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PSOE: raíces históricas de una pervivencia

Nacido hace más de 140 años, el PSOE es una maquinaria poderosa que, avanzado el siglo XXI, continúa significando un pilar maestro del sistema político español. Aquí, una radiografía de su historia.

Hace menos de diez años, tanto el Partido Socialista francés como el PASOK griego ocupaban los gobiernos de sus respectivos países y gozaban de cómodas mayorías parlamentarias. Los efectos políticos de la Gran Recesión desatada en 2007 se llevaron por delante la hegemonía de ambos partidos, reduciéndolos a una sombra de lo que habían sido durante décadas. La socialdemocracia europea, después de transitar un prolongado periodo en el cual abrazó el orden neoliberal aplicando sus recetas de privatización de empresas públicas, recorte de derechos laborales, trasvase de rentas del trabajo al capital y reducción del gasto social, entró en una profunda crisis que, sin embargo, ha tenido desarrollos diferentes en cada marco estatal-nacional. 

De hecho, el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) también ostentaba el Gobierno en aquellas fechas y sufrió una inédita crisis que le puso en la cuerda floja. Perdió la presidencia, entre 2011 y 2016 se situó en mínimos electorales históricos y vivió una grave división interna mientras un nuevo competidor a su izquierda (Podemos) se erigía como un serio aspirante a superarle. Sin embargo, pudo sortear el envite y no perder su papel referencial entre la izquierda sociológica y su carácter de pilar del régimen político instituido en España gracias al pacto entre las élites franquistas y las dirigencias opositoras. 

En 2018 lideró una moción de censura que expulsó a una derecha corrupta y desprestigiada del poder y al año siguiente ganó las cinco citas electorales que se celebraron. Hay poderosas razones coyunturales que explican esta evolución: su recomposición interna con el liderazgo de Pedro Sánchez, la capacidad de autocorrección del régimen, los límites del ciclo de movilización contra los recortes y los constantes vaivenes tácticos y el acelerado proceso de integración en el sistema de sus competidores por la izquierda, que acabaron convirtiéndose en sus subalternos aliados. 

Sin embargo, también podemos sondear efectos explicativos de más largo alcance (experiencia, tradición, memoria, continuidad, relación con sus bases sociales y con el orden político vigente) que hunden sus raíces en la larga historia del partido político más antiguo del panorama político español.

Los inicios

El PSOE nació hace más de 140 años, el 2 de mayo de 1879. Un origen precoz en comparación con otros partidos de la Segunda Internacional. Pese a esta fecha simbólica, su consolidación como organización estable, con agrupaciones locales, dirección política y programa definido, no se produjo hasta la última década del siglo XIX. Y lo hizo gracias a dos herramientas muy características del movimiento obrero de la época: su periódico El Socialista (semanario desde 1886, diario a partir de 1912) y, sobre todo, su brazo sindical: la Unión General de Trabajadores (UGT), fundada en 1888.

Aquí es especialmente importante detenernos un instante para recordar una doble realidad que marcará la historia del movimiento socialista español durante los siguientes cuarenta años. Funcionó como un todo orgánico desde arriba (la dirección de partido, sindicato y periódico, así como su línea política compartida, solía ser en términos generales la misma) pero se desplegó de manera diferente hacia abajo: mientras el PSOE nunca dejó de ser un partido de cuadros, fundamentalmente nutrido por sólidas agrupaciones locales en las principales ciudades, la UGT acabó convirtiéndose –no sin dificultades y tras un largo periodo de experiencias concretas de acción colectiva– en una organización de masas. Valga un ejemplo: a partir de la segunda década del siglo XX podía ser habitual que en cualquier pequeña agrociudad de provincias hubiese una organización sindical ugetista de más de un millar de afiliados y una agrupación del partido con apenas unas decenas de militantes. Pero para todo el mundo estaba claro quiénes eran todos: «los socialistas».

