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Arriba los pañuelos verdes. Plaza del Congreso, Ciudad de Buenos Aires, 29 de diciembre de 2020 (Foto: Santiago Oroz / ig: santi.oroz)

Luchar vale la alegría

La madrugada del 30 de diciembre se aprobó, en Argentina, la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo. El aborto legal, seguro y gratuito es una enorme victoria hecha de infinidad de pequeñas, algunas casi imperceptibles, victorias. Se dice que luchar vale la pena, pero en este caso mejor reformular: luchar vale la alegría.

El diez de diciembre me arreglé antes de salir: un vestidito y sandalias para la entrega de diplomas de les pibis con les que trabajé todo el año (como el año me lo permitió) y zapatillas y pañuelo verde en la mochila para ir desde ahí a la concentración en la Plaza del Congreso a propósito del debate de la ley del aborto.

Cuando llegué a la avenida Callao me acerqué al espacio político que siempre me albergó y como viene pasando últimamente, todas las caras me eran un poco desconocidas y también un poco cualquiera de ellas podría ser o haber sido la de una de mis alumnas. Me hice un chiste a mí misma y le pregunté a una chica llena de glitter, a la que le calculé unos 18 años, dónde estaban «las viejas». Me miró, se rio –supongo que a ella mi cara también le sonó conocida– y me señaló un rincón más allá, donde estaban mis compañeras de siempre, con las que construí debates, a las que acompañé allá por mediados de la década de 2000 a reuniones en la Facultad de Ciencias Sociales o en la sede de la Central de Trabajadores, a coordinar, por ejemplo, algún 8 de marzo en el que nos iba a ser difícil conseguir gente para sostener los palos de las banderas.

Las viejas les digo, en chiste, mientras le pregunto por mis amigas. Nuestro grupo de whatsapp, como los de muchas, se llama Las pibas. Estamos todas entre los treinta y pico y los cuarenta, y sé que no, que lo de «viejas» es una hipérbole con la que nos reímos, uno más de nuestros códigos, que tenemos las piernas jóvenes para aguantar muchas noches como la de Diputados, como la de Senadores. Nuestro grupo ya parió, ya abortó, ya sufrió pérdidas, ya aprendió a los golpes a hacerse lugar en las organizaciones. Nuestro grupo es un grupo de jóvenes con experiencias. Pregunto por las viejas y las pibas me miran cómplices, me las señalan con una sonrisa. Y yo creo que es una sonrisa de admiración. Yo también admiro a mis amigas. Así como admiro a las viejas fundadoras, a las precursoras del pañuelo verde que desafiaron la lógica de «cuánta más edad, más conservadora se vuelve una», lógica perversa a la que invita el tiempo.

Ayer leía una nota de Noelia Barral Grigera que reconstruye el recorrido desde la primera marcha que se realizó para pedir la legalización del aborto, en 1984, pasando por la formación de Comisión por el Derecho al aborto, la primera presentación del proyecto de ley a inicios de los 90, los Encuentros Nacionales de Mujeres que le inyectaron más fuerza al sueño, los quince años de Campaña. Eriza la piel ver esas fotos de los 80 con señoras que se vestían como nuestras mamás, con unas pancartas prolijísimas anunciando la lucha y denunciando el patriarcado. Desafiando la lógica del tiempo, afinando su insistencia radical.

Estos dos días me la pasé leyendo y viendo cosas en las redes. Hay un segmento de una serie escrita y dirigida por Malena Pichot en 2018 en el que ensaya una hipótesis, en ese momento lejana: el aborto se legaliza en la Argentina y las mujeres, todas, corren desesperadas a abortar. Incluso a embarazarse solo para después abortar. Incluso a abortar sin estar embarazadas. Da gracia y la risa se agradece, porque se la logra de una manera muy inteligente: haciéndose cargo del imaginario del enemigo. Porque para aquel (se me disculpará que piense en masculino para estas cuestiones) que no entiende el feminismo, es inconcebible –pásese por alto la ironía– que se luche así de encarnizadamente por algo de lo que luego quizás no va a hacerse un uso individual. Puede que sea por eso que les desconcierten tanto las embarazadas con pañuelo verde, las madres que se movilizan con sus hijes, incluso que señoras jubiladas sean las que alimentan la levadura de la irreverencia. Se les debe hacer un embrollo de ideas en su pensamiento lineal y a veces hasta carente de abstracción. Como cuando leen en el «muerte al macho» una amenaza.

