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Algunas de las quinientas estatuas de Karl Marx de un metro de altura que se exhibieron el 5 de mayo de 2013 en Trier, Alemania. Hannelore Foerster / Getty

Ocho tesis marxistas que podrían sorprenderte

Traducción: Valentín Huarte

Quienes critican a Marx suelen entenderlo mal. Intentaremos dejar algunas cosas en claro.

Hay muchas formas de interpretar a Marx. Algunas son legítimas. Otras solo buscan desestimar a Marx invocando una retórica anticomunista, que sigue resonando en nuestros días. Se burlan de él como si hubiese sostenido un determinismo económico vulgar o arremeten contra sus análisis y predicciones como si hubiesen sido mal concebidas.

Por supuesto, Marx no tuvo razón siempre (¿y quién sí?). Pero estuvo en lo correcto o al menos realizó afirmaciones justificadas más a menudo de lo que la gente cree. Todavía hoy vale la pena prestarle atención.

Entonces, con la mira puesta en refutar algunas de las descripciones más desengañadas de este gran pensador socialista, aquí repaso ocho tesis que cualquier interpretación creíble de Marx o del marxismo debería considerar.

1

Marx no se contentó con rechazar el capitalismo. En realidad, el capitalismo era algo que le impresionaba. Argumentaba que era el sistema más productivo que el mundo había visto.

En el siglo corto que lleva de existencia como clase soberana, la burguesía ha creado energías productivas mucho más grandiosas y colosales que todas las pasadas generaciones juntas. Basta pensar en el sometimiento de las fuerzas naturales por la mano del hombre, en la maquinaria, en la aplicación de la química a la industria y la agricultura, en la navegación de vapor, en los ferrocarriles, en el telégrafo eléctrico, en la roturación de continentes enteros, en los ríos abiertos a la navegación, en los nuevos pueblos que brotaron de la tierra como por ensalmo […] ¿Quién, en los pasados siglos, pudo sospechar siquiera que en el regazo de la sociedad fecundada por el trabajo del hombre yaciesen soterradas tantas y tales energías y elementos de producción?

2

Marx predijo con precisión que el capitalismo fomentaría lo que hoy se denomina «globalización». Percibió que el capitalismo estaba creando un mercado mundial en el marco del cual los países se volverían cada vez más interdependientes.

La burguesía, al explotar el mercado mundial, da a la producción y al consumo de todos los países un sello cosmopolita. Entre los lamentos de los reaccionarios destruye los cimientos nacionales de la industria. Las viejas industrias nacionales se vienen a tierra, arrolladas por otras nuevas, cuya instauración es problema vital para todas las naciones civilizadas […] Ya no reina aquel mercado local y nacional que se bastaba así mismo y donde no entraba nada de fuera; ahora, la red del comercio es universal y en ella entran, unidas por vínculos de interdependencia, todas las naciones.

3

A diferencia de lo que sucedía en las sociedades anteriores, que tendían a conservar las tradiciones y las formas de vida, el capitalismo se desarrolla inventando formas de producción nuevas y alternativas que afectan el modo en que vivimos. Las tecnologías cambian nuestras vidas a un ritmo cada vez mayor. Los viejos productos le abren paso a los nuevos (y a quienes los producen).

A pesar de que los capitalistas describen típicamente este proceso como un bien puro y sin contradicciones, la realidad es que puede llegar a ser profundamente perturbador, aun cuando algunos cambios específicos son positivos. Puede llevar a que la gente sienta que sus valores y modos de vida ya no tienen lugar en el mundo, que perviven en la inutilidad. También debe decirse que el empleo de nuevas tecnologías y métodos de producción, con la mira puesta exclusivamente en la ganancia, puede llevar a consecuencias imprevistas. En nuestra época, no caben dudas de que Marx apuntaría contra el cambio climático como una consecuencia del capitalismo no regulado.

La burguesía no puede existir si no es revolucionando incesantemente los instrumentos de la producción, que tanto vale decir el sistema todo de la producción, y con él todo el régimen social. […] La época de la burguesía se caracteriza y distingue de todas las demás por el constante y agitado desplazamiento de la producción, por la conmoción ininterrumpida de todas las relaciones sociales, por una inquietud y una dinámica incesantes. Las relaciones inconmovibles y mohosas del pasado, con todo su séquito de ideas y creencias viejas y venerables, se derrumban, y las nuevas envejecen antes de echar raíces. Todo lo que se creía permanente y perenne se esfuma, lo santo es profanado, y, al fin, el hombre se ve constreñido, por la fuerza de las cosas, a contemplar con mirada fría su vida y sus relaciones con los demás.

4

Las grandes empresas, la concentración de la riqueza y los nuevos métodos de producción hacen que sea cada vez más difícil que profesionales independientes y comerciantes mantengan su estatus. Pierden de repente la calificación necesaria para el trabajo o terminan trabajando para empresas que expulsan del negocio a sus pequeños comercios. En otras palabras, Marx anticipó la «walmartificación» de las sociedades capitalistas.

Toda una serie de elementos modestos que venían perteneciendo a la clase media, pequeños industriales, comerciantes y rentistas, artesanos y labriegos, son absorbidos por el proletariado; unos, porque su pequeño caudal no basta para alimentar las exigencias de la gran industria y sucumben arrollados por la competencia de los capitales más fuertes, y otros porque sus aptitudes quedan sepultadas bajo los nuevos progresos de la producción.

