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Chile: hacia un significante nuevo

Traducción: Valentín Huarte

Recientemente, dos acontecimientos trajeron algo de esperanza a esta época depresiva que es la nuestra: las elecciones en Bolivia y el triunfo del «Apruebo» en el plebiscito nacional de Chile. En ambos casos, tenemos un extraño solapamiento de democracia «formal» —elecciones libres— con una sólida voluntad popular.

Recientemente, dos acontecimientos trajeron algo de esperanza a esta época depresiva que es la nuestra: las elecciones en Bolivia y el triunfo del «Apruebo» en el plebiscito nacional de Chile. (El 25 de octubre de 2020, el electorado chileno tuvo que elegir entre «Apruebo», que significaba aprobar el cambio de la Constitución de Chile en dirección a una mayor justicia social y a más libertades, y «Rechazo», que significaba rechazar este cambio). En ambos casos, tenemos un extraño solapamiento de democracia «formal» —elecciones libres— con una sólida voluntad popular. Bolivia y Chile demostraron que, a pesar de todas las manipulaciones ideológicas, hasta la denominada «democracia burguesa» puede a veces funcionar. Sin embargo, la democracia liberal está alcanzando sus límites en la actualidad. Para funcionar, debe ser suplementada con… ¿qué? En Francia está emergiendo en este momento un fenómeno muy interesante como reacción a la desconfianza masiva en las instituciones estatales: un renacimiento de las asambleas locales de ciudadanos practicadas por primera vez en la Antigua Grecia:

«en 621 a. C. la ecclesía, o asamblea popular de la antigua Atenas, era un foro en el cual podía participar cualquier ciudadano de género masculino sin que mediara ninguna consideración de clase. Ahora, con la inminente crisis social y económica inducida por la pandemia, se está actualizando esta antigua herramienta democrática para adecuarla al siglo 21. Pueblos, ciudades y regiones a lo largo y ancho de Francia se vuelven cada vez más hacia sus ciudadanos y ciudadanas para ayudarlos a avanzar hacia un futuro más igualitario»1

Estos encuentros no son organizados por los aparatos estatales locales. Son autoorganizados por los miembros activos de las comunidades locales por fuera del Estado y conllevan un gran componente de riesgo, de lotería. El número de delegados y delegadas elegidos de forma aleatoria es 150, en lo cual puede observarse un procedimiento vagamente similar al de Chile donde, luego de la victoria del «Apruebo» en el referéndum, también serán 155 los individuos elegidos por fuera de las fuerzas políticas institucionales que trabajarán en el proyecto de una nueva constitución.

Luego de la victoria, la lucha real

Supuestamente, Mark Twain dijo: «Si votar hiciera alguna diferencia, no nos dejarían hacerlo». En realidad, no hay pruebas de que haya dicho ni escrito esto. Lo más probable es que la frase provenga de una columna periodística escrita por Robert S. Borden en 1976 para The Lowell Sun. Refiriéndose al sistema electoral norteamericano, Burden escribió: «A los editores no se les ocurre pensar que la actitud de las 70 millones de personas que no votan tal vez sea muy consistente con la realidad de que el concepto de votar y de elegir representantes es fundamentalmente deshonesto y fraudulento. Si se pudiera cambiar algo votando, ¡votar sería ilegal!2 Sin embargo, hay buenos motivos para atribuirle esta afirmación a Twain, dado que refleja fielmente su posición: a pesar de que Twain era un defensor del sufragio universal —incluyendo a las mujeres— y le pedía a la gente que vote, era muy escéptico acerca de las maquinaciones que impiden que la mayoría exprese su voluntad. En principio, debería aceptarse la tesis citada como válida en términos universales, aunque esta universalidad debe fundamentarse en una excepción. De vez en cuando, raramente, hay elecciones y plebiscitos que importan. A pesar de que estas elecciones son las únicas que merecerían ser calificadas como «democráticas», son siempre vividas como un signo de inestabilidad, como una indicación de que la democracia está en peligro.

El golpe de enero en contra del régimen de Morales en Bolivia se legitimó a sí mismo como un retorno a la «normalidad» parlamentaria en contra del peligro «totalitario» de que Morales aboliera la democracia y transformara a Bolivia en una nueva Cuba o Venezuela. La verdad es que, durante la década de gobierno de Morales, Bolivia estableció efectivamente una nueva «normalidad» exitosa, conjugando la movilización democrática del pueblo con un progreso económico evidente. Tal como dijo el nuevo presidente Lucho Arce, anterior ministro de Economía de Morales, durante la década de gobierno de Morales, los bolivianos y las bolivianas vivieron los mejores años de sus vidas. Fue el golpe contra Morales el que destruyó la normalidad que tanto había costado alcanzar y el que produjo un nuevo caos y más miseria. Por lo tanto, la victoria electoral de Arce implica que Bolivia no tiene que empezar desde un punto cero, sino simplemente volver al estado de cosas anterior al golpe.

