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Lenin. (Imagen: ZUMA Press/Global Look Press)

100 años de «El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo»

Traducción: Andreu Coll

François Sabado defiende la actualidad del texto de Lenin y recomienda retener del revolucionario ruso «su capacidad de tomar el pulso a la Historia, de hacer un análisis marxista concreto de una situación concreta, de elevar sin cesar el nivel de combatividad y de conciencia popular mediante nuevas iniciativas políticas».

Un manual de estrategia y táctica

La crisis del capitalismo, consecuencia desastrosa de las políticas aplicadas tanto por la derecha como por la izquierda desde los años ochenta, conduce a un número creciente de gentes a interesarse de nuevo por las ideas de Karl Marx y, en particular, por su crítica de la economía política.

Desde las dudas sobre los fundamentos del capitalismo hasta la crítica del neoliberalismo, pasando por la voluntad de romper con el capitalismo, se plantea una gran batería de interrogantes. ¿Qué hacer? ¿Cómo hacerlo? ¿Por dónde empezar y con quién? ¿Cómo pasar de la denuncia y el rechazo a la ruptura con el capitalismo? ¿Qué papeles pueden y deben jugar en las asociaciones, los sindicatos, los partidos políticos, los militantes, las mujeres y los hombres de izquierdas que desean romper con el capitalismo?

Es a ellas y a ellos a quienes se dirige Lenin. Popular en el mejor sentido del término, pretendía ser leído por el mayor número posible de gentes. Escrito con un lenguaje simple y claro, cada idea es ilustrada con ejemplos. Simple pero no simplista, Lenin cumple aquí una verdadera proeza. El subtítulo de la obra, «Ensayo de discusión popular sobre la estrategia y la táctica marxista», indica claramente la herencia asumida y reivindicada.

Hoy en día sigue estando de moda rechazar a Lenin en el fárrago de lo que bien podríamos denominar «la contrarrevolución estaliniana». Así pues, la ecuación Lenin=Stalin=Gulag sirve a menudo a mucha gente para desacreditar definitivamente a Lenin. Nosotros no somos de estos. Al contrario, hoy es urgente revisitar críticamente la obra y la acción de Lenin (1870-1924) antes, durante y después de la Revolución rusa. En ningún caso debemos poner al mismo nivel a Lenin, aún con sus debilidades, sus errores y sus culpas, y a Stalin (1879-1953), quien liquidó la Revolución rusa, eliminó a sus principales dirigentes a partir de 1927 y posteriormente instauró una dictadura personal fundada en el terror de masas.

Lenin, la Revolución de Octubre y los países europeos

Lenin era, ante todo, un hombre que desde su juventud estaba obsesionado por la idea de derrocar el orden establecido. Consciente de la necesidad de combinar tácticas y estrategia para derrocar el orden capitalista, fue el primero en poner en marcha tácticas audaces y variadas.

Para Lenin, a partir de octubre de 1917, la divisoria de aguas en el movimiento obrero mundial es la solidaridad, el apoyo, la identificación con la Revolución rusa. Los campos se delimitan: a favor o en contra de la Revolución rusa, hay que elegir. Por un lado, la socialdemocracia que se opone a la Revolución Bolchevique y traiciona la Revolución alemana de 1918; por otro, el agrupamiento de los revolucionarios de todas las tendencias: comunistas, consejistas, sindicalistas revolucionarios, socialistas de izquierdas, sin partido.

El movimiento obrero, sometido desde entonces al doble efecto de la guerra y la Revolución rusa, conoce procesos de reorganización gigantescos: rupturas, fracturas, diferenciaciones, aproximaciones, fusiones marcan la vida cotidiana de millones de hombres y mujeres. Las vidas, las conciencias, los compromisos conocen profundas alteraciones. El entusiasmo revolucionario empuja a centenares de miles de militantes a abandonar las viejas casas reformistas para adherirse a los nuevos partidos comunistas. Esos procesos de recomposición no tienen precedentes. Guardan una proporción con la onda de choque de la Revolución rusa. La delimitación con la socialdemocracia es capital. Es el acto fundador de un nuevo movimiento obrero con la fundación de la III Internacional.

Pero, muy pronto, los avatares políticos en cada país exigen respuestas más complejas. El apoyo a la Revolución rusa debe ir acompañado de tácticas polí- ticas nuevas, de acontecimientos y de tareas, de contenidos que dan cuerpo aquí y ahora a una estrategia de conquista del poder. Redactadas al calor del ascenso revolucionario de los años 1920, Lenin nos libra las lecciones extraídas de su experiencia personal y de la principal corriente marxista de la socialdemocracia rusa: los bolcheviques antes, durante y después de la Revolución rusa de 1917.

