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AMLO festejando el triunfo en las elecciones presidenciales de 2018 en el Zócalo. (Foto: Pedro Mera / Getty)

«Los pinochetistas mexicanos están asustados»

John Ackerman, periodista y director de la revista «Mexican Law Review», analiza el escenario político mexicano y los aciertos del gobierno de AMLO. La Cuarta Transformación, explica, es una respuesta integral al modelo neoliberal.

Entrevista por Denis Rogatyuk y Bruno Sommer

John Ackerman, uno de los periodistas mexicanos más prominentes y director editorial de Mexican Law Review, opina que el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, ha sido un estratega en su relación con Estados Unidos.

En entrevista con Bruno Sommer y Denis Rogatyuk, el también director del Programa Universitario de Estudios sobre Democracia, Justicia y Sociedad (PUEDJS) de la Universidad Nacional Autónoma de México subrayó que el proyecto de la Cuarta Transformación es una respuesta al sistema neoliberal.

«Los pinochetistas mexicanos están asustados por el avance de la Cuarta Transformación, por el fin de sus privilegios» expresó, al comentar sobre la campaña «Sí por México», dirigida por el jefe de Coparmex, cuyo logo es muy parecido al que se usó en la campaña de Augusto Pinochet para el referendo de 1988.

 

BS

Dado el triunfo de Biden en Estados Unidos, ¿cuáles serán, a tu parecer, las próximas jugadas de López Obrador en el tablero de las relaciones internacionales? ¿Qué podemos esperar de Donald Trump?

JA

En primer lugar, esto yo creo que puede extenderse más allá del 14 de diciembre en Estados Unidos. Publiqué par de artículos en La Jornada de México analizando el escenario político en los EE. UU. La calificación definitiva de la elección, el pronunciamiento del ganador de manera formal, no ocurrirá hasta la primera semana de enero.

Una vez que se instala el nuevo Congreso, a partir de enero (será 5 o 6 de ese mes de 2021), se hace una sesión conjunta del Congreso, el Senado junto con la Cámara de Diputados, y la preside el actual vicepresidente de la República, Mike Pence. Él tiene la responsabilidad, de acuerdo con la Constitución de EE. UU., de cantar, de anunciar los votos electorales para cada uno de los estados que hayan sido emitidos el 14 de diciembre, que son emitidos ese día pero no son validados hasta esta sesión del Congreso conjunto de los EE. UU.

El vicepresidente, como funcionario que preside esa sesión, tiene dentro de sus facultades constitucionales cuestionar la validez de algunas de esas votaciones de estados claves. Por ejemplo, si hay dudas razonadas con respecto a la pulcritud del conteo sobre el proceso de selección de los electores en algunos estados, el vicepresidente podría, simplemente (ahora sí, como decimos en México, «por sus pistolas»), decir «pues no voy a contar los electores de Pensilvania, de Georgia, de Nevada o de Arizona porque hay una nube de incertidumbre sobre el proceso electoral; entonces, como no hay certeza, no van a contar para el Presidente de la República y desechamos esto y avanzamos».

De esta manera, el vicepresidente Pence tiene en sus manos la posibilidad de darle el triunfo a Trump; no solamente anular la victoria de Biden, sino literalmente entregarle la presidencia a Trump. La votación final en esa sesión, avalando el conteo realizado –total o parcial—, es la que se hace nominalmente por estados de la República estadounidense, o sea cada delegación estatal, cada conjunto de diputados de cada estado, tienen un solo voto en la votación final, y resulta que Trump ganó más estados que Biden. Más allá de que haya perdido la votación popular y que, al parecer, también perdió en el colegio electoral, todavía él tiene una mayoría, tiene unos 28 de los 50 estados, muchos chiquitos, por supuesto, pero en esta fórmula constitucional de los EE. UU. ellos podrían votar finalmente para avalar el conteo amañado de Pence y ya tendríamos un segundo período de Trump.