En Chile, la situación es más compleja. Octubre es un mes chileno. Es el mes en que se desarrollaron algunos de los giros radicales de la historia política del país. Fue el 24 de octubre de 1970 que se ratificó la victoria de Salvador Allende; el 18 de octubre de 2019 estallaron las enormes protestas populares que anunciaron el fin de la normalización pinochetista; y el 25 de octubre de 2020 —por cierto, la misma fecha de la Revolución de octubre según el viejo calendario ruso— dio lugar a la victoria del «Apruebo», que resultó en la disolución de los significantes represivos, cargados de impunidad y construidos sobre la impunidad de los crímenes y las violaciones a los derechos humanos. Octubre no es un mes cualquiera en el calendario chileno. Está profundamente asociado con las rupturas históricas y simbólicas que la gente decidió emprender.

A pesar de haber respetado todas las reglas democráticas formales, Allende impulsó una serie de medidas que fueron percibidas como «demasiado radicales» por la clase dominante. Luego, con el apoyo activo de EE. UU., esta clase organizó una serie de sabotajes económicos y, cuando se confirmó que esto no era suficiente para menguar el apoyo popular del que gozaba Allende, su gobierno fue derrocado por un coup d’etat militar el 11 de septiembre de 1973 (la verdadera catástrofe del 9/11). Luego de 4 años de dictadura militar pura, en 1977 se encomendó la creación de la Constitución Política de la República de Chile a la Comisión de Estudios de la Nueva Constitución, conformada por un grupo de 12 personas elegidas por la Junta Militar. El proyecto elaborado por este grupo fue modificado por el Consejo de Estado, también designado por la Junta, y finalmente por el general Pinochet. El propósito de este documento era asegurar la supervivencia del modelo que estaba siendo implementado en el país, suspendiendo la posibilidad de tomarse libertades en el futuro en relación con decisiones económicas que podrían afectar a dicho modelo.

Pinochet reforzó de esta forma su propia normalización «democrática» con una nueva constitución que garantizó con seguridad el privilegio de la gente rica en un orden neoliberal. Las protestas que estallaron en octubre de 2019 son una prueba de que la democratización de Pinochet era falsa, como lo es cualquier democracia tolerada o incluso promovida por un poder dictatorial. El movimiento a favor del «Apruebo», que creció a partir de estas protestas, apuntó sabiamente a cambiar la constitución: dejó en claro para la mayoría del pueblo chileno que la normalización democrática coordinada por Pinochet fue una continuación del régimen de Pinochet por otros medios. Las fuerzas de Pinochet permanecieron en el fondo como un «Estado profundo», asegurándose de que el juego democrático no se saliera de control. Pero ahora que la ilusión de la normalización de Pinochet se quebró, Chile no tiene un orden establecido al que retornar, motivo por el cual tendrá que construir cuidadosamente una nueva normalidad para la cual ni siquiera los años gloriosos de Allende pueden servir como modelo.

Muchos peligros acechan en este camino. La victoria electoral es solo el comienzo: el verdadero trabajo duro comienza el día después, cuando el entusiasmo se terminó y se debe construir pacientemente la nueva normalidad de un mundo poscapitalista. En un sentido, esta lucha será más difícil que las protestas y las campañas a favor del «Apruebo». La campaña tenía un enemigo claro y solo tenía que articular las injusticias y la miseria, causadas por ese enemigo, con metas emancipatorias en el plano de una cómoda abstracción: dignidad, justicia social y económica, etc. Ahora el «Apruebo» tiene que poner en práctica su programa, traducirlo en una serie de medidas concretas, lo cual sacará a luz todas las diferencias internas que se ignoran en el marco de la solidaridad extática del pueblo.

Las amenazas al proceso emancipatorio ya están apareciendo. Como se esperaba, algunos sectores derechistas tratan de apropiarse del discurso de la democracia social en contra de los sectores «extremistas» del «Apruebo». También al interior del «Apruebo» hay signos de un conflicto entre quienes quieren permanecer en el marco de la democracia representativa tradicional y quienes quieren una movilización social más radical. El camino que lleva afuera de esta difícil situación no pasa por estancarse en aburridos debates «principistas», sino por ponerse a trabajar, elaborar y fortalecer proyectos diferentes. Considerando sus conquistas como alcalde de Recoleta, Daniel Jadue es la persona indicada para coordinar estas iniciativas. El gran éxito del grupo chileno Los prisioneros, titulado «El Baile de Los Que Sobran», se convirtió en el símbolo musical de las manifestaciones que coparon las calles. Ahora Chile necesita el trabajo duro de los que sobran. Si esto no sucede, el viejo régimen sobrevivirá con una nueva máscara socialdemócrata, y la tragedia de 1973 —el golpe contra Allende— se repetirá como una farsa cínica posmoderna.

