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Dresden, Germany, circa 1905. Unknown / Wikimedia

Lo “mejor” de Karl Kautsky no es suficientemente bueno

Charlie Post advierte contra las recientes defensas del marxista de la Segunda Internacional, Karl Kautsky.

El resurgimiento del socialismo en los últimos años, tanto en Estados Unidos como en el mundo entero, tiene dos fuentes. Por un lado, está el resurgimiento de las luchas de masas, comenzando con la Primavera Árabe, los levantamientos de Wisconsin, Occupy, pasando por los diversos “movimientos de las plazas” en Europa. Estos movimientos, donde decenas de miles de trabajadores luchan contra empleadores y el Estado, han desafiado la aparente omnipotencia de nuestros dominadores, construyendo solidaridad entre la clase obrera y mostrando que hay una alternativa al neoliberalismo y al capitalismo.

Por otro lado, se vieron avances electorales de autoproclamados socialistas y radicales como Alexandria Ocasio-Cortez y Rashida Tlaib en los Estados Unidos. El creciente perfil electoral de quienes critican al neoliberalismo proporciona una voz institucional a las luchas desarrolladas por fuera de la arena electoral, y estas voces pueden estimular nuevas y más amplias luchas. Junto con el gobierno de Donald Trump, el resurgimiento de la lucha de masas y el aumento de perfiles socialistas en la arena electoral han dado combustible a esta nueva radicalización.

No es de sorprenderse que la nueva izquierda socialista sea atraída por estrategias que buscan combinar la lucha de masas y la política electoral. Estas estrategias afirman que consiguen evadir las dificultades tanto de los intentos socialdemócratas de regular el capitalismo –los cuales han llevado cada vez más por la vía de la austeridad y de ataques a la clase obrera– como de perspectivas “irrealistas” que propondrían un quiebre rupturista con el capitalismo y su estado a través de una revolución obrera. “Our Road to Power”, artículo de Vivek Chibber que se inspira en el trabajo de André Gorz, Leo Panitch y Sam Gindin, ofrece una perspectiva donde las luchas “contra” y “dentro” del estado capitalista serían unidas.

Chibber cree, correctamente, que las luchas tanto obreras como sociales construirán sindicatos y otras organizaciones de clase, sentando las bases para nuevos partidos socialistas. Estos partidos podrían promover organizaciones obreras independientes mientras se presentan a elecciones con el objetivo de “ganar poder” dentro del Estado existente. Las luchas exitosas “dentro” del Estado capitalista, combinadas con el poder de las organizaciones obreras para luchar “contra” el Estado, iniciarían una serie de quiebres con la lógica del capital y una transición al socialismo.

James Muldoon en “Reclaiming the Best of Karl Kautsky” identifica los orígenes de la estrategia de la lucha “contra” y “dentro” del estado en la obra del teórico más importante del socialismo previo a 1914. Muldoon destaca el programa de Kautsky dentro del Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania (USPD) en la revolución alemana de 1918-1919, sosteniendo que este proporciona una alternativa “realista” y “democrática” tanto a los intentos socialdemócratas de regular el capitalismo, como a la vía revolucionaria al poder que destruye el estado capitalista existente.

En realidad, la política de Kautsky estaba basada en una comprensión poco realista del capitalismo, de la lucha de clases y del Estado. No solo fue un fracaso la estrategia de Kautsky de una ruptura con el capitalismo en 1918-1919, sino que su estrategia llevó a un desbaratamiento de importantes luchas reformistas antes de la Primera Guerra Mundial. No es de mero interés histórico el debate entre aquellas estrategias que otorgan igual peso a “ganar puestos” en el Estado existente y a la lucha de masas, sino que es de vital importancia hoy, mientras estamos empezando a reconstruir el movimiento socialista estadounidense. Estas cuestiones impactan en nuestro entendimiento de la transición al socialismo y en las estrategias que perseguimos en los movimientos que estamos construyendo.

La alternativa de Kautsky

Las “Pautas para un programa de acción socialista” de Kautsky intentaron trazar un rumbo intermedio entre el reformismo de la corriente dominante de los socialdemócratas en el SPD y las políticas revolucionarias del Partido Comunista Alemán (KPD), dirigido por Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht. Kautsky, uno de los primeros críticos de la aceptación “revisionista” de un capitalismo regulado de Eduard Bernstein, rechazó el intento del SPD de limitar la revolución alemana a la creación de una república basada en una asamblea nacional elegida por voto universal. Una democratización completa de los gobiernos regionales y locales, una milicia popular que reemplace al Ejército activo y el desarrollo de un control democrático de una economía socializada eran medidas necesarias si la revolución iba a dirigirse al socialismo.

