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Úrsula Bahillo, víctima de femicidio el pasado lunes.

Úrsula. Cuando las palabras no sirven

El femicidio de Úrsula Bahillo, una joven de 18 años asesinada de 30 puñaladas por su expareja policía, hizo estallar la bronca. Nuestra responsabilidad es multiplicar la acción colectiva.

En Argentina hay un femicidio cada 22 hs. El caso de Úrsula, una joven de 18 años asesinada de 30 puñaladas por su expareja policía, hizo estallar la bronca. Úrsula había denunciado a su asesino en reiteradas ocasiones, pero el encubrimiento por parte de las fuerzas de seguridad bloqueó cualquier investigación o cuidado para con ella. Uno de los últimos mensajes de Whatsapp que envió a sus amigas decía: “y si un día no vuelvo, hagan mierda todo”.

 

Úrsula no se calló. Anunció lo que estaba sufriendo a toda hora, a cada minuto. Úrsula denunció las amenazas, advirtió que lo que seguiría, si nadie lo evitaba, era su muerte. 

Con 18 años, Úrsula ya sabía lo que las pibas hoy incorporaron como parte de su conciencia colectiva: que a los femicidas no se los para con buenas intenciones. 

Úrsula fue a la comisaría, a los tribunales. Recurrió al Estado, aun sabiendo que “el Estado opresor, es un macho violador” y que puede ser un cómplice principal de los femicidios, a veces por acción y otras veces por inacción. 

Ya se escribieron muchas páginas sobre lo que se podía haber evitado con alguna intervención eficaz… pero que no se evitó. ¿Mala praxis institucional? ¿Abandono de persona?

“Quiero ser la última” dijo Úrsula, en un estado de desesperación completo, porque no se puede andar por la vida con el terror como compañero.

Todas las palabras que Úrsula utilizó para denunciar el crimen no sirvieron, porque para muchos/as es mejor mirar para otro lado, o mirar sin ver, o padecer una sordera intensa y súbita.

Úrsula nos duele, nos estalla en Rojas, y en distintos territorios sensibles de nuestro continente. Pero nos estalla tarde. 

No nos interesa realizar relatos autoflagelantes o revictimizadores. Sí queremos pensar en la necesidad de sacudirnos la modorra con la que nos envuelve y asfixia el aislamiento obligatorio o voluntario. Porque Úrsula no murió de COVID. Ella fue asesinada por el policía de la bonaerense, y fue abandonada por las lógicas de la indiferencia. 

Frente al crimen y la rabia, se activan los reflejos y volvemos a las calles. 

Me pregunto, te pregunto: ¿Gritaremos “ni una menos”? ¿Repetiremos como eco y letanía las palabras de Úrsula, de Micaela, de tantas jóvenes envueltas en furia, rabia, tristeza, miedo?

No alcanza. No sirven las palabras. Duele decirlo pero es verdad. 

“Si no vuelvo rompé todo, si no vuelvo quemá todo”, nos piden las pibas. Así ardió Rojas. Ese fuego justiciero nos envuelve en la ilusión colectiva de una gigantesca venganza ante la impotencia… pero no nos devuelve a las pibas. 

Es mejor romper todo que rompernos por dentro, podríamos alegar. Es mejor quemar todo que morir bajo el fuego femicida, podríamos pensar. Las palabras que no sirven, incomodan. Podemos romper todo, es cierto, pero no alcanza. 

Seguro algunas voces se alzarán ahora para decir que no es políticamente correcto invitar a encender una gran hoguera, donde por una vez no ardamos las brujas sino los inquisidores. 

¿Qué es lo políticamente correcto?, pregunto con el alma en fuga desbordando indignación. Las pibas salieron a la calle, miles en un pueblo pequeño. Pero no recibieron respuestas sino balas de la policía de Berni. 

¿Qué es lo políticamente correcto? Insisto. ¿Palabras contra balas? ¿Palabras contra navajas criminales? ¿Palabras contra las complicidades del poder?

El estado femicida es el juez y el policía. Es la falta de presupuesto para las políticas contra la violencia hacia las mujeres. Es la fiscalía que no recibe las denuncias en fin de semana, aun sabiendo que los femicidas no respetan las perimetrales, ni los feriados, ni las vacaciones, ni el aislamiento obligatorio.

Y mientras tanto… ¡Qué misterio el Ministerio! ¡Cuánta distancia ante la necesidad lacerante de las heridas abiertas! ¡Necesitamos a las funcionarias en los territorios, garantizando el derecho a la vida libre de violencias a cada piba, a cada mujer amenazada, a cada trava sin techo y sin comida, a cada víctima de las políticas patriarcales y racistas! 

Sin embargo, estas líneas no son para denunciar la incapacidad oficial. Porque más allá del Estado, más allá de un presidente que cree que con una firma tiró abajo al patriarcado, más allá de la lentitud burocrática de los ministerios, más allá de los desfiles presuntuosos de los bernícolas asesinos seriales, tenemos que mirarnos hacia nosotras mismas, hacia las feministas compañeras. 