La fuerte identidad de grupo fue un rasgo muy marcado desde el principio. Sus razones las podemos encontrar tanto en la razón última de su nacimiento (la minoritaria escisión marxista del primer internacionalismo obrero español, que era mayoritariamente de simpatías libertarias), como en el auge de la Internacional Socialista en otros países europeos (particularmente en Alemania), además de en la imperiosa necesidad de diferenciarse de otros duros competidores por las simpatías de las clases subalternas, bien anarquistas o bien republicanos. Pablo Iglesias Posse (1850-1925) fue el líder indiscutible del socialismo español desde los inicios hasta su fallecimiento e imprimió su influencia en estos rasgos, así como en los que comentaremos a continuación, forjando una cultura política conocida como «pablismo», de importantes consecuencias para el objeto que nos ocupa.

El socialismo español no destacó por sus aportaciones teóricas a la ideología marxista. Las transferencias culturales vinieron fundamentalmente de Francia, en el plano teórico (muy influidas por el conocido como «guesdismo» francés, un marxismo muy economicista y rígido), y de Alemania, en el terreno del ejemplo práctico (por sus continuos éxitos organizativos y electorales, además de la autoridad ideológica de Karl Kautsky). Sin embargo, el propio hecho de que hubiese una transmisión directa de los mismos contenidos políticos que difundían los socialistas de otros países matiza las peculiaridades toscas que se le han querido otorgar al marxismo español.

Al mismo tiempo, y personificado en la trayectoria vital de Pablo Iglesias, los socialistas españoles difundieron un determinado perfil militante y educaron en él a generaciones de activistas. Se trataba del modelo de «obrero consciente», perfecto conocedor de su oficio, orgulloso de su condición proletaria, recto en sus costumbres para la moral patriarcal de la época, ávido de lecturas, honesto a prueba de bombas, entregado por entero a la causa, alejado de los vicios de la taberna y el juego. Esta etiqueta de honradez estuvo siempre presente entre las bazas favorables al crecimiento del movimiento.

Junto a ella, destacó un aspecto espacial y temporal que jugó un rol determinante. Los socialistas fueron capaces de construir pacientemente una red de espacios de sociabilidad comunitaria muy bien arraigados en lo local y vinculados a experiencias concretas de movilización y consecución de reivindicaciones parciales. Una de sus tareas centrales fue la edificación de las Casas del Pueblo, sedes políticas y sindicales, centros de instrucción primaria y encuentro social, germen de cooperativas y mutualidades.

En el plano temporal, era la primera vez en la historia contemporánea que se efectuaba la prueba de ensayo-error sobre la eficacia del modelo sindical socialista. Sustentado en cajas de resistencia y estrictas normas para convocar huelgas, se fueron acumulando casos de miles de trabajadores que por fin lograban subidas salariales, reducciones de jornada, mejores condiciones de trabajo e incluso acceso a seguros sociales. Al mismo tiempo, una vocación municipalista temprana fue llevando a algunos socialistas a los ayuntamientos, que de instituciones corruptas por antonomasia se convertían en instrumentos de redistribución de recursos.

Todo ello en un contexto cultural donde la idea socialista parecía que iba con el signo de los tiempos. En suma, una idea combinada de seguridad y eficacia, materializada en experiencias compartidas, que se añadía al marchamo de honradez anteriormente explicado.  

Las virtudes mencionadas no eran exclusivas de los socialistas, ni mucho menos, pero en muchas zonas del país, PSOE y UGT fueron la única fuerza obrerista asociada a ellas durante cerca de cuarenta años (en algunas incluso «toda la vida»). Con la excepción de territorios como Cataluña, Aragón, parte del País Valenciano, un enclave de Andalucía occidental y algunos núcleos más concretos, el obrerismo español fue mayoritariamente socialista. En una carrera sin precedentes, quien llegaba y ocupaba determinado espacio territorial-socioeconómico y hacía la primera experiencia exitosa, «se quedaba» con él. De una manera progresivamente creciente este fue el caso de la mayor parte de Andalucía, Extremadura, las áreas mineras e industriales del País Vasco y Asturias, la extensa Castilla, áreas muy relevantes del País Valenciano, Murcia y, con un peso sobredimensionado para los desarrollos políticos de un Estado muy centralista, Madrid. 