Es muy riesgoso predecir cómo terminará esta lucha. El principal obstáculo no es el legado de Pinochet en sí mismo, sino el legado de la apertura gradual —y falsa— de su régimen dictatorial. Sobre todo a lo largo de los años noventa, la sociedad chilena experimentó lo que podríamos denominar una rápida posmodernización: una explosión de hedonismo consumista, de cierta permisividad sexual superficial, de individualismo competitivo, etc. Quienes estaban en el poder se dieron cuenta de que un espacio social atomizado de este tipo es mucho más efectivo que la opresión estatal directa en contra de los proyectos izquierdistas que se apoyan sobre la solidaridad social: las clases siguen existiendo «en sí» pero no «para sí»; se percibe a los otros de la clase más como competidores que como miembros del mismo grupo con intereses solidarios. La opresión estatal directa tiende a unificar a la oposición y a promover formas organizadas de resistencia mientras que, en las sociedades «posmodernas», hasta la más extrema insatisfacción asume la forma de revueltas caóticas que rápidamente se quedan sin aliento, incapaces de alcanzar la etapa «leninista» de una fuerza organizada con un programa claro.3

Lo que todavía produce esperanza en Chile parece ser una serie de rasgos muy específicos. Bastará con mencionar solo dos. En primer lugar, está el gran compromiso político del campo psicoanalítico, predominantemente de orientación lacaniana, con la izquierda. Estos sectores cumplieron un rol muy importante en las protestas que estallaron en octubre de 2019 y en la organización que llevó a la victoria del «Apruebo» en el referéndum. En segundo lugar, en contraste con lo que sucede en Brasil, tanto en Chile como en otros países —por ejemplo, Bolivia— el nuevo populismo de derecha nunca prendió del todo. Las movilizaciones populares siguen teniendo un claro carácter izquierdista. Estos dos rasgos, ¿están conectados de alguna forma?

Psicoanálisis, ética, política

¿Dónde se sitúa el psicoanálisis con respecto a los cambios sociales radicales? En general ocupa un lugar liberal «moderado» y se preocupa por las trampas implicadas en los procesos emancipatorios radicales. Lacan es un caso ejemplar en este sentido. Demostró claramente que el antagonismo básico de nuestra vida psíquica no es el que se produce entre el egoísmo y el altruismo, sino entre el dominio del Bien en todos sus aspectos y el dominio más allá del principio del placer en todos sus aspectos (el exceso del Amor, de la pulsión de muerte, de la envidia, del Deber…). En términos filosóficos, este antagonismo puede ser ejemplificado con los nombres de Aristóteles y de Kant: La ética de Aristóteles es la ética del Bien, la ética de la moderación, del justo medio contra los excesos, mientras que la ética de Kant es la ética del deber incondicional que nos prescribe actuar más allá de todo justo medio, incluso si nuestros actos implican una catástrofe. No es de sorprender que quienes critican a Kant afirmen que su rigorismo es demasiado «fanático», ni tampoco que Lacan haya discernido en el mandato ético incondicional kantiano la primera formulación de su propia ética de fidelidad al deseo. Cualquier ética del Bien es en última instancia una ética de los bienes, de algo que puede ser distribuido e intercambiado (por otros bienes).

Por eso Lacan era muy escéptico respecto a la noción de justicia distributiva. Esta permanece al nivel de la distribución de los bienes y no puede lidiar ni siquiera con la paradoja relativamente simple de la envidia: ¿qué sucede si prefiero tener menos bajo condición de que mi vecino tenga todavía menos que yo? ¿Y si esta conciencia de que mi vecino está todavía más privado que yo me brinda un plus-de-goce? Este es el motivo por el cual el igualitarismo en sí mismo nunca debería ser aceptado por su valor nominal: la noción —y la práctica— de la justicia igualitaria, en la medida en que se apoya en la envidia, descansa sobre la inversión de la renuncia estándar que se realiza en beneficio de otros: «¡Estoy dispuesto a renunciar a esto, para que otros (igualmente) no lo tengan (ni puedan tenerlo)!» Lejos de oponerse al espíritu del sacrificio, el Mal emerge como el espíritu mismo del sacrificio, listo para ignorar el propio bienestar personal, siempre y cuando, a través de mi sacrificio, pueda privar al Otro de su goce

Sin embargo, esto no funciona como un argumento general contra todos los proyectos de emancipación igualitaria, sino solo contra los proyectos que se enfocan en la redistribución. No debería olvidarse que la justicia distributiva es una noción de izquierda liberal (o socialdemócrata): permanece en el marco del orden de producción capitalista considerando que es el «único que realmente funciona», solo intenta corregir el desequilibrio de la riqueza aplicando impuestos más elevados sobre la gente rica, etc. Nuestro objetivo hoy es ser más radicales: tal como demuestran cada vez con más evidencia las crisis actuales —la pandemia de COVID, el calentamiento global y los incendios forestales, etc.—, el orden capitalista mundial está alcanzando su límite, y amenaza con arrastrar a toda la humanidad al abismo de la autodestrucción. Una vez que notamos esto, el conservadurismo liberal cínico defendido por Jacques-Alain Miller deja de funcionar. Miller apoya el viejo «saber» conservador según el cual, para mantener la estabilidad, deben respetarse y seguirse las rutinas establecidas por una decisión que es

