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Podemos: de La tuerka a la Moncloa

Blai Burgaya Balaguer, miembro del consejo editorial de la revista La Trivial, suma sus reflexiones a esta serie de textos que presentamos desde Jacobin América Latina y que, desde diferentes ángulos y posiciones, buscan construir un balance de la experiencia política reciente en el Estado español.

Serie: Dossier España

Las últimas elecciones que se celebraron en España fueron las elecciones autonómicas de Galicia y el País Vasco, el 12 de julio de 2020. El escrutinio se convirtió en un calvario para Podemos. La candidatura auspiciada por Podemos en Galicia quedó excluida del parlamento gallego. El de Galicia fue el primer parlamento en el que habían irrumpido las candidaturas del cambio como segunda fuerza en 2015, ahora es el primero del que se han quedado fuera.

La derrota gallega, sin embargo, no fue solo una anécdota. Podemos también se estrelló en las urnas vascas. Obtuvieron seis escaños, cuando en la convocatoria de 2016 habían conseguido once. La coalición perdió 85 mil votos, es decir, el 45% de sus apoyos electorales. Una bajada espectacular, teniendo en cuenta que ganaron los comicios españoles en el País Vasco en 2016. Esta bajada en dos territorios que supieron ser baluartes de Podemos señalan una tendencia que es necesario analizar, pues en ambos han perdido muchos votos en dirección a fuerzas de izquierda soberanista.

En términos generales, parece que Podemos ha entrado en una tendencia regresiva respecto de su capacidad de adaptarse a la realidad plurinacional del Estado, a raíz de una estructura de partido centralizada y al establecimiento de una lógica madrileña. Como señaló la candidata del Bloque Nacionalista Galego (BNG) durante la noche electoral: «en estas elecciones, hemos visto un gran movimiento contra el centralismo».

Así pues, debemos preguntarnos: ¿qué hace que la izquierda soberanista haya recuperado posiciones frente a las confluencias en estos cuatro años? Obviamente, no se trata de un fenómeno monocausal. Pero, desde mi punto de vista, hay tres factores que sobresalen: en primer lugar, Podemos centró toda su oferta electoral en alabar la gestión del Gobierno del Estado, y su única propuesta era la unidad de la izquierda, así, en abstracto. En segundo lugar, la crisis territorial no se ha cerrado; por el contrario: está más abierta que nunca y, por tanto, no tener un proyecto claro para salir de ella penaliza y mucho, más cuando la opción utilizada para superar la crisis sanitaria ha sido la recentralización (tanto de las autonomías hacia el gobierno del Estado como de los ayuntamientos hacia los gobiernos autonómicos). Finalmente, la tercera causa reside en la incapacidad para construir una organización potente, con candidatos reconocidos, vinculada en el territorio y que no resuelva cualquier disputa en Twitter.

De 2014 a 2020, ¿del auge al declive?

Una de las grandes novedades en la irrupción de Podemos y todas sus confluencias en el periodo 2014–2016 fue su apuesta plurinacional, que la izquierda española nunca había hecho. Aquel Podemos impugnatorio, que venía a cambiarlo todo, entendía que para cambiarlo todo era necesario empezar a aceptar España como lo que es: una nación de naciones. Esto se hacía presente en sus discursos pero, sobre todo, era demostrado a partir de sus acciones: presentando candidaturas plurales, construidas desde el territorio, con candidatos que mantenían un discurso plurinacional creíble.

La irrupción de Podemos en 2014 sorprendió, pues sus votantes y cuadros parecían haber salido de ninguna parte. Se trataba de un conglomerado casi inimaginable de socialdemócratas, soberanistas y gente de izquierdas, que durante algunos meses vertiginosos se atrevieron a empezar a imaginar un país nuevo. «Llevamos una España nueva en nuestros corazones», decían. En un momento en que los hombres y mujeres comunes sentían desconfianza ante una élite desconectada de la sociedad, muchos españoles pudieron sentirse orgullosos de que hubiera surgido algo como Podemos en su país. Un conglomerado de gente que convertía la frustración e indignación en voluntad de cambio e imaginación.

Una vez que estas fuerzas han alcanzado el Consejo de Ministras, podría parecer que la crisis democrática según la cual el Régimen excluía de manera estructural a cualquier fuerza de fuera del bipartidismo quedaba subsanada. Lo que demuestran los resultados de las elecciones generales de 2019 es que la transformación que parecía iniciar el 15M ha sido sustituida por el conflicto territorial y por el crecimiento de la ultraderecha. La competencia política en España se ha complicado extraordinariamente desde el 2015, dando lugar a un esquema de múltiples confrontaciones sobre ejes diferentes. Pero el resultado pone en evidencia una derrota cultural de las fuerzas del cambio, como ejemplifica el hecho que el partido más votado entre los nuevos electores vuelve a ser el PSOE.

En este punto, resulta inevitable preguntarse acerca de las razones por las que Podemos ha pasado, en tan solo tres años, de 72 a 35 escaños. Sabemos que la aparición de Podemos produjo cierta polarización en el escenario político y, a la vez, la incapacidad del propio partido por cumplir aquello de «asaltar los cielos» ha producido cansancio en muchos electores que se ilusionaron al inicio. Cansancio y polarización no son elementos aislados, sino que se relacionan. La polarización, de alguna manera, anula el cansancio o el efecto que produce el cansancio en los votantes. Y el cansancio, a su vez, solo se da entre aquellos votantes que optan por opciones que no se encuentran en los extremos del eje en que se articula el conflicto político principal.