Leo a Eli Gómez Alcorta (Ministra de Mujeres, Géneros y Diversidad) que lee también esa linealidad histórica: el martillo de la brujas es un tratado de 1484 que estudia a lo que considera, justamente, mujeres brujas, y tipifica una serie de desviaciones en relación a la sexualidad y todas tienen que ver con prácticas de anticoncepción y aborto, identificadas con el diablo, por supuesto. Eli dice que no es joda cuando decimos que somos las nietas de las brujas. Se nos condenó por tener y defender un saber, por practicarlo en nuestros cuerpos o por ayudar a otras a practicarlo en los suyos. Porque las compañeras y compañeres que hicieron crecer la demanda sobre la legalización del aborto, más que abortar –o además de ello–, necesitaron un mundo más libre y más justo. En esa convicción, pienso, se sostiene este triunfo.

Y en eso pensé la madrugada del 29, cuando entre las pibas empezaron a circular los números que parecían asegurar que en Senadores el proyecto se transformaba en ley. ¿De qué está hecha esta victoria? Sé que es una pregunta que venimos preparándonos para contestar hace mucho: de las compañeras históricas, de las nuevas generaciones, de la decisión política, de la militancia. Claro. Y de tantas cosas más que podremos ir pensando en este tiempo de construcción que se nos viene.

Yo quisiera pensar desde algo que conozco: la gente que cuenta historias. La literatura. Entre las cosas que no pude hacer este año estuvo leer con mis alumnes Enero, de Sara Gallardo. Es su primera novela y la escribió en 1958. La protagonista de Enero se llama Nefer, tiene 16 años, vive en el campo y también en el campo es violada. De esa violación resulta un embarazo. Nefer en realidad está enamorada del Negro, el Negro ni la mira en toda la novela, la familia de Nefer termina obligándola no solo a continuar con ese embrazo, sino a casarse con un hombre que no ama y que, para rematar la ignominia, es su abusador.

Tengo en mi cabeza una escena como si la hubiese visto en una película. Nefer se debate entre el suicidio o el aborto, se decide por este último, va a la curandera del pueblo, en el camino se encuentra con unos parientes que la interrogan, siente vergüenza, sigue adelante. En la casa de la curandera siente más vergüenza aún y finalmente se va sin haber logrado su objetivo. No pensé en la novela hasta ahora. La vorágine de este año quieto hizo que armara materiales y seleccionara de nuevo contenidos para mis clases con una reflexión sin recreos para levantar la vista y mirar para adentro.

Y no es el debate que atravesamos –que volvimos a atravesar– lo que me la trajo a la memoria, sino otra novela, esta vez de la mexicana Fernanda Melchor: Temporada de Huracanes. En esta historia diferentes voces se organizan alrededor del travesticidio de la bruja del pueblo. La bruja del pueblo ayuda, entre otras cosas, a abortar. No cobra por ese servicio, porque entiende. Una de las voces que cuenta está muy cerca de Norma. Norma tiene 13 años y está embarazada. El que la embarazó fue su padrastro. Supongo que está de más señalarlo, pero por si acaso lo hago: ese embarazo es producto de un abuso.

La madre del nuevo novio de Norma la lleva a la bruja, la bruja le dice que el embarazo está demasiado avanzado, la madre del novio le ruega, la convence, la bruja prepara el brebaje, Norma se lo toma, Norma se desangra, Norma termina en el hospital. No sé si se salva o no, la novela tiene la gentileza de no contárnoslo. Porque, digamos la verdad: hasta ahora la mayoría de las veces las Normas se morían, las Nefer terminaban obligadas a parir, niñas, y con ese parto se inauguraba su vida de desdichas.

