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Zavaleta Mercado y el marxismo latinoamericano

La originalidad de los escritos de Zavaleta descansa en la reinvención de las categorías marxistas para aplicarlas a formaciones sociales distintas a las de los Estados capitalistas centrales

El siguiente texto es la presentación del libro Horizontes de visibilidad, una compilación de los trabajos más importantes del sociólogo boliviano René Zavaleta Mercado, recientemente editado por Traficantes de Sueños y Sylone/Viento Sur

 

Las cosas, empero, no deberían suceder en balde.

René Zavaleta Mercado

René Zavaleta Mercado nace en Oruro, Bolivia, en 1935 y muere en 1984 en la ciudad de México de una enfermedad fulminante. Se puede afirmar que tuvo una vida breve, aunque siempre estuvo llena de trajines geográficos, ya sea, por asuntos familiares y estudios, labores diplomáticas y políticos, y, al final, de exilios políticos. Asimismo, aquella vida breve siempre estaría poblada por un continuo e intenso trabajo con la escritura; iniciando sus estudios universitarios comenzó su vida laboral con trabajos periodísticos, que nunca abandonó posteriormente; según sus estancias laborales y académicas, publicará una infinidad de artículos, ensayos y libros. 

Recientemente, casi treinta años después de su muerte, se empezaron a reunir y publicar sus escritos completos en cuatro grandes volúmenes, con una edición meticulosa y crítica que posibilitan finalmente poder acceder al conjunto de sus trabajo, ya que todos ellos estaban dispersos en diferentes publicaciones y además en distintos países. Un primer efecto para el lector de estos tomos, al querer intentar una lectura continua, es tener que estar continuamente brincando entre formatos, tiempos y condiciones de escritura de muy distinta índole. Lo cual justamente hace explícito su fuerte carácter de intervención estratégica y laboratorio de pensamiento que hay en su modo de escritura. Por supuesto, también se pueden encontrar ciertas continuidades temáticas y históricas en ese amplio despliegue, aunque, conviene recalcar, que lo más vital y actual de sus escritos, está en su capacidad de replanteamiento y reelaboración de los temas y las cuestiones en debate. Por ello, ensayar una lectura crítica es atravesar las pistas de aquellos saltos y discontinuidades, las cuales nos pueden ayudar a dar pautas e índices de sus enormes potencialidades teóricas y conceptuales, con que se pretende estar interviniendo en las diferentes coyunturas y escenas institucionales. 

Su libro, quizás más importante, que se publico póstumamente y dejo inconcluso, ya que durante su escritura y revisiones se encontró con aquella fatal dolencia, está titulado Lo nacional popular en Bolivia. Fue publicado en México en 1986 y, de alguna manera, ha terminado sellando en el fulgor de las palabras finales y las incógnitas del último escrito interrumpido. A partir de esta figura de testamento y legado, pero también de un texto interrumpido o incompleto, ha sido y es aún el mayor motivo de trabajo de las distintas estrategias interpretativas que han surgido a partir de su publicación. Nuestro énfasis estará sobretodo en la reconstrucción y fundamentación de un itinerario intelectual y político que pueda renovar el pensamiento marxista latinoamericano y hacer dialogar con las tradiciones del pensamiento crítico.

La publicación de sus escritos, en el contexto de la irrupción de las luchas y victorias de los movimientos sociales e indígenas a partir del año 2000 en Bolivia, posibilitó visibilizar una renovada vitalidad en los debates políticos del país. Por ello, se puede afirmar que el nombre de Zavaleta Mercado y algunas de sus formulaciones conceptuales —como sociedad abigarrada, paradoja señorial y plebe en acción—, han sido no solamente recogidas y difundidas ampliamente, sino que han servido para nombrar aquellos trastornos coloniales y posmodernos de nuestras sociedades latinoamericanas. Pero también, al mismo tiempo, su uso ha tendido a clausurar y borrar cualquier otro atisbo de problematización o politización en el debate de la actualidad.

Presentar los escritos de René Zavaleta Mercado de sus últimos años, que corresponden a su estadía mexicana de 1973 a 1984, permite un acercamiento al periodo más intenso e interesante o, al menos, para el lector actual, de aquel laboratorio conceptual y de capacidad estratégica de intervención. Es decir, se reúnen escritos distintos que posibilitan recorrer las diferentes consideraciones y derivas en torno al debate político sobre Estado, sociedad y nación de los años setenta. Así mismo, también se puede apreciar la amplitud y extensión que estos debates adquirían por la urgencia en aquellos tiempos de exilio latinoamericano y sus posibles modos de intervención. Efectivamente, la década de 1970 es un tiempo de urgencias sobre las transiciones democráticas y las acciones radicales clandestinas a causa de las dictaduras militares, de la represión y los exilios. Y esto sirven para entender los cambios que se estaban dando y que hoy en día podemos nombrar como los inicios del neoliberalismo, pero que en aquel tiempo se vivían como un nuevo ciclo de autoritarismo militar y conservadurismo. Por ello, el debate sobre la crisis política, económica y estatal genera un amplísimo espectro de posicionamientos.

En consecuencia, la lectura de los años setenta y el posterior desemboque de los ochenta, con las aperturas democráticas, no puede tener aquel sentido de una continuidad de los ciclos, que se ajustan y turnan por las propias inercias de las deficiencias institucionales y culturales. O, que serían finalmente solamente ciclos estatales, que oscilarían entre el militarismo y el populismo, por las propias carencias o deficiencias de la propia debilidad estatal de los países dependientes y periféricos, en contraste con los países desarrollados y metropolitanos. Pretendiendo de este modo establecer una lectura que privilegia el destino manifiesto del implacable desarrollo capitalista, con todos aquellos entuertos domésticos y sus extravagancias de un mundo finalmente subdesarrollado. Además, de esta manera, consagrando una vez más la versión de la historia de los vencedores.

