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Stalin. (Foto: No Borders)

Lowy responde a Zizek: «No hay grandeza interna en el estalinismo»

Traducción: Valentín Huarte

Michael Löwy defiende el proyecto societario marxista original frente a las críticas proestalinistas de Slavoj Zizek.

A pesar de sus límites, contradicciones y compromisos (con el estalinismo), los escritos de Georg Lukács de los años treinta son de gran interés. En particular, este es el caso de de su ensayo sobre Hölderlin de 1935, titulado «El Hiperión de Hölderlin», traducido por Lucien Goldmann e incluido en el libro Goethe y su época (1949).

Lukács está literalmente fascinado por el poeta, a quien describe como «uno de los más puros y profundos poetas elegíacos de todos los tiempos» cuya obra tiene «un carácter profundamente revolucionario» [i]. Pero, al contrario de lo que sostiene la opinión mayoritaria en los estudios literarios, se niega a reconocerlo como un autor romántico. ¿Por qué?

Desde comienzos de los años 1930, Lukács comprendió, con gran lucidez, que el romanticismo no era una mera escuela literaria, sino un proyecto cultural contra la civilización capitalista, construido en base a principios religiosos, éticos y culturales del pasado. Al mismo tiempo, estaba convencido de que, dadas sus referencias nostálgicas, se trataba de un fenómeno esencialmente reaccionario.

El término «anticapitalismo romántico» aparece por primera vez en un artículo de Lukács sobre Dostoievski, en el cual el escritor ruso es condenado como «reaccionario». Según este texto publicado en Moscú, la influencia de Dostoievski es el resultado de su capacidad para transformar los problemas de la oposición romántica al capitalismo en problemas «espirituales»; a partir de esta «oposición intelectual pequeño-burguesa anticapitalista romántica […], se abre una amplia avenida para la derecha, para la reacción, hoy en día para el fascismo y, en contrapartida, un camino estrecho y difícil para la izquierda, para la revolución [ii].

Este «camino estrecho» parece desaparecer cuando, tres años más tarde, escribe un ensayo sobre «Nietzsche precursor de la estética fascista». Lukács presenta a Nietzsche como un continuador de la tradición de las críticas románticas al capitalismo: al igual que estas, «opone a cada paso la incultura del presente a la alta cultura de los períodos precapitalistas o de los inicios del capitalismo». Para él, esta crítica es reaccionaria y puede conducir fácilmente al fascismo [iii].

Encontramos en este punto una ceguera sorprendente: Lukács no parece percibir la heterogeneidad política del romanticismo y, en particular, la existencia junto al romanticismo reaccionario, que sueña con un imposible regreso al pasado, de un romanticismo revolucionario, que aspira a un desvío por el pasado para dirigirse hacia un futuro utópico. Esta negación es todavía más sorprendente porque la obra del joven Lukács, por ejemplo, su ensayo Teoría de la novela (1916), pertenece a este mismo universo cultural romántico-utópico [iv].

Dicha corriente revolucionaria está presente desde los orígenes del movimiento romántico. Tomemos como ejemplo el Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres de Jean-Jacques Rousseau (1755), que puede ser considerado como una suerte de primer manifiesto del romanticismo político: su crítica feroz de la sociedad burguesa, de la desigualdad y de la propiedad privada se realiza en nombre de un pasado más o menos imaginario, el Estado de Naturaleza (todavía inspirado por las costumbres libres e igualitarias de los indígenas «caribeños»). Sin embargo, al contrario de lo que sostienen sus adversarios (¡Voltaire!), Rousseau no propone que los hombres modernos retornen a la selva, sino que sueña con una nueva forma de igualdad libertaria de los «salvajes»: la democracia. El romanticismo utópico está presente, bajo diversas formas, no solo en Francia, sino también en Inglaterra (Blake, Shelley) e incluso en Alemania: ¿no era el joven Schlegel un fervoroso defensor de la Revolución francesa? En efecto, este es también el caso de Hölderlin, un poeta revolucionario que, como muchos románticos después de Rousseau, está poseído por la «nostalgia de los días de un mundo originario» (ein Sehnen nach den Tagen der Urwelt)[v].

Lukács se ve obligado a reconocer, a regañadientes, que encontramos en Hölderlin los «rastros románticos y anticapitalistas que, en aquel momento, no tenían todavía un carácter reaccionario». Por ejemplo, el autor de Hiperión detestaba, al igual que los románticos, la división capitalista del trabajo y las estrechas libertades políticas burguesas. Sin embargo, «en su esencia, Hölderlin […] no es un romántico, aun si su crítica naciente del capitalismo no está desprovista de ciertos rasgos románticos» [vi]. Percibimos en estas líneas, que afirman una cosa y su contraria, la incomodidad de Lukács y su dificultad para mostrar claramente la naturaleza romántica revolucionaria del poeta. ¿Hubo un primer momento en el cual el romanticismo «todavía no tenía un carácter reaccionario»? ¿Eso quiere decir que el Frühromantik, el período inicial del romanticismo de finales del siglo XVIII, no era reaccionario? En este caso, ¿cómo podemos proclamar que el romanticismo es, por naturaleza, una corriente retrógrada?

