Press "Enter" to skip to content
Flickr

Clase obrera, productivismo y crisis climática

Las clases trabajadoras deben comenzar por poner en cuestión el dogma del crecimiento económico incesante como vía para asegurar el bienestar humano. Bien al contrario, el buen vivir de la mayoría debe comenzar por asegurar que se conjuren los riesgos ecológicos y, en concreto, la crisis climática.

Este texto es un capítulo del libro Como si hubiera un mañana (AA.VV., Sylone Editorial – Viento Sur, Madrid, 2020) de reciente aparición.

 

«El trabajo es el Padre y el principio activo de la riqueza, como la tierra es la Madre».

William Petty (1667), A Treatise of Taxes and Contributions

«El trabajo no es por tanto la única fuente de los valores de uso que produce, de la riqueza material. Como dijo Petty, tiene por padre el trabajo y por madre la tierra».

Karl Marx (1867), El Capital, Libro I, Cap. 1

El discurso económico neoliberal reduce todas las decisiones sociales a la matriz  económica, entendida esta como la dictada (en teoría) por los mercados gracias a su  supuesto comportamiento competitivo. Y si el indicador económico central del estado económico de un país es el PIB, el discriminador efectivo en los procesos de gasto e inversión es la realización de la ganancia del capital. El lema neoliberal podría ser algo así como la economía es la base de la decisión racional ante cualquier problema y su objetivo es incrementar la ganancia privada del capital de la que manará miel para  todos. Ello elimina la posibilidad de intervención efectiva del sector público y descarta la planificación, margina a la economía cooperativa y excluye al sector asociativo, o sea a los sindicatos y organizaciones populares, al movimiento feminista, al campesinado o a  los pueblos originarios. En resumen: la muerte de la política y la democracia y la postración de la participación social. Esa lógica se aplica en la práctica cotidiana neoliberal a escala de empresa, de Estado e internacional a las facetas fundamentales: distribución del ingreso y utilización de los recursos naturales. Y, en realidad, no son los virtuosos mercados eficientes quienes designan las cuestiones relevantes y efectúan la asignación de recursos, sino la minoría viciosa de dinero, acaparadora de riqueza. El desastre de la desigualdad y la crisis de la biosfera están servidas. No es extraño, por tanto, que hasta en el Financial Times (esa biblia del dinero) del 22 de enero del año 2019 se constatara la evidencia de que la «mano invisible del mercado» no es suficiente para atajar la urgencia ecológica.

La Estrategia de Desarrollo Sostenible de la Unión Europea quiere (como hacen también todos los think tank del capital y sus instituciones financieras) servir a la vez a Dios y al diablo y hacer compatible el crecimiento del PIB (Producto Interior Bruto) con el aumento de la protección ambiental. La orientación de fondo del New Green Deal también supone una búsqueda de la compatibilidad de la pervivencia economía capitalista con la protección de la biosfera. Para ello los ideólogos del capital han necesitado desarrollar la teoría del desacople entre los parámetros crecimiento económico y armonía de la biosfera, o sea entre la ley de la ganancia y una sociedad verde. Una teoría que ha quedado desautorizada al tener en cuenta la absoluta indexación del modelo productivo del capitalismo industrial con las fuentes fósiles de energía, el extractivismo y la contaminación de tierras, mares y atmósfera.

El argumento que los ideólogos del capital han desarrollado para dotar de legitimidad social al modelo de desarrollo vigente es el de que promueve la creación de empleo y la riqueza social, argumento que en tantas crisis económicas y países se ha visto desmentido rotundamente. Estas ideas están enraizadas en la mentalidad de la mayoría de la sociedad, incluyendo el movimiento obrero organizado. Ello es especialmente evidente en ausencia de movilización y organización popular, en momentos en el que se intensifica la hipoxia social que debilita el músculo y cerebro de las clases subalternas y cuando los proyectos de cambio gobernistas adolecen de una anoxia que les asfixia y reduce a la inanidad.

Por todo ello es necesario que la clase obrera, que constituye la mayoría de la sociedad, desarrolle un discurso y un proyecto propio e independiente de los de las transnacionales y las finanzas sobre todos los aspectos. Para eso, las clases trabajadoras deberán comenzar por poner en cuestión el dogma del crecimiento económico incesante –causado por la necesidad congénita de aumentar la ganancia del capital– como vía para asegurar el bienestar humano. Bien al contrario, el buen vivir de la mayoría debe comenzar por asegurar que se conjuren los riesgos ecológicos y, en concreto, la crisis climática,  y ello significa un drástico decrecimiento en el uso de energía y recursos, acompañado de un desarrollo generalizado de la economía al servicio de las personas (salud, cultura, cuidados…). ¿Por qué se destaca el papel de la clase trabajadora en este proceso?  Simplemente por su ubicación objetiva en las relaciones de producción que le confiere una potencialidad antagonista respecto al capital que ningún otro sector dispone.

La clase obrera y ninguna de las clases potencialmente aliadas escapan a las servidumbres del pensamiento neoliberal productivista. Las y los trabajadores no tienen espontáneamente conciencia ecologista, como tampoco feminista ni anticapitalista. Su primer elemento de agrupamiento elemental está en torno a la lucha por el salario y la jornada, pero ello no implica que sin mediaciones le lleve a una concepción anticapitalista, socialista y revolucionaria. Tal como plantea Mandel (1970), los avances en la conciencia de las masas trabajadoras sólo pueden darse en el marco de la experiencia práctica de la lucha, en interacción entre aquellas y los trabajadores y trabajadoras más avanzados, que mantienen su labor sindical organizada en el tiempo, y entre ambos sectores de la clase con su fracción más politizada constituida en partido(s) revolucionario(s). Podemos añadir que esta vanguardia política va censando teórica e ideológicamente la experiencia de las luchas emancipatorias de la clase trabajadora en un diálogo constante y colaborativo con todas las organizaciones de las y los oprimidos y explotados, con las que dan forma a movimientos holísticos como el feminista y el ecologista. Una vez más, se hace evidente que en los temas centrales de la emancipación humana es  necesario  disponer  de  un  proyecto  político  de  futuro  y  de  un  entramado organizado de las gentes más conscientes capaces de imaginar, debatir, ser útil en las ofensivas y en las retiradas y mantener siempre la continuidad del hilo rojo, verde y violeta de la historia.

