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Foto: luchoxbolivia.org

Orlando Gutiérrez: la vida por la democracia y el socialismo

Traducción: Valentín Huarte

Orlando Gutiérrez, dirigente sindical y militante boliviano, fue asesinado por una pandilla fascista en Bolivia. Entregó su vida en la lucha por la democracia, por los derechos de los trabajadores y las trabajadoras y por el socialismo. No nos olvidaremos de él. Y los fascistas no pasarán.

Orlando Gutiérrez, carismático dirigente del sindicato minero boliviano, falleció ayer luego de haber sido golpeado agresivamente por una pandilla fascista que protestaba contra los resultados de las elecciones en las que se impuso el Movimiento al Socialismo (MAS).

La muerte de Gutiérrez, quien tenía tan solo treinta y seis años de edad, se produce en medio de una oleada de violencia dirigida contra el movimiento sindical y campesino iniciada con el golpe de noviembre del año pasado. En agosto fueron bombardeadas las oficinas de la COB (Central Obrera Boliviana) en la paz y durante los últimos meses el régimen golpista dictó numerosas órdenes de arresto en contra de militantes sindicales.

Gutiérrez era el secretario ejecutivo de la FSTMB (Federación Sindical de los Trabajadores Mineros), el poderoso sindicato de mineros boliviano fundado en 1944 que domina hasta el día de hoy la COB. Había sido elegido para dirigir el Ministerio de Minería y Metalurgia bajo el gobierno de Arce. La semana pasada fue atacado por una pandilla anti-MAS y sufrió heridas graves. Antes de morir, estuvo varios días en terapia intensiva en un hospital de La Paz. La policía y el Ministerio público iniciaron una causa oficial para investigar su muerte. La FSTMB declaró noventa días de duelo nacional.

La muerte de Gutiérrez siguió a las elecciones presidenciales que tuvieron como resultado un drástico retorno de la democracia en el Estado plurinacional y una aplastante victoria del candidato del MAS, Luis Arce. Gutiérrez apoyaba activamente al MAS y durante la campaña electoral recorrió el país junto a los candidatos y a las candidatas. A lo largo del año dirigió críticas muy duras en contra del gobierno de facto por su mala gestión de la pandemia de COVID-19, por los arrestos políticos dirigidos y por posponer sucesivamente las elecciones.

El movimiento obrero internacional le rindió numerosos tributos. El minero Ian Lavery, expresidente del Sindicato Nacional de Mineros y anterior diputado del Partido Laborista del Reino Unido, dijo: «El movimiento obrero de todo el mundo debe acompañar este día con su apoyo y solidaridad a la familia de Orlando Gutiérrez, asesinado simplemente por pedir dignidad y justicia para la clase trabajadora». «Habiendo trabajado en las minas y vivido la gran huelga de 1984-85, su historia me conmueve particularmente (sobre todo habiendo pasado tan poco tiempo desde la recuperación de la democracia durante este mes en Bolivia)».

«Orlando no será olvidado». Y el fascismo no triunfará. Debe ser combatido en cualquier lugar en el que asome su cabeza».

El octubre pasado, en medio de las protestas en contra del MAS, los sindicatos descendieron a la Paz aturdiendo a todo el mundo con sus dinamitas para protestar a favor del presidente derrocado y del MAS. Más recientemente, la COB y la FSTMB dirigieron el movimiento por la democracia en contra de las tendencias represivas del régimen dictatorial de Jeanine Áñez. En agosto, la COB y sus sindicatos asociados llamaron a una huelga general por tiempo indefinido, con protestas, marchas y bloqueos de caminos que pararon el país entero, exigiendo la convocatoria a nuevas elecciones y la renuncia de Áñez.