Lenin ayer y hoy

Lenin y los revolucionarios rusos están confrontados al desarrollo de izquierdas comunistas o de «ultraizquierdas» en los grandes centros del movimiento obrero europeo, en Alemania, en Inglaterra y en Italia. Lleva- dos por su entusiasmo, estos comunistas de izquierda o «consejistas» quieren quemar etapas. Rechazan la participación en las elecciones burguesas y decretan que las viejas formas políticas de los partidos y los sindicatos están superadas por nuevas uniones obreras.

Para Lenin, son izquierdistas. Simpatiza con ellos porque apoyan la Revolución rusa, pero sus posiciones políticas conducen directamente a un callejón sin salida, cuando no a una catástrofe política, al aislar a los revolucionarios de la masa de los trabajadores y las clases populares. Este combate contra el izquierdismo cobrará todavía más fuerza en 1921, durante el Tercer Congreso de la Internacional Comunista, contra el aventurerismo de ciertos sectores del Partido Comunista Alemán y el sectarismo de los comunistas italianos, dirigidos por Bordiga.

Esta dimensión coyuntural y polémica va a aportar el título coyuntural del libro: La enfermedad infantil del «izquierdismo» en el comunismo; pero, en realidad, el texto va mucho más allá. Es también, y sobre todo, una formidable lección sobre la necesidad de una reflexión original y no dogmática sobre las cuestiones tácticas y estratégicas de las y los que quieren romper con el capitalismo. Buen número de cuestiones son abordadas en él: los problemas del reformismo, las relaciones entre el parlamentarismo y la política, el papel de los sindica- tos, la necesidad de alcanzar compromisos, el papel del partido y de su dirección, el carácter de la revolución. Otros están ausentes, como la de las relaciones entre la democracia y el socialismo.

¿Por qué leer, releer y discutir este texto de  Lenin? ¿No está ya obsoleto un centenar de años más tarde? ¿Las cuestiones planteadas no son acaso más bien las del siglo pasado (el corto siglo XX de 1914 a 1991)? ¿No está marcado por la fuerza propulsiva de la Revolución rusa de octubre de 1917? Ciertas palabras y ciertas fórmulas están históricamente connotadas, superadas, léase que son a veces erróneas –vistas con perspectiva histórica–. Pero las cuestiones planteadas por Lenin han ocupado y siguen ocupando un lugar central de las tácticas y de la estrategia que hay que actualizar y redefinir hoy para romper con el capitalismo.

¿Qué es una revolución?

La Revolución rusa sigue siendo un referente político. Encarna la primera revolución socialista a escala mundial, en el sentido en que los bolcheviques son, según Rosa Luxemburg, los que «se han atrevido», los que han osado derrocar el zarismo, osado derribar el poder de las clases dominantes, romper con el capitalismo y conquistar el poder. Y todavía guarda esta significación.

Pero no se limitó a ser un gran día, y menos aún un golpe de Estado. La Revolución rusa, como toda revo- lución, es la irrupción de las masas en la escena política y social, y también el resultado de todo un proceso desarrollado a lo largo de los años de preparación de la Revolución. Lenin lo evoca en estos términos:

Ningún país en estos quince años (1902-1917) —y subrayo quince años— ha conocido, ni siquiera remotamente, una vida tan intensa en relación con la experiencia revolucionaria, la velocidad a la que se sucedieron las diversas formas del movimiento, legal o ilegal, pacífico o tempestuoso, clandestino u oficial, círculos o movimiento de masas, parlamentario o terrorista. Nunca ha habido una concentración tan rica de formas, de matices, de métodos en la lucha entre todas las clases de la sociedad contemporánea.

Subraya que las crisis revolucionarias son «crisis nacionales» que no son exclusivamente el resultado de la actividad de la clase obrera sino también de «una crisis de conjunto de la sociedad y de las clases». Incluso lo precisa explicando que una situación revolucionaria estalla cuando «los de abajo ya no quieren», «los de arriba ya no pueden» y «los de en medio basculan con los de abajo» sin negar la importancia de la conciencia y de los partidos revolucionarios.

Alejado de todo dogmatismo, dijo que la chispa podía brotar del haz de chispas que el capitalismo genera con los trastornos incesantes que lo acompañan. Lejos de toda visión puramente económica, cita el affaire Dreyfus que en Francia condujo al país al borde de la guerra civil. El acontecimiento revolucionario debe ser preparado, no porque se oponga a la reforma, sino porque la Historia lo ha demostrado. Cuando las reformas consecuentes defienden un reparto igualitario de la riqueza y ponen en cuestión la propiedad del capital, las clases dominantes no aceptan la voluntad de la mayoría. Desencadenan su violencia contra los oprimidos, hasta el punto de violar su propia legalidad, como por ejemplo en Chile en 1973; hay que preparar, y prepararnos, para la confrontación, para el enfrentamiento.