Las clases trabajadoras y la ecología

«Nada corrompió más al movimiento obrero alemán que la convicción de nadar a favor de la corriente. Tomó al desarrollo técnico como el sentido de la corriente. A partir de ahí sólo había que dar un paso para imaginarse que el trabajo industrial representaba un logro político. A costa de los obreros alemanes, la vieja ética protestante del trabajo celebró, en una forma secularizada, su resurrección. […] A esta concepción del trabajo no le preocupa saber en qué medida los productos de este trabajo sirven a los propios productores, que no pueden disponer de ellos. Sólo tiene en cuenta el progreso en el dominio sobre la naturaleza, no las regresiones de la sociedad».

Walter Benjamin (1940), Tesis sobre el concepto de historia

Benjamin fue uno de los pocos marxistas que avistaron de forma temprana el desgaste, debilitamiento y corrupción ideológica y política experimentado por el movimiento obrero a causa del productivismo y el culto al trabajo asociado a las orientaciones de colaboración de clase, tanto en su dimensión sindical como en la partidista, y tanto en el área socialdemócrata como en la estalinista.

Las anteriores palabras del filósofo berlinés nos plantean de forma cruda cuatro cuestiones: ¿Puede jugar la clase trabajadora un papel propio, autónomo, en el devenir social? ¿Está condenada a ser un agente funcional y legitimador de la ética capitalista del trabajo? ¿Puede romper con la ideología productivista asociada al modo de producción capitalista? ¿Puede ser un sujeto activo en la transición ecosocial?

La respuesta que demos es relevante pues los procesos profundos de cambio social y político en los países industrializados e incluso en la mayor parte de los países empobrecidos no son posibles sin el concurso proactivo de las y los asalariados, de las clases trabajadoras, en definitiva, de la clase obrera en tanto que agente político con un propósito propio. En esos procesos intervienen otros agentes sociales y políticos; el sujeto de cambio puede ser multiforme, pero, sin la presencia activa de la mayoría de la clase obrera, difícilmente pueden llegar a buen término. A su vez, las clases trabajadoras, para lograr sus objetivos vinculados a los temas del reparto del ingreso y la riqueza, deben formar parte de la solución de otros muchos nudos de conflicto social y político no directamente vinculados a la contradicción capital vs. trabajo, y asegurar su éxito poniéndose a la cabeza del conjunto de demandas, aspiraciones y proyectos. Estas afirmaciones no son meras proposiciones o axiomas verdaderas por definición en un supuesto corpus teórico marxista, son verificables en positivo y en negativo en la historia de la lucha de clases. Y, si son ciertas en muy diversos campos, en la cuestión ecológica se presentan como una hipótesis estratégica que debe presidir de la propuesta emancipadora ecosocialista.

Como sector numéricamente mayoritario de la sociedad, y por estar en posición de gran fragilidad, la clase obrera es la que objetivamente debería estar más interesada en solventar los problemas ecológicos mediante una voz propia independiente de la del capital. Pero la conciencia ecológica de las y los trabajadores es sumamente limitada y depende, en gran medida, de los intereses inmediatos relacionados con el empleo, del sector en el que se trabaja o de la región del mundo en la que se vive. En ese sentido, tanto por sus consecuencias positivas como negativas, las clases trabajadoras no son homogéneas, ni tienen una percepción similar, ni desarrollan la conciencia ecológica de la misma manera; entre otros motivos, porque los efectos ambientales no son evidentes a la vez en cualquier lugar, y porque comprender algunos de ellos requiere un nivel científico, si bien elemental, que no siempre está presente en la formación y culturas de la sociedad (Garí, 2008).

Pero, sobre todo, hay que tener presente que las clases subalternas, en este aspecto como en el conjunto de las cuestiones ideológicas, son seguidistas y tributarias de la ideología de la clase dominante. A su vez, la política de conciliación y pactos sociales no sólo se ancló en la conciencia popular en aspectos como propiedad y salario, sino que encontró otros eslabones, como plantea Benjamin (2008) en la concepción misma del trabajo –criticada como locura por Lafargue (2008)–, y en el productivismo –criticado sin ingenuidad y de forma radical en diversos trabajos por Daniel Bensaïd–. La ideología productivista encadena a los planes depredadores  del  capital  a  la  clase  obrera,  y,  en  su  nombre,  impone restricciones  a  la  capacidad  reivindicativa  general  de  la  clase  obrera y enfrenta a los pueblos entre sí. Identificado el problema, cabe buscar soluciones.

Las y los asalariados sufren los impactos negativos de la crisis climática y, en general, de la ecológica, y no pueden quedar al margen de la  solución  que  se  les  dé.  Las  clases  trabajadoras  deben  tener  voz  en el diagnóstico y voto en las alternativas. Por ello, los sindicatos de clase y  las  organizaciones  populares  representativas  pueden  jugar  un  papel central en la solución de los problemas. Pero –de la misma manera que la lucha por el salario y las condiciones de trabajo, con ser necesarias, no supusieron en el pasado que la clase obrera se convirtiera en caudillo de la nación si no asumía un papel y proyecto propios en torno a los problemas más acuciantes del conjunto de la sociedad (el pan, paz y tierra de la Revolución Rusa)–, actualmente la clase obrera del siglo XXI sólo podrá jugar un papel independiente y central si asume el combate contra el patriarcado junto al movimiento feminista y la defensa de la biosfera junto a la juventud y amplias capas de profesionales y científicos. Con ser necesario el sindicalismo y la lucha electoral para defender los intereses de las clases trabajadoras, es en el plano del proyecto político estratégico ecosocialista en el que la clase obrera podrá pasar de clase en sí a constituirse en clase para sí, lo cual la pondría en disposición de poder coliderar la transición ecosocial.