A contracorriente, en México en los años setenta, algunos exiliados se encontraron y empezaron a nombrarse como latinoamericanos, o al menos empezaran a interrogar aquellos signos de identidad que los estaría conformando, despertando la necesidad de debatir en términos geopolíticos e históricos las contingencias que derivaron en ese inmenso mosaico de particularidades culturales y nacionales. Para ello, requerían empezar a construir un pensamiento y acción política de modo común y, de este modo, poder tratar y problematizar cada una de las particularidades y singularidades que los configuraban, generando de esta manera un horizonte nuevo y común que denominaron Latinoamérica. A partir de lo cual, se volcaron a la búsqueda de la realidad nacional, a repensar los marcos históricos y cognitivos de la denominada propia realidad, a pensar lo nacional. Será el exilio en México durante esa década, lo que dará la oportunidad del encuentro y el debate de las inquietudes y memorias de las luchas y combates que determinó su destierro y, así mismo, la urgencia de replantear un nuevo presente con porvenir en el continente sudamericano.

En ese marco, leer hoy en día a Zavaleta Mercado puede tener algo como aquella experiencia de lo lejano y lo cercano de una manera simultánea y que nos produce la sensación de inactualidad, no de lo que está escrito sino de aquel que lee. Es como, si los espectros y fantasmas que poblaban al autor aún permanecieran y, al leerlo, ahora nos acechan con la misma intensidad y tenacidad. Como si el tiempo se repitiera o no hubiera cambiado, por más que pensemos que han sido tiempos ya pasados, que se fueron, perdieron u olvidaron. O como si nuestras más íntimas imágenes de los años setenta, son ahora solamente algunas escenas literarias o cinematográficas familiares, donde pretenderíamos haber terminado desterrando lo que ya no somos, y tal vez nunca fuimos. 

Aquella sensación de inactualidad, produce efectos a la vez de distantes y extrañezas fascinantes, como aquellas fotografías analógicas que ahora procesadas circulan velozmente y son susceptibles a múltiples mutaciones y manipulaciones como imágenes digitales en internet. Las imágenes utilizadas en este soporte dan el efecto de detener o suprimir el orden del tiempo, como si el correr del tiempo fuese innecesario para su presencia o solamente un añadido más. Por ello, tendemos a expresar la inactualidad en imágenes, que han borrado su temporalidad o detenido el tiempo, produciéndonos el efecto de no pertenencia, no lugar. Pero persistente, acechan, interpelan. Son también, por ello, llamados de un posible otro tiempo, otro lugar y otra memoria. Llamados de urgencia para reiniciar y recomenzar en el tiempo, con sus tramas temporales y densidades. 

El exilio mexicano

La llegada a la ciudad de México de Zavaleta Mercado en 1973 es cercana a la publicación de su libro en la editorial Siglo XXI, El poder dual. Problemas de la teoría del Estado en América Latina, y será prontamente acogido en la UNAM y al poco tiempo invitado a dirigir la FLACSO en la nueva sede de esta ciudad. De alguna manera, en su condición de exiliado político, Zavaleta puede articularse en aquel nuevo ámbito académico, editorial y cultural del exilio latinoamericano de aquellos años, que se venía desarrollando con el decisivo apoyo gubernamental mexicano, queriendo dar continuidad a aquellas iniciativas de apertura y fortalecimiento institucional, como aconteció en un pasado reciente con el exilio español. Aunque eran nuevos tiempos dificultosos en México, después de los sucesos del 68 y la masacre de los estudiantes en Tlatelolco, el nuevo sexenio político mexicano de Echeverría busca un relanzamiento protagónico y progresista en la región sudamericana. Por ejemplo, las relaciones con Cuba serán continuas y en un tono incondicional, como también su rol de mediador con los distintos conflictos armados en Centroamérica y las firmes condenas a las dictaduras militares existentes en el Cono Sur.

Para un exiliado latinoamericano de aquellos años con una formación académica o cultural y artística, ya sea de Chile, Uruguay, Argentina, Brasil, Ecuador, Colombia, Perú y Bolivia será México la mejor opción y la más viable por lo lingüístico, aunque siempre con la sensación de transitoria. Ya que la idea predominante es que ser exiliado es temporal, mientras no se pueda modificar el estado de cosas en su país, entonces está de paso, es solamente un transcurso, como describían: un estar «entre». Esta situación casi pasajera o de intervalo, que puede durar indefinidamente o el tiempo de vida de estas personas, como fue el caso del exilio español, también puede darles o dotarles de una situación y aptitud inédita de experiencias y aprendizajes. Y, de alguna manera, también sirve o posibilita un descentramiento y desconocimiento de los hábitos y verdades con los que nos constituimos en identidades personales, culturales y políticas.

En una entrevista a José Aricó, exiliado argentino, declarará contundentemente: «¿Qué es lo que se produjo en México? En esencia, un cambio del punto de observación, desde el sitio que se pensaba. Y esto tiene relevancia porque nunca, cuando se piensa, se incorporan en ese pensar las coordenadas del lugar en que, y desde el cual, se piensa. Pero lo que es habitualmente un hecho de conciencia se convierte, podríamos decir, en un hecho de existencia, cuando el desplazamiento se produce». De alguna manera, será la condición del exilio la que posibilita percibir aquel cambio o desplazamiento de mirada o perspectiva, de los vocabularios políticos y marcos teóricos, del cuerpo y sus afectos que los nutre, los trabajos necesarios y las solidaridades urgentes. Con lo que se van generando conexiones y redes, debates y proyectos, comunidades de afecto y solidaridad personal. El exilio latinoamericano en México tenía esas particularidades, en la Facultad de Ciencias Políticas y en la Facultad de Filosofía y Letras en la UNAM daban clases, a la vez se crearon nuevas instituciones académicas de investigación social como FLACSO, o el Instituto del Tercer Mundo, por ejemplo. Pero también surgieron una multiplicidad de iniciativas editoriales de distinta capacidad como FCE, Siglo XXI, Era, Nueva Imagen, Caballito y muchas otras. Y, por supuesto, una infinidad de revistas y publicaciones periódicas que en ese tiempo jugaban un papel estratégico en la difusión y debate de libros e ideas. 