Suena increíble, pero en realidad no lo es. Es un reflejo de lo caduco que es el sistema político-electoral de los EE. UU., que no ha sido fundamentalmente actualizado desde el siglo XVIII (solo ha habido reformas, algunos ajustes). El sistema está totalmente rebasado, no tienen un instituto nacional electoral, no hay votación directa y popular para el Presidente de la República, no hay límites reales con respecto al dinero que se gasta en las campañas (en esta última, unos 18 billones de dólares, la elección más cara en la historia de la humanidad), más de 5 millones de votantes fueron excluidos de su derecho de votar por haber purgado alguna pena en la cárcel… la mayoría de estos son afroamericanos, latinos… Las llamadas «minorías» simplemente no tienen el derecho de votar en EE. UU.

No soy fan de Trump, de ninguna manera. Pero es importante ver esta crisis política electoral que está viviendo EE. UU. hoy, no como resultado solamente de la irresponsabilidad de Trump (es responsable, eso no lo podemos obviar, pero no es solamente su irresponsabilidad personal). Lo que permite que su irresponsabilidad personal genere esta crisis sistémica es el hecho de que el sistema mismo tiene grietas muy profundas, que son motivo de reflexión de los mismos estadounidenses y de todos quienes en algún momento vieron los EE. UU. como un modelo de sistema democrático.

BS

¿Cómo se va a mover López Obrador en el plano internacional?

JA

Veremos. Una determinación muy importante de López Obrador en esta coyuntura ha sido no mandar un tuit celebrando la victoria de Biden, como lo ha hecho gran cantidad de líderes mundiales, sino reservarse de manera prudente, esperando que las instituciones públicas, electorales y legales de los EE. UU. sean las que determinen quién es realmente el Presidente electo. Y en ese momento, pues sí, felicitarlo, pero no irse con la finta siguiendo a los medios que ya están anunciando un Presidente electo, o los otros líderes del mundo que anuncian también su Presidente electo. Ese es, en realidad, el estilo de los EE. UU., cómo ellos intervienen el mundo.

Si recuerdan, con el golpe de Estado contra Evo Morales también fue lo mismo: los medios y los otros líderes internacionales decían que había fraude, que ellos no reconocían a Evo Morales. Presionaron a los militares para que ellos mismos presionaran a Evo a la renuncia. O Juan Guaidó, que fue una payasada, pero justamente por lo burdo deja muy transparente la manera en que se ve al proceso electoral en general desde la lógica estadounidense.

Las instituciones y las leyes tienen que cumplirse sí, pero lo importante es lo que dicen los medios corporativos y la comunidad internacional de líderes que, a su vez, son en muchos casos representantes de estos circuitos financieros del capital. Entonces ahí tenemos lo mismo, así como todo el mundo al día siguiente que Guaidó se autonombró el presidente encargado de Venezuela salió a saludarlo, hoy también Biden ha sido nombrado ganador por la CNN y Twitter y ahora todos los líderes del mundo andan diciendo «Biden presidente».

López Obrador ha vivido él mismo una situación similar. En 2006 se le hizo un fraude, los líderes internacionales felicitaron a Felipe Calderón antes de que hubiera terminado el proceso de dictaminación y evaluación de la elección, que tarda dos meses. Entonces él, con gran dignidad y respeto a la soberanía de Estados Unidos y a la soberanía popular en general, dice «voy a esperar hasta que haya una dictaminación formal; yo no le creo a la CNN, yo le creo a las instituciones». Eso es muy importante.

Desde los EE. UU., y también dentro de México, muchos comentaristas están diciendo que esto le va a costar a López Obrador en su relación con Biden. Que, a fin de cuentas, lo más probable es que quede efectivamente Biden, porque quien manda en EE. UU. no es la política sino Wall Street, y a ellos les conviene. Por muy procorporativo que sea Trump, Wall Street ya decidió: ellos quieren a Biden para la estabilidad.

