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(Molly Adams / Flickr)

Nuestra lucha es por definir la libertad

Traducción: Sofía Benencio

Durante las elecciones estadounidenses, el Partido Republicano intentó identificar a los demócratas con el socialismo y a Trump con la "libertad". ¿No hubiera sido mejor, en lugar de elegir a Biden, presentar un candidato o candidata realmente socialista democrático y poner en agenda la cuestión de una libertad auténtica?

El siguiente texto es una copublicación con Tinta Limón. “En las ruinas del neoliberalismo. El ascenso de las políticas antidemocráticas en Occidente” (Tinta Limón, 2020) es el primer libro de Wendy Brown editado en Argentina y estará en diciembre en librerías.

 

De aproximadamente 155 millones de votantes, lo cual corresponde a casi tres cuartos de la población adulta estadounidense, entre 72 y 75 millones han votado para reelegir a Donald Trump. Este es un aumento considerable sobre los 63 millones que llevaron a Trump al poder en 2016. De este modo, Trump no sólo perdió una cantidad reducida de sus seguidores anteriores, además reclutó nueves -incluides les afroestadounidenses, latines y jóvenes blancxs-. Casi un tercio de les votantes estadounidenses afirman su presidencia y quieren más, o al menos querían evitar fervientemente una presidencia de Biden.

¿Y qué sabemos sobre eso?

A estes votantes les gusta o no les importa que este presidente no intente liderar o reunir a la nación, sino más bien que grite, alardee, insulte y ataque como un matón indisciplinado en el patio del recreo.

Les gusta o no les importa que pague menos impuestos que les trabajadores y que esté en deuda con acreedores desconocidos por casi 500 millones de dólares.

Les gusta o no les importa que haya fallado en cumplir las promesas de su campaña del 2016, desde un nuevo plan de atención médica, la reindustrialización del interior del país y un muro fronterizo pagado por México, hasta abordar la crisis de opioides.

Les gusta o no les importa que incite a grupos de odio de supremacistas blancos, milicias armadas de la derecha, y peligrosas teorías conspirativas vinculadas a amenazas de violencia civil extrema.

Les gusta o no les importa que más de dos docenas de mujeres lo hayan acusado de forma creíble por acoso o agresión sexual, y que habitualmente ataque a interlocutoras y opositoras con insultos misóginos.

Les gusta o no les importa que haya abordado el COVID-19 casi con indiferencia, sin consideración por la salud pública ni por los protocolos médicos; tanto que la tasa estadounidense de infección y muerte ahora está creciendo en regiones que lo apoyan y supera la de cualquier nación industrializada, ha ayudado a crear un cráter en la economía, y probablemente pronto romperá el ya sobrecargado sistema de salud estadounidense.

Les gusta o no les importa que el único paquete de rescate fiscal federal durante el COVID-19, la ley CARES, lejos de paliar las aterradoras dificultades de la clase media trabajadora, económicamente desplazada por la pandemia, constituyó la mayor redistribución ascendente de la riqueza en la historia del capitalismo, a través de recortes en los impuestos para quienes tienen mayores riquezas, y préstamos baratos sin restricciones para las corporaciones.

Les gusta o no les importa su rechazo a la emergencia climática y a las crisis ecológicas relacionadas que amenazan todo en torno al futuro.

Quizás más significativamente, les gusta o no les importa el desprecio del Presidente por las instituciones, normas y prácticas democráticas. Afirman o son indiferentes al hecho de que su régimen tiene todas las marcas de un nuevo fascismo. Aparte de su propia personalidad dictatorial, exhibida cuando -sin fundamento- se declaró a sí mismo el ganador de la elección en la noche del martes, éstas incluyen intentos de nombrar y controlar los tribunales y las agencias gubernamentales independientes; castigar a legisladores, gobernadores y estados enteros por falta de lealtad; ataques implacables a medios de comunicación, profesionales e intelectuales; difundir propaganda desde su oficina; usar al ejército y la policía para intimidar y sofocar la resistencia; y, por supuesto, desafiar procedimientos y resultados establecidos para las elecciones.

Pero aparte de aquelles a quienes realmente les gusta todo lo mencionado arriba -y a algunes efectivamente les gusta- ¿qué pasa con aquelles a quienes simplemente no les importa porque el régimen de Trump les ofrece algo más que les es fundamental? Aquí no hay una cuestión simple o una explicación monolítica. Para algunes, todo lo que importa es su cartera de inversiones o la factura tributaria. Para otres, es la santidad del matrimonio heterosexual o la incomparable inocencia de los fetos. Para unes pocxs, es Jerusalem o los asentamientos en Cisjordania, y aún para otres es el derecho a la posesión de armas. Y por supuesto, para muchos es su privilegio supremacista blanco y masculino puesto en peligro.