Para ello, la clase obrera y sus organizaciones deberán poner en cuestión el dogma del crecimiento económico, inscrito en la necesidad de ampliación permanente del capital para mantener la tasa de ganancia. Y también deberán romper con el mito de que el bienestar humano esta indexado  al  crecimiento  del  PIB.  Bien  al  contrario,  el  buen vivir de la mayoría debe comenzar por asegurar que se conjura la crisis climática, y ello significa un drástico decrecimiento en el uso de energía y materiales, acompañado de un desarrollo generalizado de la economía al servicio de las personas (salud, cultura, cuidados…). El gran debate social pendiente ante la crisis ecológica en marcha es discernir en qué bienes, servicios y sectores se quiere crecer para atender las necesidades de las comunidades y las personas, y qué sectores productivos deben aminorar e incluso desaparecer por superfluos o nocivos.

Otra economía es posible (y urgentemente necesaria)

La  alternativa  no  puede  ser  otra  que  la  reconversión  ecológica  de  la economía y la sociedad industrial. Esto implica reorganizar y reasignar uno de sus elementos básicos: el trabajo, que es uno de los dos factores, junto con los recursos naturales, imprescindibles para generar los bienes y servicios capaces de satisfacer las necesidades humanas. El tercer factor de la producción según la economía convencional, el capital, relación social que encadena a las mayorías laboriosas, se muestra crecientemente cómplice de la destrucción y es perfectamente prescindible para una humanidad empoderada.

Las líneas maestras para la reconsideración de la economía y el trabajo en términos de sostenibilidad ecológica exigen la construcción democráticamente planificada de economías autocentradas y altamente auto- suficientes en ámbitos geográficos reducidos, a su vez que se coordinan para la cooperación en todas las escalas territoriales y sectoriales, así como la reducción del tiempo de trabajo y el reparto del trabajo existen- te, la riqueza y las rentas generadas. Así como dar pasos en el sentido de lo planteado por Iring Fetscher (1988): rechazar la identificación de progreso con el crecimiento del PIB y, bien al contrario, entender el bienestar no como un aumento cuantitativo de artefactos para poseer y consumir, sino como una mejora cualitativa de las condiciones de vida de la gente. Seguir el lema acuñado por Juan Manuel Naredo: mejor con menos, esto significa enfrentarse abiertamente al mito del crecimiento capitalista, inscrito en su necesidad de ampliación permanente para mantener la tasa de ganancia, y comenzar a discernir en qué bienes, servicios y sectores se quiere crecer para atender las necesidades de las comunidades y las personas, y qué sectores productivos deben minorar e incluso desaparecer por superfluos o nocivos.

Ahora bien, ¿cuál es la disposición de la sociedad para semejante cambio? No basta con ambientalizar el discurso del mundo del trabajo o que el ambientalismo tome en consideración la cuestión social –ni que se reforme el modelo productivo en un imposible capitalismo verde, ni que se cambie el modo de producción (relaciones sociales en torno a la propiedad de los medios de producción)– si no se reconvierte en términos ecológicos el modelo productivo (qué y cómo se produce). Esta es la encrucijada en la que se encuentra el conjunto de la sociedad y, por tanto, la clase obrera y sus organizaciones. Para resolver los dile- mas hay que reconstruir la matriz del pensamiento emancipador partiendo de que el ser humano y la sociedad a la que pertenece forman parte de la biosfera.

Ese puede ser el punto de encuentro entre la ética libertaria sobre la naturaleza, la visión marxista crítica del metabolismo sociedad/naturaleza y las aportaciones sociobiofísicas del ecologismo político para impulsar un nuevo discurso en el seno del movimiento obrero y sus organizaciones en los países industrializados. Discurso que deberá entremezclar las diferentes propuestas de transición hacia una sociedad sostenible en el  siglo  XXI, y hacerlo desde lo que viene denominándose un enfoque pluridimensional y ecointegrador (Carpintero, 2005) de los sistemas económicos, agrarios, industriales y urbanos en su entorno biofísico y territorial, que sea capaz de conocer la anatomía y la fisiología de la sociedad y pueda prever su evolución.

Vectores del ecosocialismo para la clase obrera

El ecosocialismo puede ofrecer oportunidades y alternativas para el movimiento obrero en tres planos estratégicos. En el plano social y ético, situando en el centro de su reflexión el interés de la especie humana, de la mayoría social y, por tanto, de su supervivencia. En el siglo XXI sigue siendo imprescindible recordar las estrofas de la vieja y hermosa canción del movimiento obrero: «el mundo ha de cambiar de base» (…) «el género humano es la Internacional». Defender a las clases trabajadoras y populares es defender al conjunto de la especie. El estado de esta es inseparable del estado en el que se encuentra la biosfera. El nuevo humanismo considera una necesidad de primer orden la defensa de esa biosfera, de la que forma parte la humanidad y que sirve de base física material y bioquímica de la existencia de la vida, del conjunto de la vida de los seres vivos perfectamente interconectados e interdependientes, en el que la especie humana no es la reina, es una más.