En un sugerente ensayo de Veronica Gago, Controversia: La lengua del exilio, apunta: «El exilio como modalidad de experiencia política está presente en los orígenes mismos del marxismo latinoamericano. Oscar Terán en el primer número de Controversia traza la línea de filiación de Mariátegui en Europa al exilio mexicano de Aníbal Ponce. Y describe ambas circunstancias como momentos paradojales, en los cuales desde afuera se descubre un adentro. El exilio como momento de inteligibilidad casi privilegiado: una distancia que permite ver lo que inmerso en la dinámica de los hechos del propio lugar se desdibuja». Es interesante notar está filiación tan central entre exilio y marxismo latinoamericano o, al menos, al establecerse entre algunas figuras más decisivas, y que podríamos aún añadir, sin desdibujar aquel panteón, el caso de los argentinos mencionados o el de Zavaleta Mercado. Donde quizás está el meollo de esta filiación es en torno a la idea de Latinoamérica, aquella dificultosa y aun difícil entidad que las agrupa y aún las nombra desde una denominación lingüística, que no es el caso, pensemos por ejemplo en Brasil o el Caribe, pero más aún de aquellas presencias cada vez más predominantes de afroamericanos. No solamente se daría una continua invención de lo latinoamericano o de un pretender descubrirlo, recreando una y otra vez, siempre con la urgencia de desmontar y desvelar los filones de los estratos con que se compondría históricamente aquel denso y arrumbado mundo subalterno del sur del continente.

La publicación de su libro El poder dual en la editorial Siglo XXI, que operaba como el núcleo del pensamiento político y filosófico de actualidad en lengua castellana, nos da la pauta de la relación con aquellos otros grupos activos de producción intelectual en México, especialmente en torno a quienes se denominó «los gramscianos argentinos». El libro se escribió entre sus estadías en Santiago, Oxford y México, con el objeto de realizar un análisis en torno a la cuestión estatal a partir de los procesos revolucionarios en la Asamblea Popular en Bolivia en 1970 y el gobierno socialista de Allende en Chile en 1973. Escribirá en tono contundente en el prólogo: 

Esta es la razón por la que se engañan de tan grave manera quienes suponen que el cotejo de las situaciones estatales, con su amplísimo juego de matices y de movimiento o proceso es un estudio que solo sirve a los estudiosos, como si estos no fueran más que coleccionistas de la historia. Es al revés. Lo que las cosas han sido queda para siempre, en un sentido o el otro, en el modo de ser de las clases. Los que no averigüen en qué consistieron aquellas situaciones tampoco sabrán por tanto en qué consisten las clases en su actualidad. Quizá lo más característico de una clase con voluntad de poder sea, en consecuencia, la preocupación por los temas estatales. No es una exageración escribir que la difusión de las discusiones estatales es una verdadera medida del grado de proximidad de una clase con relación al poder.

En el exilio mexicano prontamente se articulará un ensamblaje particular entre actividad académica, producción editorial y activismo político latinoamericano con una solidez y proyección que no existía en ninguno de sus países, y que quizás solamente en aquel contingente o azaroso encuentro de distintos exilios podía potenciar semejante conjunción y debate. No es el único grupo o ensamblaje de exiliados, habrá muchos y muy diversos, con los cuales se establecen articulaciones o también desencuentros, produciendo profundos desplazamientos de perspectivas, valorizaciones y proyectos. Pero la vitalidad de aquella situación es proporcional con la propia soledad de la condición de exiliado, por lo tanto, el anhelo de acción en su tierra, en su deseado regreso. Consecuentemente, se empieza a percibir una mutación en el campo y en la figura del intelectual, los pasos de una necesaria reconsideración de su rol en la acción y organización política, cuestiones por las que una lectura latinoamericana de Gramsci será decisiva y clave para mantener su filiación marxista, y además para poder entablar la conversación con las nuevas corrientes del pensamiento radical y crítico. 

El marxismo latinoamericano

No se habla propiamente de un marxismo latinoamericano hasta esas fechas, era en todo caso un marxismo internacionalista en clave nacional, ya sea mexicana, argentina, chilena. Tomará el nombre de marxismo latinoamericano por la fuerza de los acontecimientos que empezaban a descentrar las claves nacionales del canon rector político, primeramente con la revolución cubana y su apoyo inicial decisivo de los sectores populares en toda la región, y después la victoria y caída del gobierno socialista de Salvador Allende en Chile, y posteriormente el triunfo de los sandinistas en Nicaragua. Estos tres acontecimientos en la región tendrán una repercusión decisiva para empezar a tratar de repensar e iniciar la reelaboración de qué puede constituir a una región o bloque geopolítico como escenario de luchas y procesos inéditos de insurrección y autodeterminación. Además, en los mismos años encontrarán vigorosos signos novedosos de una insistente afirmación cultural, por ejemplo, los despliegues de la nueva novela y en el cine, con los que se entablarán encuentros dificultosos y algunas veces sorprendentes resultados. 

