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El XVIII Congreso Nacional del Partido Comunista de China

El ascenso del capitalismo chino

Traducción: Valentín Huarte

La fusión del Estado chino con los sectores dominantes de la economía alcanzó niveles sin precedentes. La gran desigualdad de ingresos que generó este proceso explica que China tenga un mercado doméstico tan estrecho en comparación con sus capacidades productivas. Es por eso que el país se ve obligado a inundar el mundo entero con sus mercancías y a exportar capital.

Para contar la historia completa del conflicto entre China y Estados Unidos hay que empezar por el comienzo, es decir, por la naturaleza del ascenso de China al estatus de superpotencia. 

Fortalecer la nación por medio de la modernización fue la única forma que encontró este país semicolonial, humillado y tantas veces invadido por países imperialistas de ponerle fin a la trágica fortuna de su pueblo. El proceso tomó la forma de una política de autodefensa nacional.

Durante las últimas décadas, Beijing recibió múltiples advertencias de las ambiciones imperialistas de EE. UU. En 1993, el país norteamericano detuvo y requisó el buque chino The Galaxy en el Océano Índico; en 1999, bombardeó la embajada china en Yugoslavia; y en 2001, los aviones de combate que espían permanentemente la zona económica exclusiva de la Isla de Hainan, hundieron un avión chino.

Luego de sus tantas experiencias amargas, China aprendió que, si no quería ser acosada por el imperialismo estadounidense, debía ser al menos igual de fuerte y enérgica. En este sentido, su ascenso al estatus de potencia mundial estuvo motivado por la autodefensa y fue legítimo. El proyecto también era legítimo desde el punto de vista de los intereses del pueblo trabajador. Sin embargo, terminó definiéndose en función de dos rasgos incompatibles con aquellos intereses: el proyecto de capitalismo de Estado y las ambiciones expansionistas.

De acuerdo con la doctrina del PCCh de 1949, el desarrollo del país no sería de tipo nacionalista. La revolución contó con el apoyo de la gran mayoría del pueblo trabajador, que creía en las promesas del partido: la modernización conllevaría más democracia y la aplicación de una justicia distributiva, y los objetivos a largo plazo serían el internacionalismo y el socialismo.

Es decir que el prometido desarrollo de China no debía seguir la tradicional vía capitalista y nacionalista: debía seguir una vía socialista. En su discurso de 1974 frente a la ONU, Deng Xiaoping afirmó que «si un día China llega a cambiar de color y a convertirse en una superpotencia, si debe jugar el papel de tirano en el mundo y someter al resto de los países a sus acosos, a sus agresiones y a la explotación, el pueblo del mundo debería identificarla como una nación socialimperialista, desenmascararla, oponerse a ella y trabajar en conjunto con el pueblo chino para derrocarla».

Pero el PCCh no pudo sostener su promesa. Esto quedó en evidencia en la década del cincuenta, mucho antes del momento en que Deng pronunciara su discurso frente a las ONU. La China de Mao logró modernizar parcialmente el país, pero el pueblo pagó un costo terrible y, en muchos casos, absolutamente innecesario.

Fue durante este período que la burocracia del partido se elevó al estatus de una nueva clase dominante, que gozaba de privilegios económicos y políticos. La contribución de Deng a esta nueva clase consistió en dar luz verde para «convertirse al capitalismo». De manera sorprendente –y a diferencia de lo que sucedió en Rusia– tuvo éxito.

Esta fue la segunda faceta del ascenso de China, a saber, el ascenso del capitalismo chino. Su éxito se debe precisamente a que se trató de un proyecto de capitalismo dirigido por el Estado, es decir, un proyecto en el que el partido-Estado concentró en sus manos, tanto el monopolio de la violencia como el poder del capital, para fomentar el crecimiento económico. 

Esto nos lleva a una tercera faceta del ascenso de China: su expansionismo, consecuencia necesaria del capitalismo monopolista chino. La fusión del Estado con los sectores dominantes de la economía (representados por las empresas de propiedad estatal) alcanzó niveles sin precedentes. Hoy el Estado consume una cantidad enorme de recursos, que terminan en los bolsillos de quienes desempeñan alguna función pública o en megaproyectos de inversión, o en ambos a la vez.

La gran desigualdad de ingresos que generó este proceso explica que China tenga un mercado doméstico tan estrecho en comparación con sus capacidades productivas. Es por eso que el país se ve obligado a inundar el mundo entero con sus mercancías y a exportar capital. 

La exportación de capital a escala masiva conlleva la intervención en la política doméstica de los países de destino, que tiene por objetivo garantizar y supervisar las inversiones. Por lo tanto, Beijing está condenado a tragarse sus propias palabras cuando repite en la actualidad el lema de una «política no intervencionista». Casi el 90% del comercio chino y el 80% de sus importaciones de petróleo pasan hoy a través del estrecho de Malaca. Beijing vive bajo el temor permanente de que Estados Unidos intervenga esta ruta comercial. De ahí su ofensiva en el mar de la China Meridional, símbolo de una dinámica importante que subyace al conflicto de China con EE. UU. 

La batalla por Hong Kong como síntoma

Desde 2008, las ventajas con las que contaba China empezaron a agotarse. Esto se expresa en ciertos problemas estructurales: salarios reales deprimidos por las altas tasas de inversión, disminución de la demanda doméstica, procesos de sobreproducción y de sobreinversión.

Pero el problema fundamental está detrás de estos factores: la decadencia generalizada de la burocracia del partido. Cuanto más saquea la burocracia al país, más le preocupa que estos problemas queden al descubierto. Así se explica, en parte, la vigilancia cada vez más cercana de Beijing sobre Hong Kong.

La preocupación por las consecuencias de la libertad política de Hong Kong sobre la dominación de las autoridades políticas sobre la sociedad empezó a crecer hace treinta años. Alcanzó un punto crítico cuando Hong Kong proveyó un fuerte apoyo al movimiento democrático de 1989. En los años noventa, cuando comenzaron la «reforma» y la «apertura» más radicales, Hong Kong contribuyó significativamente al nacimiento y al crecimiento de la sociedad civil china, inactiva desde 1949. El proceso estuvo marcado por el rápido crecimiento de asociaciones civiles, e incluso de movimientos sociales, a los que Beijing consideraba potencialmente peligrosos. 

Cuanto más asciende China en la escena internacional, más se preocupa Beijing por el libre flujo de información en Hong Kong. 

La desaparición de los miembros de Causeway Bay Books es un caso típico. Entre octubre y diciembre de 2015, desaparecieron cinco propietarios y trabajadores de la librería Causeway Bay Books. Aparentemente, dos de los arrestos se produjeron fuera de cualquier marco jurídico. Fue un castigo por haber publicado en Hong Kong un libro sobre la vida privada de Xi Jinping.

Está claro el mensaje que deja este incidente: el libre flujo de información no es incompatible con los intereses de Beijing. En 2019, Beijing promulgó en Hong Kong una ley de extradición, que generó un efecto dominó y tuvo consecuencia el comienzo de una «nueva Guerra Fría» entre EE. UU. y China. Hong Kong es el principal campo de batalla.

El conflicto también anuncia el fin de los beneficios estratégicos que Hong Kong garantizaba a Beijing. La pérdida de Hong Kong, que funcionaba como una plataforma desde la cual las empresas chinas eran capaces de acceder a dólares norteamericanos, utilizando la región como un trampolín para entrar y salir, y para captar inversiones extranjeras, creará un gran problema para las finanzas y la economía de Beijing.

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