«siempre arbitraria y autoritaria. ‘No hay progresismo que aguante’, sino más bien un cierto tipo de hedonismo denominado ‘liberalismo del goce’. Uno debe mantener intacta la rutina de la cité, sus leyes y sus tradiciones, y aceptar que cierta forma de oscurantismo es necesaria para mantener el orden social. ‘Hay preguntas que no deben ser planteadas. Si damos vuelta la tortuga social, nunca podremos volver a ponerla sobre sus patas».4

Puede observarse que Chile, durante los permisivos años noventa, se presenta como un caso perfecto de este «liberalismo del goce» que mantiene intacta la rutina de la cité. Y, en efecto, Miller explica de forma audaz las implicancias políticas de su noción del psicoanalista, que «ocupa la posición del irónico, que se cuida de no intervenir en el campo político. El psicoanalista actúa para que los semblantes permanezcan en su lugar mientras se asegura de que los sujetos bajo su cuidado no los tomen como reales… de alguna forma, debe lograrse permanecer tomado por ellos (engañado por ellos)5». Entonces, en relación con la política, un psicoanalista

«no propone proyectos, no puede proponerlos, solo puede burlarse de los proyectos de otros, que limitan el alcance de sus enunciados. El irónico no tiene grandes designios, espera a que el otro hable primero para luego hacerlo caer lo más rápido posible… Digamos que esto es la sabiduría política, nada más».6

De nuevo, esto encaja perfectamente en una sociedad posmoderna en la cual las personas que están en el poder tienen cosas más importantes que hacer que «proponer proyectos». Es la izquierda impotente —o la extrema derecha— la que «propone proyectos», y los psicoanalistas cínicos están aquí para advertir acerca de los peligros que conllevan estos proyectos… Pero, ¿qué hacer cuando la tortuga —o nuestro orden social— ya está dada vuelta, tan herida que no hay forma de volver a ponerla sobre sus patas? No hay tiempo para las advertencias acerca de no perturbar las apariencias, puesto que las apariencias se están destruyendo a sí mismas. ¿No hizo Donald Trump, autoproclamado cristiano conservador, mucho más para perturbar las apariencias que todos los sectores izquierdistas que se le oponían? En estos momentos en los que el orden social está desorganizado, la teoría psicoanalítica tiende a promover otro tipo de advertencias: no confiar en los sectores revolucionarios que prometen sacarnos afuera de la catástrofe para llevarnos a un orden nuevo más justo. Esto parece encajar bien con la posición psicoanalítica general según la cual, incluso los actos más nobles, encubren una motivación libidinal narcisista, masoquista, etc. Jacqueline Rose recuerda la fantasía de Freud acerca de cómo surgió la tiranía cuando la humanidad temprana fue golpeada por los horrores de la Edad de Hielo:

«La respuesta del hombre frente a tal restricción de sus pulsiones fue la histeria: los orígenes de la histeria de conversión en los tiempos modernos, en los cuales la libido corre el peligro de ser sometida. El hombre también se volvió tirano, otorgándose a sí mismo un dominio irrestricto como recompensa por su capacidad para salvaguardar las vidas de la mayoría: ‘el lenguaje era mágico para él, sus pensamientos le parecían omnipotentes, entendía el mundo de acuerdo con su yo’. Amo esto. La tiranía es la compañera silenciosa de la catástrofe, tal como demuestra de forma flagrante el comportamiento de los gobernantes de muchos países de todo el mundo en la actualidad, no menos el de aquel que pronto se convertirá en expresidente de Estados Unidos, Donald Trump».7

Rose arriba aquí a una conclusión general: desde la Edad de Hielo hasta las calamidades actuales y las que están por venir —la pandemia, el calentamiento global, un posible invierno nuclear luego de una nueva guerra nuclear—, la reacción predominante a la catástrofe es, de una u otra forma, el auge de la tiranía. Las calamidades globales sacan lo peor de la naturaleza humana:

«Hoy, en medio de una pandemia que parece no tener fin, hay llamamientos a nuevas formas de solidaridad en la vida y en la muerte, y a nuevas formas inclusivas de conciencia política. Sin embargo, ¿cómo encontrar un lugar en esta nueva realidad para los aspectos más sombríos del ser humano que, como girasoles dados vuelta, siguen estando en el centro del proyecto inconcluso del psicoanálisis? A falta de lo cual, por más que lo hagamos con la mejor voluntad del mundo, cualquier paso que demos en esa dirección demostrará en el largo plazo no ser más que un gesto vacío».8

