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Alejandro Sabella decía que para que un país pueda soñar nuevamente con salir campeón del mundo había que comenzar por estudiar.

Sabella, la mística y la comunidad organizada

Falleció Alejandro Sabella, maestro del fútbol.

Cada vez que habla frente a un micrófono, Sabella mira hacia abajo. Ni a las cámaras, ni a los ojos de un eventual periodista, ni hacia los costados. Sabella mira hacia abajo, piensa cada palabra, arma ideas, fundamenta decisiones tácticas. Con su muerte, el fútbol argentino pierde a uno de los mejores directores técnicos de los últimos treinta años; pero también pierde a una persona comprometida con las injusticias diarias, pierde a un propagandista de la solidaridad y la ayuda mutua. Era consciente del eco de sus declaraciones, y se hacía cargo de eso. Sabía que cada minuto frente a un micrófono implicaba que miles de pibes detuvieran lo que estaban haciendo para escuchar lo que decía el Profesor. Sabella hablaba y la pelota paraba de rodar.

Alejandro Sabella murió a los 66 años producto de una insuficiencia cardíaca. Había sido internado el mismo día en que falleció Diego Maradona, y es inevitable pensar que esa noticia pudo haber sido la estocada final a un estado de salud deteriorado desde finales del 2014. Lo cierto es que en diez días fallecieron el ídolo máximo del fútbol argentino y la persona que mejor lo supo interpretar en las últimas décadas. Sabella fue el responsable de devolverle la ilusión a un país entero, después de cuatro mundiales con actuaciones para el olvido.

Fiel alumno y mejor profesor de la Escuela de Estudiantes de La Plata, sabía que para que un país pueda soñar nuevamente con salir campeón del mundo había que estudiar, había que trabajar. Y eso hizo, incansablemente, en cada uno de los partidos que dirigió. Así sacó campeón a Estudiantes de la Copa Libertadores 2009. Así fue a jugar la final del Mundial de Clubes contra el Barcelona de Messi y Pep Guardiola, uno de los mejores equipos de la historia. Nunca David estuvo tan cerca de derrotar a Goliat.

Sabella solía contar que dividía la charla técnica en tres momentos: primero: estrategia del juego y táctica a utilizar (acá puede verse la explicación que hace a un conjunto de periodistas sobre cómo diseñó ese juego). Segundo, utilización de la pelota parada y sus diferentes usos. Tercero: palabras motivacionales, encuentro místico con el equipo. Decía, también, que después de esa charla se sentía liberado. Reconocía que le costaba, que lo desgastaba. Eran horas y horas de trabajo y estudio en la semana, que debían sintetizarse en 15 minutos para luego ponerse a prueba dentro de la cancha.

La parsimonia que lo caracterizaba fuera del campo del juego se suspendía cada vez que el árbitro pitaba anunciando el comienzo del partido. Movedizo, charlatán, comentando cada jugada con Gugnali y Camino, sus históricos ayudantes de campo. Todo el desgaste era necesario para conseguir lo que iba a buscar: el triunfo.

Sabella diseñaba estrategias para ganar, y si eso implicaba realizar un esquema capaz de escandalizar a toda la prensa, lo iba a hacer. Y si realizar algún cambio generaba rispideces con los referentes del plantel, lo iba a hacer. Y si poner una línea de 5 defensores contra Bosnia Herzegovina en la fase de grupos del Mundial iba a generar que un país entero lo cuestione, ¿adivinen qué? Lo iba a hacer.

Porque el fútbol no es una ciencia exacta, y necesita de conductores capaces de tener la mayor flexibilidad táctica, organizadores colectivos que no se dejen presionar por la prensa canalla. El análisis concreto de la situación concreta, llevó a Sabella a lograr interpretar cada partido con una precisión exquisita. Después se podía ganar o perder, pero terminaba siendo una eventualidad. El principal legado futbolístico de Sabella es trabajar y estudiar cada partido, cada rival; hacer autocrítica; cambiar todo lo que deba ser cambiado de una fecha a otra.

***

Alejandro Sabella es de esos tipos que cerraban la grieta. Es muy difícil no quererlo. Incluso todos aquellos periodistas que operaron día y noche en su contra durante la previa y las primeras semanas del Mundial, tuvieron que tragarse una a una sus palabras. No encontraban en Sabella un personaje con ánimo de polemizar, no era un buen invitado para el talk-show futbolístico. Era un tipo de silencios, laburo y acción. Y así también era en su vida privada.

Casado con Silvina, una militante barrial de Tolosa (localidad de la ciudad de La Plata), construyeron una pareja sensible y militante contra las desigualdades históricas de nuestro país. Su casa no solo dispuso siempre de un plato de comida para quien lo necesitara, sino que también funcionó como un refugio para los vecinos que en el año 2013 sufrieron la peor inundación en la historia de la ciudad.

En sus pocas apariciones televisivas, en sus participaciones en eventos sociales, siempre buscaba el momento para intentar transmitir su plexo de valores y principios, principalmente dirigido hacia los jóvenes:

  • Ningún jugador vale más que todo el equipo.
  • Para ser mejor profesional, hay que ser mejor persona.
  • No hay entrenador sin comunidad.
  • Hay que poner el bien común por encima del individuo.

Alejandro Sabella es el nombre de la gloria para dos generaciones enteras de hinchas de Estudiantes de La Plata; es el nombre de la recuperación de la ilusión con la Selección para millones de argentinos y argentinas; Alejandro Sabella nos convidó el fútbol como vehículo para pensar otras formas de construir los vínculos en el deporte, como una posibilidad para construir comunidad. Acá hay una Escuela que no lo va a olvidar.

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