿Será capaz la clase trabajadora brasileña de hacer hoy una revolución que no logró hacer en el pasado? Es imposible saberlo. Solo puede decirse lo siguiente: para que ocurra una revolución, será necesario que nuestra clase trabajadora –especialmente las mujeres, los negros y las negras, la juventud, los marginados que habitan en la periferia, las grandes porciones de la clase que sobreviven en condiciones terribles de explotación, los más explotados y oprimidos, que son víctimas de todo tipo de humillaciones y prejuicios, incluso por parte de los sectores mejor posicionados de su misma clase– desarrolle luchas políticas, sociales y culturales cuya extensión e intensidad deberán ser en muchos casos mayores que las del pasado reciente.

Si no somos capaces de hacerlo, ¿qué futuro nos espera? Por cómo están las cosas hoy, si consideramos la disposición de la clase dominante brasileña y las tendencias mundiales, lo que se avecina es una larga y cruel catástrofe.

Bajo una nueva configuración geopolítica

Cuando el PT fue creado en 1980, todavía seguían vigentes los marcos establecidos luego del desenlace de la Segunda Guerra. Desde 1945 hasta 1980, la principal variable de la situación mundial era el conflicto entre Estados Unidos y la Unión Soviética, que en ese entonces era la principal expresión del conflicto entre el capitalismo y el socialismo. 

El proceso de disolución de la Unión Soviética, que terminó en 1991 con la patética renuncia de Mijaíl Gorbachov, abrió un período de inestabilidad en las relaciones internacionales, que fue causado esencialmente por la tentativa de los Estados Unidos de convertirse en una especie de «imperio global unilateral». Lo hizo al abrigo de la expansión acelerada de las relaciones capitalistas y apoyado sobre la curiosa relación bilateral con el «socialismo de mercado» chino, que en ese entonces era concebido como una planta exótica que tendría una vida breve y que concluiría con el fin del «monopolio del poder político» ejercido por los comunistas.

No sabemos lo que habría sucedido si la historia hubiese seguido otro curso. Lo que sabemos es que la crisis financiera global de 2008 alteró sustancialmente la dinámica de la relación entre China y EE. UU. Hoy, 41 años después de la creación del PT y 30 años después del ocaso de la URSS, la variable principal de la situación mundial pasó a ser el conflicto entre EE. UU. y China. Esta bipolaridad es, al menos para algunos, la principal expresión geopolítica del conflicto entre el capitalismo y el socialismo. Sea como sea, el hecho es que América Latina y el Caribe se convirtieron en un territorio de combate económico, político, ideológico y, en menor escala, militar. Lo cual, por cierto, también sucedió durante la Guerra Fría. Sin embargo, hay al menos dos novedades importantes: la decadencia de los Estados Unidos y la potencia, que al menos en apariencia es ascendente, de la economía china.

Por una combinación de factores internos y externos, se observa un declive acentuado en la capacidad que tiene Estados Unidos para ejercer su hegemonía. En el mediano plazo, hay dos escenarios planteados: los Estados Unidos recuperan su hegemonía global o retroceden, es decir, se convierten en una importante potencia regional que participa de las cuestiones mundiales sin ser el hegemón a escala global. En la búsqueda por revertir su decadencia, Estados Unidos se sirve –y se seguirá sirviendo– de diversos instrumentos, entre los cuales parece inevitable el uso creciente de la carta militar, aunque la utilice «solo» como un factor de amenaza. Sea cual sea el escenario que predomine, los Estados Unidos mantendrán una presión intensa sobre América Latina y el Caribe en general, y sobre Brasil en particular.