5

Marx no buscaba la abolición de toda propiedad. No quería que la gran mayoría de la población poseyera menos bienes materiales. No era un utópico antimaterialista. Se oponía a la propiedad privada concebida como la gran propiedad y la riqueza concentrada que poseían los capitalistas y la burguesía. De hecho, hacia el final del siguiente fragmento, Marx y Engels acusan con sorna al capitalismo de privar a las personas de su «propiedad bien adquirida».

Lo que caracteriza al comunismo no es la abolición de la propiedad en general, sino la abolición del régimen de propiedad de la burguesía, de esta moderna institución de la propiedad privada burguesa, expresión última y la más acabada de ese régimen de producción y apropiación de lo producido que reposa sobre el antagonismo de dos clases, sobre la explotación de unos hombres por otros.

Así entendida, sí pueden los comunistas resumir su teoría en esa fórmula: abolición de la propiedad privada.

Se nos reprocha que queremos destruir la propiedad personal bien adquirida, fruto del trabajo y del esfuerzo humano, esa propiedad que es para el hombre la base de toda libertad, el acicate de todas las actividades y la garantía de toda independencia.

¡La propiedad bien adquirida, fruto del trabajo y del esfuerzo humano! ¿Os referís acaso a la propiedad del humilde artesano, del pequeño labriego, precedente histórico de la propiedad burguesa? No, esa no necesitamos destruirla; el desarrollo de la industria lo ha hecho ya y lo está haciendo a todas horas.

6

Marx pensaba que los seres humanos tienen una inclinación natural a sentirse conectados con los objetos que han producido o creado. Llamaba a esto «objetivación» del trabajo, con lo cual quería decir que ponemos algo de nuestra parte en nuestro trabajo. Cuando no podemos conectar con nuestra propia creación, cuando nos sentimos «externos» a ella, se produce la enajenación. Es como si esculpiéramos una estatua, y luego alguien nos la robara para no permitirnos mirarla ni tocarla nunca más. Marx argumentaba que los trabajadores y las trabajadoras en las fábricas del siglo diecinueve estaban en una posición semejante a esta.

¿En qué consiste, entonces, la enajenación del trabajo?

Primeramente en que el trabajo es externo al trabajador, es decir, no pertenece a su ser; en que en su trabajo, el trabajador no se afirma, sino que se niega; no se siente feliz, sino desgraciado; no desarrolla una libre energía física y espiritual, sino que mortifica su cuerpo y arruina su espíritu. Por eso el trabajador sólo se siente en sí fuera del trabajo, y en el trabajo fuera de sí. Está en lo suyo cuando no trabaja y cuando trabaja no está en lo suyo. Su trabajo no es, así, voluntario, sino forzado, trabajo forzado.

7

Marx quería que fuésemos capaces de liberarnos de la tiranía de la división del trabajo y de las largas jornadas laborales, que no permiten que los individuos desarrollen diversas capacidades y talentos. Nos convertimos en sirvientes de un tipo de actividad y no desarrollamos otras dimensiones de nuestra personalidad. En un pasaje que escribió durante su juventud, donde deja ver sus aspiraciones, expuso su punto de vista como sigue:

En efecto, a partir del momento en que comienza a dividirse el trabajo, cada cual se mueve en un determinado círculo exclusivo de actividades, que le viene impuesto y del que no puede salirse; el hombre es cazador, pescador, pastor o crítico crítico, y no tiene más remedio que seguirlo siendo, si no quiere verse privado de los medios de vida; al paso que en la sociedad comunista, donde cada individuo no tiene acotado un círculo exclusivo de actividades, sino que puede desarrollar sus aptitudes en la rama que mejor le parezca, la sociedad se encarga de regular la producción general, con lo que hace cabalmente posible que yo pueda dedicarme hoy a esto y mañana a aquello, que pueda por la mañana cazar, por la tarde pescar y por la noche apacentar el ganado, y después de comer, si me place, dedicarme a criticar, sin necesidad de ser exclusivamente cazador, pescador, pastor o crítico, según los casos.

8

Marx no sostuvo un determinismo económico vulgar. La cuestión de cómo actúa y piensa la gente era muy importante para él. En una carta que Engels escribió luego de la muerte de Marx, enfatizaba la importancia de la economía, pero también quería dejar en claro que Marx y él habían sido malinterpretados, y que en parte esto era su responsabilidad. Puede notarse el señalamiento contra los marxistas al final del fragmento.

El que los discípulos hagan a veces más hincapié del debido en el aspecto económico, es cosa de la que, en parte, tenemos la culpa Marx y yo mismo. Frente a los adversarios, teníamos que subrayar este principio cardinal que se negaba, y no siempre disponíamos de tiempo, espacio y ocasión para dar la debida importancia a los demás factores que intervienen en el juego de las acciones y reacciones. Pero, tan pronto como se trataba de exponer una época histórica y, por tanto, de aplicar prácticamente el principio, cambiaba la cosa, y ya no había posibilidad de error. Desgraciadamente, ocurre con harta frecuencia que se cree haber entendido totalmente y que se puede manejar sin más una nueva teoría por el mero hecho de haberse asimilado, y no siempre exactamente, sus tesis fundamentales. De este reproche no se hallan exentos muchos de los nuevos «marxistas» y así se explican muchas de las cosas peregrinas que han aportado….

 

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