Dicen que Biden se va a enojar con López Obrador, que le va a cobrar la factura cuando llegue, y es probable que algún sector intente hacer esto. Así es la política en los EE. UU., no son muy institucionales… es un mito eso de que la política en EE. UU. es muy institucional, al contrario: son hipócritas, sí, pero muy pasionales. Sí, seguramente un sector del equipo de Biden va a querer cobrarle la factura a López Obrador durante las primeras semanas. Pero a fin de cuentas eso no importa: López Obrador tiene perfectamente claro que en los EE. UU. no tiene amigos. Tiene socios, cómplices, algunos adversarios, pero la relación de México y los EE. UU. tiene que caminar por la diplomacia, por la ley, no importa caerle bien o no.

Con Trump se estableció una buena relación, pero eso no era lo importante. Lo que realmente importa es que López Obrador puso los pies en la tierra y negoció la salida a varios problemas e intensas relaciones que tiene México con los EE. UU. al compartir esta frontera tan enorme. De la misma forma será con Biden. Seguramente habrá otro estilo público, pero eso no es lo relevante, lo importante es la relación de fondo, y López Obrador seguirá con su defensa de la soberanía y con su respeto a la relación con los EE. UU.

DR

La oposición mexicana ha tratado constantemente de retratar a AMLO como «el Trump de México» o sugerir que actúa de manera sumisa ante Trump. ¿Intentarán alinearse más con el gobierno de EE. UU. en contra de AMLO?

JA

Son dos narrativas que busca generar la oposición en México. Una es esa comparación de Trump con López Obrador: los dos son populistas, supuestamente, de derecha y de izquierda, pero igual de antidemocráticos, de autoritarios. La otra narrativa es que López Obrador se ha subsumido a los dictados de Trump, y que con López Obrador hay una pérdida de soberanía.

Las dos tesis son totalmente ridículas. Lo único que podría existir en algún momento, desde un punto de vista de análisis político externo, de similar entre López Obrador y Trump es su interés en la esfera política.

Durante muchas décadas, la política se ha convertido en un agente administrador de los intereses económicos (nacionales e internacionales) y a esto se ha llamado «la buena política del consenso», «la política del centro» o de la «socialdemocracia», de la «derecha responsable»… Se ha celebrado que la política se subsuma a la esfera económica. Trump y López Obrador defienden y ejercen el liderazgo político como tal, pero esto no los hace iguales. Suena paradójico hablar en ese sentido de Trump, porque él es un gran empresario, promueve los intereses de la gran empresa, de las transnacionales. Por supuesto, no es justificar ni legitimar su enfoque. López Obrador defiende la buena política; Trump, la mala política. Pero, al final, es política.

En ese sentido, podría haber algún enlace histórico entre los dos, porque los dos son símbolos del agotamiento del viejo sistema. Pero nada que ver. En realidad, López Obrador es un demócrata profundamente comprometido con las libertades democráticas, la justicia social, con los pobres, con la igualdad de género, la autonomía del Poder Judicial, la libertad de expresión (que es uno de sus ejes centrales), las elecciones no fraudulentas… es un convencido demócrata con gran liderazgo y fuerza moral, pero no es un liderazgo técnicamente populista: no grita ni insulta, ni divide. Realmente su discurso mañanero todos los días es de conciliación, de unidad y a favor de los pobres.

Ahora, su relación concreta con Trump ha sido fascinante. Desde el primer día en que López Obrador gana, el 1 de julio de 2018, la derecha  liberal y neoliberal de México en los EE. UU. estaba salivando la boca, desesperada por un conflicto, un choque de trenes entre Trump y López Obrador. Querían que estos dos actores se inmolaran en un conflicto estéril, y Trump puso su parte; siempre ha puesto sus provocaciones, sus tuits, pero López Obrador ha sido un gran estratega; no ha caído en esa provocación, sino que siempre le ha apostado de manera muy pragmática a generar acuerdos que beneficien a México, en primer lugar, pero que no necesariamente perjudiquen a los EE. UU.

Es absolutamente falso que López Obrador esté sacrificando la soberanía nacional frente a Trump. Todo lo contrario: estamos, por primera vez en décadas, recuperando una política exterior soberana, una política de seguridad pública soberana, una política de seguridad económica soberana. Sin pelearse con los EE. UU. y con avances muy concretos.