Más allá de las características generales de la Revolución rusa, insiste en las especificidades de cada situación política particular en cada revolución. Vuelve en varias ocasiones sobre el hecho de que «fue fácil en Rusia empezar la revolución socialista, mientras que será más difícil que en los países de Europa continuarla y llevarla a buen puerto». Subraya entre líneas la mayor dificultad de conquistar el poder en Occidente: «Crear en los parlamentos de Europa una fracción parlamentaria auténticamente revolucionaria es infinitamente más difícil que en Rusia». A su manera, Lenin captaba las diferencias entre Oriente y Occidente, si bien este debate no asume todavía todas las dimensiones que tendrá en el futuro, en particular con Gramsci.

Esto último pone el acento en las «fases preparatorias de la revolución», sobre la necesidad de una «conquista de la hegemonía» —social, política y cultural— por las clases dominadas en las que estas muestren la superioridad de la «gestión obrera o social» y de su «democracia y autogestión socialista» sobre la dominación de la economía capitalista y del Estado burgués. Este proceso culmina durante las crisis revolucionarias o en las fases de doble poder que se desatan mediante una confrontación en la que, frente a la violencia de los de arriba, los de abajo deben destruir la vieja maquinaria del Estado. Trotsky retoma esta reflexión en el Programa de transición en 1938:

Hay que ayudar a las masas en los procesos de su lucha cotidiana a encontrar el puente entre sus reivindicaciones actuales y el programa de la revolución social. Este puente debe consistir en un sistema de reivindicaciones transitorias, que partan de las condiciones actuales y de la conciencia actual de amplias capas de la clase obrera y que conduzcan invariablemente a un única conclusión: la conquista del poder por el proletariado.

Los interrogantes de Lenin reverberan a lo largo del siglo a través de las experiencias revolucionarias europeas, como las de los países llamados del «tercer mundo», en las revoluciones alemana e italiana de los años 1920, con la huelga general de junio de 1936 en Francia, la Revolución española de julio de 1936, durante los ascensos revolucionarios tras la Segunda Guerra Mundial y las revoluciones en los países coloniales o semicoloniales, en las experiencias revolucionarias de finales de los años 1960 en Francia y el sur de Europa. Algunas de estas revoluciones fueron implacablemente reprimidas por la policía y el ejército al servicio de la burguesía. Otras fueron devoradas por el cáncer burocrático o nacionalista. La contrarrevolución estalinista hasta masacró la bella idea del comunismo.

En esta confrontación histórica, el capitalismo ha demostrado hasta el momento que sigue siendo más fuerte. Incluso durante sus crisis históricas ha conseguido reponerse, encontrar una salida a la crisis y ponerse de nuevo en marcha, a menudo ayudado por las burocracias reformistas que optan por la defensa de sus propios intereses y de los de los capitalistas más que los de las clases populares. ¿Por qué, pues, retomar estos debates un siglo después de la Revolución rusa?

Estamos en una nuevo periodo histórico. Cierto, hoy no se da una «actualidad de la revolución» como durante los años veinte o una situación como la de 1968 en el sur de Europa. Incluso se da un enorme desfase entre la profundidad de la crisis del sistema capitalista mundial y la debilidad del movimiento anticapitalista internacional, si bien el sistema se está viendo sacudido por el desarrollo de luchas o por movimientos sociales como el movimiento altermundialista.

¡En China, en Estados Unidos y en Rusia, por razones diversas, no podemos más que constatar la debilidad de los movimientos revolucionarios! Resumiendo, los contestatarios, los revolucionarios de hoy, dadas unas correlaciones de fuerzas desfavorables, son revolucionarios sin revolución. Pero, si bien no vivimos una coyuntura revolucionaria, la crisis de civilización que conoce el mundo capitalista en todas sus dimensiones —económica, social, ecológica y política— muestra que la época ciertamente podría ser de ruptura con el capitalismo. Si la gravedad de la crisis actual del sistema capitalista plantea de nuevo la cuestión de romper con el capitalismo, es explícitamente el modo en que Marx planteaba el problema en los Grundisse:

En un determinado estadio de su desarrollo las fuerzas productivas materiales de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes o, por usar la equivalente expresión jurídica, con las relaciones de propiedad dentro de las cuales se habían movido hasta entonces. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas que eran, estas relaciones se convierten en trabas de dichas fuerzas. Entonces se abre una época de revolución social.

El obstáculo reformista

Para Lenin, el estallido nacional y el alineamiento de la socialdemocracia europea en una Unión Sagrada con las respectivas burguesías nacionales durante la guerra de 1914-1918 marca un punto de inflexión histórico. «La socialdemocracia se pasa al bando del orden burgués». Pero, al mismo tiempo, a pesar de la pérdida de centenares de miles de militantes, los partidos socialdemócratas conservan una base de masas entre las clases populares. ¿Cómo explicar esta situación?