Los socialistas arraigaron en un país de desarrollo desigual y combinado, con pocos grandes núcleos industriales, un abigarrado mundo de  multitud de oficios urbanos y extensas zonas agrarias con un campesinado más plural de lo que se piensa, demostrando que la historia del movimiento obrero no es una sucesión mecánica y lineal entre la conformación de grandes masas de obreros industriales de fábrica, la inoculación de una conciencia política previamente diseñada y la construcción de grandes organizaciones de masas. Es algo un poco más complejo, entrecruzado de momentos, oportunidades, experiencias, aprendizajes y mentalidades. 

Partido marcadamente obrerista, el PSOE mantuvo una política de «independencia de clase» hasta que las tendencias reformistas del nuevo siglo se fueron abriendo paso, junto a los frenos a la integración política de nuevos sectores que imponía el régimen de la Restauración, empujando a los socialistas al pacto con los republicanos en la llamada Conjunción. Con esta fórmula electoral consiguieron llevar a Iglesias al Parlamento y atraer a figuras intelectuales que le otorgaron influencia y prestigio, como Julián Besteiro, sucesor del fundador en el partido y el sindicato. 

A partir de 1917, el régimen entró en crisis y el movimiento obrero alcanzó lo que algunos historiadores han denominado su «mayoría de edad», protagonizando un crecimiento exponencial, la huelga general revolucionaria de 1917 y el «Trienio Bolchevique» (1918-1920). Un rasgo también característico del socialismo español que vemos en esta época es la bifurcación entre retórica revolucionaria y práctica reformista. Otro, su capacidad de aprovechamiento de los marcos de oportunidades políticas para crecer sobre nuevas bases. 

En este sentido, es remarcable cómo combinó la idea etapista de cuño socialdemócrata sobre la necesidad de establecer un capitalismo desarrollado y democrático como antesala del socialismo (concretado en España en la sustitución de la decrépita monarquía caciquil por una moderna república liberal) con una vocación intervencionista en todos aquellos ámbitos donde se pudiera decidir la suerte de su base social. Así, encontraremos a los socialistas en las instituciones de reforma y seguros sociales, en los tribunales paritarios, en los nuevos organismos internacionales del orden de posguerra o en los ya mencionados ayuntamientos y parlamentos. Incluido el periodo de dictadura militar, que puso fin al régimen de la Restauración en 1923, durante el que mantuvieron viva la organización poniéndose de perfil ante el nuevo orden de cosas. De igual manera, el PSOE cultivó entre su gente la idea de «partido-madre» (con las implicaciones de vinculación emocional materno-filial que conlleva) y de organización construida con mucha paciencia y esfuerzos que había que preservar por encima de todo. 

Pese a que la notoria influencia de los efectos de la Revolución rusa también llegó a España, la escisión tercerista fue limitada y torpe: se hizo en dos tiempos, con grandes dosis de sectarismo y cuando la ola de la movilización obrera se estaba viniendo abajo. La concepción dirigista, sagrada y sobredimensionada del partido como instrumento de la transformación social también explicaría la poca entidad de la escisión comunista y mostraría las enormes limitaciones de los socialistas al abrirse el periodo revolucionario en los años 30. Fueron muy reacios a promover fórmulas de dirección revolucionaria más allá del partido (como las Alianzas Obreras en 1934) y a tejer una política de alianzas estable con la otra gran central sindical (la anarcosindicalista CNT), retroalimentada por el recelo de esta contra «los marxistas» involucrados hasta poco antes en la República burguesa. 

Guerra y dictadura

Toda la experiencia acumulada en las décadas anteriores eclosionó al concretarse el marco de oportunidades abierto por la Segunda República a partir de 1931. Los socialistas multiplicaron su presencia municipal y comunitaria, fueron la minoría parlamentaria más numerosa y contemplaron como una avalancha de afiliaciones masivas inundaba sus agrupaciones y, sobre todo, el sindicato. La capilaridad geográfica que incorporó esta oleada, particularmente interesante en el caso de la agricultura (medio millón de jornaleros y campesinos en la sindical socialista del campo, la FNTT, supusieron la mitad de todos los efectivos de una UGT que acabó contando por millones sus miembros) se sumó al nuevo marco de relaciones laborales impulsado por Francisco Largo Caballero (secretario general del sindicato) como ministro de Trabajo.