BS

¿Cuáles son los pilares que sostienen la llamada Cuarta Transformación en México? ¿Cuál es el grado de avance hasta la fecha y cuáles son, a tu parecer, las columnas más débiles que deberían fortalecerse?

JA

Es muy importante reflexionar sobre lo que está pasando en México, porque es simbólica e históricamente muy importante para el mundo entero. De hecho, hace unas semanas aquí, en la UNAM, tuvimos un foro de toda la semana hablando de este tema. No solamente de México, sino en general del mundo, sobre cómo superar el neoliberalismo.

La 4T, como le decimos, es una respuesta general al sistema neoliberal. México no logró sumarse a esta ola rosa que atravesó toda América Latina, con gobiernos progresistas de muchos estilos, colores y sabores, desde Brasil hasta Centroamérica, Venezuela… Incluso en Chile estaban experimentando con algunos esfuerzos más progresistas. Ecuador, Bolivia, todo el continente, menos Colombia y México. Colombia y México eran los que se habían quedado estancados en esta «larga noche neoliberal», como dice nuestro amigo Rafael Correa, y por fin logramos dar la vuelta. Lo hubiéramos logrado antes, en 1988 hubiésemos sido los primeros, pero hubo un fraude electoral que no lo permitió. Luego hubo otro fraude electoral en 2006 y luego yo creo que también hubo un tercer fraude en 2012. Es decir, ya no fue un fraude en las urnas, sino un fraude de financiamiento con Odebrecht y otros poderes financieros internacionales y una compra masiva de votos.

Por fin, después de muchos intentos, en 2018 rompemos con el sistema neoliberal. Hay una alternancia política real y esto implica, en primer lugar, como ha dicho López Obrador, combatir la corrupción. Porque el neoliberalismo no es solamente una teoría económica, un enfoque hacia el mercado. No es solamente la privatización, la supuesta competencia, esta utopía de la que hablaba Karl Polanyi de la economía de mercado autorregulado. Es, también, toda una lógica de saqueo y de corrupción.

Las privatizaciones de los 90 en todos los países de América Latina son un ejemplo bien claro del mismo. Con el discurso de «limpiar», de evitar la corrupción de los Estados abultados para pasar las industrias al mercado limpio y competitivo, lo que ocurrió fue lo contrario: se entregaron estas empresas a grandes familias de ricos, y esos procesos privatizadores fueron profundamente corruptos. Enriquecieron a una pequeña oligarquía y luego, ya desde ese poder económico fortalecido, se corrompió más y más el Estado por medio de contratos amañados, acuerdos en lo oscurito, con más deuda pública… justo lo contrario de la austeridad neoliberal: compra de votos, corrupción desde abajo hasta arriba en todo el sistema político.

Entonces, lo que dice López Obrador es que su gobierno llega a separar lo público de lo privado. De manera similar a como decía Benito Juárez, el Benemérito de las Américas, gran presidente mexicano del siglo XIX, quien logró separar el Estado y la Iglesia, hoy López Obrador quiere repetir este esfuerzo separando el Gobierno de los grandes empresarios. Esto no implica una guerra contra la propiedad privada, contra el sector privado. Esto significa que cada quien tenga su esfera propia.

Suena como un enfoque muy reformista, muy socialdemócrata y podría ser, si lo ves desde un enfoque estrictamente teórico. Pero en realidad lo que esto implica es una recuperación de grandes áreas del Estado mexicano, entendido el Estado no solo como las instituciones gubernamentales sino en general. Entendiendo al Estado en su relación con la sociedad, la recuperación de grandes zonas que eran territorios perdidos para el narco, para los oligarcas, para el capital financiero, para la delincuencia común… recuperar esas esferas para lo público, para el espacio público. Todo el poder judicial, los policías, la economía misma, poner un freno al desbaratamiento de la empresa petrolera nacional, Pemex, recuperar los mercados públicos, pequeños…