Retoma la noción, ya desarrollada por Marx y Engels, de «aristocracia obrera»:

El imperialismo moderno ha creado en algunos países avanzados una situación excepcionalmente privilegiada, y es en este terreno que hemos visto cómo en toda la II Internacional se dibujaba este tipo de jefe traidor oportunista, socialchovinista, defensor de los intereses de su corporación, de su estrecha capa social: la aristocracia obrera. Los partidos oportunistas se han separado de las masas, es decir de las más amplias capas de trabajadores, de su mayoría, los obreros peor remunerados.

Es precisamente en ese proceso que los socialdemócratas devienen «agentes de la burguesía en el seno del movimiento obrero» o los «lugartenientes obreros de la clase capitalista».

Lenin tenía razón al buscar las causas de la evolución de la socialdemocracia en su composición social, sus bases de existencia material. Es la defensa de ciertos intereses particulares lo que explica la política de la socialdemocracia. Pero identificar a la aristocracia obrera como base social del reformismo no es más que una respuesta parcial y coyuntural al problema planteado. Ciertas capas superiores de la clase obrera pueden beneficiarse de las migajas de la dominación capitalista y alinearse en el campo de las clases dominantes. Pero obreros cualificados de esta aristocracia obrera van a dirigir también huelgas o luchas revolucionarias, particularmente en Alemania, a través de lo que se dio en llamar los «hombres de confianza», durante las insurrecciones de Berlín de los años veinte.

La noción de burocracia explica y describe este proceso de integración de ciertos sectores procedentes del movimiento obrero y del movimiento social en las estructuras del Estado y de la economía capitalistas y su alineamiento del lado de los intereses fundamentales de las clases dominantes. La izquierda de la socialdemocracia alemana, y en particular Rosa Luxemburg, analizará la emergencia de la burocracia en los sindicatos y el partido socialdemócrata. Lenin describe con bastante precisión, en particular en los casos inglés y alemán, cómo los dirigentes reformistas defienden la política de la burguesía… «pero a su manera»… lo cual les conduce, a su manera, a oponerse a los partidos de derechas, o en el caso de la burocracia sindical a batirse contra la patronal…

Trotsky retoma más tarde este análisis con la noción de la doble función de la burocracia. Según él, la burocracia tiende a defender los intereses de la burguesía pero debe mantener una cierta influencia en el movimiento de masas, condición para preservar su existencia, de ahí la necesidad de impulsar ciertas movilizaciones o determinadas luchas. Según la situación, los márgenes de maniobra de las burocracias partidarias o sindicales reformistas para gestionar esta doble función son variables: más importantes en los años 1945-1970, más reducidos en un contexto de crisis del capitalismo o de contrarreformas y programas de austeridad que agravan las condiciones de vida de millones de asalariados. Ello conduce a una integración creciente de los dirigentes de la izquierda tradicional en las altas esferas del Estado y de la economía capitalista, como Dominique Strauss-Kahn en la dirección del Fondo Monetario Internacional (FMI) y Pacal Lamy encabezando la Organización Mundial del Comercio (OMC).

Pero si Lenin insiste en el carácter contrarrevolucionario de la socialdemocracia, sobre todo en los años veinte, no reduce su análisis del reformismo al de los aparatos y de las cúpulas de los partidos socialdemócratas y de los sindicatos. El reformismo es engendrado también por la dominación ideológica de la burguesía sobre el movimiento obrero y el movimiento sindical, que individualiza, fragmenta, divide a los trabajadores, y presenta el sistema socioeconómico capitalista como «normal», «natural». Por consiguiente, no habría lugar más que para mejoras parciales, para reformas y, por consiguiente, para «sindicalismo» o «tradeunionismo», como decía Lenin.

En el terreno político, no habría pues otro horizonte que el parlamento para operar cambios políticos. El reformismo propone pues pasar al socialismo mediante la conquista de una mayoría electoral: ¡Qué ilusión!

Las instituciones actuales están al servicio de las clases dominantes y encorsetan la verdadera democracia limitándola. Ello es agravado por los límites y los fracasos de las políticas tanto de derechas como de izquierdas entre 1981 y 2002, hasta llegar a la crisis de representación política y el ascenso de la abstención que vivimos en la actualidad.

El sindicalismo

En continuidad con su análisis del reformismo, Lenin polemiza contra los izquierdistas que consideran el sindicalismo clásico superado.

No menos infantiles y ridículas deben parecernos las graves disertaciones resabiadas y terriblemente revolucionarias de los «izquierdosos» alemanes que pretendían que los comunistas no pueden ni deben militar en los sindicatos, incluso los más reaccionarios —que se les permite renunciar a ese trabajo, que hay que salir de los sindicatos y organizar una «unión obrera» nueva de trinca, bien limpita e inventada por simpáticos comunistas. Y añade:

No trabajar en los sindicatos reaccionarios es abandonar a las masas obreras insuficientemente desarrolladas o atrasadas a la influencia de los líderes reaccionarios, de los agentes de la burguesía, de la aristocracia obrera o de los obreros aburguesados.