¿Qué sucederá si se verifica el otro escenario, es decir, si China triunfa? ¿Qué sucederá en ese caso con nuestra región? A diferencia de lo que sucedió con Estados Unidos durante el período 1945-1991, la expansión económica china no viene acompañada de un correspondiente incremento de presencia militar. Además, todo indica que los chinos seguirán haciendo casi todo lo que esté a su alcance para evitar un conflicto militar generalizado. Por otro lado, a diferencia de la Unión Soviética durante el período 1945-1991, China adoptó desde 1978 una política que tuvo como resultado su penetración económica en todo el mundo y la superación de Estados Unidos en varios indicadores. La relación evidente de este acontecimiento con la estabilidad del régimen chino es un fuerte mensaje positivo a favor del papel rector del Estado de tipo socialista, lo cual va a contramano del discurso neoliberal difundido por Estados Unidos. 

No obstante, el eventual éxito de China en el conflicto con Estados Unidos no producirá, por sí mismo, una alteración significativa del «lugar» que ocupan América Latina y del Caribe en el mundo. La permanencia de la región en general, y de Brasil en particular, en su condición de exportadores de materias primas e importadores de productos industriales e insumos tecnológicos, sea cual sea el resultado de la nueva guerra –por ahora, «fría»– seguirá siendo útil a las principales potencias del mundo. En el caso del Brasil, al contrario de lo que sucedió durante los años 1950, no habrá muchos estímulos mundiales que promuevan algún tipo de desarrollo, ni siquiera uno dependiente. 

Una clase dominante sin vocación de poder

¿Qué hará la clase dominante brasileña frente a esta situación? ¿Puede ocurrir algo similar a lo que ocurrió en 1930, cuando una fracción de la clase dominante y de los sectores medios adoptó un programa que, por más que fue limitado y conservador, promovió la industrialización y el desarrollo? No es imposible, pero dada la composición actual de la clase dominante, y el exceso de capacidad productiva instalada a nivel mundial, parece muy poco probable.

Si se desarrolla una gran guerra a escala planetaria, que cause una interrupción de los flujos de bienes y de capitales, como sucedió en cierta medida entre 1914 y 1945, la clase dominante puede verse forzada a utilizar sus capitales en la expansión de la producción y del consumo interno. Sin embargo, si se deja de lado esta excepción extrema, la clase dominante brasileña no parece nada dispuesta a correr los riesgos que implica un movimiento de desarrollo (re)industrializador de nuevo tipo. Hacerlo tendría como resultado, no solo la exacerbación de los conflictos con los capitalistas extranjeros, sino también la generación de profundas transformaciones nacionales, que incluirían desde inversiones de larguísimo plazo hasta aumentos sustanciales en la masa salarial e, incluso, la repartija de importantes espacios de poder con otros sectores sociales. En síntesis, significaría abandonar la cómoda posición de primacía oligárquica en la política, la participación aristocrática en la riqueza acumulada y los lucros de corto plazo, que son relativamente abundantes.

La situación de socio menor de los intereses extranjeros tiene distintas consecuencias, entre las cuales se destacan la superexplotación de la fuerza de trabajo, la permanente amenaza de las libertades democráticas del pueblo y la perpetuación de una mentalidad colonial y de patrones de desarrollo inferiores a los de las potencias mundiales. Estos rasgos son característicos de nuestra formación social. Pero en la actualidad hay que añadir otro elemento importante: después de medio siglo de industrialización (1930-1980), cuarenta años de desindustrialización ponen a Brasil en una situación similar a la de aquel que descansa sobre el lecho de Procusto. A fin de cuentas, se intentar que un país de 210 millones de habitantes entre en el molde estrecho en el que cabía cuando estaba habitado, como mucho, por 40 millones de almas.

El retroceso comenzó en los años 1980, fue proseguido durante los años 1990 por los neoliberales y ahora sigue a cuenta de los ultraliberales que se asociaron con el bolsonarismo. Una asociación, por cierto, que es mucho más que una mera contingencia: en ausencia de desarrollo, la brutal desigualdad existente en el país no encuentra una válvula de escape y la cuestión social se convierte en un asunto policial (y, cada vez más, militar). El bolsonarismo, la tutela militar, el fundamentalismo, el genocidio pandémico y la ampliación del comercio de armas de fuego no son, por lo tanto, rayos en el cielo despejado: Mad Max también llegó aquí.