Esto es más política local, para frenar lo anterior no de manera agresiva, sino simplemente aplicando la ley. Detener la Walmartización, por ejemplo, y mantener nuestras tradiciones de mercados locales. Todo esto de defender lo público en México es muy  profundo y revolucionario, y esto es porque nuestra Constitución es una Constitución revolucionaria: nosotros seguimos hoy con la Constitución de 1917, que surgió de la Revolución Mexicana que fue incluso anterior a la Revolución Rusa y todas las revoluciones del siglo XX. La primera fue la mexicana, y nuestra Constitución sigue siendo revolucionaria con conceptos muy de avanzada en su momento, que hoy siguen siendo relevantes e incluso también avanzados. Muchas constituciones del mundo todavía no alcanzan, después de cien años, los avances que tenemos sobre todo en materia de derechos sociales, derecho a la tierra, al trabajo, a la salud, a la educación, al agua, a la cultura, a la información.

Entonces, recuperar ese espíritu revolucionario de la Constitución mexicana, a partir de una separación de lo público y lo privado, implica una guerra frontal al sistema neoliberal. Apenas tenemos dos años en ello. Hay avances muy concretos, aunque obviamente también hay frustraciones. La gente quiere más, y eso está bien. Está bien que el pueblo exija y que el mismo López Obrador reconozca que falta más por hacer.

DR

Es evidente que el viejo régimen neoliberal reconoce su debilidad, su división. Por eso estamos observando un nuevo intento de unificación electoral para las próximas elecciones estatales del año 2021. ¿Crees que eso supone una amenaza potente para el proyecto político de la Cuarta Transformación?

JA

Hay una escalada muy fuerte en contra del Gobierno, sobre todo desde algunos medios de comunicación (los llamados «medios corporativos», que dominan la mayor parte del espectro mediático en México). Desde el primer día han estado inventando noticias falsas, golpeando, queriendo generar caos e histeria contra el gobierno. El reflejo de esto han sido las movilizaciones callejeras, como las de Gilberto Lozano y Frena (Frente Nacional Anti-AMLO), que fracasaron rotundamente. Ocuparon una parte del Zócalo con tiendas de campaña, pero muy rápidamente resultó claro que ellos mismos no dormían en esas tiendas de campaña, porque justamente están acostumbrados a las comodidades: dormían en los hoteles, y en el día hacían su show en la casa de campaña. Contrataban, en muchos casos, a migrantes centroamericanos, que estaban con mucha necesidad, para que durmieran en esas tiendas de campaña y dar la impresión de que había mucha gente protestando contra el gobierno. Pero al final retiraron su campamento y fue claro el fracaso de esta estrategia.

Sigue la andanada en los medios, en las redes sociales. Twitter, en particular, se ha envenenado terriblemente; con una costosa campaña de golpeteo, de esta estrategia del golpe blando, de la cual hablaría Gene Sharp (este mismo Gilberto Lozano cita a Sharp en una gran parte de sus conferencias).

En la esfera política, la oposición también está deshecha. Hay elecciones intermedias en 2021 y quince gobernadores y muchos legisladores locales y la oposición no logran ponerse de acuerdo. El viejo PRI (Partido Revolucionario Institucional) se está aliando en algunos estados con el PRD (Partido de la Revolución Democrática), que era la izquierda anterior que luego se volvió socialdemocracia y luego se vendió al PRI mismo en el gobierno. El PAN (Partido Acción Nacional) se dividió entre los calderonistas (del expresidente) y los más puros, más estrictamente panistas, y ahora están negociando reconfiguraciones entre esa oposición.

Si ellos logran generar un bloque único, opositor, podrían disputar algunas gubernaturas, alguna parte de la legislatura federal el próximo año, pero se ve difícil. Lo más probable es que sigan divididos entre ellos y que Morena (que es el partido de López Obrador y sigue con una gran legitimidad, mientras la tasa de aprobación del presidente no baja del 70%) arrase el próximo año en las elecciones intermedias.