A pesar de que hay una verdad sustantiva en esta línea de pensamiento, deberían agregarse algunos elementos, que no son meros detalles —por ejemplo, que Trump no es una consecuencia de la catástrofe, sino que la pandemia fue más bien la razón principal de su caída—, y que no solo dan cuentan de una historia distinta, sino de algo mucho más básico, que es como la otra cara de la moneda: la lección del psicoanálisis no es únicamente una advertencia contra la ingenuidad emancipatoria y acerca de las enormes fuerzas destructivas de la naturaleza humana (el comunismo soviético se convirtió en estalinismo, etc.). Las dos guerras mundiales también movilizaron a la izquierda radical y dieron nacimiento a revoluciones: luego de la Segunda Guerra Mundial, el Estado de bienestar socialdemócrata entró en su edad de oro. Basta recordar la conmoción de Churchill —la figura de mayor autoridad en el Reino Unido, que condujo al país a la victoria— luego de perder las elecciones a comienzos de 1945 y ser reemplazado por Clement Attlee, un líder del Partido Laborista mucho menos carismático pero efectivo y que, medido según los estándares actuales, era muy radical. ¿Chile no es una prueba de cómo la combinación de calamidades —protestas que comenzaron en octubre de 2019, COVID— pueden llevar a una movilización popular extraordinaria? La pandemia —como así también la forma en la que fue utilizada por el Estado para aplastar las protestas populares— fue un factor crucial para el triunfo del «Apruebo». La perogrullada según la cual las calamidades sacan lo peor y lo mejor de la gente parece estar aquí más cerca de la verdad. Freud mismo era completamente consciente de esto cuando elaboró la compleja interacción entre el yo [Ego], el superyó y el ello (a lo cual debería agregarse el «yo» como distinto del ego y una Ley moral distinta del superyó). Su punto de partida es el extraño fenómeno del «sentimiento inconsciente de culpa» que

«nos despista mucho más y nos plantea nuevos enigmas, en particular a medida que vamos coligiendo que un sentimiento inconsciente de culpa de esa clase desempeña un papel económico decisivo en gran número de neurosis y levanta los más poderosos obstáculos en el camino de la curación. Si queremos volver a adoptar el punto de vista de nuestra escala de valores, tendríamos que decir: No sólo lo más profundo, también lo más alto en el yo puede ser inconsciente.»9

O, tal como se plantea más adelante en el mismo texto: Si alguien quisiera sostener la paradójica tesis de que el hombre normal no sólo es mucho más inmoral de lo que cree, sino mucho más moral de lo que sabe, el psicoanálisis, en cuyos descubrimientos se apoya la primera mitad de la proposición, tampoco tendría nada que objetar a la segunda».10 (Debería notarse aquí el uso de la oposición entre la creencia y el conocimiento: un hombre normal es más inmoral de lo que cree y más moral de lo que sabe). No se trata de que el superyó sea el agente de la moralidad y el ello un reservorio de pulsiones oscuras y «malvadas», pero tampoco se trata de que el superyó esté en lugar de la opresión social interiorizada y el ello en el lugar de las pulsiones que deberían ser liberadas. Freud siempre insistió en que existe un vínculo oscuro y oculto entre el superyó y el ello: no solo el placer insoportable del superyó se sostiene en la energía del ello, sino que también podemos ser mucho más morales de lo que sabemos. Imaginemos a un típico individuo permisivo posmoderno que se percibe a sí mismo como un egoísta que busca todo tipo de placeres: una mirada más atenta nos revela rápidamente que su actividad está regulada por tabúes y prohibiciones de los que no es consciente.

Sin embargo, esta moralidad inconsciente no se restringe a inhibiciones patológicas de las cuales mi yo no es consciente; también incluye milagros éticos tales como la resistencia a cometer un acto que considero inaceptable, aun si debo pagar el precio más alto por esta negativa. Pensemos en Antígona, y recordemos que Lacan, en la lectura que nos brinda de esta figura, no hace lo que esperaríamos que hiciera un analista —es decir, buscar alguna fijación patológica, huellas de un deseo incestuoso, etc.—, sino que intenta precisamente salvar la pureza ética de su no a Creonte. O pensemos en el mandato irreprimible que sentimos de hacer algo mortalmente heroico: lo hacemos simplemente porque no podemos no hacerlo (arriesgar la vida en una protesta popular, unirse a la resistencia contra una dictadura o contra una ocupación, ayudar a otras personas durante una catástrofe natural). De nuevo, aquí deberíamos resistir a las tentaciones pseudopsicoanalíticas obvias de buscar alguna motivación patológica «más profunda» que podría explicar estos actos (por ejemplo, una combinación de pulsión de muerte y narcisismo). Pensemos, hoy, en las miles de personas que trabajan a cambio de salarios precarios para ayudar a quienes contraen el virus, con plena consciencia de que arriesgan sus vidas, y en la gente que ofrece su ayuda voluntaria. Son mucho más numerosos que aquellos que están sometidos a los brutales tiranos. Esta es la razón por la cual Lacan afirma que el estatus del inconsciente freudiano es ético: para Lacan, la Ley moral kantiana es el deseo en su pureza.