Para Lenin, más allá de las estructuras de las organizaciones, prevalece un principio: «trabajar siempre donde estén las masas». Esta política de masas conduce efectivamente a rechazar todo sectarismo, cualquier abandono de las organizaciones de masas.

Teniendo como horizonte una reorganización de masas del movimiento obrero, rechaza cualquier concepción que se proponga substituir a las viejas organizaciones sindicales por nuevas uniones obreras que superarían la separación entre sindicatos, consejos y partidos… Su visión es una reorganización de conjunto, en la que los reformistas sean marginados en una lucha política por la dirección de un movimiento obrero que se orienta hacia posiciones revolucionarias.

Sin embargo, unos meses más tarde, habrá que constatar las diferencias entre Lenin y los dirigentes de la Internacional Comunista de la época. ¿Acaso se puede aspirar a la vez a sindicatos de masas y a una eventual subordinación de los sindicatos al partido revolucionario? A escala internacional, la constitución de una «Internacional Sindical Roja» en 1921 está orgánicamente ligada a la Internacional Comunista. Esta relación de subordinación del sindicato al partido tiene sus orígenes en los debates sobre las relaciones entre partido y sindicatos en Alemania en 1905/1906. Esta ha conducido en no pocos casos a separar los sindicatos comunistas de los sindicatos reformistas… lo cual es contradictorio con el objetivo de una intervención de los revolucionarios comunistas en los sindicatos de masas, incluidos los que tienen una dirección reformista o reaccionaria.

Las diferencias históricas entre el movimiento obrero anglosajón y el de la Europa del Sur siguen existiendo hoy en día, pero la experiencia histórica ha conducido a los marxistas a una visión más equilibrada. No hay que jerarquizar los diversos niveles de organización del movimiento obrero. Las diferencias entre sindicatos y partidos son diferencias funcionales: a los sindicatos corresponde la organización de masas de los trabajadores de una empresa, una corporación, un sector, una rama; al partido las tácticas y las estrategias de conquista del poder político. Sindicalismo de masas y de defensa de los intereses de clase; independencia sindical, pero no compartimentación estanca de competencias entre sindicatos y partidos. Los sindicatos y los partidos se ocupan de las mismas cosas: la vida cotidiana de las mujeres y los hombres, pero desde una perspectiva diferente.

Las elecciones, el parlamento y la democracia

La relación con la táctica electoral parlamentaria es un buen ejemplo de política leninista. Esta empieza por la estrategia: «la acción de masas siempre es más importante que la acción parlamentaria». Es la combinación de las formas de acción —«legales, ilegales, huelgas económicas, políticas, acción parlamentaria, insurrección»— y la conquista del poder político mediante un proceso revolucionario lo que destruye «la vieja maquinaria del Estado» y crea las condiciones de una nueva democracia socialista.

Esta concepción rechaza las ilusiones reformistas de la socialdemocracia sobre la transición al socialismo mediante una transformación progresiva del Estado, de las instituciones y de la economía capitalista. Nos recuerda la necesidad de la ruptura con el capitalismo.

Una vez acotado el terreno estratégico, se necesitan también mediaciones tácticas —luchas, sindicatos, elecciones— articuladas con la estrategia. En este sentido, esta obra constituye un extraordinario manual de táctica política. Lenin se opone a los izquierdistas, para quienes «el parlamentarismo está históricamente superado». «Lo que está superado para nosotros los revolucionarios no lo está para la clase, la masa. No hay que confundir los deseos con la realidad». Al contrario, les dice «millones y millones de trabajadores votan», es necesario pues «participar en las elecciones» y se dirige a ellos en estos términos:

Es más difícil en Europa occidental que en nuestro caso empezar la revolución socialista. Intentar esquivar esta dificultad escamoteando el arduo problema de la utilización de los parlamentos reaccionarios con fines revolucionarios es puro infantilismo.

Así pues, indicando que la «acción de masas es más importante que la acción parlamentaria», Lenin no opone las luchas y huelgas y participación en las elecciones. Las posiciones institucionales conquistadas por las elecciones son puntos de apoyo igualmente importantes para la acción de masas en una estrategia de conquista del poder. También vuelve en este texto sobre las condiciones de un boicot posible de las elecciones: en el caso de que la revolución llame a nuestra puerta y abra otra perspectiva que la participación en las elecciones, por ejemplo en las elecciones de 1905 al parlamento ruso.

Pero, en general, Lenin se pronuncia por la participación en las elecciones: «Mientras no tengáis la fuerza suficiente como para disolver el parlamento burgués y el resto de instituciones reaccionarias, estáis condenados a trabajar en esas instituciones»… Así pues, hasta la aparición de un nuevo poder de las clases populares, y más exactamente un nuevo poder centralizado, afirmado, no podremos desembarazarnos de las viejas instituciones parlamentarias. Vuelve sobre la cuestión de las correlaciones de fuerzas entre los bolcheviques y la Asamblea Constituyente en los términos siguientes:

La conclusión de todo lo anterior es absolutamente indiscutible: está probado que incluso algunas semanas antes de la victoria de la República soviética, e incluso tras dicha victoria [y nosotros subrayamos «después»] la participación en un parlamento democrático burgués, lejos de perjudicar al proletariado revolucionario le permite demostrar más fácilmente a las masas atrasadas porqué esos parlamentos merecen ser disueltos, facilita el éxito de su disolución, facilita la eliminación política del parlamentarismo burgués.