En el plano político, ya que puede posibilitar una nueva y amplia alianza social anticapitalista y abre puertas para que el movimiento obrero tenga un papel dinamizador de nuevas luchas y reivindicaciones. Ello le permitiría jugar un papel activo en la constitución de un nuevo bloque social arco iris frente al neoliberalismo, junto al campesinado, las feministas, los pueblos indígenas y la juventud movilizada contra la precarización y el autoritarismo o por el clima en los cuatro puntos cardinales. Ello posibilitaría que el sindicalismo huyera de las tentaciones tanto corporativistas como de las prácticas de subordinación pactista con el capital.

Y en el plano propiamente laboral, porque el avance ambiental ayuda a evitar riesgos para la seguridad y la salud de los y las trabajadoras. Las cuestiones ambientales con un impacto negativo en la salud pública y en la salud laboral son múltiples: antes las evidencias médicas, es creciente la preocupación por los riesgos asociados a los productos químicos que se emplean o a las consecuencias de ciertos materiales, como el amianto; a los riesgos en forma de enfermedades pulmonares, incluyéndose el cáncer por asbestosis. Muchas de estas enfermedades siguen sin calificarse como profesionales por lo que ni se evitan las causas ni se generan los derechos debidos en tratamiento, indemnización y pensión a las personas que enferman y a sus familiares. La existencia de buenas leyes y prácticas medioambientales  favorecen  la  fortaleza  y  sostenibilidad  el  tejido  productivo y del trabajo; la exigencia hoy en día al empresariado de cumplirlas evita el riesgo de sanciones y amenazas al empleo; y mañana, en una economía socializada y autogestionada, asegura la vieja aspiración de  una  sociedad  de  mujeres  y  hombres libres,  productores  asociados y cooperantes en armonía con la naturaleza.

El ecosindicalismo, pieza clave en el proyecto ecosocialista

«El diálogo entre el movimiento sindical y el movimiento ecologista es ya inaplazable y supone repensar las bases materiales que sostienen la vida humana».

Yayo Herrero, Vivir y trabajar en un mundo justo y sostenible

El movimiento sindical constituye un elemento central en la organización de las clases trabajadoras y puede jugar un papel decisivo en la configuración de una respuesta global e internacional a la dictadura de los mercados y, por tanto, a la expoliación del trabajo y de la naturaleza. Son muchos los problemas ecológicos asociados al modelo productivo: desde  el  extractivismo  a  la  muy  contaminante  industria  química,  a  los riesgos de la economía biosintética o las nanotecnologías. Los retos ambientales son múltiples y los problemas ecológicos tienen conexión y se retroalimentan. La clase obrera no es ajena a la solución que se les dé y debe tener voz en el diagnóstico y voto en las alternativas.

El centro de trabajo es el ámbito para hacer sindicalismo de proximidad, pero no puede ser el punto de partida de la estrategia sindical con la sociedad con la que interactúa. Por tanto, a la hora de ofrecer alternativas para el conjunto de la sociedad, la economía y la política deben partir de la finitud y límites de la naturaleza, las organizaciones sindicales deben recuperar su función sociopolítica con capacidad de impulsar formas de autoorganización y poder de las masas.

Un sindicalismo de clase que incorpore la dimensión ecológica, llamémosle ecosindicalismo, supone un nuevo empoderamiento del movimiento obrero ante el capital y significa la lucha por la entrada de la democracia en todos los ámbitos y temas en la empresa (ámbito prioritario del sindicalismo de proximidad) y también en el conjunto de la sociedad (ámbito del sindicalismo sociopolítico). No basta, siendo muy necesario, que los sindicatos pugnen por el ingreso directo, indirecto y diferido y por la redistribución de la renta; es necesario que los sindicatos intervengan, junto al resto de representantes populares, en las decisiones fundamentales de la economía en el nivel de la empresa y los niveles sectoriales y territoriales, y en el conjunto de la economía de un país o de ámbitos como la UE, o en los foros mundiales sobre cuestiones tan relevantes como el qué se produce, cómo y para quién. La democracia económica afecta al reparto del ingreso y a las decisiones estratégicas de la producción.

De adoptarse esta orientación, el ecosindicalismo implica no solo un distanciamiento y contradicción respecto a la ideología dominante y una ruptura con el pacto social productivista, sino también la superación del mero ambientalismo que solo persigue aquellas medidas paliativas que no pongan en cuestión el modelo productivo y el modo de producción capitalistas. Dicho de otra manera, frente a la crisis ecológica, el sindicalismo deberá asumir posiciones anticapitalistas, ya que tras los problemas ambientales  se  esconde  también  el  modelo  de  acumulación  de  capital y, ante las soluciones necesarias, el capital no admite injerencias democráticas de las clases trabajadoras ni en el terreno de la propiedad ni el de la organización del trabajo. El ambientalismo sindical es compatible con el capitalismo. El ecosindicalismo es incompatible en última instancia y contiene en ciernes una dinámica de acción anticapitalista. El conflicto de clases reaparece con nuevos temas, en torno a la relación sociedad-naturaleza, que vienen a sumarse a las viejas y no resueltas cuestiones de la explotación laboral y la desigualdad social en torno a la apropiación del plusvalor, que determina las diferencias existentes en el ingreso y la riqueza entre las clases sociales.