Hablo de lo que leo porque me parece una cifra de la experiencia colectiva. Las primas fue la novela que llevó al éxito a Aurora Venturini a los 85 años de edad. Allí, Yuna narra su vida y la de su hermana y sus primas, todas «minusválidas». De su minusvalía mental se aprovechan varios hombres: el vecino de la prima Carina, que muere luego de practicarse un aborto (clandestino, no sé si a esta altura hay que aclararlo), el profesor de arte que abusa de Betina, que carece de voluntad y lenguaje y muere luego de parir a un chico muerto. Es entendible entonces que Yuna, la narradora, se abstenga del sexo, que le dé asco y la fascine al mismo tiempo, después de asistir a tamañas experiencias familiares. Cuando Aurora Venturini escribió esto tenía más de 80 años y se reconocía católica devota. Algo más para pensar: esta victoria también está hecha de las voces que no permanecieron al margen, que no se declararon desconocedoras, ignorantes.

Permítanme que vaya a otra historia: un niño que nace pero no es deseado, y por eso se lo abandona. Después de ese abandono comienza una gran novela de una gran mujer, Camila Sosa Villada. El niño abandonado en una zanja es encontrado por un grupo de travestis y por ellas acunado, cuidado y criado. La tía Encarna se convierte en travesti madre: la hace madre su deseo. Y ahí empiezan las alegrías y las desgracias, porque ni el barrio ni las familias del jardín aceptan un hijo de una madre trava.

No voy a contar el final porque la novela Las malas, de Camila, está circulando ahora con un éxito más que merecido –por el bien de todes nosotres– pero anuncio que la historia no tiene un final de novela rosa. En mí el relato juega con la bronca de que podría haber tenido un final mucho más feliz, pero la novela muestra que la misma porción de sociedad que condena el aborto, condena también cualquier forma de amor que no esté escrita en sus estatutos morales que son, en general, versiones degradadas de los dogmas del Opus Dei.

Podría seguir un rato largo pero sé que a veces aburro. Solo un relato más, que sí pude trabajar este año en el aula virtual que supimos conseguir. Una pareja de clase media queda embarazada. Dudan al principio, se quieren, tienen todo lo necesario, las familias de ambos están felices y empiezan a construir el ajuar. Pero después de un rato prima el deseo: todavía no, no estaba planeado así, hay tantas cosas por hacer antes. Entonces aparece el doctor Weisman con su método de respiración consiente, y hace que el tiempo empiece a correr al revés. Me disculpará Samantha Schweblin por contar tanto y tan precariamente su historia, pero el final me parece sublime: la panza va decreciendo hasta desaparecer, un día ella tiene náuseas y de su boca sale algo pequeño, del tamaño de una almendra, que ella y su pareja guardan para después en un frasco de conservación. El título del cuento es Conservas y es tan justo, tan justo que ese cuento les escupa a los conservas el pequeño frasco de sus convicciones. Porque de eso también esta hecha esta victoria. Del entender que el aborto es una práctica que reconoce, claro, pero que también cruza todas las clases sociales.

Hay tantas cosas que en estos días están siendo dichas y tantas que están por decirse, que, como casi nunca me pasa, no me da ansiedad cerrar este relato. Lo reconozco como uno más, otro aporte para pensar cómo aprender de nosotras mientras disfrutamos de este derecho recién conquistado. Como otra baldosa del piso desde donde vamos a escribir a partir de ahora. Todas. Las adolescentes del glitter. Las hermosas viejas tercas, fundadoras. Las que están discutiendo desde adentro del Estado. Las que, desde afuera, marcan agenda. Las que son madres. Las que eligen no serlo. Las identidades trans. Las que cuentan historia. Las que las acompañan. Las pibas. Mis compañeras. Mis amigas. Mis hermanas.

Cierre

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