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El problema no son los smartphones: es el capitalismo

Traducción: Valentín Huarte

Tanta preocupación por la adicción a las redes sociales y por la supuesta destrucción de nuestra atención que producen los smartphones nos hace perder de vista el punto central. El problema real es el capitalismo y la búsqueda de ganancias de las grandes empresas de tecnología.

«Nudes hasta la muerte»: este fue el título del discurso que Kim Kardashian pronunció a favor de la «excelencia en las redes» en los Webby Awards. Además de tratarse ciertamente de un #goals, este discurso nos dice algo sobre la reconfiguración de lo público y lo privado en la sociedad de los smartphones. Kim y sus hermanas, obsesionadas con las selfies, postean una gran cantidad de fotos seductoras en las redes –tomadas en sus baños, en sus dormitorios y en sus autos– y millones de personas las devoran.

La fórmula es contundente. Forbes nominó a Kylie Jenner como la «millonaria self–made más joven del mundo» cuando solo tenía veintiún años.

Por supuesto, son relativamente pocos quienes cultivan las fotos en sus redes sociales con el objetivo de ganar dinero. Sin embargo, si somos honestos, muchos de nosotros competimos con las Kardashians en relación a cuán «extremadamente online» se han vuelto nuestras vidas. Tres billones de personas por mes gastan un promedio de 135 minutos por día en las redes sociales, y el uso de celulares representa el 70% del total (por supuesto, el tiempo total de uso de la pantalla es mucho mayor). Los expertos en las redes sociales dicen que «desacoplar el uso de las redes sociales del uso de los celulares es imposible».

Buena parte del contenido general de las redes sociales es temáticamente similar al que nos ofrecen las Kardashians. Instagram y Twitter son receptáculos sin fondo para nuestras elaboradas selfies haciendo «ojitos» y caras de pato, tomadas en restaurantes, parques, museos, funerales, ambulancias y campos de concentración.

En cualquier caso, las redes sociales son mucho más que caras sonrientes. Es como si la humanidad hubiese estado esperando toda su existencia para colgar fotos de cocinas de ensueños, para escribir opiniones pedantes y tweets despiadados, para compartir su excentricidad por los gatos, memes de celebridades y cartas regañando a madrinas que no están dispuestas a desembolsar su dinero en bodas de destino. La cantidad de tiempo y energía que gastamos en postear comentarios y fotos, stalkear, compartir todo tipo de contenidos, trollear y googlear, es increíble. Le da un nuevo sentido al tópico de que los seres humanos son criaturas sociales.

Nuestra obsesión con las redes sociales tiene múltiples niveles: el deseo de nuevas experiencias, el estatus y el control social. Las redes sociales nos dan una sensación de sentido y de conexión, incluso en relación con gente con la cual raramente o nunca nos encontramos. Pero ¿a qué precio? Un coro de voces que incluye desde psicólogos hasta expertos en tecnología llama a un retorno a la «vida real». Lo que parecía ser algo divertido y positivo es en realidad terrible –nos dicen– convirtiéndonos en raritos narcisistas que posiblemente estén destruyendo la sociedad.

Nos preocupa que las redes sociales estén transformando nuestra subjetividad, que nos hayamos adaptado a los likes, los retweets y los follows de tal manera que nuestra autoestima empieza a depender de ellos. Nuestra concepción de nosotros mismos se vuelve inseparable de la historia que construimos en las redes sociales.

En medio de este revoltijo, muchos nos volvemos adictos a nuestras pequeñas pantallas y al mundo que nos abren. Los expertos dicen que hemos perdido el control, que rápidamente nos estamos convirtiendo en algo parecido a esos robots de ojos muertos, con sus vasos llenos de monedas y sus riñoneras, amontonados sobre las máquinas de un casino de segunda.

Recientemente, algunos miembros de la comunidad tecnológica han puesto el hombro para compartir algo de la culpa. Confesando sus pecados, los ingenieros de software describen cómo las plataformas que ayudaron a crear explotan algunos trucos psicológicos para mantener a los usuarios enganchados. El ex integrante de Google, Tristan Harris, tan solo uno de los muchos que componen un creciente coro refuseniks de la tecnología, está en sintonía con William Gibson cuando afirma: «Todos estamos conectados a este sistema. Por eso la mente de cualquiera de nosotros puede ser pirateada. Nuestras elecciones no son tan libres como pensamos».

El fracaso a la hora de controlar nuestros impulsos –nos dicen– nos ha hecho menos humanos. El profesor de la Columbia Law School, Tim Wu, considera que somos semejantes a las palomas de B. F. Skinner, mientras que el pionero de la tecnología Jaron Lanier proclama: «ahora todos somos animales de laboratorio». Siva Vaidhyanathan, un académico especializado en medios y un elocuente crítico de Google, implora que nos «rehumanicemos».