La catástrofe que nos acecha y cómo combatirla

¿Cómo salir de esta situación catastrófica? Combatirla de manera efectiva exigiría explorar una ruta que apenas se insinuó durante el ciclo de los gobiernos progresistas. Sería necesario, no solo implementar políticas públicas, sino también reformas estructurales. No solo participar del gobierno, sino asumir el poder y derribar a la clase dominante actual. Proponer algo así puede parecer, a primera vista, un «maximalismo estrafalario», sobre todo en un momento en el que el país está dominado por tendencias golpistas, y el bolsonarismo y la derecha tradicional polarizan la disputa política.

Sucede que la gracia de los momentos de crisis general consiste justamente en esto: o bien avanzamos mucho, o bien retrocedemos mucho, y hay poco espacio para lo que se presenta como un aparente buen sentido, para los supuestos buenos modales centristas, para los prudentes caminos del medio y para los atajos cubiertos por una vegetación frondosa y por el canto de los pajaritos. Justamente porque la crisis es profunda, las opciones son radicales. Y quedan pocas alternativas: o bien la clase trabajadora se dispone a asumir la dirección de nuestra sociedad, o bien continuamos en este ambiente de creciente degradación económica, social, cultural y política, con ligeras variaciones de velocidad –en el mejor de los casos–, pero sin que se modifique el rumbo general. 

La crisis internacional de 2008 demostró que el capitalismo sigue siendo inestable, propenso a las crisis abruptas y violentas, que se prolongan en «guerras» comerciales, políticas, culturales, e incluso en guerras propiamente dichas. El capitalismo neoliberal se mostró incapaz de reformarse a sí mismo: la convivencia pacífica entre, por un lado, el capitalismo y, por el otro, las políticas de bienestar social y las libertades democráticas, es cada vez menos plausible. También es cada vez menos plausible la convivencia pacífica entre las grandes potencias y los países periféricos. 

Las luchas entre las clases sociales dentro de cada país, como así también las disputas y los conflictos entre los Estados nacionales, tienden a exacerbarse. Una parte de la izquierda brasileña todavía se niega a creer en esto. Por lo tanto, deja al socialismo en la «fila de espera». Antes de 2008, lo hacía por optimismo, porque creía que el socialismo no era necesario o que, por lo menos, no era urgente. A fin de cuentas, estábamos logrando avanzar, mejorar la vida del pueblo, ampliar las libertades, afirmar la soberanía, construir la integración regional, cambiar poco a poco el mundo, aun sin tocar las bases estructurales del capitalismo existente en Brasil. Ahora, con un discurso mucho más pesimista, ese mismo sector de la izquierda defiende la idea de que el socialismo debe seguir en la «fila de espera» porque la tarea inmediata es resistir, impedir el desmonte, recuperar el terreno perdido. Tal vez después, si todo vuelve a la normalidad, será posible poner en el orden del día banderas de «largo plazo» como el socialismo. Al pensar de esta forma, reducen al socialismo a la nada: no es necesario cuando la clase trabajadora se encuentra fortalecida y no es factible cuando se encuentra debilitada. 

La experiencia latinoamericana (1998-2018) y, antes de ella, la experiencia de la socialdemocracia europea (1945-1991) demostraron abundantemente que la supervivencia de las reformas democráticas y de los avances sociales depende de la correlación de fuerzas entre los capitalistas y las clases trabajadoras. Por más que las clases trabajadoras mejoren su posición, si no avanzan sobre los instrumentos de poder y, fundamentalmente, si no asumen la propiedad de los medios de producción, los capitalistas siempre dispondrán de los mismos materiales para «poner las cosas en su debido lugar» en los momentos críticos de recrudecimiento de la lucha de clases. Por eso es imprescindible una estrategia socialista, una estrategia que impulse a la clase trabajadora a construir y conquistar los instrumentos de poder y a asumir el control de los principales medios de producción y reproducción de la vida económico-social. El principal objetivo programático de una estrategia de este tipo es establecer un patrón de desarrollo que supere la desigualdad interna y externa (es decir, la que rige la relación de nuestro país con el resto del mundo).