La lucha por la hegemonía

Entonces, ¿qué puede decirnos el psicoanálisis sobre la victoria del «apruebo» en Chile? Más que la exploración pseudofreudiana de las profundidades inconscientes de un país, sería más productivo empezar con la noción de de Significante Maestro de Lacan y aplicarla al espacio de la ideología. Empecemos con una comparación entre Chile y Estados Unidos. Una de las sorpresas desagradables de las elecciones presidenciales de Estados Unidos fue la cantidad de votos que Trump cosechó incluso fuera de lo que suele considerarse como su base electoral. Cosechó muchos votos entre negros, latinos, incluso entre los más pobres y entre muchas mujeres. A esto debe sumarse la cantidad de votos que Biden cosechó entre hombres viejos y ricos, que en teoría deberían haber votado en su gran mayoría por Trump. Este giro inesperado demuestra que el Partido Republicano, si es que acaso sigue siendo algo, parece ser ahora un partido que representa más a la clase obrera que el Partido Demócrata, y que la división 50/50, casi simétrica, de los órganos políticos de EE. UU. no refleja directamente una división de clase, sino que es el resultado de toda una serie de mistificaciones ideológicas y desplazamientos. El Partido Demócrata es mucho más fuerte que el Partido Republicano entre el nuevo capital «digital» —Microsoft, Amazon, etc.—, y también fue discretamente apoyado por los grandes bancos, mientras que una porción considerable de la gente más empobrecida de EE. UU. parece apoyar el populismo republicano. El resultado es que, durante la segunda mitad de noviembre de 2020, pudimos leer en los titulares de algunos importantes diarios frases como esta: «¿Puede Trump dar un golpe y permanecer en el poder durante un segundo mandato?»11 Antes de la era de Trump, estos titulares estaban reservados para los denominados «Estados rojos» del tercer mundo. Obviamente, EE. UU. tiene ahora el honor de convertirse en el primer Estado rojo del primer mundo. 12

En un agudo contraste con esta clara división 50/50, el triunfo del «Apruebo» en el referéndum de Chile obtuvo no menos que 78,27% de los votos frente a la opción «Rechazo», que solo obtuvo el 21,73% de los votos. Lo que es crucial es que esta enorme brecha en la elección es directamente proporcional a la concentración y a la distribución de la riqueza y de los privilegios, con una élite compuesta por un grupo mucho más pequeño de la población, representada por el «Rechazo», y una mayoría consciente de esta desigualdad social y de esta injusticia representada por la opción «Apruebo». Entonces Chile es un caso único no solo por alguna particularidad exótica, sino precisamente porque vuelve directamente visible la lucha de clases que está ofuscada y desplazada en EE. UU. y en muchos otros lugares. La singularidad de Chile —la excepción— reside justamente en la universalidad de su situación.

Pero aquí deberíamos evitar la ilusión de que la disposición de los votos en Chile fue más «natural», como si hubiera «reflejado» fielmente la división de clases predominante, mientras que, por el contrario, el escrutinio electoral de EE. UU. no habría «reflejado» fielmente la división de clases, sino que habría sido distorsionado por las manipulaciones ideológicas. No hay nada «natural» en la lucha política e ideológica por la hegemonía. Toda hegemonía es el resultado de una lucha cuyo resultado permanece abierto. La victoria del «Apruebo» en Chile no demuestra la ausencia de toda manipulación ideológica, como si la distribución de los votos reflejara «fielmente» la división de clases. El «Apruebo» ganó gracias a una larga y activa lucha por la hegemonía ideológica.

Aquí deberíamos servirnos de la teoría de Ernesto Laclau acerca de la lucha por la hegemonía ideológica, que es en última instancia una lucha por los Significantes Maestros: no solo sobre cuál Significante Maestro predominará, sino sobre cómo este Significante Maestro organizará todo el espacio político.13 Tomemos un ejemplo obvio: la ecología, la lucha contra el calentamiento global y la contaminación. Con la excepción de sectores negacionistas —que cada vez son más raros—, casi todo el mundo acuerda en que la crisis ecológica es uno de los asuntos centrales en la actualidad y que plantea una amenaza a nuestra propia supervivencia. La lucha gira alrededor de lo que Laclau denominó una «cadena de equivalencias»: ¿a qué otros significantes —tópicos de la lucha político-ideológica— se vinculará la «ecología»? Tenemos una ecología estatal (solo un Estado fuerte puede lidiar con el calentamiento global), una ecología capitalista (la única alternativa son los mecanismos de mercado, como por ejemplo, impuestos más elevados sobre los productos contaminantes), una ecología anticapitalista (la dinámica de la expansión capitalista es la principal causa de la explotación despiadada que hacemos de la naturaleza), una ecología autoritaria (la gente común no puede entender la complejidad de la crisis ecológica, motivo por el cual debemos confiar en un Estado fuerte apoyado por la ciencia), una ecología feminista (la causa en última instancia de nuestros problemas es el poder social de los hombres, que son más agresivos y explotadores), una ecología conservadora (debemos volver a un modo de vida más tradicional y equilibrado), etc. La lucha por la hegemonía no es solo la lucha por aceptar que la ecología es un tema importante, sino que es más una lucha por lo que significará esta palabra, por cómo se encadenará a otras nociones (ciencia, feminismo, capitalismo…).