Para pensar de este modo, la tarea que se impondrán será una búsqueda en la historia, un no solamente mirar el pasado sino desescombrar y reconstruir el sentido del pasado, el por qué y el cómo de lo que nos contamos y también a quiénes contamos. Efectivamente, después de estos acontecimientos y de una infinidad de otras experiencias revolucionarias que fueron derrotadas en la región, se hace necesario no solamente revisar lo que sucede y sucedió, sino también replantear las categorías y marcos conceptuales con que los elaboramos y consideramos. Señala, algunos años después, José Aricó en La cola del diablo, en su libro subtitulado, El itinerario de Gramsci en América Latina:

Yo solo quiero plantearlas y adelantar ahora una advertencia que tal vez resulte obvia, una advertencia que los latinoamericanos muchas veces olvidamos y los europeos no siempre recuerdan. Que cuando hablamos de América Latina evocamos una realidad reconstruida que no es tal, que en los hechos es un «agujero negro», un problema abierto, una construcción inacabada, o como señalara Mariátegui para su nación, pero que es extensible al continente: un proyecto a realizar. Y en tanto tal, incluye y uniforma conceptualmente diversidades profundas y experiencias disimiles, heterogeneidades estructurales y económicas vastísimas, pluralidades étnicas extendidas, poderes regionales y extranacionales que erosionan un Estado nacional que nunca acaba de constituirse como tal. Como proyecto incumplido está siempre instalado en nuestro horizonte y nos obliga a preguntarnos por nuestro destino, por lo que somos o queremos ser.

Si hasta ahora es un proyecto incumplido y a realizarse, también se hace necesario una indagación sobre cómo se piensan, hacen memoria y se escriben aquellos procesos históricos que marcaron el destino de este continente. Un segundo componente, la urgencia de replantear el trabajo intelectual y cultural en función al horizonte y destino de la emancipación y autoderminación en el continente, para ello, nuevamente jugará un rol estratégico las lecturas e incorporaciones del pensamiento de Gramsci. José Aricó, apunta nuevamente: 

Pero más allá de la naturaleza especifica de su pensamiento y de la legitimidad de las extravagantes operaciones sincréticas, Gramsci era el primer marxista que desde la política y la reflexión política arrecia hablar para nosotros, intelectuales. En realidad, era uno de los nuestros; de alguna modo expresaba lo que nosotros hubiéramos querido ser sin haberlo logrado nunca: hombres políticos capaces de retener la densidad cultural de los hechos del mundo, intelectuales cuyo saber se despliega y se realiza en el proceso mismo del transformar.

Aquella urgencia de nuevas coordenadas para el trabajo intelectual y cultural estará incentivada fuertemente en el pensamiento fragmentario de Gramsci y su particular vocabulario político de los Cuadernos de la cárcel, que tiende siempre para el lector a una exhaustiva exégesis e interminable sistematización. Pero también porque se encuentra un denso filón de trabajo de la reconstrucción para la teoría, la historia y la acción desde la experiencia de la derrota política y la propia experiencia de un pensador en el encierro. Y, será a través de él que también se pueda rescatar, a lo que denominaron, el primer marxista latinoamericano, a José Mariátegui.

Su libro Siete ensayos interpretación sobre la realidad peruana y su trabajo en la revista Amauta será parte de la otra coordenada necesaria para orientar el horizonte de trabajo y transformación que se establezcan. En algún momento dirán, que lo que estaban buscando finalmente era la realidad, y es solamente con Mariátegui que pueden centrar esta búsqueda:

Y esto que parece obvio, o quizás hasta banal, para nosotros marxistas argentinos y latinoamericanos representa sin embargo un grueso problema. Si el marxismo era una verdad universal, la realidad, el mundo concreto no podía ser sino un epifenómeno. Para pensar la realidad no era necesario desentrañar las complejidades históricas y genéticas de una formación social cuyo destino estaba ya fijado de antemano. Entre historiografía y política existía un hiato tan evidente que el debate sobre su relación se transformaba casi en un punto dirimente entre el nacionalismo burgués y la izquierda. El discurso que enfatizaba la realidad nacional pertenecía con exclusividad al populismo. Cuando a un peruano genial se le ocurrió escribir el primero y tal vez el único libro marxista en la región, lo llamó precisamente Siete ensayos de interpretación sobre la realidad nacional. Y fue esta idea de la existencia de una «realidad nacional» propia e irreductible la que motivó la crítica malevolente y burlona de la Conferencia de los partidos comunistas de 1929, porque en la opinión de los participantes de tal evento no existían realidades nacionales que diferenciaran cada proceso y tornaran específicas las diferentes propuestas de transformaciones.

Un tercer componente de estas nuevas coordenadas, será el lento y laborioso trabajo de armar una biblioteca del pensamiento socialista, a través de la publicación de más de un centenar de obras con traducciones cuidadas y anotadas, muchas entre ellas primeras ediciones en castellano. Además se incorporarán los escritos inéditos de Marx y Engels, que posibilitan dar a conocer problematizaciones y anotaciones que modifican las formas de leer y entender los procesos de construcción y elaboración del propio pensamiento marxista.

En su libro sobre los gramscianos argentinos, Rafael Burgos esbozará en torno a José Aricó el nuevo perfil del denominado marxismo latinoamericano:

Cuánto de Gramsci encontramos en el cuerpo y entrelíneas de este texto de Aricó; o en insistir en cómo se justifica claramente esa caracterización de Mariátegui como «primer marxista de América» (y tal vez el único, ya que Aricó no parece encontrarle sucesores) en el contraste entre su fundamentación de la construcción del «socialismo peruano» a partir de la «comunidad rural», fundamento del «comunismo incaico», y los textos de Marx reivindicando el papel de la comuna rural rusa. No obstante es necesario indicar, para finalizar esta sección, como la amalgama entre la reflectara de Gramsci en torno del fundamental concepto de «hegemonía», el descubrimiento del «socialismo indio» de Mariátegui y el descubrimiento de un Marx diverso de aquel establecido por la herencia «marxista», permite construir una visión radicalmente nueva y productiva de la realidad latinoamericana y de su transformación.