En su intento de disociar a Hölderlin de los románticos, contra todo lo que indica la evidencia, Lukács menciona el hecho de que el pasado al cual se refieren no es el mismo: «La diferencia en la elección de temas entre Hölderlin y los escritores románticos —Grecia contra la Edad Media— no es, por lo tanto, una simple diferencia de temas, sino una diferencia de visión del mundo y de ideología política» (p. 194). Con todo, si muchos románticos se refieren a la Edad Media, este no es el caso de todos: por ejemplo, Rousseau, como vimos, se inspira en el modo de vida de los «caribeños», estos hombres libres e iguales. Además, existen también románticos reaccionarios que sueñan con el Olimpo de la Grecia clásica. Si tomamos en cuenta el denominado «neorromanticismo» de finales del siglo XIX —que en realidad no es más que la continuación del romanticismo bajo una forma nueva—, encontramos auténticos románticos revolucionarios —el marxismo libertario William Morris y el anarquista Gustav Landauer— fascinados con la Edad Media.

De hecho, lo que distingue al romanticismo revolucionario del reaccionario no es el tipo de pasado al cual se refiere, sino la dimensión utópica del futuro. Lukács parece percibir esto, en otro pasaje de su ensayo, cuando evoca la presencia concomitante, en Hölderlin, de un «sueño de retorno a la edad de oro» y de una «utopía más allá de la sociedad burguesa, una liberación real de la humanidad» [vii]. Percibe también, con perspicacia, el parentesco entre Hölderlin y Rousseau: en ambos encontramos «el sueño de una transformación de la sociedad» por la cual esta «se volvería nuevamente natural» [viii]. De esta forma, Lukács está cerca de considerar el ethos romántico revolucionario de Hölderlin, pero su preconcepto inflexible contra el romanticismo, al que cataloga como «reaccionario» por definición, le impide llegar a esta conclusión. En nuestra opinión, este es uno de los principales límites de este ensayo, que por lo demás es brillante.

El otro límite concierne más bien al juicio histórico-político que Lukács hace sobre el jacobinismo irreductible —postermidoriano— de Hölderlin en comparación con el «realismo» de Hegel: «Hegel acepta la época postermidoriana, el fin del período revolucionario de la Revolución francesa, y construye su filosofía precisamente sobre la comprensión de este nuevo giro en la evolución de la historia universal. Hölderlin no acepta ningún compromiso con la realidad postermidoriana: permanece fiel al antiguo ideal revolucionario de un renacimiento de la democracia antigua y se ve aplastado por una realidad en la que sus ideas no tienen lugar, ni siquiera en los planos poético e ideológico».

Mientras Hegel comprendió «la evolución revolucionaria de la burguesía como un proceso unitario, entendiendo que tanto el terror revolucionario como Termidor y el Imperio fueron fases necesarias», la intransigencia de Hölderlin «llevó a un impase trágico. Desconocido, nadie llora por él, que cayó como un Leónidas poético y solitario de los ideales del período jacobino a las Termópilas de la invasión termidoriana» [ix].

¡Reconocemos que no falta grandeza en este cuadro histórico, literario y filosófico! Pero este no deja de ser problemático. Y, sobre todo, contiene implícitamente una referencia a la realidad del proceso revolucionario soviético, tal como se desarrollaba en el momento en que Lukács redactaba su ensayo.

Esta es, en cualquier caso, la hipótesis, un poco arriesgada, que intenté defender en un artículo publicado en inglés con el título «Lukács and stalinism», incluido en un libro colectivo, Western marxism, a critical reader (Londres, New Left Books, 1977). También lo incluí en mi libro sobre Lukács, publicado en francés en 1976 y en Inglaterra en 1980 con el título Georg Lukács. From romanticism to bolshevism. El siguiente pasaje resume mi hipótesis sobre el cuadro histórico esbozado por Lukács en el artículo sobre Hölderlin: «El significado de esas observaciones en relación con la URSS en 1935 es transparente; es suficiente agregar que Trotsky publicó precisamente en febrero de 1935 un ensayo en el que utiliza por primera vez el término ‘Termidor’ para caracterizar la evolución de la URSS después de 1924 («El Estado obrero, Termidor y bonapartismo»). Con toda evidencia, los pasajes citados son una respuesta de Lukács a Trotsky, este Leónidas intransigente, trágico y solitario, que rechaza el Termidor y es condando al impase. Por otro lado, al igual que Hegel, Lukács acepta el fin del período revolucionario y construye su filosofía sobre la comprensión del nuevo giro de la historia universal. Destaquemos al pasar que Lukács parece aceptar, implícitamente, la caracterización trotskista del regimen de Stalin como termidoriano [x].