La imposición de un nuevo Significante Maestro es experimentada en general como el «hallazgo de un nuevo nombre» para lo que estamos intentando aprehender. Sin embargo, este acto de «hallar» es productivo, establece un nuevo campo simbólico. En Chile, el Significante Maestro de las protestas actuales y del movimiento a favor del «Apruebo» es «dignidad». Chile no es una excepción en este sentido: a pesar de la pobreza, del hambre y de la violencia, a pesar de la explotación económica, están estallando protestas desde Turquía hasta Bielorrusia, pasando por Francia, que evocan regularmente la dignidad. De nuevo, no hay nada especialmente izquierdista, ni siquiera emancipatorio, en la «dignidad». Si se le preguntara a Pinochet qué piensa de esto, celebraría sin dudas la dignidad, aunque la incluiría en una «cadena de equivalencias» distinta, vinculada a la línea militar patriótica: su golpe de 1973 salvó la dignidad de Chile de la amenaza totalitaria izquierdista. Para quienes defienden el «Apruebo», por el contrario, la «dignidad» está vinculada a la justicia social que disminuirá la pobreza, a la salud pública y universal, a la garantía de libertades personales y sociales, etc. Lo mismo sucede con la «justicia». Sin dudas, Pinochet defendería la justicia, pero su propia justicia, no la justicia económica igualitaria. «Justicia» significaría aquí que todas las personas, sobre todo las que están en la base de la pirámide, deben saber reconocer su propio lugar… Una de las razones del triunfo del «Apruebo» fue que se ganó la lucha por la hegemonía, por lo cual si ahora la «dignidad» y la «justicia» son mencionadas en Chile, significan todo lo que defiende el «Apruebo».

Por supuesto, esto no implica que las luchas políticas o económicas puedan ser reducidas a conflictos discursivos. Lo que implica es que el nivel del discurso tiene su propia lógica autónoma, no solo en el sentido de que los intereses económicos no pueden ser directamente traducidos al espacio simbólico, sino en un sentido más radical: la forma en que son percibidos los intereses sociales y económicos está siempre mediada por procesos discursivos. Un simple ejemplo: cuando un país está hambreado, el hambre es un hecho. Pero lo que importa es cómo se experimenta este hecho. ¿Su causa será atribuida a financieros judíos? ¿Es percibida como un hecho natural (mal clima, por ejemplo)? ¿O es percibida como un efecto de la explotación de clase? Otro ejemplo: solo luego del ascenso del feminismo empezó a percibirse el rol subordinado de las mujeres en sus familias y su exclusión de la vida social como algo injusto; antes de este momento, estar casada con un esposo cariñoso y bien provisto era considerado una suerte inmensa. El primer paso del feminismo no es un paso directo hacia la justicia social, sino el reconocimiento de las mujeres de que su situación es injusta. De forma homóloga, los trabajadores y las trabajadoras no protestan cuando viven en la pobreza. Protestan cuando experimentan esta pobreza como una injusticia por la cual las clases dominantes y el Estado son responsables.

Quienes se apresuran a rechazar estas consideraciones como si implicaran dar un paso hacia el «idealismo discursivo» deberían recordar cómo le obsesionaban a Lenin los detalles de los programas políticos, a propósito de lo cual enfatizaba cómo «cada pequeña diferencia podría convertirse en una grande si se insiste sobre ella»14, y cómo una palabra —o su ausencia— en un programa puede cambiar el destino de una revolución. Estas palabras no aluden a grandiosas ideas centrales y programáticas; dependen de la situación concreta:

«Cualquier problema ‘se mueve en un círculo vicioso’, pues toda la vida política es una cadena infinita compuesta de un sinfín de eslabones. Todo el arte de un político estriba justamente en encontrar y aferrarse con nervio al preciso eslaboncito que menos pueda ser arrancado de las manos, que sea el más importante en un momento determinado y mejor garantice a quien lo sujete la posesión de toda cadena.»15

Recordemos que en 1917, la consigna de Lenin para la revolución no fue «revolución socialista», sino «tierra y paz», es decir, el deseo que tenían las masas de disponer de la propiedad de la tierra que trabajaban y de ver el fin de la guerra. La historia no es un desarrollo «objetivo» sino un proceso dialéctico en el cual lo que «realmente sucede» está mediado indisociablemente por su simbolización ideológica. Este es el motivo por el cual, como señaló en numerosas ocasiones Walter Benjamin, la historia cambia el pasado, es decir, cambia cómo el pasado se hace presente en la actualidad como parte de nuestra memoria histórica. Imaginemos que la renormalización de Pinochet permaneciera y las protestas que comenzaron en octubre de 2019 fuesen reprimidas rápidamente; imaginemos además que en este proceso de falsa normalización, la figura de Pinochet fuese descartada y su golpe condenado. Un gesto que implicara hacer las cuentas con Pinochet de esta forma hubiese implicado en última instancia el triunfo del legado de Pinochet: este legado sobreviviría en la constitución que es el fundamento del orden social existente, su dictadura sería reducida a una violenta interrupción entre dos períodos de normalidad democrática… Pero esto no sucedió, y lo que pasó en Chile en 2019-2020 cambió la historia: una nueva narrativa del pasado se impuso por sí misma, una narrativa que «desnormaliza» la democracia post-Pinochet como una continuación de su dominación por medios democráticos.16

