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El Congreso argentino volvió a teñirse de verde en una jornada histórica por el derecho al aborto legal, seguro y gratuito. (Foto: Ariel Feldman / ig: arielfeldmanph)

El aborto como ejercicio despatriarcalizador

Será ley.

El jueves 10 de diciembre –Día Internacional de los Derechos Humanos-, en una jornada maratónica que finalizó en la mañana del viernes 11, la Cámara de Diputados de Argentina dio media sanción a la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo (IVE), que posibilita la ampliación de los derechos de las mujeres y personas gestantes. Con 131 votos a favor, 117 votos en contra y 6 abstenciones, el proyecto pasa ahora a la Cámara de Senadores para su tratamiento el día 29 de diciembre, donde esperamos que se vuelva ley.

Escribo apurada unas líneas deshidratadas por el calor, por las lágrimas emocionadas, para decir que ya vendrán análisis más medulares del proyecto de ley, pero que estamos ante un hecho histórico.

Vibro todavía con muchas sensaciones contradictorias: de alegría por este logro colectivo, de cansancio por las 24 horas a la intemperie, de amor a esa marea verde que se rehace al ritmo de las urgencias, de indignación ante tanto discurso mediocre de muchos diputados y diputadas de un lado y del otro, de entusiasmo por algunas excelentes intervenciones escuchadas en estos días en el Congreso (tanto de diputadas, diputados, como de algunas personas que participaron como especialistas en los diálogos de las comisiones), de rabia ante tanto discurso facho de los y las antiderechos.

En unos días —especialmente después de su debate y aprobación esperada en el Senado— podremos hablar con mayor profundidad de las sombras y riesgos de la Ley aprobada, de sus fortalezas, de las negociaciones que se hicieron en el camino de creación de un consenso mayoritario, de las razones por las que se lo votó a favor o en contra y quiénes lo hicieron, de los laberintos en los que se tejen y destejen los proyectos parlamentarios, de todo lo que quedará por pelear si se vuelve ley en este intenso 2020.

Esta decisión histórica tiene como principal origen la lucha del movimiento de mujeres que, junto a colectivos de lesbianas, travestis, trans, bisexuales, no binaries, gays, disidencias sexuales, movimientos de derechos humanos y organizaciones populares antipatriarcales fueron amasando esta voluntad política de autonomía y de derecho a decidir sobre nuestros cuerpos.

Las luchas feministas han tenido, en los últimos años, distintos momentos de movilización intensa, masiva, desbordante. El 10 también lo fue, pero con las características especiales de que constituyó la primera movilización masiva de carácter nacional después del año de pandemia y de aislamiento obligatorio como resultado de la misma.

Pasamos del «quedate en casa» al «sale si salimos», consigna creada por la Campaña para explicar que la posibilidad de aprobación de la Ley dependía del protagonismo de la marea verde en las calles. El volver a encontrarnos en «modo marea» fue un sentimiento esperanzador que todavía dura en la piel. Nos miramos con una mezcla de incredulidad y felicidad, con la curiosidad por cómo estuvimos todo este tiempo. ¿Estamos?, ¡Estamos! ¿Seguimos?, ¡Seguimos!

A pesar de los barbijos y la distancia que impone el autocuidado, no se resistía el impulso del abrazo, del codazo, del puño con puño, del volver a reconocernos, ya no a través de una pantallita sino desde nuestros cuerpos desentumecidos por la marea.

«Sale si salimos» fue la contraseña que alentó la movilización que de modo tumultuoso y masivo inundó distintas ciudades, pueblos y provincias del país con mensajes de aliento que llegaban a las afueras del Congreso desde otros territorios por parte de compañeras que sostuvieron paso a paso esas horas de intensa expectativa.

La legitimidad de la movilización feminista volvió a las calles y a las plazas con una enorme capacidad de organización a pesar de la variedad de expresiones políticas que conforman el espacio «verde» (desde el oficialismo hasta sectores desgajados de la oposición conservadora y de la oposición de izquierda). Esta fuerza organizativa estuvo marcada, en gran medida, por la experiencia de construcción colectiva lograda por la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito en sus 15 años de existencia que ha logrado, con gran inteligencia, la convivencia de cronopias, esperanzas y hasta algunas famas.

Este tema —la experiencia política plural de la Campaña— también merece un análisis especial que iremos realizando desde las voces de las protagonistas. Pero el ejercicio feminista de construcción transversal a los partidos y organizaciones sociales con un objetivo claro como la legalización del aborto, es una experiencia que bien vale mencionar para analizar su potencialidad en la transformación de las relaciones de fuerzas de los movimientos populares en cada momento.

No solo hablamos de la diversidad ideológica y política que constituye la Campaña, sino también el diálogo intergeneracional que supone la coexistencia organizativa de compañeras que vienen de toda una vida de desobediencias y revoluciones con otras que arrancan adolescentes e incluso niñas en la lucha feminista.

Varias veces, tanto en el debate en el Congreso como en los diálogos callejeros que se improvisaron, se recordó a las iniciadoras de esta lucha en las calles, en el cabildeo parlamentario, en las universidades, en la comunicación y en la construcción antipatriarcal en los movimientos populares.

Se nombró a compañeras como Dora Coledesky, Lohana Berkins, Martha Rosemberg, Nelly Minkersky, Nina Brugo, Olga Cristiano, Marta Alanis, Elsa Schvartzman, Mabel Gabarra, Safina Newbery, Zulema Palma, Cristina Coronel, Alicia Cacopardo, Laura Bonaparte, Alicia Schejter, Liliana Daunes, María Julia Constant, María Laura Bretal, María Moreno, María José Rouco Pérez, Alejandra Ciriza, Mariana Carbajal, Celina Molina Rodríguez, Mabel Bellucci, Dora Barrancos, Diana Maffía, Susana Chiarotti, Stella Maris Manzano y Norita Cortiñas, entre muchas otras compañeras que abrieron caminos para que podamos avanzar en las batallas por la autonomía de nuestros cuerpos y vidas.

