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Un 10 de febrero de 1980, en Sao Paulo, nacía el PT brasileño. (Foto: correspondenciadeprensa.com)

Historia, naturaleza y decadencia del PT

Traducción: Valentín Huarte

Sigue habiendo controversias a la hora de establecer criterios para valorar la historia de los partidos políticos. Lo único que no debería hacerse es juzgar a un partido en base a lo que este piensa de sí mismo.

El vino y la riqueza son capaces de transformar hasta al hombre más sereno. Se conoce al marinero cuando llega la tempestad.

(Sabiduría popular portuguesa)

Hay quienes consideran que un partido se define, esencialmente, por su línea política: es de derecha, de centro, de izquierda o de alguna variante intermedia. Ese criterio es insuficiente e ingenuo. El vocabulario político oscila y fluctúa siguiendo la transformación de las relaciones de fuerza sociales y políticas. Cuando la situación política es reaccionaria, todo se desplaza hacia la derecha. Cuando la situación es revolucionaria, todo se desplaza hacia la izquierda. Pero hay mucha hipocresía en el vocabulario político.

En los años ochenta, lo que se destacaba en la escena brasileña era el ascenso de las luchas obreras y populares contra la dictadura militar, que creció enormemente a partir de la lucha por las Directas Ya en 1984. Como el péndulo de la relación social de fuerzas se inclinaba a favor de los trabajadores, la principal representación del núcleo duro de la burguesía paulista asumió el nombre partidario de la socialdemocracia. La socialdemocracia es el nombre de los partidos socialistas herederos de la tradición de la Segunda Internacional, que tienen bases en la clase trabajadora como el Partido Laborista británico. El PSDB nunca fue socialdemócrata. Siempre fue un partido burgués liberal.

En 2015-2016, el péndulo de la relación social de fuerzas se inclinó de forma reaccionaria. Bolsonaro es un neofascista y su gobierno es una coalición de extrema derecha, aunque es retratado por los medios como si fuera solo de derecha. El bloque político de derecha articulado en torno al PSDB/MDB y al DEM, que ganó las últimas elecciones municipales, es presentado como si fuera de centro.

Hay quienes sostienen que un partido se define únicamente por su ideología. Esto también es un error. En términos rigurosos, hay que decir que la inmensa mayoría de los partidos en Brasil no tienen ideología, que son solo leyendas electorales que defienden intereses particulares. En realidad, el tema requiere que se adopte una pluralidad de criterios.

Los partidos pueden ser juzgados por el programa que proponen para transformar la sociedad. También pueden ser analizados: (a) por la historia de sus líneas y luchas políticas, principalmente las internas; (b) por la diferencia entre sus posiciones cuando están en la oposición y cuando se acercan al poder; (c) por los valores e ideas que inspiran sus programas; (d) por la composición social de sus miembros, militantes o simpatizantes, o la de sus electores y la de su dirección; (e) por su régimen interno de funcionamiento; (f) por sus formas de financiamiento; (g) por sus relaciones internacionales. Todos estos criterios son válidos y significativos, y la construcción de una síntesis exige que apreciemos su dinámica evolutiva.

Para quienes usan el marxismo como método de análisis de las relaciones sociales y políticas, todos estos elementos son significativos, aunque solo la caracterización de clase es ineludible. Pero el análisis marxista implica estudiar las contradicciones en distintos niveles de abstracción prestando atención a todas las mediaciones.

A pesar de su afinidad en algunos aspectos, el PT nunca fue un partido socialdemócrata de tipo europeo. Mantuvo relaciones con el PC de Alemania Oriental hasta 1989, pero nunca se identificó con el aparato de los partidos alineados con la URSS. Estrechó relaciones con el PC cubano, con los sandinistas de Nicaragua, con el Frente Farabundo Martí en El Salvador, con el gobierno de Chávez en Venezuela y, durante los años noventa, participó de la realización del Foro de São Paulo. Pero nunca fue un partido con un ímpetu revolucionario.

A fin de cuentas, ¿qué es el PT? El PT es el partido más grande que la clase trabajadora brasileña construyó en toda su historia. Nació en los años 1980, vivió su apogeo a comienzos del nuevo milenio y entró en una lenta pero ininterrumpida decadencia desde 2013.