La turbulencia política mas importante es dentro de Morena. Como es un partido amplio como un arcoíris, incorpora muchas figuras muy distintas y muchos movimientos e intereses muy distintos. Lo que une todo es la figura presidencial, pero las contradicciones son tan fuertes que va a ser difícil mantener la unidad en el partido. Ese es uno de los grandes retos que tiene el nuevo presidente del partido, Mario Delgado, seleccionado por una encuesta nacional recientemente. Él llega con ese mandato, ese propósito: unir al partido. Veremos si eso ocurre. Porque si no, si se fragmenta Morena desde dentro, eso podría generar gran inestabilidad y problemas políticos para López Obrador y para el país entero.

Si la oposición logra, por puro pragmatismo, unirse, va a dejar más claro que nunca que son lo mismo y van a obligar a la gente a optar entre López Obrador y el otro. Ellos son los que van a polarizar el país y eso podría incluso ayudar al mismo proyecto político de López Obrador.

BS

Nos preocupan algunas acciones por parte de la oligarquía mexicana en el último tiempo. Específicamente, la campaña «Sí por México», dirigida por el jefe de Coparmex, que lleva un logo muy perturbador. El logo de la campaña es extremadamente parecido al que se usó en la campaña de Pinochet para el referendo de 1988. ¿En qué consiste esta campaña, qué es lo que busca?

JA

Es un excelente punto. Ese es el trasfondo, no se tiene que hacer demasiado rodeo para entender lo que está pasando: justamente son los «pinochetistas mexicanos» los que están asustados por el avance de la Cuarta Transformación, por el fin de sus privilegios. Porque el sector privado de México, durante la época neoliberal, no acumuló sus riquezas con base al talento, el esfuerzo, a la innovación… la oligarquía mexicana acumuló sus riquezas, que son enormes, al amparo del Estado, gracias a los privilegios fiscales, contractuales y de corrupción abierta. Gracias a proteccionismos dentro del mercado interno, incluso hacia el exterior, en favor de ella.

Entonces, toda su fuerza económica depende del papá Gobierno. Ellos no están a favor del mercado privado, ellos extrañan a este ogro filantrópico, al viejo Estado neoliberal priista en México. Ahora que con López Obrador se les está sacando como pajaritos del nido para que vuelen solitos, no saben qué hacer, no les crecieron alas, no saben volar solitos en el mercado, no saben competir y están reaccionando con un enojo y un resentimiento muy fuerte.

Pero lo hermoso es que el pueblo mexicano está acostumbrado a estas estrategias mediáticas de golpeteo, eso mismo es lo que explica la llegada de López Obrador a la presidencia en 2018. Hay ataques muy fuertes y brutales en su contra, pero esto no es nuevo. Desde hace décadas López Obrador ha sido objeto de escarnio, de burlas y agresiones de los medios. Los oligarcas quieren acabar con él; después de cada campaña, en 2006, 2012, ya lo daban por muerto políticamente y él siempre ha resurgido. Quisieron incluso meterlo a la cárcel, como lo de Dilma Rousseff, lo de Luiz Inácio Lula Da Silva, lo de Cristina Fernández, lo de Rafael Correa… Este lawfare lo intentaron hacer con López Obrador desde antes, en 2004, 2005, cuando era el jefe de Gobierno de la Ciudad de México y marchas multitudinarias de millones de personas detuvieron ese intento de ponerlo en la cárcel.

Entonces ya viene, como decimos en México, «curado en salud» frente a estas estrategias. De repente da la impresión de tener hasta un exceso de confianza, porque está muy seguro, justamente por esta larga lucha, por estos doce años de aprendizaje, y ahora tiene un enorme poder sobre la cosa pública, sobre el Gobierno, mucho más que el que tenía antes. Estamos en condiciones inmejorables en comparación a momentos previos, cuando era un líder social y lo máximo que podía hacer, que era mucho, era convocar a marchas masivas a las que acudían millones de personas. Eso era una fuerza importantísima, pero ahora que él tiene el poder del Estado, en realidad estas campañas de «México Sí»… Además, cada mes, dos meses, inventan un nuevo término. «México sí» no creo que dure más que un par de meses más. A inicios de 2021 inventarán un nuevo logotipo, una nueva expresión, un nuevo hashtag para articular la oposición. Pero, en realidad, cada uno de esos esfuerzos ha ido cayendo por su propio peso, y la elección del año que entra va a ser fundamental, será un termómetro muy central, un referéndum en contra o a favor de la continuidad del proyecto del presidente.