Kautsky también rechazó el llamado del KPD por una república basada en consejos democráticamente electos que emergieran entre los soldados de rango inferior y en los lugares de trabajo a lo largo de toda Alemania. Tal república de consejos, argumentó Kautsky, excluiría del poder político a la clase obrera no empleada en fábricas (la clase obrera desempleada, las mujeres que trabajan en las casas, oficinas y empleados de tiendas comerciales). En consecuencia, un Estado de consejos llevaría inevitablemente a una dictadura, como la que supuestamente existió en la Rusia posrevolucionaria, la cual ahogaría las aspiraciones democráticas de la clase obrera.

Como había sostenido sistemáticamente al menos desde 1910, la clase obrera podía recorrer un camino verdaderamente democrático hacia el socialismo solo a través de una combinación de una lenta, pero constante, “acumulación de fuerzas” en los sindicatos y en el partido, y de la “conquista” del Estado existente por medio de elecciones legislativas.

La defensa que hace Muldoon de “lo mejor” de Kautsky está basada en varias afirmaciones problemáticas. El argumento de Kautsky, de que una república basada en consejos obreros excluiría a importantes sectores obreros, era demagógico y erróneo. Los consejos organizaron a la clase obrera desempleada, a los cargos administrativos y de comercios. El gobierno provisional del SPD-USPD que llegó al poder después de que el Kaiser abdicara en noviembre de 1918 eliminó sistemáticamente a las mujeres –más de la mitad de las cuales estaban empleadas durante la guerra- del trabajo remunerado.

Es verdad que, especialmente durante la guerra civil rusa y las ofensivas reaccionarias nacionales y de las potencia capitalistas “democráticas”, los bolcheviques no defendieron de forma coherente la democracia de los consejos-Soviets. Este “déficit democrático” puede haber debilitado la defensa de la democracia soviética frente a la consolidación de la dictadura burocrática de Stalin al final de la década de 1920.

Sin embargo, las raíces de la nueva clase dominante burocrática estaban en el aislamiento político de la revolución rusa (especialmente después del fracaso de la revolución alemana) y en la devastación económica de la guerra civil. No hay nada intrínsecamente autoritario en la democracia radical de los consejos obreros.

Básicamente, la estrategia de Kautsky de “combinar” la organización independiente de la clase obrera y de ganar “el poder” a través de elecciones se centraba en ideas poco realistas sobre la conciencia y la organización de la clase obrera. La noción de que la clase obrera podría acumular gradualmente sus fuerzas a través de la construcción de sindicatos y organizaciones populares cada vez más grandes, y aumentando su base electoral hasta transformarse en el partido mayoritario, ignoró la naturaleza episódica de la lucha y consciencia de la clase obrera.

Mientras el partido socialdemócrata y representantes sindicales creían que el poder vendría a través de una “acumulación lenta y sostenida de fuerzas”, la realidad es que la lucha de la clase obrera bajo el capitalismo toma la forma de incrementos de poder masivos discontinuos. Es durante estas conmociones periódicas que la clase obrera puede ganar beneficios y construir organizaciones democráticas que cimienten la solidaridad y superen las divisiones y la fragmentación de la clase.

Para tener éxito, tales movimientos siempre implican aumentos en los niveles de confrontación con el orden económico y político establecido, y tienden a radicalizar a muchos de sus participantes.

Por el contrario, las campañas electorales, en las cuales el objetivo primordial es ganar las elecciones, priorizan sacar el “50% más uno” de los votos sobre una base política común la más baja posible. Las políticas legislativas implican “construir coaliciones” que llevan a concesiones continuas. Ninguna requiere que la masa de votantes sean participantes activos en el establecimiento democrático de un programa o estrategia, y en general desalientan la confrontación y el radicalismo político.

La lucha por el derecho al voto prusiano

Las contradicciones entre la lógica de luchas de masas–inclusive por reformas- y el electoralismo fue evidente en la disputa respecto a la reforma del voto en Prusia previo a la Primera Guerra Mundial. Prusia, el estado alemán más grande, tenía un sistema de votación de “tres clases” que daba un mayor peso al voto de los capitalistas y profesionales que a la clase obrera de fábricas, administración y de comercios. El SPD había abogado ampliamente por la abolición del sistema de voto prusiano para reemplazarlo por un sufragio universal e igualitario.