El PT es un tipo especial de partido de izquierda. Es un partido electoral y reformista, pero no mantiene relaciones orgánicas con la burguesía. No es electoral porque participe de las elecciones. Es electoral porque, desde hace muchas décadas, su supervivencia depende de los mandatos parlamentarios y del financiamiento público, y no de sus militantes. No es reformista porque luche por reformas. Es reformista porque defiende la regulación del capitalismo y, por lo tanto, la colaboración de clases. Pero la condición electoral y la política reformista no hacen del PT un partido burgués. Un partido es burgués cuando mantiene relaciones estructurales con alguna fracción de los capitalistas. En este sentido, por ejemplo, el PT es diferente del peronismo argentino.

Reconocer la naturaleza de clase de un partido no equivale a decir que su política representa los intereses de una clase determinada. El asunto es mucho más complejo. Un partido reformista puede ser un instrumento adaptado a la gestión del capitalismo y, al mismo tiempo, independiente de la burguesía. Resumiendo una larga historia y permitiéndome ser «brutal», diré que el PT durante los años ochenta, a pesar de algunos errores tácticos, fue un instrumento poderoso de representación de los intereses de la clase trabajadora y cumplió un papel progresivo. A lo largo de los años noventa osciló mucho y, luego de llegar a la presidencia, prevaleció su papel regresivo.

Pero la prueba del «laboratorio de la historia» para el PT llegó cuando, en 2016, la clase dominante brasileña se unió para derribar el gobierno de Dilma Rousseff y organizó una campaña para criminalizar a su dirección y destruir políticamente a Lula, su líder más importante. Quedó claro que la operación Lava Jato, a pesar de que alcanzaba también al PSDB, al MDB y al PP, entre otros, obedecía a una estrategia de lucha por el poder que implicaba desplazar al PT. La furia de clase de la burguesía confirmó que no era un partido burgués. Pero no seamos metafísicos e intentemos ir más allá del aristotelismo.

En ese caso hay que decir que en términos dialécticos, situándonos en otro nivel de abstracción, todos los partidos reformistas son partidos del régimen democrático liberal que dependen de la institucionalidad. Y el PT no es distinto en este sentido. Los marxistas de la Tercera Internacional utilizaban una fórmula para identificar esta integración a la defensa de los límites del orden establecido: definían a los partidos socialdemócratas como partidos obrero-burgueses. Es decir, los definían como partidos de clase trabajadora independientes que capitulaban frente a la presión de la clase dominante. Una vez que llegaban al gobierno, con responsabilidades de gestión del Estado, desempeñaban el rol de un partido obrero-burgués.

Pero al igual que todo lo que existe, los partidos también se transforman. Y el PT de 2021 es evidentemente muy distinto al de 1980. Los análisis históricos no deben resignarse a reconocer lo que permanece. El verdadero desafío está en descubrir lo que cambia. La dirección del PT es la misma, pero estos cuarenta años no pasaron sin consecuencias y el partido que nació de la lucha contra la dictadura, si es que todavía existe, no es el mismo.

Sucede que los cambios no son posibles sin crisis. Los partidos pueden tener crisis de crecimiento, alimentadas por sus aciertos y desafíos, que se vuelven más importantes a medida que aumenta su influencia, o crisis producidas por sus propios errores. Pero no es posible no tener crisis.

En su proceso de transformaciones, el PT enfrentó muchas. La dinámica política de su evolución no fue lineal. El criterio para definir cuáles fueron las crisis más importantes siempre será objeto de debate. Lo que importa no es si quienes vivieron el proceso comprendieron la gravedad de la transformación, sino si el desarrollo futuro del partido confirmó que se trató de una transformación decisiva.

Una crisis es significativa cuando un partido sale de ella siendo algo distinto de lo que era al momento de entrar. En los años ochenta, por ejemplo, cuando la situación política evolucionaba hacia la izquierda por la movilización activa de los trabajadores y de la juventud, el PT sufrió su primera ruptura, por derecha. Pero fue una ruptura indolora, tanto para la vanguardia más orgánica como para su área de influencia electoral.

Tres diputados federales, Bete Mendes y José Eudes liderados por Airton Soares, rompieron con el partido en 1985 porque el PT no apoyó a la Alianza Democrática que eligió indirectamente a la fórmula Tancredo-Sarney en la estela de la campaña Directas Ya en 1984. Se fueron solos, sin desprendimientos militantes y sin que su ruptura tuviera secuelas importantes sobre su influencia electoral, que siguió creciendo.