Es lo que hicieron los bolcheviques con la Asamblea Constituyente convocada y disuelta en enero de 1918. Si la prioridad estratégica era precisamente la destrucción de la vieja maquinaria estatal y la construcción de un nuevo poder, nos recuerda que no podemos superar la vieja democracia burguesa hasta que millones de gentes han hecho la experiencia de su bancarrota y de la superioridad de las nuevas formas de democracia socialista.

Tras la conquista del poder en Rusia, Lenin disolvió la Asamblea Constituyente y suprimió por consiguiente dicha institución política representativa de los ciudadanos de la nueva república social. Sobre esta cuestión compartimos más bien el punto de vista de Rosa Luxemburg. Ella comprendió la decisión de los bolcheviques de disolver la Constituyente convocada en base a un registro electoral superado, pero demandó la convocatoria de una nueva asamblea. Es más, planteaba una nueva cuestión clave en la transición al socialismo:

Sin elecciones generales, sin una libertad de prensa y de reunión ilimitada, sin una lucha de opinión libre, la vida se marchita y vegeta en todas las instituciones públicas, y la burocracia se convierte en el único elemento activo.

Es más, resulta chocante, cuando releemos este texto, ver hasta qué punto Lenin vela por utilizar hasta el final las parlamentos burgueses sin abordar, en cambio, los problemas de democracia política en la Rusia de 1918-1920, tanto desde un punto de vista general como en lo que respecta al funcionamiento de los consejos y de las organizaciones de masas. Podemos considerar que en este caso se da una situación ligada a la ausencia de tradiciones democráticas, incluso de democracia burguesa, en la Rusia zarista a la par que una coyuntura excepcional marcada por la guerra civil que asola la URSS de la época, guerra civil que limita las libertades y el ejercicio de la democracia. Sin embargo, toda la historia del Partido Bolchevique está marcada por debates, luchas de tendencias y fracciones, inclusive al calor de la prueba revolucionaria de 1917. Se registró un cambio durante los meses y años posteriores a la conquista del poder.

Puesto que, más allá de las circunstancias, tanto los documentos —salvo el fulgurante El Estado y la revolución de Lenin— como la práctica de la dirección bolchevique tras unos años de ejercicio del poder, desde la crisis de Cronstadt al languidecimiento de los soviets, muestran que aquí existe una debilidad fundamental que tendrá consecuencias terribles sobre el curso de la revolución y desarmará a los bolcheviques frente al estalinismo y a Stalin, convertido en secretario general del Partido Comunista en 1922.

Partido, frente único y alianzas políticas

Cada una de las cuestiones planteadas en este pequeño libro dibuja la «realpolitik» leninista: análisis no dogmático de las correlaciones de fuerzas, de las luchas de clases, combinación de una delimitación «partidaria» y de tácticas políticas audaces.

Delimitación a partir de 1917 en el agrupamiento y la organización de todas las corrientes que apoyan la Revolución rusa y participan activamente en los procesos de autoorganización obrera y popular a través de los consejos obreros, de campesinos y de soldados. A partir de ahí, Lenin va a buscar la fusión en el seno de los nuevos partidos comunistas de los socialistas independientes, de los sindicalistas revolucionarios, de los anarquistas, resumiendo, de las corrientes a su izquierda y a su derecha. Sobre todo en ese momento histórico, y una vez sus bases políticas están bien delimitadas, Lenin no escatimará esfuerzos en agrupar, convencer, ganar a todas las fuerzas que desean participar en el torbellino revolucionario de la época. No se trata de construir organizaciones con estrictas delimitaciones sectarias —de ahí las polémicas abordadas por estos textos— y menos todavía de construir sectas, algo de lo que acusa a los «izquierdistas de la Internacional Comunista».

Sus criterios para reunir a los militantes en estos partidos revolucionarios de masas no eran ideológicos sino prácticos: ¿quién apoya la Revolución rusa? ¿Quién se compromete en la lucha contra el poder establecido? ¿Quién participa en la lucha real? ¿Quién defiende una política independiente de socialdemocracia? Pueden existir buen número de divergencias políticas, pero siempre buscó «una visión común de los acontecimientos y de las tareas». Puesto que en todas las demostraciones de Lenin siempre hay un objetivo, una voluntad, la de acumular fuerzas para construir el instrumento de la conquista del poder. Sus formas y sus tácticas pueden ser diversas, pero la forma «partido» es la única adecuada para romper con el capitalismo.