Por eso fue una sorpresa para mí leer en un libro reciente de Slavoj Žižek un pasaje respecto al ensayo de Lukács sobre Hölderlin que retoma, casi palabra por palabra, mi hipótesis, aunque sin mencionar la fuente:

«Es evidente que el análisis de Lukács es profundamente alegórico: fue escrito algunos meses después de que Trotsky lanzó su tesis según la cual el estalinismo era el Termidor de la Revolución de Octubre. El texto de Lukács debe ser leído como una respuesta a Trotsky: acepta la definición del régimen estalinista como ‘termidoriano’, pero le confiere un sentido positivo. En vez de deplorar la pérdida de la energía utópica deberíamos, de un modo históricamente resignado, aceptar sus consecuencias como el único espacio real del progreso social» [xi].

No me consta que el señor Žižek haya leído mi libro sobre Lukács, pero probablemente tomó conocimiento de mi análisis por el artículo publicado en la colección Western Marxism, que tuvo mucha circulación. Como el señor Žižek escribe mucho, y muy rápido, es comprensible que no siempre tenga tiempo de citar sus fuentes…

Slavoj Žižek le hace muchas críticas a Lukács, entre las cuales hay una muy paradójica: Lukács «se torna, después de los años 1930, en el filósofo estalinista ideal que, por este preciso motivo y al contrario de Brecht, deja de lado la verdadera grandeza del estalinismo» [xii]. Este comentario se encuentra en un capítulo de su libro curiosamente titulado «La grandeza interior del estalinismo», inspirado en el argumento de Heidegger sobre la «grandeza interior del nazismo», del cual Žižek toma distancia al negar a este último —y con razón— cualquier «grandeza interior».

¿Por qué Lukács no comprendió esta «grandeza» del estalinismo?  Žižek no lo explica, pero deja a entender que la identificación del estalinismo con Termidor —propuesta por Trotsky e implícitamente aceptada por Lukács— era un error. Por ejemplo, para él, «el año 1928 fue un punto de inflexión perturbador, una verdadera segunda revolución —no una especie de Termidor, sino más bien una radicalización consecuente de la Revolución de Octubre». Por lo tanto, Lukács, al igual que todos aquellos que no comprendieron «la insoportable tensión del proyecto estalinista», ¡no percibieron su «grandeza» y no comprendieron «el potencial emancipatorio-utópico del estalinismo»! [xiii]. Moraleja: es necesario «poner fin al juego ridículo que consiste en oponer el terror estalinista a la ‘auténtica’ herencia leninista», un viejo argumento de Trotsky retomado por los «últimos trotskistas, estos verdaderos Hölderlin del marxismo actual» [xiv].

¿Slavoj Žižek sería, entonces, el último de los estalinistas? Es difícil responder, dado que su pensamiento se mueve, con mucho talento, entre las paradojas y la ambigüedad. ¿Qué pensar de sus grandilocuentes proclamas sobre la «grandeza interior» del estalinismo y sobre su «potencial emancipatorio-utópico»? Desde mi punto de vista, sería más justo hablar de la «mediocridad interior» y del «potencial distópico» del sistema estalinista. Aunque también sea cuestionable, la reflexión de Lukács sobre Termidor me parece más pertinente.

Mi comentario en el artículo «Lukács and stalinism» (y en mi libro), teniendo en cuenta el ambicioso cuadro histórico de Lukács sobre Hölderlin, intenta cuestionar la tesis de la continuidad entre la Revolución y Termidor. «Este texto de Lukács constituye sin dudas una de las tentativas más inteligentes y sutiles de justificar el estalinismo como ‘fase necesaria’, ‘prosaica’ pero ‘de carácter progresista’, de la evolución revolucionaria del proletariado, concebida como un proceso unitario. En esta tesis —como probablemente pensaban en secreto muchos intelectuales y militantes más o menos ligados al estalinismo— hay un cierto ‘núcleo racional’, pero los eventos de los años siguientes (los procesos de Moscú, el pacto germano-soviético, etc.) mostrarían, incluso a los ojos de Lukács, que este proceso no era tan ‘unitario’». En una nota al pie agrego que el viejo Lukács en una entrevista con la New Left Review de 1969, tiene una visión más lúcida que la que tenía en 1935 acerca de la Unión Soviética: su poder de atracción extraordinario duró «desde 1917 hasta la época de la Gran Purga» [xv].