En el ciclo electoral de 2014-2016, la pérdida de credibilidad de los socialistas posibilitó que Podemos pescara en estos sectores, seduciendo a las generaciones más jóvenes. De este modo, Podemos ganó las elecciones generales del ciclo en Cataluña y el País Vasco gracias a su mensaje plurinacional que irradiaba el resto del Estado. Cataluña, el País Vasco, Galicia, el País Valenciano y las Islas Baleares fueron sus feudos electorales para los comicios nacionales del 2015 y 2016. Esta fortaleza (que, a veces, estaba basada en las alianzas con fuerzas como Compromís o EnComú) se trasladó a las elecciones autonómicas de los respectivos territorios, obteniendo unos resultados mayoritariamente satisfactorios que se evaporaron en el ciclo electoral autonómico del 2020.

Y es que resulta prácticamente imposible competir por unos votantes que tienen cierta mirada plurinacional con candidaturas diseñadas en Madrid y con un discurso claramente izquierdista y poco transversal. Podemos pescaba en una bolsa de votantes con cierta sensibilidad territorial y, en lugar de potenciar los sectores de los partidos conectados con los espacios de socialización alternativos y del soberanismo, ha apostado por el paracaidismo y por colocar estructuras directivas afines a la dirección nacional. De este modo, siempre llevarán las de perder contra fuerzas como el BNG, EH Bildu o Esquerra Republicana. Y a todo esto hay que sumarle la pérdida de transversalidad discursiva. Pues la transversalidad implica, desde luego, atender demandas tradicionalmente relacionadas con izquierdas y derechas en una nueva configuración que disuelve las anteriores formaciones, y no alianzas con una de ellas en exclusiva.

¿Qué horizonte?

Si los resultados electorales demuestran el agotamiento del ciclo de impugnación iniciado con el 15-M, es obvio que este nuevo ciclo va a ser más institucional y menos impugnatorio.

El gobierno surgido de las últimas elecciones es frágil, y la mayoría parlamentaria sobre la que se asienta es inestable. Más si tenemos en cuenta que la crisis del COVID-19 empezó cuando el gobierno de coalición no llevaba ni dos meses en ejercicio. Quien más tiene que perder en esta situación es Podemos, pues sus bases son mucho más exigentes que las del PSOE y mucho menos susceptibles de soportar las contradicciones que supone gobernar. Además, durante la pandemia, los ministros socialistas han sido quienes han llevado el peso de la gestión. En ese contexto, la aplicación de medidas como el Ingreso Mínimo Vital, que era una propuesta de Podemos, ha demostrado los límites de gobernar y las tensiones entre socios de gobierno. Pero Podemos está aprendiendo a administrar bien sus silencios y a guiar su acción por aquella máxima de «haciendo más que diciendo», desmarcándose del gobierno en cuestiones muy concretas (como la regulación del precio del alquiler, o la crisis que está viviendo la monarquía española).

El pasado 21 y 22 de octubre se llevó a cabo en el Congreso de los Diputados una moción de censura de Vox al gobierno. Fue la moción de censura que recabó menos apoyos de la historia (52 votos a favor frente a 289 en contra). En las sesiones parlamentarias vimos que los engranajes de la coalición están bien engrasados. El Presidente y el Vicepresidente hicieron discursos parecidos, reivindicando un patriotismo social. Parece que en La Moncloa han entendido que el objetivo no debe ser solo frenar a la extrema derecha, sino mucho más ambicioso: construir un país más libre, más justo y más verde.

El gobierno progresista es solamente el primer paso para que la España nueva que muchos llevan en el corazón empiece a caminar. Muchos hubieran preferido que esto fuera posible en 2015 y no en 2019. Pero la realidad es más compleja y laberíntica de lo que podíamos imaginarnos entonces. En ese sentido, encontrar un modo de afirmar el poder del Estado en el «sentir popular» sigue siendo el dilema principal de quienes gobiernan.

No hay asalto a los cielos: toca una construcción más lenta. Mucha gente estará decepcionada, no lo dudo. Pero, como señalaba recientemente Pablo Bustinduy, si el acuerdo europeo de reconstrucción es finalmente como es, se debe a que el frente del sur existe. Y no es baladí recordar que los gobiernos de Italia, España y Portugal integran o dependen de fuerzas políticas nacidas de la reacción popular contra las políticas de austeridad de la anterior crisis.

Lejos queda la época de Pablo Iglesias como presentador de los debates de la La Tuerka. Si ahora, que está en La Moncloa, volviera a esos debates, seguramente podría aventurar que un partido como Podemos solo será útil en la medida que sea capaz de dibujar, acompañar y posibilitar un nuevo horizonte republicano, regeneracionista y democratizador para el conjunto de pueblos de España. Es la única forma de posibilitar una salida que resuelva las grandes crisis todavía abiertas en el Régimen del 78. Es difícil. Tiene que haber mucha voluntad y generosidad, muchos equilibrios entre la Meseta y las periferias. Pero el espacio existe y es un espacio amplio, como demostraron las primeras confluencias de 2015. Un espacio que, si es capaz de construir un discurso potente que articule las políticas verdes y progresistas con las reclamaciones de los distintos territorios, puede ser capaz de disputarle al PSOE la hegemonía de la izquierda y a la derecha la idea de España.

Existe un espacio político amplio, que va más allá de la izquierda, que va más allá del republicanismo tradicional, más allá de los soberanismos periféricos y que considera prioritario un cambio profundo del modelo; una regeneración profunda en la arquitectura institucional y política de España. Un espacio político que quiere oír propuestas valientes de futuro y no hablar de nostalgias del pasado, que quiere mirar hacia delante y no por el retrovisor. Una articulación republicana, superadora del modelo existente y confederal no solo es posible, sino necesaria. Como señala Xavier Domènech (exdirigente de Podemos en Cataluña), «si no proyectas futuro, es difícil que este acabe siendo habitable para ti».

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