Tácticas de alianzas políticas audaces para movilizar y hacer bascular a millones de hombres y mujeres en la resistencia a los ataques capitalistas. A los izquierdistas que le exhortan a no «llegar a compromisos», Lenin responde que es precisamente el papel del partido acumular la experiencia, el olfato que permita discernir qué compromisos son indispensables en momentos determinados. Lenin expone las múltiples tácticas de unidad de acción, lo que en la Internacional Comunista se dará en llamar tácticas de frente único. Unidad de acción en las luchas, unidad de acción electoral en el parlamento cuando propone que los comunistas ingleses lleguen a acuerdos puntuales con los laboristas votando por ellos o cuando apoya, contra el putsch Kapp-Lüttwitz, una oposición leal a un gobierno socialdemócrata y socialista independiente sin ministros burgueses.

Tácticas de alianzas políticas pero sin ilusiones y, sobre todo, conducidas sin interrumpir la crítica de su o sus aliados y la agitación y la propaganda por sus ideas. Así pues, cuando los comunistas alemanes hablan a propósito del gobierno socialdemócrata de gobierno socialista, les desautoriza pidiéndoles que no llamen «socialista» a un gobierno socialdemócrata que sigue siendo un gobierno burgués. Les aconseja acompañar esta oposición leal de una denuncia de su política de colaboración de clases. Ello muestra una vez más que hay que tener una táctica apropiada para cada gobierno de izquierda en función de su política, pero que sobre todo no hay que confundir acuerdos  y compromisos tácticos y acotados en el tiempo, por un lado, y estrategia, por otro.

Puesto que Lenin rechaza participar en gobiernos de colaboración de clases con la burguesía, defiende la perspectiva de gobierno obrero, es decir de gobierno de coalición con los socialistas-revolucionarios [también conocidos como eseritas o socialrevolucionarios] de izquierdas en Rusia o los socialistas independientes en Alemania que se apoyan en consejos de obreros, campesinos y soldados y que empiezan a aplicar un programa de transición al socialismo: control obrero, expropiación de los banqueros, la tierra a los campesinos, etc. Esos gobiernos de transición hacia el poder de los trabajadores y de las clases populares pueden tener un inicio parlamentario, pero durante un momento de la crisis revolucionaria. No deben aferrarse a las formas parlamentarias, sino al contrario: deben estimular, construir, generalizar las nuevas formas de poder de una democracia socialista.

Trotsky retoma las lecciones de la táctica unitaria leninista en la política de frente único contra el fascismo en Alemania:

El proletariado accede a la conciencia revolucionaria no a través de un enfoque escolástico, sino a través de la lucha de clases ininterrumpida. Para luchar, el proletariado tiene necesidad de unidad en sus filas. Esto también es cierto en los conflictos económicos parciales, tanto entre los muros de una fábrica como en los combates políticos «nacionales» como la lucha contra el fascismo. Por consiguiente, la táctica de frente único no es algo ocasional y artificial, ni una maniobra hábil, no, se desprende completa y enteramente de las condiciones objetivas del desarrollo del proletariado. (La Revolución alemana y la burocracia estaliana, 1932)

Precisará incluso el terreno más favorable para la unidad entre revolucionarios y reformistas:

Los acuerdos electorales, los tejemanejes parlamentarios acordados por el partido revolucionario con la socialdemocracia, sirven, como regla general, a la socialdemocracia. Un acuerdo práctico para las acciones de masas, por objetivos militantes, se hace siempre en provecho del partido revolucionario […] ¡Marchar separados, golpear juntos! ¡Ponerse de acuerdo únicamente sobre el modo de golpear, sobre quién y cuándo golpear! Podemos ponernos de acuerdo sobre este punto con el diablo.

En efecto, como explica Daniel Bensaïd:

El frente único siempre tiene un aspecto táctico. Las organizaciones reformistas no lo son por confusión, inconsecuencia o falta de voluntad. Expresan cristalizaciones sociales y materiales… Las direcciones reformistas pueden ser pues aliados políticos tácticos para contribuir a unificar a la clase. Pero, estratégicamente, siguen siendo enemigos en potencia. El frente único se propone crear condiciones que permitan romper con la mejor correlación de fuerzas con esas direcciones, en el momento de las opciones decisivas, y arrastrar a capas lo más amplias posibles de las masas. (Estrategia y partido, Sylone, 2017)

Así, tácticas y estrategia no se proponen oponer unidad, compromiso y ruptura, reformas y revolución, sino ligarlas para preparar las condiciones de una «irrupción de las masas en la escena política y social» y romper con el sistema capitalista.