El objetivo central y específico del ecosindicalismo es –junto a la lucha por el salario, el reparto del trabajo productivo y reproductivo, la reducción de la jornada y la protección de la salud laboral– la producción limpia, lo que significa el abandono del modelo productivo de ciclo abierto que depreda, esquilma y agota el patrimonio de los recursos naturales, es altamente contaminante y sumamente ineficiente en la conversión de materias en bienes y servicios útiles. Esa es una de las piezas de la reconversión ecológica de la economía y supone:

  1. La sostenibilidad en el uso de los recursos naturales (agua, materias primas, suelo…) mediante la minimización de su empleo y el criterio de su renovabilidad, lo que exige una gestión racional.
  2. La existencia de procesos productivos energéticamente eficientes y de tecnologías limpias, exentos de productos tóxicos y nocivos para quienes los manejan como es el caso de disolventes y de materiales que puedan ser disruptores endocrinos. Procesos constituidos democráticamente que eliminen los riesgos psicosociales, higiénicos y ergonómicos, y regidos por métodos de organización del trabajo que permitan la optimización de los recursos empleados.
  3. Maximizar los bienes y servicios, así como eliminar o, si no es posible, minimizar los residuos –que deberán ser reintroducidos en la cadena de valor como materias primas–, las emisiones y los vertidos, y evitar la ineficiencia productiva, la toxicidad o la peligrosidad que supone su generación, con especial atención a los no biodegradables.

Y hacer todo ello asegurándose de que las comunidades y la población trabajadora  afectadas  por  los  cambios  tecnológicos  sean  tratadas  con equidad por el conjunto de la sociedad. Y eso exigirá que el ecosindicalismo  se  anticipe,  proponga  y  presione  a  los  poderes  públicos  para lograr la protección social, la formación y la creación de nuevos puestos de trabajo mediante una inversión pública masiva en las actividades sostenibles  que  satisfagan  las  necesidades  humanas;  actividades  que  son creadoras netas de empleo, ya que son intensivas en mano de obra.

La reconversión ecológica del sindicalismo es necesaria para cambiar el rumbo de la sociedad frente a las imposiciones neoliberales, pero además supone un nuevo empoderamiento del movimiento obrero ante el capital. El ecosindicalismo significa la lucha por la entrada de la democracia en todos los ámbitos y temas en la empresa, en el mundo productivo y, en definitiva, en la economía. Y forma parte de la lucha por disputar el mando a los patronos, la propiedad a la burguesía y el poder a la oligarquía. No basta, siendo tan necesario como es, con que los sindi- catos luchen por recortar la plusvalía, que pugnen por el ingreso directo, indirecto y diferido y por la redistribución de la renta; es necesario que intervengan, junto al resto de representantes populares, en las decisiones fundamentales de la economía en el nivel de la empresa y los niveles sectoriales y territoriales y particularmente, como se ha señalado, en qué se produce, cómo y para quién.

Una prioridad sindical: detener la crisis climática

Por su dimensión y urgencia, entre los muy importantes problemas ecológicos existentes cabe destacar el del cambio climático, íntimamente vinculado a actividades laborales industriales y agrícolas, así como al modelo de construcción de edificios e infraestructuras y al de transporte de personas y mercancías en vehículos a motor impulsados por derivados del petróleo. Lograr una producción ambientalmente sostenible significa ahuyentar el espectro de la crisis climática que conllevaría –y comienza a conllevar ya– la destrucción masiva de riqueza, tierras fértiles y empleo en amplias zonas del planeta. Sectores como la agricultura, el turismo, el transporte y las faenas marítimas verían peligrar su futuro. Y, a la vez, posibilitaría –unida a la reducción del tiempo de trabajo y el reparto del productivo y reproductivo– la creación neta de puestos de trabajo. Pero, además el impacto de un calentamiento acelerado será especialmente negativo para la salud de quienes trabajan al aire libre, en aeropuertos, carreteras, campos, obras y mares, así como para el conjunto de quienes están en contacto con animales, dados los cambios territoriales de vectores biológicos y epidemias.

Para que el movimiento obrero encuentre un nuevo espacio en la defensa del clima, no basta con desplegar medidas de protección del empleo; el sindicalismo debe impulsar propuestas para combatir el calentamiento, tanto en el ámbito de las alternativas para el conjunto de la sociedad como en las plataformas reivindicativas en las empresas o los sectores productivos. En algunos casos encontrarán mayor oposición de la patronal porque suponen costes; en otros, pueden encontrar mayor audiencia por las ventajas derivadas. Unos sectores del capital serán más proclives  a  las  propuestas  porque  favorecen  su  negocio  (los  productores de energía eólica, por ejemplo), otros serán enemigos acérrimos de las alternativas propuestas (por ejemplo, los sectores con intereses en la producción  petrolera,  gasística  o  nuclear).  Ni  unos  ni  otros  aceptarán de buen grado el control obrero sobre las decisiones ambientales estratégicas.  En  última  instancia,  los  intereses  de  clase  siguen  marcando  los límites del juego, del acuerdo y del desacuerdo. Y el capitalismo, en su conjunto, es energéticamente bulímico y dependiente desde el comienzo de la revolución industrial de las fuentes fósiles de las que extrae pingües ganancias. La salida a bolsa de Aramco en plena COP25, convirtiéndose en líder de los mercados bursátiles, es paradigmática de los designios del capital.

Además del vapor de agua originado por múltiples fuentes naturales, o  como  producto  directo  o  indirecto  de  la  acción  humana,  cabe  seña- lar  como  principales  Gases  de  Efecto  Invernadero  (GEI)  los  siguientes compuestos asociados a diferentes actividades productivas: dióxido de carbono (CO2), metano (CH4) y   óxido nitroso (N2O), compuestos presentes en la quema de combustibles fósiles, arrozales, ganadería intensiva, producción de cemento, quema de biomasa o vertederos sin gestión. Pero también hay que tener en cuenta los hidrofluorocarbonados (HCF), perfluorocarbonados (PFC), y el hexafluoruro de azufre (SF6) presentes, respectivamente, en alguno de los siguientes artefactos o procesos: equipos de refrigeración, producción de aluminio, equipos eléctricos, aires acondicionados, extintores y aerosoles.