En Brasil, esta estrategia pasa necesariamente por derrocar al capital financiero, a los oligopolios, a las transnacionales, al agronegocio, y por colocar la vida de nuestra sociedad bajo el control de la clase que realmente produce la riqueza: la clase trabajadora. Solo en estos nuevos marcos estructurales, que combinan medidas democrático-populares con medidas socialistas, algunas políticas públicas fundamentales como la de Ciencia y Tecnología, la Educación Pública y el Sistema Único de Salud tendrán éxito y serán viables a largo plazo.

Por lo tanto, se trata de convertir a las clases trabajadoras en clases dominantes. Una izquierda que realmente quiera vencer no puede contentarse con estar en el gobierno, ni con alimentar viejas y nuevas ilusiones sobre el carácter supuestamente neutral del aparato estatal. Nuestra tarea, en este sentido, es luchar por un Estado de nuevo tipo, que incluya la democratización y la regulación de los medios de comunicación, del sistema judicial y de las fuerzas armadas para ponerlos efectivamente al servicio de la mayoría de la población brasileña. 

Conquistar el poder e implementar una política de desarrollo de tipo socialista es un objetivo que se sigue, no solo de la situación nacional, sino también de la situación mundial. Al fin y al cabo, la crisis mundial del capitalismo y sus efectos tóxicos solo pueden ser interrumpidos y superados por transformaciones de tipo socialista: frente a una crisis sistémica, se necesita una solución sistémica.

Vida y muerte de los grandes partidos

Si la clase trabajadora brasileña y sus organizaciones quieren estar a la altura de la situación histórica, debemos luchar por objetivos revolucionarios: el derrocamiento de una clase dominante y la construcción de un poder de otro tipo. Sin embargo, la dominación que la clase capitalista ejerce hoy sobre la clase trabajadora es mucho mayor que la que ejercía hace diez años. Para empeorar todavía más las cosas, una parte significativa de la izquierda brasileña está atrapada en un modo de pensamiento según el cual nuestro programa máximo debe ser la superación del neoliberalismo, nuestra estrategia tiene que limitarse a transformar Brasil por medio de políticas públicas implementadas por gobiernos conquistados por medios electorales y nuestra táctica debe buscar derrotar al bolsonarismo construyendo una alianza con las fuerzas del centro y de la derecha. 

Cuando la organización es política concentrada, una parte cada vez mayor de la vida interna y de la relación de los partidos –pero también de los sindicatos y de los movimientos– con la clase trabajadora empiezan a estar determinados por la dinámica institucional-estatal, como si esta fuese la única dimensión de la lucha de clases. Esta curiosa especie de «síndrome de Estocolmo» afecta en mayor o menor medida a toda, o a casi toda, la izquierda. Por motivos obvios, el fenómeno es más visible en el PT. 

Durante algún tiempo, la institucionalización pareció contribuir a la acumulación de fuerzas. Hoy la «desacumulación» es evidente e innegable. Como consecuencia, crece dentro del PT la idea de que el destino del partido está sellado. Los plazos y los motivos varían de profeta a profeta, y hay muchos que contribuyeron y siguen contribuyendo con gusto, mediante ideas y acciones, a producir el resultado que anticipan.