El miedo de convertirnos en algo menos humano y más bestial debido a nuestra incapacidad para controlar nuestros impulsos está anclado a un viejo conjunto de ideas, generalmente asociadas con René Descartes, un filósofo francés del siglo diecisiete. Descartes veía al cuerpo como una bestia que debía ser constantemente refrenada y controlada. En este marco, nuestro «verdadero» ser –nuestra alma o espíritu– es algo separado de nuestro cuerpo y más puro que él.

La pérdida del control y, con esta, la de la autenticidad, han sido frecuentemente vinculadas con la tecnología. Adam Smith temía que las máquinas terminaran por convertirnos en monstruosidades. Karl Marx habló de humanos que se volvían apéndices de las máquinas. A finales del siglo diecinueve –argumenta el historiador de los medios Neal Gabler– se suponía que el entretenimiento popular generaba reacciones pavlovianas; su consumo era irreflexivo y adictivo. El viejo orden cultural estaba siendo sobrescrito por un orden nuevo e inferior; lo sublime estaba siendo reemplazado por la diversión.

Estos marcos parecen hacer eco en las formas en que hoy hablamos de los smartphones y de nuestro uso de las redes sociales: otra vez, una nueva máquina nos ha convertido en autómatas irreflexivos, dirigidos por el deseo, el impulso y los algoritmos en lugar de por la razón y el pensamiento.

Sin embargo, debemos tener cuidado con el marco que elegimos darle a nuestros temores. Es fácil caer en mitificaciones. Donna Haraway nos ha advertido hace mucho tiempo sobre las limitaciones que conlleva imaginarnos un humano puro que habría existido «antes» de la tecnología. Eva Illouz nota hasta qué punto una buena parte de nuestras críticas reflejan un «anhelo de pureza», y ciertamente la forma en que se enmarcan los debates sobre los smartphones refleja esta obsesión con la pureza y con nuestro «verdadero ser». La distinción generalizada entre la «vida real» y la «vida digital» lo refleja más que ninguna otra. Pero no hay ninguna vida pura separada de nuestras interacciones, sean digitales o analógicas. Tal como dijo Erving Goffman: «El mundo, en realidad, es una boda» [¿life is a wedding?].

Lo importante es no desestimar nuestros temores ni nuestras críticas a las redes sociales y a los smartphones. Por el contrario, tenemos que tomar estos temores muy en serio y no permitir que sean encasillados en una discusión sobre aumentos de dopamina o patrones neurológicos. Para entender las transformaciones actuales, debemos llevar nuestro problema con los celulares más allá de los marcos del cuerpo, la mente o el autocontrol. Este marco en general tiende a reforzar una forma dominante de pensamiento típica del capitalismo neoliberal: las cuestiones sociales son reducidas a problemas personales que pueden ser resueltos a través de una serie de microelecciones.

Sin dudas, las empresas tecnológicas en la actualidad enfatizan las microsoluciones. Los titanes de la tecnología, precavidos ante la posibilidad de que apuntemos nuestro dedo hacia ellos, están empezando a ofrecer herramientas para el automonitoreo, diseñadas para garantizar el «bienestar digital». Solo que hay un problema con esto. Lo que menos quieren estas empresas es que dejes tu celular. Su modelo de negocios depende de que gastemos cada vez más tiempo posteando, dando likes, googleando, chateando y automonitoreándonos.

Es difícil exagerar cuánto saben sobre nosotros las empresas de tecnología. Están investigándonos veinticuatro horas al día, todos los días. Al constante deslizamiento de nuestros dedos sobre las pantallas, y a la facilidad con que se meten en nuestros bolsillos y en nuestras carteras, se le suma algo mucho más grande: una nueva frontera para el capitalismo global.

El capitalismo y las fronteras van de la mano. Cuando pensamos cómo el capitalismo se ha esparcido lentamente por todo el planeta a lo largo de los últimos cinco siglos, nos imaginamos las fronteras que han conllevado un nuevo crecimiento y nuevas transformaciones –el «Nuevo Mundo», el «Oeste americano»– y a menudo asociamos estas fronteras con nuevos recursos o nuevas máquinas: minas de plata, bosques, ferrocarriles, barcos a vapor.

Pero el proceso por el cual las fronteras son abiertas es un poco confuso para la mayoría de la gente. Esta confusión es en parte el resultado de cómo se enseña la historia del capitalismo, como si se tratara de un proceso de transformación del mundo inexorable e inevitable, una evolución «natural». La confusión resulta también del lenguaje que usamos. Parece que «abriéramos» fronteras de la misma forma en que abrimos una puerta. Nos imaginamos árboles de caucho, minas de plata y tierra fértil, como si en cierta manera hubiesen estado ahí esperando a ser transformados en un emprendimiento rentable.

Estos marcos dominantes de interpretación no solo son errados: estrangulan nuestra capacidad para comprender la emergencia de nuevas fronteras y refuerzan un cierto determinismo que localiza la transformación en los avances tecnológicos, tales como los ferrocarriles o los smartphones.

Para comprender hacia dónde nos dirigimos en este movimiento tecnológico, necesitamos apoyar nuestra interpretación de las transformaciones económicas sobre bases más firmes. Las fronteras se crean, no se abren. Comprender cómo evoluciona y se expande el capitalismo –cómo se crean nuevas fronteras– requiere que pongamos en el centro a las personas, no a las máquinas ni a las características geográficas.