Los socialistas protagonizaron así tanto las conquistas sociales y políticas del momento como acompañaron el proceso de decepción y radicalización de sus bases –especialmente las agrarias–, ante el contraste entre las ilusiones depositadas en la República y los percibidos como incumplimientos de esta. Aunque su acercamiento a posiciones revolucionarias les costó una aguda división interna que rozó la escisión, la cooptación de las Juventudes Socialistas por parte del PCE y duros embates represivos, en los albores de la Guerra Civil eran, junto a la CNT, la fuerza determinante, a través de la UGT, para encuadrar a la clase que detuvo el golpe de Estado, lo combatió con una de las revoluciones sociales más ricas y originales del siglo XX y sostuvo la lucha armada contra los sublevados durante tres años. 

Los socialistas españoles salieron divididos del gran trauma colectivo que supuso la guerra para millones de personas. Durante el conflicto, su ala izquierda (liderada por Largo Caballero) no llevó la revolución hasta el final y fue víctima del lado contrarrevolucionario del antifascismo frentepopulista, mientras su ala derecha (con agrupamientos a su vez diferentes en torno a Indalecio Prieto, Julián Besteiro y Juan Negrín) colaboró en esta línea con el PCE hasta verse sobrepasado o cortocircuitado por este. 

Como el resto de fuerzas derrotadas, salió exterminado, atemorizado, controlado y expatriado, con sus mejores militantes y cuadros, que atesoraban la experiencia de décadas, en cunetas, presidios, campos de concentración y exilios (francés, africano o mexicano). A diferencia de los estalinistas, no contaba con ningún Estado-superpotencia que les respaldase estratégica y económicamente. Sucesivas direcciones clandestinas del interior fueron cayendo una tras otra en manos de la nueva dictadura. 

Pero se mantuvo un hilo de continuidad, una casi imperceptible y susurrada trasmisión de memorial oral y familiar compartida por mucha gente («los socialistas») durante la larga noche del franquismo. La apertura de oportunidades ofrecida por el fin de la dictadura a la muerte de Franco en 1975 encontró al PSOE como partido francamente minoritario en los ambientes de la oposición y a una UGT paralizada al no aceptar las nuevas formas organizativas de un rejuvenecido movimiento obrero expresadas a través de las Comisiones Obreras.

En condiciones de clandestinidad y creciente radicalización y sin definir el futuro posterior a la dictadura, el peso del movimiento obrero en las empresas y el tejido asociativo en universidades o barrios era mayor que el que le reservaba, paradójicamente, el modelo de régimen que defendía el partido que más se beneficiaba de esos factores, el PCE. Es decir, si se transitaba hacia una democracia liberal de corte occidental en el contexto de los años 70, el peso de los desarrollos políticos pasaría de la calle a las instituciones estatales, de las huelgas a las elecciones. En los ámbitos ligados a esta otra gran tradición de la izquierda española se ha difundido recurrentemente la idea del PSOE como un partido refundado de la «nada» gracias a la financiación de la socialdemocracia alemana y la intervención de la CIA en la Transición española, en una explicación conspirativa de la historia que, aunque utilizando elementos reales como los citados, soslaya otros factores esenciales para esconder sus propias carencias. 

El PSOE renovó su dirección con una generación no asociada al trauma colectivo de la guerra mientras lo hacía compatible con la pervivencia del factor memorial-familiar de sucesivas generaciones. El PSOE presentó un programa de nuevo trufado de cierto radicalismo verbal (a la izquierda del PCE) pero sin las taras de un modelo de «socialismo real» antidemocrático asociado a la experiencia soviética que, pese a las distancias eurocomunistas, seguiría (y sigue) asociado por su potencia histórica a los de la hoz y el martillo. 

Tras cuarenta años de dictadura, las ideas de «democracia» y «libertad» eran muy poderosas. Millones de trabajadores españoles habían emigrado durante los años anteriores a Alemania, Francia, Bélgica y Suiza, conociendo las atracciones del modelo de pacto de rentas nacido de la posguerra en Europa occidental. El PSOE mantuvo hasta su crucial Congreso de 1979 su tradicional retórica marxista y republicana, haciéndola compatible con la idea de incorporar el país a la Europa democrática y del «bienestar», evitando así la latente amenaza militar contra los cambios. El PCE lo hizo todo al revés: su memoria era más conflictiva y reducida y su moderación excesiva para unos e interesadamente camuflada para otros. Su objetivo de ser el PCI español era sólo un sueño en la cabeza de unos pésimos estrategas. Así, en las primeras elecciones no debe sorprender tanto que los primeros sumaran un tercio de los votos y los segundos menos del diez por ciento.