En 1909-1910, enfrentado con otro gobierno prusiano que se negaba a abolir el voto de “tres clases”, y animado por huelgas sobre salarios, horas y condiciones laborales en las industrias de la minería y de la construcción, el SPD prusiano adoptó la estrategia de Rosa Luxemburgo de la huelga de masas para obtener la reforma electoral. A fines de invierno y principios de la primavera de 1910, se produjeron docenas de manifestaciones de masas, además de huelgas “demostrativas” de uno o dos días para lograr el voto universal, las cuales fueron recibidas con una brutal represión policial.

La dirección del SDP, bajo la influencia de Luxemburgo, comenzó a hacer crecer la idea de una huelga política general indefinida para lograr la reforma electoral. La corriente principal de la dirección del partido –los parlamentarios y los líderes sindicales- rechazó la agitación de la huelga de masas de principios de 1910 como una “locura de masas”. Ellos estaban enfocados en obtener avances en las próximas elecciones prusianas y del imperio, que cimentarían una alianza legislativa con el capitalista Partido Progresista para lograr el sufragio universal. Para la dirección del SPD, las manifestaciones disruptivas y las huelgas solo podían dañar las posibilidades del partido en las elecciones y hundir sus esperanzas de una reforma legislativa.

Kautsky, visto durante largo tiempo como un incondicional de la izquierda del SPD, buscó un término medio entre el partido y la burocracia sindical y la clase obrera de base en el SPD. Mientras “en principio” apoyaba la idea de huelgas políticas, Kautsky sostuvo que incluso abordar la cuestión en la prensa partidaria era “prematuro”. El ensayo de Luxemburgo ¿Y después qué?, que aconsejaba la preparación para esas huelgas, fue rechazado tanto por el diario del SPD, Vorwarts, como por la revista teórica, Die Neue Zeit, editada por Kautsky.

Según Kautsky, la huelga política de masas era una “guerra de maniobras” prematura que se adelantaría a la “acumulación de fuerzas” gradual del partido y de los sindicatos en una “guerra de desgaste”. En vez de comprometerse en tales “aventuras”, Kautsky argumentó que el SPD necesitaba enfocarse en aumentar su base electoral en la próxima elección.

La historia mostró que Luxemburgo y sus camaradas estaban en lo correcto en relación al asunto del sufragio. La dirección del SPD, con el apoyo activo de Kautsky –el vocero del emergente “centro marxista ortodoxo”- desbarató el movimiento militante por la reforma del sufragio en Prusia. El sistema de votación de las “tres clases” se mantuvo hasta 1919, cuando huelgas y mítines masivos, y la amenaza de la revolución obrera, finalmente permitieron obtener el sufragio universal en Alemania.

El socialismo en EE.UU. se enfrenta a similares dilemas, en donde hay un aumento en las luchas de masas. El levantamiento de Wisconsin del 2011 planteó una elección entre extender la ocupación y construir acciones de huelgas de masas, o apoyar a los demócratas en la batalla para derrotar la legislación en contra de los sindicatos de Walker. Desafortunadamente, quienes priorizaron a los demócratas prevalecieron, llevando al desbaratamiento y a la derrota del movimiento. Los levantamientos de docentes tienen y seguirán teniendo que enfrentar la elección: construir huelgas disruptivas y acciones de masas, o apoyarse en “amigos de los trabajadores”. Solo cuando haya claridad respecto a de dónde proviene nuestro poder –la capacidad de la clase obrera de interrumpir el “business as usual”- podemos obtener conquistas, construir radicalismo, y consolidar nuevas organizaciones.

Las contradicciones de la política de Kautsky se manifestaron plenamente durante la Primera Guerra Mundial. La noción de ultraimperialismo de Kautsky, de que el capitalismo había trascendido permanentemente el conflicto militar en pos de una competencia económica “pacifica”, desorientó a la dirección y a las filas del SPD cuando la guerra empezó en agosto de 1914. Kautsky guardó silencio respecto a su oposición a la posición pro-guerra del SPD hasta fines de 1915, con el fin de preservar la “unidad del partido”, la cual era central en su visión de una vía “democrático-electoral” al socialismo.