 

En 1987, José Aricó en su libro sobre el itinerario de Gramsci en America Latina, describirá está irradiación con cierto aire de homenaje póstumo al pensador boliviano:

Es cierto que para Gramsci está fascinación por una teoría o por un pensador, que despierta en nosotros no una curiosidad exterior sino un profundo interés, es producto hasta cierto punto de la juventud de quien los estudia. En mi caso diría que el conocimiento de sus escritos constituyó una revelación que se adueñó de toda mi personalidad y que desde ese momento nunca he dejado de ser «gramsciano» no obstante la profundidad de los cambios de mis opiniones respecto aun del propio Gramsci. Y esta circunstancia que debería ser asumida como un pecado de juventud, de ningún modo podría ser justificada como un límite de madurez. Pues vaya en mi disculpa la sabía frase de un amigo boliviano, frecuentador de Gramsci como el que más, y cuya muerte reciente aún nos sigue doliendo.

Me refiero a René Zavaleta Mercado, quien con su habitual causticidad gustaba recordarnos que la adolescencia «llega tarde en América Latina». Y esta es una frase que, más allá de la burla implícita en su letra, encierra un grano de verdad porque nos evoca la imposibilidad de agotar etapas, de consumar experiencias en sociedades donde los tiempos se encabalgan y, con ellos, nuestras propias vidas.

Esta particular trama temporal o densidad histórica es lo que se denominará como lo abigarrado, y que tendrá un uso estratégico para poder caracterizar la particularidad de las sociedades en Latinoamérica en su desarrollo histórico y las perplejidades que produce en su desenvolvimiento. Por ende, es necesario producir una capacidad pensar con un conocimiento local en el conocimiento universal, de una permanente traducción y adecuación entre estos ámbitos conceptuales y vivenciales.

 

Las sendas de lo nacional popular

En los manuscritos del libro publicado póstumamente como Lo nacional popular en Bolivia, llevaba el titulo de «Elementos para una historia de lo nacional popular en Bolivia». Por motivos editoriales seguramente eligieron un titulo más sintético, que finalmente posibilito una lectura de lo nacional popular como ya algo dado o, diría el autor, como «un dato verificable», contraviniendo a lo que era su principal propósito. Quizás, por ello mismo, desde su publicación, las controversias giraron en torno a qué se denomina como lo nacional popular y sus indefiniciones. Olvidando en su lectura aquellos elementos que en el título del manuscrito señalan que son para una historia de lo nacional popular, de aquello que había que visibilizar, conformar y producir. Evidenciando de esta manera, que el problema que produce la lectura es el modo de conocimiento y la función del trabajo intelectual.

 

Cuando José Aricó hace recuento del itinerario de Gramsci en América Latina, dice:

 

Se ha señalado y con razón que la categoría de nacional popular tiene un papel central en el pensamiento de Gramsci en la medida en que remite al problema general de las relaciones entre intelectuales y pueblo y de sus consecuencias en términos de la constitución de la nación y de la transformación socialista. Se relaciona con el examen que efectúa de la evolución histórica italiana y la ausencia de una profunda revolución popular capaz de superar, a través de la formación de una voluntad nacional, un distanciamiento secular entre élites y pueblo-nación.

 

La importancia de esta categoría, en la lectura latinoaméricana, estaría poniendo en juego una transformación o, al menos, un desplazamiento en el rol y la función de los intelectuales, de un llamado a un nacionalizarse en clave popular, a democratizarse en términos de saberes o a un proceso de descolonización, que no llegaron a pronunciar ni Aricó ni Zavaleta Mercado. Y quizás tampoco estarían en pleno desacuerdo, pero esta ya es una apuesta contemporánea de lectura, y que los propios acontecimientos en Sudamérica no dejan de pronunciarse. 

 

Regresando a Zavaleta Mercado, escribirá provocativamente en 1983:

 

Marx demostró que el mundo podía ser conocido dentro de ciertas condiciones y que el hombre podía apropiarse del mundo. Pero para hacerlo, se necesita reducir cada realidad a su significación material-racional y a su sentido histórico. Marx, con el fuego de su pensamiento poderoso, ha iluminado después de él todas las revoluciones. Pero el marxismo como tal no ha producido nunca una revolución. Ello ha ocurrido, en cambio, cuando el marxismo ha leído en la historia nacional la formación subterránea de la revolución.

 

Poniendo en su lugar a toda aquella apuesta vanguardista y radical, más aún a los propios militantes y cabecillas de los partidos autodenominados marxistas de su tiempo, que también es cierto que esas fechas vivían o, mejor dicho, sufrían de la «crisis del marxismo». Aquel paso serán los nuevos tiempos de la conversión a la socialdemocracia de izquierda y los avatares del ascenso del neoliberalismo. La opción de estos pensadores latinoamericanos fue apostar por ensayar la lucha al interior de sus partidos, para una transformación revolucionaría que incorporaría estratégicamente los elementos de la historia nacional popular.

 

Consecuentemente, aquellos acontecimientos latinoamericanos en los inicios del siglo XXI a través de los movimientos sociales e indígenas convulsionarán y trastocarán profundamente las estructuras institucionales y de autoridad con distinta intensidad y capacidad de formulación de propuestas alternativas, y constituyen otro inciso a debatir y evaluar a veinte años de aquellos sucesos. Pero, no casualmente, figuras como René Zavaleta Mercado resplandecieron con sus escritos que aún son nuestro bastón de ciego para poder avanzar en las ruinas del neoliberalismo con que tenemos que lidiar en nuestra fragmentada contemporaneidad.

 

La actualidad de la producción de categorías intermedias

La obra de Zavaleta Mercado tiene relevancia casi 36 años después de su muerte, porque se trata de un conjunto de proposiciones conceptuales que sirven para comprender la condición de la diversidad cultural y social en condiciones de constitución del colonialismo, hace siglos, y de su reproducción a través de las formas políticas modernas.