Existe una responsabilidad común pero diferenciada, como se dice generalmente en las cumbres mundiales sobre el clima en forma de mantra y sin valor alguno, entre los países industrializados y el resto en lo que respecta al calentamiento atmosférico y en lo que respecta a las emisiones. Responsabilidad común en tanto que el futuro de la especie humana depende del estado de la biosfera, pero muy diferente según se trate de países saqueados y empobrecidos o países ricos industrializados. Igualmente se puede decir que en el interior de cada país la responsabilidad fundamental  en  la  generación  de  emisiones  –y,  por  tanto,  en  la  adopción de medidas– la tienen el empresariado y los gobiernos; aunque las clases  trabajadoras  tienen  la  responsabilidad  de  exigir  el  final  de  este estado de cosas.

Pero el movimiento obrero sí que tiene una responsabilidad: ofrecer alternativas para revertir esta situación. A corto plazo, las líneas de trabajo sindical frente al calentamiento atmosférico podrían sintetizarse en los siguientes puntos: 1) Impulsar medidas de ahorro y eficiencia energética en la empresa, en las administraciones públicas y en la sociedad; 2) Fomentar las tecnologías limpias y la sustitución de las fuentes sucias de energía –térmica, nuclear, etcétera– por fuentes de energía renovables; 3) Cambiar de modelo de transporte. Junto a la apuesta por el transporte público, colectivo, limpio y de calidad, el movimiento obrero puede hacer una aportación específica impulsando modalidades sostenibles de acudir a la empresa: planteando en la negociación de empresa, sectorial o intersectorial, la realización democrática de planes de movilidad al centro de trabajo basados en el transporte colectivo público y la reorganización de los horarios trabajo. Es decir, las propuestas pueden y deben abarcar desde el plano de las políticas energéticas e industriales, a escala estatal o sectorial, a medidas muy concretas a nivel de una empresa.

Dos corolarios y cinco apuntes para cambiar el mundo (y la vida)

Corolario I: Del pensamiento de Marx podemos deducir dos cuestiones: en primer lugar que el capital se amplía y realiza su acumulación sobre la base de la explotación, no sólo del trabajo sino también de la naturaleza; y, en segundo lugar –sacando las conclusiones oportunas siglo  y  medio  después  de  la  publicación  de  El  Capital–  que  la  crisis ecológica  es  la  crisis  de  la  relación  entre  la  sociedad  y  la  naturaleza;  más  en  concreto,  dada  la  estructuración  socio-económica  de  la formación social y del modo de producción vigentes, entre el capitalismo y la biosfera. Resolver la contradicción capital-trabajo en torno a  la  apropiación  del  plusvalor  y  la  búsqueda  de  la  armonía  en  el metabolismo sociedad/naturaleza soñada por Marx sigue siendo una propuesta llena de sentido. Ello nos remite a la necesidad de una alter- nativa ecosocialista que ponga en el centro de gravedad la democracia política y económica, la participación ciudadana en todas las decisiones y el poder popular expresado por la planificación.

Corolario II: Es así, y sólo así, que la clase obrera se irá constituyendo en caudillo de la nación, empleando  la  vieja  expresión,  en  actor  principal del cambio, en eje de una nueva alianza del pueblo y, cuando comience a intervenir de forma independiente en torno a la cuestión del poder, en sujeto político autónomo. El ecosindicalismo puede ser uno  de  los  factores  que  permitan  esa  transformación.  Pero  para  ello no basta la acción sindical, es precisa una estrategia política, un proyecto  de  sociedad  alternativo  ecosocialista  y  la  creación  de  instituciones alternativas a las del sistema que  sean capaces de  agrupar y estabilizar al conjunto de la clase trabajadora. Es entonces cuando la clase trabajadora puede aparecer a los ojos de millones como sujeto revolucionario al que referirse y con quien establecer acuerdos de gobierno, pues aparece como aspirante principal al poder alternativo al dictado del capital.

Apunte I: La sociedad de productores, mujeres y hombres, libres e iguales

«El comunismo no priva a nadie del poder de apropiarse productos sociales; lo único que no admite es el poder de usurpar por medio de esta apropiación el trabajo ajeno».

K. Marx y F. Engels (1848) Manifiesto del Partido Comunista

Quienes consideramos que la clase trabajadora es, junto a la naturaleza, la fuente real de creación de riqueza en el proceso productivo [1] –y no el capital, como defiende el mainstream de los departamentos de economía de las universidades, de las escuelas de negocio y del sistema político– constatamos que la economía capitalista niega la evidencia. La niega en función de los intereses de clase de la minoría propietaria de los medios de producción y de la riqueza, imponiendo con violencia su ley, tanto en lo referente a la distribución del ingreso como en la construcción del poder de decisión en toda la cadena de valor. Desde su poderío económico y militar, con su correlato de tener la hegemonía política y cultural en las sociedades de clase, el capital realiza la apropiación del plusvalor y el saqueo de los pueblos. Ese fenómeno se da en el ámbito de cada Estado y de forma globalizada en el ámbito planetario. Ello genera la sociedad de la desigualdad y refuerza el carácter antidemocrático de la institucionalidad estatal e internacional. Las empresas (públicas y privadas) y las políticas  económicas  gubernamentales  ignoran  la  realidad  y  adolecen de falta de democracia en el primer caso, y de un radical y endémico déficit en el segundo. Pero, a la vez, quienes defendemos los intereses de la mayoría social también consideramos que lo que es real debería ser le- gal, con su correlato institucional, reconociendo que la clase trabajadora es el sujeto central de la arquitectura económica en todos los niveles. Ese es el horizonte del socialismo.

Apunte II: La especie humana, una más en la biosfera

«Entonces dijo Dios, hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza y ejerza dominio sobre los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra».