Nuestra responsabilidad, con Úrsula, con todas las pibas, es multiplicar la acción colectiva. Es hora de cuestionar las prácticas políticas que nos fragmentan, que nos llenan de angustia, porque nos quitan fuerzas. Necesitamos, como una tarea urgente de sobrevivencia, recuperar fuerzas en las rebeldías y solidaridades, en la reocupación cuidada del espacio público. Perdimos demasiado tiempo en lastimarnos, en poner fronteras entre nosotras, aplicándonos el “feministómetro”, invadiendo los espacios personales con acusaciones que nos desamparan. Vale la pena mirarnos críticamente, no para prestarnos a juegos de juicios y agravios. Mirarnos para recuperar fuerzas y alegrías en el accionar colectivo. 

“Sale si salimos”, fue la consigna que nos permitió pintar de verde las calles de los pueblos, de las ciudades, de los territorios rurales, campesinos e indígenas. Romper la invisibilidad que alimenta la impunidad, es solo posible con los cuerpos en movimiento, ocupando los espacios públicos. 

Ya sabemos que la marea feminista, cuando ocupa las calles, empuja con su fuerza a los violentos, a los violadores, a los maltratadores, y nos llena de energía sanadora.

“Sale si salimos”, es la consigna que nos permite sentirnos en colectivo, en acciones públicas de denuncia y de exigencia de justicia.

En esa perspectiva, urge promover dispositivos de autodefensa feminista que nos organicen y cuiden. Necesitamos estimular y recrear políticas de cuidado que no se agoten en ofrecer casas para escondernos de los golpeadores y violentos, sino que nos ayuden a enfrentarlos de manera eficaz, organizada, en grupo, en manada. 

El asesino de Úrsula, Matías Ezequiel Martínez, policía de la Bonaerense, después de maltratarla, hostigarla, violó la perimetral y la asesinó de treinta puñaladas. ¿Nos seguirán diciendo que la falta de sanción a muchas de sus violencias previas, contra Úrsula y contra otras niñas y jóvenes, como la adolescente de 14 años, a la que violó años atrás, es lo que corresponde, y que lo contrario es punitivismo? ¿No será punitivismo dejar que nos sigan matando? No sólo a Úrsula. Son 44 los feminicidios en Argentina en lo que va del año. Más de uno por día. ¿Vamos a seguir alentando la impunidad? ¿Qué heridas provoca la impunidad en la subjetividad de las niñas, jóvenes, mujeres, que sienten el aliento hediondo de los femicidas en la nuca? ¿Qué heridas provoca la impunidad de los travesticidas y transfemicidas?

Nadie que conozca la cárcel puede creer que ésta reeduca o socializa. Pero ¿cuál es la socialización posible de los que nos avisan que nos van a matar, porque se sienten seguros tras sus uniformes policiales, o sus privilegios patriarcales?

Necesitamos políticas públicas para la emergencia, el reconocimiento a todas las compañeras de los movimientos que están al frente de casas de la mujer, de las disidencias, de espacios para víctimas de violencia patriarcal, y urge el financiamiento de estas experiencias colectivas. Necesitamos también crear autonomía de nuestros cuerpos y vidas, desde las experiencias de poder popular feminista. 

La autodefensa feminista no es sólo adquirir conocimientos que nos permitan el cuidado y la seguridad física y emocional, basados en la formación de aptitudes especiales de acuerdo a nuestras condiciones. Es sobre todo crear experiencias grupales en las que podamos identificar a los agresores y poner límites a sus acciones. Esto significa crear comunidad, en la que si tocan a una respondemos todas. Es lograr que el miedo cambie de lugar. 

Si el sistema asegura la impunidad de los femicidas, la comunidad hará ejercicios de justicia feminista popular. Los tribunales éticos feministas son un camino que recién estamos iniciando, pero que abren una posibilidad para nuestros esfuerzos. Se acabó el tiempo del silencio y del aislamiento. Es hora de la comunidad contra el individualismo. La comunidad contra el egoísmo.

No se trata de palabras solamente. Para crear comunidad, necesitamos fortalecer las experiencias de los feminismos populares, comunitarios, territoriales, plurinacionales, entramados en una red potente que interpele las modalidades liberales de ciertos feminismos que se basan en el salvarse solas, en miradas del cuidado sumamente clasistas, que no dan cuenta de las lógicas estructurales del patriarcado y de su imbricación con el racismo, el colonialismo.

Por Úrsula, por todas, por todes, como feministas tenemos que dar un salto organizativo que permita que la gran multiplicación de conciencia se vuelva organización, con perspectiva revolucionaria. La revolución feminista requiere colectivos fuertes, que puedan dar múltiples batallas contra todas las opresiones. Colectivos que sostengan nuestra capacidad de cuidado, y que no sean solo experiencias defensivas, sino que sigan moviendo la historia, no para sobrevivir, sino para vivir bien, para que la política feminista no se agote en el duelo de nuestras muertas de cada día, sino que pueda volver la aventura del deseo que empuja la revuelta y la insubordinación frente a las necropolíticas. 

Somos guerreras de la vida, de todas las libertades. Con Úrsula en el corazón, escribo estas líneas apuradas, como invitación a un diálogo urgente, de cara al Paro Internacional y Plurinacional de Mujeres, Lesbianas, Trans, Travestis, Bisexuales, No Binaries, Intersex, el próximo 8M, en el que Úrsula se encuentre con Ramona, con Berta, con Sakine, con Marielle, con Diana, con Lohana, y caminemos juntas y juntes, no hasta la victoria final, sino hasta cada victoria cotidiana, hasta cada vida ganada, hasta la revolución siempre. 

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