 

Su trabajo contiene una serie de propuestas teóricas y metodológicas, así como un conjunto de análisis históricos que son centrales para comprender un país: Bolivia. Pero cuando se necesita elaborar un conjunto de ideas conceptuales (una teoría), que se configura como una constelación que se retroalimenta y potencia y permite abordar una diversidad amplia de dimensiones en la realidad, necesita remontarse más allá de una historia local. Para explicar una especificidad, una historia nacional, Zavaleta Mercado recurrió a otras dimensiones. Por un lado, una teoría que dé cuenta de la configuración del mundo en tiempos modernos, las principales formas de articulación de los estados y las sociedades así como de sus historias, que en su etapa madura encontró en el marxismo, teoría que se dedicó a desarrollar, para dar cuenta del tipo de complejidad que implicaba la condición de la diversidad colonial. 

 

A su vez, para pensar y explicar Bolivia, Zavaleta también pensó América Latina. Esto implica que el dar cuenta de una historia nacional es algo que se alimenta del conocimiento de otras historias nacionales, que es lo que permite pensar algunas líneas causales estructurales, que se repiten a través de varias trayectorias históricas nacionales, por debajo y más allá de la especificidad de los eventos que hacen parte de cada historia local.

 

Su trabajo se dirigió principalmente a la comprensión y explicación de Bolivia, pero los elementos conceptuales que elaboró para dar cuenta de la historia, la política y la vida social en Bolivia, a la vez que se alimentan del conocimiento de otras historias nacionales latinoamericanas, también son útiles para pensar la historia de otros Estados nación, de otras sociedades en el continente. Se podría decir que pueden inspirar o ser útiles para pensar la diversidad social y política en otros lugares del mundo.

 

Durante la segunda parte de los años sesenta, Zavaleta Mercado maduró su primera obra importante que se publicó como El crecimiento de la idea nacional o El desarrollo de la conciencia nacional, en otras ediciones, y que sería como la fase madura de su tiempo intelectual y político nacionalista. En este trabajo uno encuentra la continuación y la síntesis madurada de la visión nacionalista que empezó a articularse en el trabajo de Carlos Montenegro, Nacionalismo y coloniaje, como también en la obra histórico-política crítica de Sergio Almaraz, El poder y la caída y Réquiem para una República. 

 

Se puede sentir o detectar que, en sus escritos de los años sesenta, Zavaleta Mercado conocía la literatura socialista y marxista, pero esta no era el soporte teórico central de sus opiniones. Tenía influencia, sobre todo, de la teoría de las clases sociales. Hacia inicios de la década de 1970 publica El poder dual. Cuestiones de la teoría del Estado en América Latina, que es el despliegue y articulación de dos componentes. Es una amplia y erudita discusión sobre la teoría del Estado en el seno de la teoría marxista y, en particular, de la teoría del poder dual, que se despliega en el periodo de la Revolución Rusa. Hay una reconstrucción de los argumentos de Trotsky y de Lenin y, luego, las discusiones que se desplegaron en la experiencia del gobierno de Allende y la constitución de la Asamblea Popular en 1970-1971 en Bolivia, coyunturas en las que se configuran gobiernos de izquierda. Hay una detallada discusión de todas las posiciones que se desplegaron tanto en Chile como en Bolivia y, a la vez, hay una discusión sobre la teoría del Estado en el seno de del marxismo y de las tradiciones socialistas en el continente.

 

Esto significa que en esta transición de una década a otra hay, también, un desplazamiento teórico que resulta en que desde El poder dual en adelante la obra de Zavaleta ha de tener como tronco, estructura o soporte conceptual de todas sus posteriores elaboraciones, a la teoría marxista. El poder dual está centrado en la teoría política, más adelante será la teoría del valor la que ocupe el lugar central, no tanto como objeto de la escritura sino como soporte de las explicaciones. El poder dual, más allá de la discusión y conocimiento de las experiencias chilena y boliviana, contiene una reflexión sobre la teoría política marxista, en particular sobre la idea de la autonomía relativa del Estado y de la política en general, que es un tema que se empezó a discutir fuertemente en este tiempo, sobretodo alentada por la obra de Nicos Poulantzas. En El poder dual, Zavaleta Mercado se plantea pensar la especificidad de la historia chilena y de la historia boliviana, que reconstruye junto a la discusión teórica, pero a la vez discute los márgenes de validez de las teorías generales. La idea de dar cuenta de las historias nacionales específicas no lo lleva a negar la validez de las teorías generales, sino a pensar sus límites. Esto recorre toda la obra posterior. En consecuencia, desarrollará ideas que permitan abordar aquello que el nivel de regularidad más general, contenido en los conceptos sostenidos como teoría general, no puede explicar.

 

El bosquejo de este ámbito de trabajo, Zavaleta Mercado lo hace en torno a la idea de la autonomía de la política, en torno a la cual empieza a proponer varios conceptos —como medio compuesto y la acumulación en el seno de la clase— que implican pensar la historia no solo como oposición estructural. Esto supone pensar que la teoría tiene varios niveles. Hay un nivel de regularidad, que tendría una validez epocal en el horizonte de los tiempos modernos, en la perspectiva de cómo Zavaleta Mercado concibe el marxismo. Hay otro nivel de generalidad intermedia, que en este caso implicaría pensar la configuración del Estado y la vida política en territorios donde hay presencia de estructuras económicas y estatales modernas, producto en la colonización y formas imperialistas posteriores, pero en espacios sociales en los que persisten otro tipo de sociedades y de culturas. Incluso en sociedades más o menos homogéneas, la historia, es decir el movimiento de lo social y lo político, difiere también en cada caso. Hay un fuerte vínculo entre la noción de historia y la idea de la autonomía de la política. Zavaleta Mercado piensa la historia sobre todo a partir de la idea de la autonomía de lo político en condiciones de determinación estructural de larga y mediana determinación, como son aquellas que vienen de la configuración de un orden colonial y de expansión del capitalismo.

