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¿El último héroe civil?

El pasado domingo 6 de diciembre murió en su casa a los 80 años Tabaré Vázquez, el primer presidente frenteamplista del Uruguay.

Si un tiempo se define a sí mismo por los líderes que produce, el ciclo histórico que inicia con la recuperación democrática en 1985 y se cierra con la derrota del tercer gobierno frenteamplista en 2019, tiene en Tabaré una figura clave que lo pinta y recorre casi entero.

Fue el primer Intendente frenteamplista de Montevideo (1990-1994), un hito en el proceso de acumulación de fuerzas de la izquierda hacia el control del gobierno nacional que finalmente obtendría, también de la mano de Vázquez, en 2004. Durante la década del 90, en plena oposición frenteamplista y social a las políticas neoliberales, fue heredando del General Seregni el liderazgo sobre el reagrupamiento y el ascenso de las fuerzas de oposición al neoliberalismo que el Frente Amplio (FA) iba integrando en torno a sí.

Durante ese proceso se fue rearticulando en el FA el arco de sectores sociales que había dado base a los batllismos del siglo XX. Con la crisis del 2002 y la debacle electoral del Partido Colorado en 2004, se completa esa transición que deja al Frente como la fuerza política más representativa del Uruguay, aglutinando un vasto conjunto de actores y fuerzas sociales.

En paralelo a esta ampliación de la base histórica de la izquierda, se procesa la moderación ideológica del FA que le permite integrarse paulatinamente como el ala izquierda del nuevo consenso demócrata-liberal de la etapa post-dictadura. Vázquez, al igual que Seregni, fue clave en ese progresivo cambio de tonalidades desde la izquierda al progresismo. De las potencias y los límites de ese giro hoy hablan los hechos, pero lo cierto que por allí fue por donde se rebasó el techo de la acumulación de las fuerzas que podía agrupar el frenteamplismo.

El período gubernamental del FA (2005-2019), del cual Tabaré participó como presidente entre 2005-2009 y 2015-2019, fue el batllismo por otros medios. Se trató de una etapa de “prosperidad” económica y reformas sociales progresivas, que dio lugar a un fuerte proceso de agregación social y amortiguación política. El reverso de la década de los noventa.

Esas dos caras del ciclo histórico por el que transcurre al liderazgo de Vázquez: el momento de la resistencia anti-neoliberal y la fase gubernamental de expansión y prosperidad batllista, hacen al mito Tabaré, un héroe civil – mitad redentor, mitad gestor – donde la razón popular puede depositar su esperanza de redención y la razón ciudadana el anhelo de un país de oportunidades e integrador.

Tabaré es el primer presidente, al menos desde la recuperación democrática, que no proviene de las familias patricias. Hijo de un hogar obrero del barrio montevideano La Teja, tuvo que dejar el secundario por años para ayudar con la manutención de su hogar. La propia trayectoria vital de Tabaré metaforiza lo que significó el proceso de incorporación de las clases no patricias al gobierno que él lideró. Sin representar esto una amenaza estratégica para los sectores dominantes, en ese ciclo que transcurre entre la salida de la dictadura cívico-militar y la última derrota del Frente Amplio en 2019, se fue procesando una asimilación de segmentos medios y populares a un esquema de coparticipación en las diferentes instancias de poder gubernamental y electoral.

La etapa de agregación social, de incorporación de los sectores populares al reparto del producto económico y de nueva coparticipación política que inaugura el gobierno progresista, y que por ahora nos permite regodearnos de nuestra excepcionalidad política en una América Latina en crisis, es lo que se viene cerrando desde mediados del último gobierno frenteamplista (2015-2019) que condujo Tabaré, donde los indicadores económicos y sociales comienzan a estancarse. Ese cambio de fase, de una etapa expansiva y agregadora de demandas, a una de meseta y de desagregación e incremento del conflicto distributivo, ahora cobra mayor nitidez con la muerte del expresidente. El dilema de la etapa que se abre es qué pasa con esa agregación de demandas y coparticipación en la época de la carencia y las vacas flacas.

Calzan justo las palabras de Carlos Quijano en el semanario Marcha en ocasión de la muerte de otro batllista, Luis Batlle Berres (1897-1964), rescatadas de la historia por José López Mercao[2]: “Muere cuando el enigma está sin resolver, cuando la tarea se torna cada vez más urgente”. ¿Cuál hubiera sido el lugar de Tabaré en este cruce de caminos? Nunca lo sabremos.

Hay quienes la figura del líder concreto nos emociona menos que la metáfora que representa y la gente que lo llora.

Adentro del mito Tabaré está el anhelo meritócrata de la movilidad social ascendente. Que muchos hayan elegido las “ceibalitas” (laptops entregadas gratuitamente por el gobierno a escolares y liceales) para resumir su legado, un símbolo de la igualdad de oportunidades desde el inicio, habla de ello. Pero no solo. En políticas como Plan Ceibal u otras puede verse un horizonte difuso de una República de iguales. Si es realista proponerse eso sin cambiar las bases mismas del Uruguay, es otra discusión.

En la inmensa caravana que acompañó sus restos hasta el Cementerio de La Teja había algo más que un duelo por la muerte de un líder. En esa comunión momentánea de aplausos y puños en alto, gesto que Tabaré no solía hacer porque seguramente era mucho para su estilo más bien liberal y monacal, estaba la gente reconociéndose mutuamente como parte de algo grande que viene de lejos, quizá experimentando esa confusa y débil fuerza mesiánica y redentora que late en lo popular de la que habla Benjamin. Tener héroes, en este caso un atemperado héroe civil, y despedirlos como lo merecen, es una forma de disputar el espacio de la historia y la memoria, de enraizarse en una tierra. Y eso hoy es más necesario que nunca.

En la etapa que se abre, de carencia y crispación, donde ha vuelto a emerger la vieja coalición anti-batllista (otra vez capitaneada por el linaje herrerista) para barrer con lo que pueda, nosotros incluidos, las repercusiones de la muerte de nuestro moderado Presidente, un sobrio médico oncólogo, masón, apenas ligeramente socialista, nos recuerda que no estamos solos ni somos pocos. Y qué en el reverso de esta soledad de ahora, una luz puntual espera.

Hay un fino hilo rojo, un poco desteñido, que conecta la historia uruguaya. Es el anhelo de la construcción de una pequeña República integradora asentada en un pacto de iguales, que garantice el derecho a una vida digna para su gente; una República como pacto por los derechos básicos, no como pacto de elites en defensa de la propiedad, como la han interpretado connotados dirigentes políticos contemporáneos que se pretenden herederos del batllismo sin merecerlo.

A pesar de su contradictoria capacidad para representar al mismo tiempo el ímpetu de cambio y su contención, con los límites y las potencias del pueblo que lo levantó como su líder, Tabaré tiró de ese hilo. Ahí está su legado.

 

 

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Publicado en Artículos, Historia, homeIzq, Política and Uruguay

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