En 1916, Kautsky apoyó a aquellos que en la delegación legislativa del SPD se abstuvieron en lugar de votar en contra del presupuesto para la guerra. Cuando la dirección del SPD expulsó a todos los que rechazaron financiar la guerra, Kautsky se situó en el ala derecha del recientemente formado USPD.

Luxemburgo, Liebknecht, y Zetkin en la izquierda del USPD llamaron a manifestarse en contra de la guerra, con huelgas en industrias bélicas y una activa resistencia en el ejército en preparación a un alzamiento revolucionario. En vez de eso, Kautsky y sus aliados abogaron por presionar al SPD y a otros partidos que estaban a favor de la guerra para negociar una “paz democrática” que pusiera fin a la guerra sin que varias potencias capitalistas anexaran nuevas colonias o esferas de influencia. Nuevamente, fueron las huelgas de masas y un motín naval, y no la actividad legislativa del USPD, lo que sacó al Káiser de su trono y puso fin a la Primera Guerra Mundial en noviembre de 1918.

Muldoon reconoce que el programa de Kautsky para la revolución alemana nunca se llevó a cabo. Kautsky lideró la “Comisión de socialización”, la cual se suponía que tenía que llevar a cabo las exigencias populares para poner la economía bajo un control democrático. Sin embargo, el SPD –el partido dirigente de facto en la coalición de gobierno entre el SPD y el USPD que tomó el poder después de la abdicación del Káiser– priorizó la restauración de la actividad económica –una renovación de la acumulación capitalista- sobre la socialización. El SPD y los representantes sindicales se unieron con los voceros de los capitalistas industriales para asegurarse de que se mantendría en su lugar el control capitalista sobre la producción.

Al mismo tiempo, el SPD buscó restaurar las condiciones del dominio político capitalista por todos los medios necesarios. Utilizando el inoportuno levantamiento de enero de 1919 como pretexto, el SPD desató un régimen de terror contra el movimiento de consejos obreros en toda Alemania. La dirección del SPD ayudó a organizar los freikorps, bandas armadas de extrema derecha formadas por exveteranos que con el tiempo se convertirían en las fuerzas de choque de los nazis en la década de 1920, para reemplazar al ejército que había colapsado. Los freikorps no solo asesinaron a Luxemburgo y a Liebknecht, sino que fusilaron a cientos de personas y encarcelaron a miles de militantes y obreros  revolucionarios en Alemania.

Kautsky intentó “culpar a ambos lados” por la represión y se empeñó en insistir en su camino “democrático” al socialismo. Al final aceptó a la asamblea nacional y a la República de Weimar como políticamente legítimas, a pesar de que la socialización de la industria se mantuvo como una quimera. Los consejos de fábrica radicales que sobrevivieron la represión de los consejos obreros en 1919 continuaron luchando contra la dominación capitalista en la economía y en el Estado.

Sin embargo,  estaban subordinados a los sindicatos en 1924 y sobreviven hoy como órganos de cooperación sindical-empresarial. Kautsky y sus camaradas en el USPD, que volverían al SPD a principios de la década de 1920, cargan con la responsabilidad de la derrota de la revolución alemana, que creó las condiciones para el ascenso de del fascismo.

¿Fue Kautsky un “realista”?

¿Fue el fracaso de la perspectiva de Kautsky simplemente producto de la ambivalencia del SPD? ¿O había contradicciones más profundas estructurales en su estrategia? En el seno de la estrategia de Kautsky, de combinar organización y actividad de las masas con ganar poder dentro del estado capitalista a través de las elecciones, está la promesa de una vía no insurreccional hacía el socialismo.

Las luchas “dentro” y “contra” el estado prometen un quiebre con el capitalismo que no incluya las dificultades de una insurrección: represión por parte del Estado, o una dictadura posrevolucionaria. Desafortunadamente, la promesa de Kautsky está basada en una comprensión irrealista del estado capitalista.

Kautsky y quienes hoy defienden una estrategia socialista similar, y que reconocen entre sus influencias los escritos eurocomunistas de izquierda de Nicos Poulantzas, no tienen en cuenta cómo el control del capital sobre las inversiones forma una primera línea de defensa contra el intento de usar los cargos electos para derrocar al capitalismo. Uno tras otro gobierno socialdemócrata en los últimos cincuenta años –desde el programa de Meidner propuesto por la socialdemocracia sueca en la década de 1970, pasando por el gobierno socialista de Mitterrand en Francia entre 1981 y 1983, hasta Syriza en Grecia el 2016– han sido forzados a abandonar las reformas y a abrazar la austeridad frente a las huelgas de inversión capitalistas.