La actitud de la bancada del PT en relación con la Constitución de 1988 simboliza la naturaleza del partido durante el período. El PT votó contra la Constitución, pero firmó el documento, asumiendo públicamente el respeto por la legitimidad del nuevo régimen. La dirección del PT sabía muy bien que le estaba haciendo señas de compromiso a la clase dominante. La burguesía brasileña comprendió el gesto. No es casualidad si la dirección del PSDB, liderada por Mario Covas, declaró unánimemente su apoyo a Lula contra Collor en la segunda vuelta de 1989. Lo mismo hizo Brizola.

El proceso de adaptación político-social a los límites del régimen democrático que salió de la elección de Tancredo-Sarney en el Colegio Electoral era nebuloso para la mayor parte de la vanguardia militante que se referenciaba en el PT aunque, tal como confirmó dramáticamente su desarrollo posterior, era irreversible.

Esto no impidió que, todavía durante varios años, una porción mayoritaria de la izquierda petista considerara que el PT – y también su dirección– era un partido «a disputar» para un proyecto de revolución brasileña. Lo que oscurecía la profunda transformación política era que, aunque el PT había dejado de ser oposición al régimen democrático, no solo se oponía al gobierno de Sarney, sino que lo hacía de forma intransigente y radical.

A inicios de los años 1990, cuando la situación política evolucionada hacia la derecha, la dirección del PT convocó al 1er Congreso y decidió expulsar a Convergencia Socialista, una corriente trotskista. Fue una nueva crisis. De allí en adelante, las tendencias de izquierda que todavía resistían al interior del PT supieron cuál sería su destino si desafiaban a la dirección. Esta crisis no tuvo repercusión en términos electorales, pero dejó una herida incurable: una de las corrientes del ala revolucionaria había sido eliminada.

Paradójicamente, luego del impulso de Fuera Collor, la corriente mayoritaria del PT –que había ido demasiado lejos en su giro a la derecha durante el 1er Congreso de 1991– se dividió, dando origen a la Articulación de Izquierda. Esta corriente, junto a tendencias marxistas como DS (Democracia Socialista) y Fuerza Socialista, entre otras, logró una victoria en el Encuentro Nacional del PT de 1993. Sin embargo, la respuesta fue solo un chispazo y demostró ser efímera.

En el Encuentro Nacional de 1995, en la estela de la segunda derrota presidencial de Lula en 1994, la Articulación, liderada por Zé Dirceu, recuperó la mayoría en alianza con la tendencia Nueva Izquierda, liderada por José Genoíno y Tarso Genro.

La ilusión de un partido a disputar se desmoronó, y la inflexión de la situación política luego de la victoria de FHC y de la derrota de la huelga petrolera de 1995 bastó para que la lucha interna en el PT se transforme en un asunto que concernía esencialmente a los políticos profesionales.

En 1999 la dirección del PT, después de la tercera derrota electoral de 1998, realizó otro vuelco hacia la derecha: impuso un veto a la campaña Fuera FHC que la CUT y el MST estaban construyendo con apoyo de la izquierda de adentro y de afuera del PT, y que había realizado un acto con cien mil activistas en Brasilia. La campaña Fuera FHC de 1999 intentaba imitar lo que había sido la campaña Fuera Collor en 1992, y amenazaba con crecer en un contexto de intenso malestar provocado por la megadevaluación del real durante el primer mes del segundo mandato de FHC. El posicionamiento inflexible de la dirección del PT –Zé Dirceu condicionó su elección a la presidencia del PT a la derrota de la moción Fuera FHC– le demostró a la clase dominante que existía la disposición a disputar respetando el calendario electoral del régimen.

En julio de 2002, la dirección del PT elaboró, a través de Palocci, exalcalde de Ribeirão Preto, un Manifiesto para el lanzamiento de la cuarta candidatura de Lula a la presidencia. Esta vez llevaba como vice a Zé Alencar, senador por Minas Gerais y uno de los mayores empresarios del sector textil. Este documento declaraba con todas las letras la decisión de honrar el pago de la deuda pública interna y externa. Finalmente, en 2003, luego de la elección de Lula, la dirección del PT no dudó en expulsar a Heloísa Helena y a los disputados que terminaron fundando el PSOL, acusándolos de indisciplina por haberse rehusado a votar la reforma previsional en el Congreso.