DR

¿Cómo podemos explicar el cambio radical en la imagen pública del Presidente los últimos cinco, seis meses? Porque vemos que hasta los medios más conservadores reconocen que ha recuperado su imagen positiva y de una manera muy eficiente.

JA

Eso es lo que los tiene más enojados. En todos los sexenios anteriores hay una curva natural: un Presidente entra, tiene su luna de miel, una alta aprobación y, con el desgaste del tiempo (el ejercicio del poder siempre es desgastante), va bajando lentamente la popularidad. Esto estaba ocurriendo, porque López Obrador empezó en un nivel muy alto, 75%, y con el tiempo fue bajando poquito a poquito. Con la llegada del COVID-19 hubo un bajón inicial, natural, no tanto por él, sino porque todos estábamos deprimidos, tristes, desesperados… entonces ahí se lanzó la oposición como perros de ataque. Algo similar ocurrió con Peña Nieto a la mitad del segundo año de gobierno: cayó en picada su legitimidad y ya nunca la recuperó, fue el knock-out, y eso es lo que querían hacer con López Obrador, incluso copiando nuestras consignas, prácticas y discursos que usábamos desde la oposición de izquierda. Ellos, desde la oposición de derecha, querían ya darle knock-out a López Obrador, pero no lo lograron.

Hubo un repunte en los últimos meses, en pleno COVID-19 porque justamente, si bien hubo un primer momento de crisis, de caos, desde esa vulnerabilidad empezaron a revalorar el liderazgo político tan humanista de López Obrador y su respuesta a la pandemia. Lo han criticado porque no ha usado tapabocas… están desesperados por taparle la boca a López Obrador, es muy simbólico. Por cuestiones de salud pública, tendría que dar el ejemplo. Pero él está viendo más allá, como un ajedrecista. Además, fácticamente es cierto: los mexicanos usan mucho el tapabocas, más que en otros países, son muy disciplinados y ordenados. Entonces él va más allá y dice «yo voy a seguir hablando, voy a seguir estando presente y con acciones muy estratégicas, pragmáticas para resolver los problemas».

No ha habido un rebase del tope en los hospitales, no hay escenas como en Italia o Ecuador, donde la gente esté en la calle. De ninguna manera: se triplicó, durante un período de dos meses, la cantidad de camas disponibles en el país. Se contrataron miles de nuevos médicos, se aumentaron los salarios a los doctores, se recortó el gasto público de exceso en la burocracia y se invirtió todo en las becas y los apoyos para los más vulnerables. No tenemos, en México, suficientes recursos para un ingreso ciudadano universal, pero estamos en una estrategia similar paralela de becas y ayudas sociales para estudiantes, para la tercera edad, para personas con discapacidad, indígenas, campesinos y para todos los vulnerables del país.

Se ha volcado todo el aparato estatal a apoyar a la gente y la gente lo está viendo, lo está sintiendo. Obviamente, la crisis del COVID-19 no la hemos superado ni en Chile, ni en Ucrania, ni en México, ni en el mundo. Pero con lo poquito que tenemos del Estado mexicano, que es mucho, se le ha puesto todo para la gente. Eso la gente lo ve y lo siente, tanto en términos de discurso como en la práctica. Entonces esto ya está beneficiando la confianza en el Presidente, no de la manera populista, así, como de utilizar la pandemia para pelear, sino simplemente respondiendo de manera humanista a esta crisis.

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Publicado en Entrevistas, Estado, Mexico and Políticas

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