Varias partieron, pero viven en nuestra memoria. Otras siguen en la primera línea, y estuvieron firmes durante todo el debate del Congreso, junto a una generación de compañeras y compañeres jóvenes que asumieron la continuidad de los esfuerzos por hacer efectivo el derecho al aborto. Ya sabemos que estos esfuerzos no se terminan con la posible sanción de la ley, porque luego vendrá su reglamentación y, sobre todo, la necesidad de concretar prácticas sociales que la hagan posible en los barrios, en las comunidades, en los territorios más diversos, sin ser obstruidas por la mala praxis médica o por políticas represivas y judiciales persecutorias, por los límites de información, por las influencias religiosas y culturales profundamente patriarcales, que siguen activas y en algunos casos son dominantes en nuestros territorios.

No podemos dejar de nombrar y de valorar especialmente, como parte de este recorrido, el papel fundamental jugado por las Socorristas, que recuperando la propuesta de Lesbianas y Feministas por la Descriminalización del Aborto, produjeron información sobre el aborto con pastillas, agregando el acompañamiento en cada caso, ampliando de hecho los alcances de su realización, construyendo sentidos que permitieron pensar y realizar abortos sin necesidad de recurrir en la mayoría de los casos al sistema público de salud y ganando en autonomía de las mujeres y cuerpos gestantes.

En los últimos años, la Campaña se nutrió de la organización de redes poderosas como la red de profesionales de la salud por el derecho a decidir, la red de docentes por el derecho al aborto, la red universitaria por el derecho al aborto —que articuló distintas cátedras libres por el derecho al aborto en las universidades—; distintos espacios que dieron visibilidad a esta experiencia, como Actrices Argentinas, y periodistas feministas que desde los medios de comunicación masivos y desde las redes de medios alternativos y comunitarios, permitieron llevar la lucha por el aborto al territorio de disputa de las palabras.

Los feminismos populares hemos venido realizando grandes debates para que la discusión sobre el derecho al aborto llegue a los territorios más profundos, donde los dogmas religiosos pretenden suplantar la palabra de las mujeres y de las disidencias sexuales. Uno de los discursos antiderechos fue hecho precisamente por el padre Pepe (José María Di Paola), referente de los curas villeros, quien insistió en temas que ya habían dicho públicamente los integrantes de esta agrupación, como que las mujeres villeras no abortan o no tienen ese tema entre sus prioridades. Esto fue desmentido por la marea verde, con la presencia activa del feminismo villero, plurinacional y popular. La mayor parte de las mujeres que mueren en abortos clandestinos son de barrios populares, dijeron las compañeras. No queremos ni una mujer más muerta por abortos clandestinos, reforzaron con su presencia, sus carteles y sus palabras.

Los feminismos comunitarios hicieron profundos debates en los que fueron reconociendo que abortar es parte de la memoria ancestral de las mujeres originarias. Las mujeres campesinas también pensaron sus realidades, muchas veces invisibilizadas por lógicas patriarcales —incluso en sus comunidades y organizaciones—. Las mujeres sindicalistas construyen poder feminista en los centros de trabajo, y sostienen su presencia en la lucha por el derecho al aborto a pesar de la intención de algunos líderes sindicales de mandar este tema al closet.

Estos debates son muy importantes porque nacen de los cuerpos violentados de las mujeres y disidencias, de sus experiencias de construcción de la conciencia antipatriarcal.

Los sectores antiderechos volvieron a repetir sus argumentos añejos, dogmáticos, anquilosados, y actuaron con violencia, amenazando a las mujeres que se identifican con el pañuelo verde, a diputados y diputadas. Demostraron que no son los argumentos lo que más les importa, sino generar miedo en quienes estamos —hace años o hace días— librando batallas centrales contra el patriarcado.

La ley presentada tiene algunas claras limitaciones: por la aceptación explícita y regulación de la objeción de conciencia (que puede convertirse en una trampa dado que muchos médicos y médicas utilizan ese recurso para negar el derecho), por la posibilidad de penalización de las personas que abortan después de las catorce semanas y porque no incluye el derecho al aborto como contenido curricular de la ESI. Sin embargo, significa un gran paso, que tendremos que seguir profundizando cuando este derecho se vuelva ley, para derrumbar el edificio de institucionalización y normalización del patriarcado, que a través del matrimonio de los Estados y las iglesias instaura el control de la libertad de las mujeres y de los cuerpos que se escapan del mandato nada divino del régimen heterosexual.

Cuando luchamos de la legalización del aborto no estamos hablando solo de ampliar derechos (en especial el derecho a la vida, el derecho a decidir qué vida queremos y cómo vamos a vivirla). Se trata, además, de crear la capacidad de autonomía, de libertad, de decisión de las mujeres y personas no subordinadas a los modos hegemónicos de sexualidad. Se trata de cortar los lazos de subordinación de las mujeres, de asegurar que las niñas sean niñas y no tengan que vivir bajo la coacción de ser madres, luego de sufrir abusos y violencia sexuales.

Todos estos logros son parte de la revolución feminista. Que sigue siendo desobediente y creativa y que, empujada por la marea verde que en estas jornadas volvió a las calles, tiene que alcanzar las orillas de los corazones de las mujeres del pueblo para teñir el horizonte del deseo y la convicción de que podemos cambiarlo todo, y lo haremos.

Para que los sueños caminen su propia historia, ¡que sea ley!

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Publicado en Argentina, Artículos, Feminismo, Géneros, homeCentro5, Políticas and Sociedad

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