Pero dejando de lado los augurios y las incoherencias, contamos al menos con tres certezas: En primer lugar, los partidos también mueren, o peor: a veces se convierten en muertos-vivos. En segundo lugar, la sustitución de los caídos no se realiza rápidamente: el proceso puede, incluso, crepitar dolorosamente durante décadas. En tercer lugar, si no se superan adecuadamente, algunas herencias se fijan y ciertas conclusiones se repiten en un eterno loop que no tiene nada que envidiarle a Dark. Para tomar un ejemplo cercano: el Partido Comunista Brasileño (PCB) fue duramente herido por el golpe de 1964 y por la dictadura militar. No lo sucedieron ninguno de sus competidores anteriores al golpe (Polop, AP, PDdoB), ni tampoco ninguna de las organizaciones de la lucha armada (ALN, PCBR, Var-Palmares, etc.). Se necesitaron 16 años para que comenzara a surgir un partido que asumiera, en la izquierda brasileña, el papel hegemónico que algún día fue el del viejo PCB. Luego, esta posición se convirtió en un hecho consumado y el PT comenzó a padecer los mismos problemas que afectaban al antiguo partido comunista (en este sentido, recomiendo la lectura de un artículo de mi autoría, publicado originalmente hace casi tres décadas: Noventa e três e os próximos anos). 

Por analogía, podemos decir que, si el PT no logra enfrentar sus demonios ni superar sus límites actuales, lo que nos cabe esperar es un largo período en el cual la clase trabajadora no dispondrá de un instrumento político a la altura de sus necesidades. El propio PT podrá sobrevivir, como «sobrevivieron» el PTB, el PCdoB y el PCB, pero no ocupará el mismo lugar en la lucha de clases ni tendrá las mismas potencialidades. La clase trabajadora tendrá que forjar entonces otro partido, y es muy poco probable que los actuales competidores del PT tengan la talla necesaria para esta tarea. Y, lo que es peor, en el futuro cercano, ese nuevo partido probablemente enfrentará los mismos dilemas que enfrentaron sin éxito el PCB y el PT. Sic mundus creatus est… o romper este flujo y superar el dilema, aquí y ahora.

Un partido para tiempos de guerra

El PT es producto de lo que hasta hoy fue la mayor ola de luchas populares de Brasil. Sin una ola de luchas similar, es decir, sin que la clase trabajadora se lance hacia una revuelta abierta contra el régimen actual, como lo hizo a finales de los años 1970, ni el PT superará sus límites, ni ninguno de los otros partidos de izquierda superará al PT, ni tampoco surgirá una nueva organización que ocupe un lugar similar al que ocupa el PT en la lucha de clases.

La solución de los problemas de Brasil y la solución de los problemas de la izquierda brasileña giran alrededor de la acción de la clase trabajadora. El comportamiento de las masas depende, al menos hasta cierto punto, del comportamiento de la vanguardia de la clase; y una gran parte de esta vanguardia es (todavía) petista. Por lo tanto, la acción del petismo puede contribuir a que se desarrolle una nueva ola de luchas populares. 

Si la actual generación no consigue sopesar correctamente la situación, simplemente le transferiremos la tarea a las generaciones futuras, que enfrentarán situaciones similares a las que enfrentamos hoy, pero no actuarán necesariamente en mejores condiciones de temperatura y presión. Probablemente, deberán realizar en condiciones todavía más desfavorables lo que no conseguimos hacer hoy.

Es por eso que una parte de lo que llamo la «nación petista» sigue disputando la dirección del PT. Resistiendo a que el PT se transforme en una versión petebista del MDB, esta militancia vietnamita sigue buscando los medios para ganar a la mayoría de la clase trabajadora y a la mayoría de la militancia petista para una estrategia socialista revolucionaria.

Es evidente que disputar la dirección del PT hoy no es lo mismo que disputarla en 1983, en 1993 o en 2005. Cristalizaron en el partido un conjunto de mecanismos que vuelven mucho más difícil enfrentar las prácticas y las ideas que se volvieron hegemónicas. Por cierto, es justamente por este motivo que una ola de luchas sociales es condición necesaria para empujar al PT hacia un nuevo rumbo y para construir una nueva dirección en el partido, una dirección adecuada a los «tiempos de guerra» que vivimos. 