Entonces ¿dónde están las personas en el capitalismo? La mayor parte del tiempo, las imaginamos comprando cosas, dirigiendo negocios e inventando cosas, trabajando en una línea de ensamblaje o trabajando duro en alguna mina. Esto no está mal. Estas personas y el trabajo que realizan son centrales para el desarrollo capitalista. Sin embargo, aunque muchas veces no sea teorizado en tanto tal, el trabajo no remunerado es igualmente importante. El trabajo apropiado de los esclavos, de los sujetos coloniales y de las mujeres también ha contribuido a crear nuevas fronteras en la historia de este sistema basado en la maximización de las ganancias.

No podemos comprender cómo ha evolucionado el capitalismo sin tener en cuenta la apropiación de este trabajo no remunerado. Solo una pequeña fracción del trabajo que contribuye a la creación de nuevas fronteras es trabajo remunerado. Según la jerga, podría decirse: no es un bug, es así como funciona el programa. El sociólogo Jason Moore argumenta que el capitalismo depende de la «naturaleza barata» –trabajo, recursos, comida, energía– y que la apropiación de trabajo no remunerado es (y siempre ha sido) tan esencial para el desarrollo del capitalismo como el trabajo remunerado.

En la actualidad, Sillicon Valley ha fundado una nueva frontera para la apropiación, y está usando tu smartphone para «abrirla».

Instagram se vendió por 1 billón de dólares en 2012, a pesar de que en ese entonces tenía solamente trece empleados. WhatsApp tenía quince empleados cuando Facebook la compró por 19 billones de dólares en 2014. Esto es asombroso. ¿Por qué estas compañías valen tanto? La gente de negocios dice que son valiosas debido a su network potential. Esto es verdad, pero poco claro. El valor de Instagram o de WhatsApp, tal como el valor de tantas otras empresas de tecnología, está en el trabajo no remunerado que dirigen, en su habilidad para apropiarse de la vida, de tu vida.

La apropiación de trabajo no remunerado no es algo nuevo. En El Calibán y la bruja, Silvia Federici muestra cómo, en la larga transición del feudalismo al capitalismo, el trabajo no remunerado de las mujeres se volvió algo oculto, transformando el proceso de acumulación y, por lo tanto, las relaciones de poder tanto en el caso de los hombres como en el caso de las mujeres.

En el desarrollo de la frontera digital, asistimos nuevamente a la redefinición de las actividades vitales y a la emergencia de una nueva dinámica de poder. En la construcción de la frontera digital se formuló una nueva combinación de apropiación y explotación, un modelo que ha generado una riqueza inimaginable para los titanes de la tecnología.

Una vez más, somos testigos de cómo se apropia el trabajo no remunerado volviéndolo algo oculto. Con la diferencia de que hoy no es solo el trabajo de las mujeres el que es apropiado haciéndolo aparecer como un recurso natural, un «trabajo de amor». Es todo nuestro trabajo: las horas que pasamos cada día en nuestros smartphones creando contenido y generando datos a través de nuestra conexión permanente con nuestra computadora de mano. La consecuencia de esto es que nuestras vidas están cada vez más profundamente enredadas en los circuitos del capital. El trabajo del que somos despojados, y nuestro ser digital en términos más generales, son la clave de la frontera digital.

Por ahora, aceptamos el trato de las grandes empresas de tecnología. Tenemos aplicaciones geniales y herramientas para comunicarnos con otros, herramientas para entretenernos y para educarnos. Las empresas obtienen un acceso y un control ilimitados a los datos que generamos con nuestras máquinas de mano conectadas permanentemente.

Sin embargo, este trato es muy frágil. Estamos cada vez más incómodos con la relación que desarrollamos con nuestros smartphones, intranquilos por las formas en las que interactuamos y nos expresamos a través del mundo de nuestros celulares, y temerosos de que nuestra dependencia creciente de los smartphones superará nuestro frágil sentimiento de autenticidad y nuestro ser individual. Las discusiones acerca de cómo usamos nuestros celulares están enlazadas con la repugnancia y el juzgamiento dirigidos a nosotros mismos y a los otros. Nos culpamos por ser débiles y narcisistas.

Hasta cierto punto, somos débiles y narcisistas. Pero deberíamos desconfiar de las explicaciones que culpan a los individuos por un asunto contra el cual lucha una sociedad entera. A medida que cada vez más gente empieza a sospechar de la tecnología, de las instituciones y de las relaciones materializadas en sus celulares, comienzan a mirar con más atención a las empresas que los controlan. Nuestros temores expresan la conciencia creciente de nuestra vulnerabilidad frente a los gigantes de la tecnología, un sentimiento creciente de que la vida en sí misma está de alguna forma moldeada por las necesidades que impone el incremento de las ganancias.

 


Este texto es una adaptación del libro The Smartphone Society: Technology, Power, and Resistance in the New Gilded Age, de Nicole Aschoff.

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