 

La lectura de El poder dual es interesante para tener una mirada penetrante sobre dos importantes experiencias de la izquierda en América Latina. La de Allende, que deviene de una victoria electoral y está vinculada a una idea de una transición al socialismo por la vía parlamentaria y de reformas económicas realizadas en el ámbito de una democracia representativa, por un lado. Y, por el otro, la experiencia de la Asamblea Popular en Bolivia, que se trata de la configuración de un parlamento de fuerzas de izquierda, básicamente sindicatos y partidos, que sustituyen al legislativo configurado por la vía de la competencia electoral, y que es resultado de un contragolpe izquierdista contra el bloque conservador en el país, coexistente de manera paralela a un ejecutivo liderado por un militar nacionalista de izquierda.

 

Lo que hace interesante al texto es que no solo se tiene esta mirada reflexiva sino que está acompañada de una discusión de los núcleos centrales de la teoría política marxista hacia fines de los años sesenta e inicios de los setenta, que no ha perdido actualidad. En este sentido, El poder dual puede ser leído como una reconstrucción analítica-política de dos experiencias de gobierno de izquierda en América Latina, que se refieren a la vía electoral y a una experiencia más obrerista consejista de matriz sindical; también como una discusión en el seno de la teoría política marxista, que no solo reconstruye con erudición las diferentes posiciones teóricas sino que también es un desarrollo, que introduce nuevas categorías, para avanzar en aquellos puntos donde se han detectado dificultades en la explicación de la especificidad y la complejidad de cada historia nacional, que se vuelven también obstáculos políticos, y que aparecen de manera dramática en estos momentos de crisis. A la vez, son condiciones de posibilidad de cambio político y social en una perspectiva de izquierda socialista.

 

Los horizontes de visibilidad

Hacia fines de los años setenta y los primeros años de la década de 1980, hasta su muerte, Zavaleta Mercado estuvo preocupado por las condiciones de posibilidad del conocimiento social en países que contienen diversidad cultural y civilizatoria. Se preocupó por lo que llamó horizontes de visibilidad, que responde a la pregunta sobre las condiciones de posibilidad del conocimiento social. Desplegó la idea básica de que las condiciones de posibilidad del conocimiento social están dadas por el tipo de configuración histórico-política de cada país, en cada momento. No depende solamente de tener buenas teorías, cosa que es necesario también, sino del tipo de constitución de sujetos sociales y de cómo estos actúan como parte de la dinámica de estructuras, reproduciéndola y reformándola

 

Esto significa que no se puede conocer todo o cualquier cosa en cualquier momento. Esto depende de aquello que la acumulación histórica local permite ver y pensar. En este sentido, hay una alta historicidad del conocimiento. Zavaleta Mercado realizó una reflexión epistémica que, a la vez, es histórico-política; ya que el conocimiento social es básicamente conocimiento histórico. Esto implica que el conocimiento histórico no solo es un saber sobre la secuencia de hechos y su datación, sino también teorización sobre la configuración de tiempos históricos, estructuras sociales, tipos de sociedad, que se mueven en el tiempo a través de la acción de los sujetos.

 

Zavaleta Mercado sostuvo la idea de que la condición histórica de posibilidad de emergencia de las ciencias sociales modernas, en particular de sus pretensiones de validez general, es el grado de homogenización de la realidad social producido por la emergencia y expansión del capitalismo. En este sentido, la teoría del valor que da cuenta del núcleo de este conjunto de relaciones sociales se vuelve el núcleo de explicación de las regularidades más generales o el proceso de mundialización. Se ha de convertir, también, en el núcleo de sus explicaciones, incluso de la historia boliviana, para dar cuenta de esta dimensión relativa a la modernidad y mundialización del capitalismo y las formas políticas y culturales que genera.

 

Zavaleta Mercado identificó algunas formas de subjetividad e intersubjetividad que configuraron o ampliaron un horizonte de visibilidad o conocimiento social. Una de ellas, a la que se dedicó por largo tiempo, es lo que llamó centralidad proletaria. Tiene como condición de posibilidad la ubicación estructural del proletariado como una de las clases fundamentales del modo de producción capitalista; pero como Zavaleta Mercado pensó, las clases no son solo la posición estructural sino también su movimiento. Zavaleta Mercado creía que conoce más quien más se mueve en su sociedad, en términos de establecer relaciones, interacción y articulación de acciones y fuerzas. El marxismo es pensado como la explotación cognitiva del horizonte de previsibilidad articulado por el modo de producción capitalista y la modernidad en general. Por tanto, se dedicó durante un buen tiempo a pensar la historia boliviana a partir de las centralidad proletaria, esto es, la historia de la articulación del movimiento obrero y de articulación de la sociedad civil y parte del país a partir de la política de este movimiento.

 

Luego, Zavaleta Mercado piensa la ampliación del horizonte de visibilidad que caracteriza esta figura de la centralidad proletaria, que en el caso de Bolivia fue producida por la emergencia del katarismo (movimiento político-cultural aymara) y de la acción política campesina, que emergen como sujetos políticos autónomos hacia finales de la década de 1970. Aquí se ve con fuerza la idea de Zavaleta Mercado de que el horizonte de visibilidad es algo que se amplía, pero también se puede contraer, de acuerdo con la constitución de sujetos y, en particular, de la autonomía política que encarnan. La emergencia de este tipo de sujetos en la historia boliviana implica una ampliación del horizonte de visibilidad, ya que requería ampliar la visión nacionalista moderna y la visión obrerista, también en buena parte moderna, con la de sujetos que se constituyen a partir de estructuras sociales comunitarias y los ámbitos agrarios.