¿Qué pasaría, sin embargo, si un partido socialista verdaderamente radical del tipo previsto por Kautsky llegase al poder en el Estado actualmente existente? Es posible que tal partido esté preparado para combinar una nacionalización/socialización de empresas capitalistas con movilizaciones de la clase obrera para reiniciar la economía bajo el control de comités obreros. Sin embargo, tal gobierno socialista radical aún enfrentaría una importante resistencia capitalista desde dos frentes del Estado capitalista.

En primer lugar, debería enfrentar la resistencia pasiva y activa a la implementación de cualquier medida anticapitalista por parte de la burocracia estatal y de la administración pública. En segundo lugar, enfrentaría la represión de las organizaciones obreras y un posible golpe de estado por parte del ejercito/aparatos represivos. El destino del régimen de Allende en Chile, que había prometido un camino parlamentario al socialismo apoyado por órganos de poder popular, debe ser un recordatorio permanente del peligro real de la represión del Estado capitalista sobre los gobiernos elegidos democráticamente.

Quien defiende la estrategia de Kautsky podría responder que los órganos de poder popular en los lugares de trabajo y en los barrios de la clase obrera podrían “frenar” tal resistencia. Sin embargo, para bloquear la resistencia de la burocracia y del ejército, los órganos de poder popular de la clase obrera deben haber llegado a ser un Estado substituto. Los consejos obreros/comunitarios tendrían que remover (y posiblemente arrestar) a los funcionarios administrativos permanentes e implementar medidas realmente anticapitalistas de un gobierno de izquierda radical. Estos órganos de poder popular también tendrían que desarmar, encarcelar y reemplazar al ejército con milicias obreras. Si bien tales medidas podrían neutralizar la oposición entre los funcionarios públicos, la autoridad política sobre la burocracia y las fuerzas armadas debería pasar a las manos de los órganos de la clase obrera y del poder popular.

En otras palabras, cualquier gobierno socialista comprometido con la abolición del capitalismo tendrá que destruir el estado capitalista existente y reemplazarlo por un estado obrero basado en las más altas formas de autoorganización de la clase trabajadora: los consejos de trabajadores. Si un gobierno socialista tan radical no aplicara estas tácticas, que requerirían una confrontación armada con el estado capitalista existente, se reduciría a administrar el capitalismo y la austeridad como lo han hecho los socialdemócratas durante generaciones. La negativa de Allende, la dirección del Partido Socialista y el Partido Comunista a enfrentar esta realidad dejó a los trabajadores chilenos sin preparación para el golpe del 11 de septiembre de 1973.

La lucha hoy

Las contradicciones estratégicas de la vía al socialismo de Kautsky son bastante relevantes hoy. Los defensores contemporáneos de una estrategia que combina luchas “dentro” y “contra” el estado capitalista resuelven estas contradicciones afirmando que los gobiernos de izquierda que capitulan frente a la austeridad “no tenían opción”. Van lo más lejos posible para defender a gobiernos “de izquierda” desacreditados como “el mal menor” o “la única alternativa” a la extrema derecha, cuyo ascenso prepararon los regímenes socialdemócratas.

El intento de “combinar” luchas de masas y campañas electorales, cuyo primer objetivo es el de “tomar el poder dentro del Estado”, también presenta dilemas reales para las luchas por reformas bajo el capitalismo. Hemos visto cómo Kautsky finalmente terminó colaborando con la dirección del SPD en desbaratar las luchas de masas por el sufragio universal en Prusia en 1910, en vistas del interés de construir el apoyo electoral del partido. Hoy, el mismo dilema –priorizar, preparar y construir luchas de la clase obrera de masas, disruptivas y hasta ilegales dentro y más allá de los lugares de trabajo, o ganar elecciones– continuará persiguiendo los intentos de construir una estrategia tanto “adentro” como “afuera” del Partido Demócrata y de otras instituciones del Estado capitalista.

La pregunta por las prioridades estratégicas –construir luchas de la clase obrera democráticamente autoorganizadas o ganar posiciones dentro de un Estado capitalista fundamentalmente antidemocrático– permanece como una cuestión central para la nueva izquierda socialista en EE.UU y en el resto del mundo.

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