Hay una hermosa expresión serbia para esto: “Ne bije al’ ubija u pojam.” («No golpea pero mata el concepto»). Se refiere a alguien que, en vez de destrozarte utilizando la violencia directa, te bombardea con actos que socavan tu autoestima hasta que terminas humillado, privado del núcleo mismo («el concepto») de tu ser. «Matar el concepto» es una expresión espontáneamente hegeliana: describe lo opuesto de la destrucción real —de tu realidad empírica— en la cual tu «idea» sobrevive de una forma más elevada (como matar a un enemigo que sobrevive en las mentes de miles de personas como un héroe). En síntesis, describe un gesto de anti-Aufhebung: lo que sobrevive es tu realidad empírica contingente privada de su concepto. Así deberíamos proceder con Hitler y el nazismo: no «asimilarlo» —deshaciéndonos de sus «excesos» y salvando el núcleo sano de su proyecto—, sino matarlo en su concepto, destruir su concepto mismo. Y es también lo que sucede con Trump y con su legado: la verdadera tarea no es derrotarlo —abriendo la posibilidad de que vuelva en 2024—, sino «matarlo en su concepto», hacerlo visible en toda su vanidad inútil y en su inconsistencia. De nuevo, en «hegelianés», matarlo en su concepto significa reducirlo a su concepto, es decir, destruirlo de forma inmanente, permitir que se destruya a sí mismo haciéndolo aparecer simplemente como lo que es.

Para matar un movimiento en su concepto, se necesitan nuevos significantes. El ensayo de Gabriel Tupinamba, “Vers un Signifiant Nouveau: Our Task after Lacan”17, aborda precisamente este problema. «Hacia un significante nuevo» es la expresión que Lacan usó en su seminario el 15/03/197718, luego de disolver su escuela, admitiendo su fracaso (es decir, el suyo y el de la escuela). A nivel teórico, esta búsqueda de un nuevo significante indica que intentó de forma desesperada ir más allá del tópico central de su enseñanza durante los años 1960: la obsesión con lo Real, con ese núcleo traumático/imposible de goce que elude toda simbolización y que solo puede ser brevemente confrontado en un acto de fuerza ciega. A Lacan ya no le satisface este encuentro con un vacío central o la imposibilidad como la experiencia humana fundamental: cree que la verdadera tarea consiste en el movimiento que debería seguir a tal experiencia, es decir, la invención de un nuevo Significante Maestro que localizará la imposibilidad/vacío de una nueva forma. En política, esto significa que uno debería dejar atrás la falsa poesía de las grandes revueltas que disuelven el orden hegemónico: la verdadera tarea es imponer un nuevo orden y este proceso comienza con nuevos significantes. Sin nuevos significantes, no hay cambio social real.

Notas

1 https://www.theguardian.com/world/2020/nov///20/it-gave-me-hope-in-democracy-how-french-citizens-are-embracing-people-power.
2 https://factcheck.aap.com.au/social-media-claims/quote-on-voting-doesnt-tally-as-mark-twain.
3 Para un análisis detallado de este tema, véase Jamadier Esteban Uribe Muñoz y Pablo Johnson, “El pasaje al acto de Telémaco: psicoanálisis y política ante el 18 de octubre chileno”, que se publicará en Política y Sociedad (Madrid).
4 Nicolas Fleury, Le réel insensé: Introduction à la pensée de Jacques-Alain Miller, Paris: Germina 2010, p. 96 (citas en la cita de J.-A. Miller).
5 Op.cit., pp. 93–4.
6 Jacques-Alain Miller, “La psychanalyse, la cité, les communautés,” La cause freudienne 68 (Febrero, 2008), pp. 109–10.
7 Jacqueline Rose, “To Die One’s Own Death”, LRB Vol. 42 No. 22, quoted from https://www.lrb.co.uk/the-paper/v42/n22/jacqueline-rose/to-die-one-s-own-death.
8 Rose, op.cit.
9 Sigmund Freud, “El yo y el ello”, en Obras Completas, XIX, Amorrortu, pp. 28-29.
10 Freud, op. cit., p. 53.
12 Véase Mike Davis, “Rio Grande Valley Republicans,” in London Review of Books, Vol. 42 No. 22 (19 November 2020).
13 Véase Ernesto Laclau, Emancipation(s), London: Verso Books, 2007.
16 Véase Walter Benjamin, “Theses on the Philosophy of History,” in Illuminations, New York: ;Mariner Books 2019.
17 Véase https://read.dukeupress.edu/books/book/163/chapter-abstract/106139/Vers-un-Signifiant-NouveauOur-Task-after-Lacan?redirectedFrom=fulltext.
18 Véase Jacques Lacan, “Hacia un significante nuevo”, Seminario del 15/03/77. Disponible en: https://www.sinthomaycultura.com/wp-content/uploads/2015/03/Dossier.pdf –
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