Génesis I: 26-27

En  el  trasfondo  cultural  del  cristianismo,  religión  hegemónica  en  el  capitalismo  hasta  nuestros  días,  hay  un  sello  indeleble  en  su  ADN:  considerar al hombre (varón) como rey de la creación, o sea dueño y señor sin límites de la naturaleza. Ello ha servido de coartada al capitalismo para efectuar una depredación del medio natural sin tener en cuenta sus ciclos y límites. Y está en la base del pensamiento productivista moderno. Son muchos los problemas ecológicos asociados al modelo productivo propio del modo de producción capitalista y copiado al detalle por los experimentos burocráticos mal llamados socialistas. Desde el primer momento,  el  capitalismo  comportó  un  extractivismo  voraz  y,  de  forma dramática desde 1850, un constante crecimiento de las emisiones de gases  de  efecto  invernadero  (GEI),  principal  causante  del  calentamiento global. La revolución industrial despegó gracias a la quema de combustibles fósiles, práctica que ha dado origen a un capitalismo globalizado petrodependiente y energéticamente bulímico. Años más tarde nació la muy  contaminante  industria  química. Y a todos estos focos de infección de la biosfera, en la economía neoliberal globalizada vienen a añadirse actualmente los riesgos asociados a la economía biosintética o las nanotecnologías. Los retos ambientales son múltiples y los problemas ecológicos tienen conexión entre sí, se retroalimentan. Una cosa debería aprender la humanidad: existen límites biofísicos en el marco en que se desarrolla la actividad productiva y la economía en su conjunto. Resolver estas contradicciones es perentorio e imprescindible para salvaguardar la vida. Ese es el horizonte del ecologismo.

 

Apunte III: La polis de las gentes, la democracia sin límites

«La planificación no es el equivalente de la asignación perfecta de los recursos, ni siquiera es una asignación más humanitaria. Simple y sencillamente, significa asignación directa, ex-ante (con anticipación). Como tal, se opone diametralmente a la asignación de las leyes del mercado, asignación que se efectúa ex-post (con posterioridad). (…) Estos dos métodos (…) poseen lógicas diferentes (…) y se expresan a través de valores sociales contradictorios».

Ernest Mandel (1986). Démocratie socialiste contre socialisme de marché

 ¿Cuáles son los valores sociales contradictorios a los que alude el economista marxista revolucionario? En la economía capitalista el objeto central de la actividad productiva no es satisfacer necesidades humanas a través de valores de uso, becerro dorado es la mercancía que le posibilite valores de cambio, siendo la principal mercancía el dinero mismo porque ello permite el incremento incesante de ganancias. A un lado las necesidades humanas, al otro la ganancia. A un lado la dictadura de la oferta oligárquica, al otro la democracia de la decisión colectiva. El capitalismo rige los destinos de la humanidad, y por tanto de la economía, mediante la producción generalizada de mercancías generando desde la oferta las supuestas necesidades humanas sin mediar pregunta a las gentes sobre sus carencias y aspiraciones. El mercado es considerado el oráculo perfecto cuando realmente el mercado está sobredeterminado por las decisiones de una exigua minoría en su busca de maximizar la ganancia a corto plazo. Acabar con este sinsentido nos obliga a imaginar y construir un modelo socio económico que diseñe la producción futura a partir de la expresión de la voluntad popular sobre las prioridades en el uso de medios escasos y finitos para atender la satisfacción de las necesidades humanas. Esta es la vía para que los más, las clases trabajadoras, determinen qué hacer en beneficio de la mayoría social.

Ello choca, no podemos obviarlo, con la idea predominante sobre qué es la democracia y en qué ámbitos debe existir. Para el capitalismo, existen consensos estatales que lo blindan y que deben ser respetados por todas las fuerzas políticas para no ser expulsadas extramuros del sistema, lo  que  implica  limitar  la  capacidad  de  cambio  y  recortes  a  las  libertades, al pleno ejercicio de la democracia representativa, pero sobre todo a  la  directa y a los cauces de participación popular en la res publica. Para la patronal, la democracia se detiene en la puerta de las empresas y centros de trabajo. La mayor parte de la sociedad no es consciente de la reactividad antidemocrática de las instancias fundamentales del aparato de Estado o de las limitaciones que impone el propio modelo de democracia liberal vigente, crecientemente autoritario y siempre al servicio de un proyecto económico antisocial a lo ancho del planeta. El horizonte emancipador encuentra, además, escollos en la concepción hegemónica sobre la propiedad y los derechos del capital o el poder oligopólico que controla los sectores estratégicos de la economía. Nadie que sea realista puede pensar que lograr la efectiva democratización de la sociedad y de la economía fuera fácil y estuviera exento de conflicto. En el siglo XXI, las preguntas civilizatorias fundamentales son: qué producir, cómo, para quién y quién decide. Ello nos exige pasar del paradigma del mercado como regulador de las decisiones a la planificación democrática como una forma política colectiva y transparente de adoptar las soluciones más adecuadas en las cuestiones básicas para satisfacer las necesidades de la mayoría en un planeta finito. Resolver estos retos es el horizonte del ecosocialismo.

Apuntes IV: Acabar con la más vieja de las opresiones: la patriarcal

«Procread y multiplicaos y henchid la tierra, sometedla».

Génesis I: 28

«Dijo luego Yahvé (…) a la mujer, multiplicaré los trabajos de tus preñeces. Parirás con dolor y buscarás con ardor a tu marido, que te dominará».