 

Esto reforma las visiones meramente modernistas del país, tanto nacionales como liberales y obreristas. Permite volver a mirar y pensar con mayor profundidad la cuestión colonial. De hecho, Zavaleta Mercado se dedicó en sus últimos años no solo a explotar el horizonte de visibilidad ampliado por la emergencia indígena y campesina para pensar el presente del país, sino también a repensar y ampliar la visión que se tenía del pasado; sobre todo pensar la presencia de estructuras sociales, políticas y culturales coloniales como parte de la configuración contemporánea.

 

En estos años Zavaleta Mercado combinó un trabajo de reflexión epistemológica sobre la producción de conocimiento en condiciones de heterogeneidad social, que implica la propuesta de ideas metodológicas, la producción de conceptos de teoría política y social y el trabajo de análisis y explicación de procesos históricos en Bolivia y América Latina. En esta faceta relativa a las ideas metodológicas que acompañan este tipo de reflexiones, está la idea de la crisis como método de conocimiento. Según Zavaleta Mercado la sobreposición de sociedades que genera el colonialismo produce, también, obstáculos cognitivos y obstáculos político-sociales, además de los mecanismos de generación de formas aparentes que produce el capitalismo como parte de su ideología de legitimación.

 

La sobreposición colonial hace que también varias cosas aparezcan como algo diferente a lo que son. En este sentido, el conocimiento social es algo que experimenta ampliaciones cuando hay procesos de constitución de sujetos sociales o de reconstitución en los que se cuestiona un conjunto de estas relaciones de dominación de origen colonial o moderno. Se ponen en crisis las formas de reproducción y legitimación del orden existente. Es la acción política y la producción ideológica discursiva de estos sujetos lo que hace ver cosas que estaban ocultas por las relaciones de dominación, que tienen una carga señorial y otra moderna, más o menos liberal. Zavaleta Mercado se dedicó a identificar esos momentos de crisis para explotarlos en una ampliación del conocimiento de la historia del país.

 

A su vez, Zavaleta Mercado pensó otras condiciones como un método también. Así como pensó la crisis como método de conocimiento de la heterogeneidad social, pensó la democracia como un método de conocimiento estatal; pero podríamos pensar, siguiendo la lógica de su pensamiento, que la democracia no es solo un método de conocimiento para el Estado sino un método de conocimiento político también para la sociedad civil y los ciudadanos en general. La idea es que la democracia en tanto implique vigencia de derechos políticos, en particular, permite que sujetos individuales y colectivos expresen más o menos libremente lo que piensan, que lo que proponen se articule como proyecto, visibilizando sus interacciones, y como articulación de fuerzas políticas. Esto significa que la vigencia de derechos políticos, que es una de las facetas de la democratización moderna, se vuelva una condición de posibilidad de un horizonte de visibilidad ampliado. En la medida en que la democratización se extiende, puede haber también una ampliación del horizonte de visibilidad. En estos años, Zavaleta produjo sus textos teóricos más densos y ricos, como: «Las formas aparentes en Marx» y «Cuatro conceptos de democracia».

 

En sus últimos años de vida, Zavaleta produce así sus textos más teóricos, en los que habla de los núcleos de configuración de lo social y lo político en el mundo moderno. A través de su producción conceptual, una constelación de conceptos se vuelve una estrategia para profundizar en el estudio del país, lo cual se plasma en su libro Lo nacional popular en Bolivia. Este implica pensar este tipo de articulación antes y después del populismo nacionalista o de la articulación entre nacionalismo y populismo que se dio en América Latina entre la década de los años treinta y los años sesenta, que es el horizonte temporal en que buena parte del análisis político y sociológico latinoamericano sitúa la existencia de un articulación nacional-popular.

 

El trabajo de Zavaleta Mercado permite pensar lo nacional popular antes y después del nacionalismo populista, sobre todo las nuevas configuraciones de lo nacional popular que no están marcadas por el predominio de liderazgos individuales cesaristas sino, más bien, por la configuración de lo que llamó masa, es decir, una condición de fusión de fuerzas sociales, por lo general contra el Estado. Núcleos significativos de este tipo de trabajo se encuentran en la presente selección que, tal vez, pueda permitirles pensar sus propias historias y pensar a América Latina a partir de la producción conceptual hecha desde su acumulación histórica y conceptual.

 

Valga todo esto como una invitación final para la lectura a un pensador que se autodefine como marxista, latinoamericano y boliviano, que aún vibra contundentemente con sus palabras y expresiones particulares, abriendo perspectivas y perseverancias que nunca desfallecen con el suceder de las cosas y, más bien, encuentra en ella la ocasión de la lección, aprendizaje y nuevamente la lucha en curso. Un reorientarse continuamente, un proceso y lucha siempre en términos políticos.

 

En una entrevista en 1983 con Carlos Mesa, en ese entonces periodista de la televisión, al preguntarle intencionadamente a René Zavaleta Mercado sobre la Revolución Rusa y sus derivas, como también la de la inconclusa Revolución del 52 en Bolivia, este le responde firme:

 

Bueno, eso es muy simplista, porque la historia avanza fracasando. Es decir, es lo mismo que si habláramos y discutiéramos si la Revolución Rusa ha fracasado: probablemente ha fracasado con relación a algún tipo de proyecto. Por eso dice Marx que la historia avanza por su lado equivocado. Probablemente las tareas democráticas, las tareas nacionales, de alguna manera, mal o bien, se han cumplido desde el 52. Era la única forma en la que podían ocurrir esas tareas. Pero esto no quiere decir que haya que enamorarnos del destino. Hay que saber que la historia de los hombres es algo que ocurre de esta mala manera, pero de eso no puede sacar como consecuencia el renunciamiento a la historia. Nunca es saludable aceptar la historia tal como ocurre.
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