Pero volvamos a Žižek. Las cuestiones que plantea su libro no son solamente históricas: dicen algo general acerca de la posibilidad de un proyecto comunista emancipatorio que surja de las ideas de Marx (y/o de Lenin). De hecho, según el argumento que propone en uno de los pasajes más extraños del libro, el estalinismo, con todos sus horrores (que él no niega), ¡fue en última instancia un mal menor en relación con el proyecto marxista original! En una nota al pie, Žižek explica que la cuestión del estalinismo ha sido mal planteada: «El problema no es que la visión marxista original haya sido subvertida por una serie de consecuencias inesperadas. El problema es esta visión de las cosas. Si el proyecto comunista de Lenin —e incluso el de Marx— hubiese sido completamente realizado, de acuerdo con su núcleo verdadero, las cosas habrían resultado peores que durante el estalinismo. Tendríamos una idea de lo que Adorno y Horkheimer llamaban die verwaltete Welt (el mundo administrado), una sociedad totalmente transparente a sí misma, reglamentada por el intelecto general reificado, de la cual habría sido borrada cualquier veleidad de autonomía y libertad» [xvi].

Me parece que Slavoj Žižek es demasiado modesto. ¿Por qué esconder en una nota al pie un descubrimiento histórico-filosófico de tal magnitud, cuya importancia política es evidente? De hecho, los adversarios liberales, anticomunistas y reaccionarios del marxismo se limitan a responsabilizar a este último por los crímenes del estalinismo. Pero hasta donde sé, Žižek es el primero en sostener que, si el proyecto marxista original hubiese sido plenamente realizado, el resultado habría sido peor que el estalinismo.

¿Debemos tomarnos esta tesis en serio o habría que atribuirla al gusto imprudente que Slavoj Žižek tiene por la provocación? No podría responder a esta pregunta, pero me inclino por la segunda hipótesis. En cualquier caso, me cuesta considerar con seriedad esta afirmación tan absurda, escepticismo que comparten sin dudas todos aquellos, especialmente los jóvenes, que siguen interesados hasta el día de hoy en el proyecto marxista original.

 


Fuente

A terra é redonda (https://aterraeredonda.com.br/georg-lukacs-sobre-holderlin-e-o-termidor/)

Notas

[i] G. Lukács, “L’Hyperion’ de Hölderlin”, Goethe et son époque,Paris, Nagel, 1949, p. 197.

[ii] G. Lukács, “Über den Dotsojevski Nachlass”,Moskauer Rundschau,22/3/1931.

[iii] G. Lukács, “Nietzsche als Vorläufer des faschistischen Aesthetik” (1934), in F. Mehring, G. Lukács,Friedrich Nietzsche,Berlin, Aufbau Verlag, 1957,  pp. 41-53.

[iv]Véase M.Löwy, R.Sayre, “Le romantisme (anticapitaliste) dans La Théorie du roman de G. Lukács”, in Romanesques, Revue du Centre d’études du roman, Paris, Classiques Garnier, n° 8, 2016, “Lukács 2016: cent ans de Théorie du roman”.

[v]Hölderlin, Hyperion,1797, Frankfurt am Mein, Fischer Bücherei, 1962, p. 90. Para una discusión sobre el concepto de romanticismo anticapitalista y sus diversas manifestaciones políticas, ver M. Löwy, R. Sayre, Revolte et melancolie. Le romantisme à contre-courant de la modernité, Paris, Payot, 1990.

[vi] G. Lukács, Hyperion, op.cit.,p. 194.

[vii] G. Lukács,op.cit.,p. 183.

[viii]Ibid.,p.182.

[ix]  G. Lukács, op.cit.,pp. 179-181.

[x] M. Löwy, Pour une sociologie des intellectuels révolutionnaires. L’évolution politique de Lukács 1909-1929, Paris, PUF, 1976, p. 232.

[xi] S.Žižek, La révolution aux portes,Paris, Le Temps des Cerises, 2020, p. 404.

[xii] S. Žižek, op.cit, p. 257.

[xiii]  S. Žižek,  op. cit., note 49, p. 419.

[xiv]  S. Žižek op.cit., pp. 250-52.

[xv] M. Löwy, G.Lukács, op.cit., p. 233. Es cierto que las masacres de la colectivización forzada de inicios de los años treinta eran poco conocidas fuera de la URSS.

[xvi] S. Zizek, op. cit.,  note 47,  p. 419.

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