Cierto, la situación actual es bien diferente de esa a la que se enfrentó Lenin. Hace mucho tiempo que no hemos vivido situaciones revolucionarias en Europa occidental. La izquierda de hoy no tiene mucho que ver con la social-democracia de los años veinte, léase incluso la que pervivió hasta los años setenta. La globalización capitalista y el social-liberalismo han erosionado ampliamente la base social y popular clásica de la socialdemocracia. Más allá de los resultados electorales, los partidos socialistas han perdido centenares de miles de afiliados en toda Europa, sus vínculos con las organizaciones sindicales y los movimientos sociales se han debilitado cualitativamente.

Ciertamente, entre la derecha y la izquierda no podemos decir eso de que «olivo y aceituno todo es uno» porque no tienen la misma historia, no ocupan el mismo lugar y funcionalidad política en los sistemas de alternancia y las mismas relaciones con las clases populares. En las movilizaciones cotidianas contra la patronal o el gobierno, los anticapitalistas luchan codo con codo con los electores o militantes socialistas, pero cuesta imaginar hoy una propuesta de oposición leal a un gobierno Strauss-Kahn. Si hacemos un análisis concreto de la política concreta de cada gobierno, ¡ésta será más bien una oposición sin más!

Trotsky siempre fue circunspecto sobre los frentes únicos electorales con los partidos reformistas, pero en los tiempos de la evolución social-liberal de la izquierda tradicional, la independencia ante ésta deviene una cuestión tanto más decisiva.

El izquierdismo

En cada lucha, movimiento u organización pueden darse posiciones  o  reacciones izquierdistas espontáneas o semi espontáneas frente a la terrible injusticia social que vive tal o cual sector de las clases populares —izquierdismo que se manifiesta en acciones aisladas y no comprensibles por la inmensa mayoría. Si esas acciones representan una cierta realidad, los anticapitalistas pue- den apoyarlas. En otros casos, hay que oponerse a ellas. Pero hay también ideas y proyectos políticos izquierdistas que hay que combatir. En un contexto de debilita- miento de la idea revolucionaria, estamos confrontados, por ejemplo, a movimientos o posiciones como el de la autonomía, que por un lado rechaza las elecciones y los sindicatos —reacción típicamente izquierdista—, pero por otro no se sitúa en una perspectiva de cambio revolucionario, al modo de un John Holloway, quien propone «cambiar el mundo sin tomar el poder». Una posición a años luz de la de Lenin.

Hay, también, organizaciones o sectas que se reivindican de posiciones o corrientes históricas ultraizquierdistas del movimiento obrero. En estos casos continúa un viejo debate.

Estrategia y tácticas políticas de hoy

Tomando en consideración los cambios históricos fundamentales que conocen el capitalismo y los movimientos sociales, hay que retener de Lenin su capacidad de tomar el pulso a la Historia, de hacer un análisis marxista concreto de una situación concreta, de elevar sin cesar el nivel de combatividad y de conciencia popular mediante nuevas iniciativas políticas. Hay que revisitar los momentos en que una propuesta política o una consigna concentra toda una situación política y crea las condiciones del movimiento más amplio. Desde este punto de vista, Lenin sigue siendo actual.

El origen de sus puntos débiles se sitúa, como hemos indicado más arriba, en el funcionamiento democrático de los consejos, de las asambleas y del partido en Rusia tras la revolución. Los anticapitalistas de hoy, con la perspectiva que nos da la historia y, sobre todo, sacando lecciones del siglo pasado, critican, completan, enriquecen, integran y superan la concepción leninista de la democracia. Se trata de enlazar de nuevo con las tradiciones revolucionarias que otorgan toda su centralidad a los procesos de autoorganización y de autoemancipación democrática y popular.

Un número creciente de gentes evolucionan hacia el rechazo del capitalismo y buscan una alternativa. Se desembarazan parcialmente de la influencia de la ideología burguesa, que pesa sobre las conciencias y limita el horizonte de los movimientos de emancipación al mero reformismo. Para abrir una brecha en todas las tentativas, tanto de la derecha como de la izquierda, de consolidar la ideología burguesa, la ideología de las clases dominantes, es indispensable leer, difundir y discutir ampliamente sobre el pensamiento y la acción de Marx y de Lenin. No como un catecismo, sino para extraer una nueva comprensión de los desafíos de ayer y de hoy.

Marx, por su crítica de la economía política, descubrió la teoría del valor que explica la dinámica y las crisis del capitalismo. También creó, junto a otros, la Liga de los Comunistas y luego la Asociación Internacional de los Trabajadores (AIT) y se comprometió con el proceso de movilización popular para romper con el capitalismo. Lenin creó la noción de partido revolucionario de masas. Experimentó con éxito la estrategia y las tácticas de conquista del poder político fundadas en la crítica del reformismo, del oportunismo y, en otro plano, del izquierdismo.

Con la distancia crítica que requieren, las lecciones leninistas siguen siendo las más útiles para orientarse y construir los partidos anticapitalistas de hoy y de mañana. Para romper con el capitalismo, «la emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos» y este pequeño libro de Lenin es indispensable para comprender las tácticas y estrategias políticas de ayer e imaginar las de hoy y de mañana.

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