Por supuesto, puede suceder que se desarrolle una nueva ola de luchas y que, sin embargo, esto no sea suficiente. Las revoluciones son procesos raros, pero suceden. En cambio, las revoluciones triunfantes sin la existencia previa de un mínimo núcleo dirigente son como rosas azules. Por eso es necesario actualizar nuestra lectura sobre la lucha contra el capitalismo y por el socialismo en el mundo y en el Brasil del S. XXI, formular y experimentar una nueva estrategia, formar a una nueva generación de cuadros capaces de dirigir al PT, a la izquierda y a la clase en un proceso que ciertamente no será una carrera de 100 metros y que probablemente se parezca más a una maratón en pleno desierto. El desafío imperativo es reconquistar a la mayoría de la clase trabajadora para las posiciones democráticas y socialistas, elevar el nivel programático de la izquierda, garantizar nuestra independencia de clase, estimular la lucha social, reconstruir la efectividad organizativa en todos los terrenos (partido, frentes, sindicatos, movimientos) y volver a ocupar el espacio que perdimos en las escuelas, en las empresas, en los barrios y en todos los demás terrenos en los que se desarrolla la lucha de clases. 

Por supuesto, hay mucha gente que piensa que la batalla por la dirección del PT es un asunto del pasado. También hay gente que no percibe o no valoriza a quienes efectivamente se dedican a desarrollar esa lucha cotidiana. Los artículos de Valério Arcary y de Lincoln Secco publicados recientemente en Jacobin son un buen ejemplo de estas posturas que juzgo equivocadas. También hay gente en la izquierda brasileña que no siente la menor atracción por este debate, tal vez porque no percibe que el destino de corto y mediano plazo de Brasil está directamente ligado a las decisiones que el PT tome o deje de tomar, de la misma manera en la que las decisiones del PTB y del PCB contribuyeron al éxito del golpe militar de 1964 y a la dictadura que le siguió. 

La clase dominante sabe de esto y hace todo lo que está a su alcance para destruir y desmoralizar al PT, muchas veces con ayuda de los integrantes de la «tendencia suicida», que según algunas fuentes tiene mucha influencia en la cúpula partidaria. ¿Cuánto tiempo nos queda? No sabemos. Lo que sabemos es que los acontecimientos del bienio 2021-2022 serán decisivos. 

Para decir algo de 2022, debemos recordar que será un año repleto de efemérides: los 200 años de la Independencia, los 100 años de la Semana de Arte Moderno, de la Revolución del Fuerte de Copacabana (contexto del movimiento tenentista) y, también, el centenario de la fundación del Partido Comunista. Pero tal vez la efeméride más importante sea la del fallecimiento de Lima Barreto (1881-1922), que en un texto del 1 de marzo de 1919 titulado «Sobre el maximalismo», escribió lo siguiente: «En síntesis, puede decirse que todo el mal está en el capitalismo, en la insensibilidad moral de la burguesía, en su ambición de lucro que no encuentra ningún tipo de freno y no ve en la vida más que dinero, muera quien muera, sufra quien sufra». Y contra este mal, Lima Barreto desea y llama a una «convulsión violenta» contra los que «nos saquean, nos hambrean, escondidos tras las leyes republicanas. Es necesario, porque no hay otro medio para ponerle fin. Si la convulsión no trae al mundo el reino de la felicidad, por lo menos sustituirá al estrato podrido, repugnante, despiadado, sin ideales, sin gusto, perverso, sin inteligencia, enemigo del saber, desleal y bizco que nos gobierna, por otro, hasta ahora reprimido, que llegará con nuevas ideas, con otra visión de la vida, con otros sentimientos para con los hombres, y que expulsará a esos Shylock que están ahí y que utilizan sus bancos, sus montepíos y sus trampas financieras para engatusar al pueblo».

Este es el resumen de la obra: si no estamos dispuestos a impulsar y dirigir esta «convulsión» de la que hablaba la gran Lima Barreto, el Partido de los Trabajadores no tendrá por delante más que un gran pasado. Pero si hacemos lo correcto, viviremos aventuras maravillosas y contribuiremos a llevar humanidad a lugares donde nunca antes llegamos. Larga y próspera vida al Partido de los Trabajadores. ¡Y de las trabajadoras!

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