Para casi todes, sin embargo, un cierto tipo de libertad está en juego. En casi todas las entrevistas con votantes de Trump antes de la elección, Biden y el Partido Demócrata fueron identificados con el socialismo y Trump con la libertad. Las campañas de les republicanes para el Congreso insistieron en este tema: votar en contra de un demócrata era prevenir una toma socialista de la nación, ejemplificada en las primarias demócratas por el “Escuadrón” en el Senado (Alexandria Ocasio-Cortez, Ilhan Omar, Ayanna Pressley y Rashida Tlaib), por les supuestes marxistas que organizan Black Lives Matter y por la candidata a vicepresidenta afroestadounidense que una vez respaldó el Medicare for All (el sistema de salud universal).

Sería fácil imaginar esto como un discurso de recalentamiento de la Guerra Fría, y ciertamente eso es lo que consolidó el apoyo a Trump en Miami, Florida, donde millones de cubanes aun guardan resentimiento por la Revolución de 1959. Pero la Guerra Fría apenas estaba en juego en el intento de adosar la boleta Biden-Harris al socialismo. En cambio, el peligro en ciernes es del tipo que Hayek trazó en Camino de servidumbre y Friedman describió en Capitalismo y Libertad. Es el gigante socialista dormido, que la derecha ve contenido en cualquier programa de justicia social (lo que llaman “ingeniería social”), esto es, en cualquier esfuerzo por compensar el acceso sistemática e históricamente desigual a la vivienda, la banca, la educación, el empleo e incluso a la votación, y la promesa por reemplazar impuestos regresivos por unos progresivos sobre la renta y la riqueza.

El Obamacare (sistema de salud de Obama) está identificado por el Partido Republicano con el socialismo. Fox News habitualmente hace referencia al socialismo de los demócratas. Y el sitio de noticias de derecha, Breitbart, identificó a la “Camarada Kamala” con el comunismo. Estas atribuciones no invocan al peligro de la represión política (aunque pueden extenderse a asociaciones con “corrección política” impuesta). Más bien, se basan en un temor de que la provisión social y la redistribución reemplacen una economía de mercado cruda (manipulada) que les seguidores de Trump han aprendido a identificar como el espacio de la autodeterminación.

Pueden estar viviendo en un precipicio financiero, sobrellevando la adicción a los opioides en sus familias y comunidades, enviando a sus hijes a escuelas que fracasan y considerando la universidad como financieramente inalcanzable. Pero el mantra socialista les llena de miedo de que lo poco que tienen les será quitado por un Green New Deal, un Obamacare expandido, un acceso ampliado a la universidad, una reforma migratoria, y una nación menos dura y cruel con quienes vienen desde afuera, como así también con quienes -dentro del país- son humillades racial y étnicamente.

Por supuesto que lo que anima a algunes de les votantes de Trump es más crudo: racismo y xenofobia viscerales; odio a feministas, ambientalistas y élites costeras; resentimiento enfurecido por el desprecio que saben que les estadounidenses educades y cosmopolitas tienen por elles; y amor por un matón que agarra lo que quiere y ataca como le place. La pasión de todes les seguidores de Trump no puede ser explicada solo por el neoliberalismo.

Lo más brillante que el Partido Republicano y sus medios de comunicación auxiliares hicieron para superar el desempeño real de Trump fue adosar a los demócratas tout court al socialismo e identificar a Trump con la libertad. Fue una versión de la libertad expresada en su resistencia a los protocolos del COVID, en sus recortes sobre los impuestos a les ricxs, en la extensión del poder y los derechos de las corporaciones, y en la búsqueda de destruir lo que quedaba del Estado regulatorio y social. Fue una versión de la libertad que ya colmaba la cultura neoliberal antigubernamental y antidemocrática. Todo lo que el Partido Republicano tenía que hacer era construir sobre esto.

Ahora bien, el Partido Demócrata no es socialista, y para defenderse de los ataques republicanos puede incluso subirse a la ola anticomunista. Si les demócratas iban a ser etiquetades de socialistas, ¿no habría sido mejor presentar un socialista democrático real, en lugar de Biden? ¿Esto no podría haber generado una chance para enseñar a los Estados Unidos qué es realmente el socialismo democrático (¡y la libertad que presenta!)? ¿Para fustigar abiertamente a la cleptocracia trumpista, y no solo a su personalidad (la táctica de los demócratas)? ¿No podría haber servido para estimular a las decenas de millones de millennials que alguna vez consideraron al 2020 como un año decisivo para mejorar sus expectativas de prosperar? La candidatura de Biden se basó en la buena educación, pero esa virtud anticuada no estaba exactamente en la cima de las preocupaciones de la mayoría de la gente en el siglo XXI. Para muches, un futuro mejor sí lo está.

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