Génesis 3: 14-19

 

El conflicto entre las clases en torno a la apropiación del plusvalor y la degradación creciente de la biosfera son cuestiones que se suman al monopolio del poder y la fuerza por parte de las élites dirigentes, pero también al patriarcado, que en todas sus manifestaciones –desde las arcaicas a las actuales– olvida el valor las tareas de reproducción y los cuidados y relega a las mujeres a un papel subordinado a los hombres. No es objeto de este capítulo esta cuestión central. Pero cabe señalar que el patriarcado impregna hasta lo más recóndito de la sociedad de clases. No en vano está presente en los mismos orígenes culturales de las principales civilizaciones y religiones. Ese es el caso del sistema de creencias dominante en el mundo capitalista: la cosmovisión judeocristiana. En las primeras líneas de su libro sagrado, encontramos que si el hombre es el rey de la creación, la mujer debe ocupar un papel subordinado. En primer lugar, el hombre la necesita para poder reproducirse y ser capaz de dominar la tierra. En segundo lugar, la Biblia no deja nada al azar  y establece con detalle la postergación de la mujer al dictado del varón. Acabar con esta maldición bíblica y con cualquier discriminación, des- igualdad y sumisión de la mujer es el horizonte del feminismo.

 

Apuntes V: El asalto al palacio no es cosa del domingo, se prepara desde el lunes

«Es necesario ayudar a las masas a que en sus luchas cotidianas hallen el puente que une sus reivindicaciones actuales con el programa de la revolución socialista. Este puente debe componerse de un conjunto de reivindicaciones transitorias basadas en las condiciones y en la conciencia actual de amplios sectores de la clase obrera para hacerlas desembocar en una única conclusión final: la toma del poder por el proletariado».

León Trotsky (1938). Programa de Transición

 

La realidad no es simple, las cuestiones clave se entreveran como las cerezas. A la vista de todo lo anterior, podemos afirmar que una sociedad de mujeres y hombres libres e iguales en armonía con la naturaleza es tarea compleja, la cual exige la construcción de una estrategia que permita la creación de un nuevo bloque histórico antagónico con el dominante que sea la expresión de una nueva alianza social y política arco iris: roja, verde y violeta. La metodología subyacente en el Programa de Transición constituye, pese a las diferencias del contexto social y político entre 1938 y la actualidad, una lógica política al servicio de cambiar la vida y cambiar el mundo. Ello supone que no exista en su seno una jerarquización de las cuestiones y que se genere un constante diálogo –muy posiblemente conflictivo– en el marco de una alianza necesariamente preñada de ideas plurales e intereses diversos. Esa unidad estratégica para la acción requiere de un programa de transición ecológica, social y antipatriarcal capaz de prefigurar la sociedad soñada, la ciudad de las gentes, el planeta vivible. Poner en pie esa estrategia implica que los diversos sujetos se reconozcan como iguales, que superen la compartimentación; que sean capaces de pasar de la mera acción social a la política sin abandonar la primera, de la satelización en torno a las instituciones del enemigo a la autonomía creadora de la propia institucionalidad, del corporativismo de parte a la elaboración de un proyecto político independiente de y para el conjunto. Sólo disponiendo de una estrategia, un programa y un modelo de sociedad alternativa (a experimentar colectiva y democráticamente) habrá esperanza. Ese es el horizonte del ecosocialismo feminista democrático.

 

 

NOTAS

[1] Empleo el término productivo, que convencionalmente se usa a sabiendas de que es una pésima fórmula de la economía política, para describir lo que realmente es mera transformación de la producción real que efectúa la naturaleza y sólo la naturaleza. El trabajo humano, sea cocinando para alimentarse, sea construyendo puentes, no produce ni alimentos ni metales, simplemente los adecúa para su uso. Pero, además, el término producción es cuanto menos polisémico en un contexto económico en el que la unidad de medida del resultado es el dinero, pues puede aplicarse tanto a la elaboración de armas, yates de lujo o alimentos y libros, y tanto a lo inútil como a lo necesario desde el punto de vista social. La cuestión de cuánta energía tendremos disponible median- te medios renovables es una polémica compleja; así, hay desde autores que defienden una reducción drástica, como Antonio Turiel o Pedro Prieto, hasta otros que plantean posibilidades mucho menos violentas, como A. G. Oliveras. Aquí, una introducción a ese debate).

 

REFERENCIAS

Benjamin, Walter (2008) Tesis sobre la historia y otros fragmentos. México: Itaca.

Carpintero, Oscar (2005) El metabolismo de la economía española. Recursos naturales y huella ecológica (1955-2000). Lanzarote: Fundación César Manrique.

Fetscher, Iring (1988) Condiciones de supervivencia de la humanidad. Barcelona-Caracas: Alfa.

Garí, Manuel (2008) “Opiniones, actitudes y contradicciones de los trabajadores en materia ambiental”, en Jorge Riechmann,(coord.) ¿En qué estamos fallando? Cambio social para ecologizar el mundo. Barcelona: Icaria.

Herrero, Yayo (2015), “Vivir y trabajar en un mundo justo y sostenible”, en Mora, Laura y Escribano, Juan (eds.), La ecología del trabajo, el trabajo que sostiene la vida. Albacete: Bomarzo.

Lafargue, Paul (2008) El derecho a la pereza. Disponible aquí.

Mandel, Ernest (1970) Teoría leninista de la organización. México: ERA.

[1] Economista ecosocialista. Militante de Anticapitalistas. Miembro de la Fundación viento sur, de Espacio Público y del Foro de Transiciones.

Cierre

Archivado como

Publicado en Ambiente, Artículos, Crisis, homeCentro3 and Trabajo

       Suscribirse

Jacobin es una voz destacada de la izquierda que ofrece un punto de vista socialista sobre política, economía y cultura.


EN ARGENTINA

ARS$1260

1 Año : 4 Números
Suscripción Impresa + Digital

EN EL RESTO DEL MUNDO

US$ 12

1 Año : 4 Números
Suscripción Digital

J

Soy de izquierda,
todo de izquierda:
de pies, de fe, de cabeza.

DIEGO ARMANDO MARADONA, 1986

Ingresa tu mail para recibir nuestro newsletter

Jacobin Logo Cierre