El asesinato de Gutiérrez indica la amenaza creciente que implican los grupos fascistas y paraestatales. En Cochabamba, el violento grupo armado Resistencia Juvenil Cochala (RJC) encabezó las manifestaciones contra el resultado de las recientes elecciones, mientras que en Santa Cruz el grupo Comité Cívico Pro Santa Cruz emitió una declaración llamando a las autoridades electorales a suspender el conteo de votos alegando que se había cometido fraude. La movilización de los «pititas» el año pasado, un grupo compuesto principalmente por sectores de clase media urbanos y de grupos de extrema derecha, dio inicio a un envalentonado movimiento de extrema derecha en Bolivia.

En octubre de 2019 estos grupos se movilizaron bajo el lema de la democracia, acusando al gobierno de Morales y al MAS como una fuerza ilegítima y opresora. Esperaban capitalizar de esta manera el descontento que había producido la decisión de Morales de postularse para un controvertido cuarto mandato. En sus canciones denigraban a Evo acusándolo de dictador y comparando a Bolivia con la Venezuela «comunista».

Cuando el gobierno dictatorial de Jeanine Áñez finalmente tomó el poder, otras corrientes fascistas más sombrías proliferaron, en muchos casos con el apoyo explícito del régimen. Luego del golpe, se dictaron órdenes de arresto contra ex ministros y ministras que se vieron en la obligación de pedir asilo en la embajada de México en la Paz. Pandillas de la derecha paceña provenientes de la rica Zona Sur se movilizaron para hostigar al personal de la embajada con el apoyo de la policía.

Las masacres del Estado contra el activismo que se manifestó en contra del golpe en El Alto y Sacaba coincidió con el resurgimiento de actos de odio racial, tales como la quema de la whipala que representa a los pueblos indígenas andinos. La demonización y la persecución sistemática hacia el MAS tomó rápidamente una forma altamente racista, con muchas personalidades de la derecha dirigiéndose a los pueblos indígenas como «salvajes» e incapaces de ejercer el poder político.

Gutiérrez ganó protagonismo en un movimiento obrero reconocido por su compromiso militante y acostumbrado a condiciones de trabajo muy duras. El intelectual y fundador del Partido Comunista de Bolivia, Sergio Almaraz, dijo una vez que en Bolivia «el siglo veinte llegó sobre los hombros de la industria del estaño».

El movimiento obrero boliviano —dominado por los mineros— ha sido a lo largo de la historia uno de los más poderosos y organizados del mundo. En parte gracias a los esfuerzos del dirigente minero Juan Lechín, la Revolución boliviana de 1952 dio paso a la nacionalización de las empresas Patiño, Aramayo y Hochschild, que en ese momento eran responsables de un cuarto de la producción mundial de estaño. Esto puso al sector minero bajo el control de la Corporación Minera de Bolivia (Comibol) que fue conducida por la FSTMB aun cuando la caída catastrófica de la producción de estaño en 1985 debilitó irremediablemente al movimiento minero. Durante los años siguientes, la COB y la FSTMB jugaron un rol decisivo en las luchas por la democracia durante las dictaduras de los años setenta y ochenta, liderando las huelgas y los bloqueos.

Gutiérrez nació en la ciudad minera de Colquiri (La Paz) y trabajó pacientemente en el sindicato hasta convertirse en secretario ejecutivo en 2015. Angus McNelly, investigador de Queen Mary (Universidad de Londres), que entrevistó a Gutiérrez y pasó mucho tiempo junto a los sindicatos mineros durante su investigación, recuerda a un hombre divertido, profundamente respetado por sus compañeros y resueltamente comprometido con la lucha por la emancipación de la clase trabajadora. De forma similar, el presidente electo Luis Arce publicó en su cuenta de Twitter que Gutiérrez fue «un dirigente minero que siempre defendió los intereses del pueblo boliviano».

La pérdida de Gutiérrez en manos de la violencia fascista es un golpe duro contra el movimiento obrero boliviano, contra la democracia y contra las miles de personas que conocieron y quisieron a este valiente dirigente sindical. Su legado debe ser ahora el mundo justo por el que tanto luchó y que lamentablemente no llegó a conocer.

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