«El partido que más se parece a España»

Con esta nueva relación de fuerzas se edificó el nuevo régimen político consagrado por la Constitución de 1978. España se convirtió en una democracia burguesa dominada por las renovadas élites franquistas, con sus aparatos estatales intactos y la monarquía a la cabeza. A partir de entonces se hizo difícil cruzar un pueblo de España que no tuviera un concejal del PSOE y este conectó con la población, tanto con la mayoría de la clase trabajadora, deseosa de cotas de bienestar homologables a las europeas, como con unas clases medias surgidas de los cambios sociológicos operados por el franquismo, hambrientas de nuevas redes de poder e influencia. Lo logró a través de dos ideas-fuerza con bases materiales tangibles que explicarían tanto sus éxitos, como sus políticas y la propia consolidación del régimen: «modernización» y «Europa». 

En 1982 arrolló en las elecciones con una mayoría absoluta histórica y encumbró a Felipe González a la presidencia, de la que no salió hasta 1996. El PSOE fue, al mismo tiempo, el contradictorio constructor de lo que en España se conoce como «Estado del Bienestar» (algo bastante frágil en comparación con los países más desarrollados de Europa, pero inédito en España) y del incipiente paradigma neoliberal. 

Impactando en la vida cotidiana de millones de personas, el PSOE abrió colegios y cerró fábricas, inauguró hospitales y privatizó empresas públicas, extendió pensiones y endureció las condiciones de acceso a las mismas, precarizó el mercado laboral e incluyó en él a nuevas hornadas de profesionales, se asoció a nuevas libertades democráticas y amparó el terrorismo de Estado, fomentó la descentralización autonómica y reprimió con dureza las tendencias soberanistas de las naciones sin Estado, impulsó guerras culturales progresistas y apoyó sin titubeos los grandes consensos imperialistas internacionales. No por casualidad hizo bandera de ser «el partido que más se parece a España».

La solidez de sus apoyos sociales en el terreno electoral se pudo comprobar en 1996, cuando tras el enorme desgaste de la época de González (que se enfrentó a una parte relevante de su propia base en el terreno laboral y económico, comenzando por la misma UGT), este perdió por la mínima las elecciones. Y del mismo modo en 2004, cuando José Luis Rodríguez Zapatero accedió al poder concentrando el voto de castigo contra la Guerra de Iraq y la reacción del Gobierno de Aznar ante los atentados del 11-M. 

Pero durante los gobiernos de Zapatero (2004-2011) asistimos a un cambio histórico interesante: a diferencia de los años 80, la socialdemocracia mutada en social-liberalismo ya no asentó su política sobre bases materiales redistributivas, coincidiendo con un creciente desprestigio de las instituciones «democráticas», desde la Corona a la política oficial, pasando por el orden autonómico territorial. El régimen entró en una crisis de la que todavía no ha salido del todo –especialmente en lo relativo a la cuestión nacional– y que el PSOE evitase la «pasokización» no significa que haya pasado a una fase donde pueda volver a sus mejores momentos de finales del siglo XX. El capitalismo del nuevo siglo no da para tanto.

La Gran Recesión de la última década, como decíamos al principio, le puso a prueba. Pese a conservar (y recuperar) una enorme base social, una nueva generación parece haber roto amarras con una vinculación que hunde sus raíces en épocas donde las mediaciones políticas se contaban con algo más que el voto y la televisión: con comunidades vertebradas, sindicatos combativos, prensa de clase, sentido de época, horizonte anticapitalista e incluso armas en las manos. Aun así, los factores señalados, que podríamos resumir en la triada memoria-desmemoria, arraigo-continuidad y cooptación-integración, siguen alimentando una poderosa maquinaria que, avanzado el siglo XXI, continúa como pilar maestro del sistema político español.

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