Fue una nueva crisis y una nueva transformación. Quedó demostrado que la dirección del PT no vacilaría a la hora de concretar este giro asombroso. La clase dominante brasileña comprendió el significado de este gesto. Fue en 2005 cuando el PT atravesó la primera crisis seria de su historia. Una porción del núcleo duro de su dirección fue decapitada políticamente luego de la crisis abierta por las denuncias del mensalão. A pesar de la inocultable satisfacción de las fracciones mayoritarias de la clase dominante con el gobierno de Lula desde su primer mandato, la oportunidad abierta por la crisis del mensalão precipitó una ofensiva política burguesa en el Congreso Nacional y en los medios, que tuvo algún eco en las calles e hizo temblar al presidente en el Palacio de Planalto.

El mensalão obligó al PT a sacrificar a Zé Dirceu y a otros líderes, dejando al partido parcialmente desmoralizado, sobre todo entre los sectores más críticos del activismo obrero y popular, en buena parte de la vanguardia estudiantil más luchadora y en los medios de la intelectualidad de la izquierda más honesta.

La cuarta gran crisis fue precipitada por las jornadas de junio de 2013. Millones de personas se movilizaron en las calles contra todos los gobiernos, sin perdonar a aquellos dirigidos por el PT, en particular al de Haddad en São Paulo y al de Dilma Roussef en Brasilia, poniéndole fin a diez años de estabilidad política en el país. En un mes, los índices de aprobación del gobierno de Dilma se derrumbaron vertiginosamente, pasando de casi un 60% a un 30% en un contexto muy parecido al del «que se vayan todos» en Argentina durante diciembre de 2001, al de la «generación precaria» en Portugal, al de los «indignados» de Puerta del Sol en Madrid, e incluso al de los jóvenes desempleados de Grecia. Pero el gobierno del PT logró recuperarse luego de septiembre de 2013.

La falta de certeza política y la tendencia al estancamiento económico contaminaron los humores de la mayoría de la burguesía, que elevó el tono de sus exigencias luego de la reelección apretada de Dilma Roussef en 2014 contra el PSDB de Aécio Neves. Pero la dirección del PT, confiando en la cuarta victoria electoral, no dudó en jugar una vez más la carta de la conciliación para responder a los ultimátums de la clase dominante y aceptó entregarle el Ministerio de Economía a Joaquim Levy, recomendado por Bradesco, uno de los mayores bancos del país, aceptando al mismo tiempo el ajuste fiscal que sumergió al país en la crisis de recesión más grave que se vivió desde el fin de la dictadura. Esa decisión precipitó la quinta gran crisis: la ruptura de la generación más joven de la clase trabajadora con el PT implicó un salto de calidad.

Pero nada puede ser comparado con la ofensiva iniciada en 2015, que culminó en el impeachment de Dilma Roussef, el gobierno de Temer en 2017, la condena a prisión de Lula y la elección de Bolsonaro en 2018. El PT vivió su sexta gran crisis cuando quedó claro que ya no era capaz de estar a la altura, en las calles, frente a la inminencia del golpe institucional. Dudó al convocar a la movilización popular durante un año, no usó las posiciones institucionales para defenderse e hizo recaer en vano toda la responsabilidad sobre la CUT y el MST.

Ahora, a comienzos de 2021, el PT atraviesa su séptima gran crisis. Todavía con algo de resistencia entre los activistas veteranos que vivieron los años 1980 y 1990, que en general provienen de los sectores más organizados de la clase trabajadora, el PT perdió frente al PSOL en términos de influencia sobre la juventud. Es difícil prever cuál será el destino de este PT envejecido, sobre todo cuando consideramos la entrada en escena de la potencia del movimiento feminista, de las jóvenes negras, de las movilizaciones por el medioambiente, del impulso de la comunidad LGTB y de la ruptura de una nueva generación de trabajadores, los más instruidos de la historia del país que a la vez son los más precarizados y tienen los salarios más miserables.

¿Quién dirigirá la próxima ola de luchas en Brasil? ¿La izquierda estará a la altura del desafío de derrotar a Bolsonaro? No es posible prever si el PT se recuperará o no porque todavía estamos en una situación desfavorable y defensiva en la lucha contra Bolsonaro. Pero la historia sugiere que la lucha de clases puede asumir formas lentas antes de tornarse vertiginosa.

Lo mismo vale para el destino de los partidos.

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Publicado en Artículos, Brasil, homeCentro4, Política and Sociedad

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