Press "Enter" to skip to content
Foto de Xaume Olleros/Getty Images

Algunas lecciones de la experiencia de Podemos

Brais Fernández y Miguel Urbán, militantes de Anticapitalistas, reflexionan sobre la experiencia de Podemos. Se suman, así, a esta serie de textos que presentamos desde Jacobin América Latina y que, desde diferentes ángulos y posiciones, buscan construir un balance de la experiencia política reciente en el Estado español.

Serie: Dossier España

Hacer un balance sobre la experiencia de Podemos es una tarea fácil y difícil a la vez. Por una parte, si nos atenemos al resultado, el balance es sin duda desolador. Podemos no ha sido capaz de cumplir los objetivos para los que nació y se ha convertido, en términos de Gramsci, en un proyecto transformista. Sin embargo, su nacimiento supuso la apertura de un ciclo político inédito en España. Por primera vez en décadas, una fuerza política antineoliberal se planteó como objetivo la conquista del poder político.

Nuestro análisis tratará de moverse siempre en ese doble filo: entre la reivindicación de la audacia que supuso su formación y el reconocimiento de sus límites, errores y fracasos. Lo que nació como una fuerza para cambiarlo todo se ha convertido en una fuerza funcional al sistema que gestiona. ¿Era posible un desarrollo distinto? ¿Invalida este devenir la hipótesis de construir organizaciones políticas amplias en torno a objetivos concretos?

Estas preguntas tienen más importancia de lo que parece; sobre todo, si nos consideramos parte de un movimiento socialista y anticapitalista internacional, que busca extraer lecciones de las experiencias nacionales, ligarlas unas con las otras y establecer paralelismos razonables que permitan la discusión y el establecimiento de estrategias comunes. ¿Tiene sentido participar de forma activa en fenómenos como la campaña de Sanders, de Syriza, en la izquierda laborista de Corbyn o en movimientos como el chavismo? ¿Hasta qué momento tiene sentido participar en ellos? ¿Por qué estos movimientos no consiguen sus objetivos? O bien, ¿tenemos que situarnos al margen de estos fenómenos? ¿Cuáles son los problemas a los que se enfrentan tales experiencias? Trataremos de exponer algunas posibles respuestas a estas preguntas a través de la experiencia de Podemos.

En los orígenes de Podemos

Podemos se fundó a través de un acuerdo «por arriba» entre Pablo Iglesias y lo que, en aquel momento, era «Izquierda Anticapitalista» (actualmente «Anticapitalistas», y así nos referiremos a partir de ahora). Los relatos posteriores sobre el fenómeno, como suele ocurrir, han teleologizado Podemos: lo presentan como una idea genial por parte de un grupo de politólogos, totalmente diseñada y configurada desde el principio. Pero esa es una versión completamente falsa.

En los orígenes de Podemos convivían varias visiones sobre lo que debía ser el proyecto. Por una parte, existía la percepción de que Izquierda Unida era un proyecto completamente insuficiente para recoger el malestar y el poso dejado por el 15M. Estaba presente, así, la idea de que otro tipo de izquierda era necesaria. Y la experiencia del Bloco de Esquerda Portugués servía de ejemplo: una organización plural, con fuerte presencia pública, un discurso radical y una práctica militante estructurada en torno a un partido activista. En este mismo sentido, la emergencia electoral de Syriza sería otro proceso destinado a calar hondo sobre la hipótesis fundacional de Podemos.

Recordemos que, en 2014, Syriza era una izquierda radical agrupada, junto a sectores más moderados, en torno de un proyecto antineoliberal. Fundado en relación a la experiencia militante de organización del Foro Social Europeo en Atenas, se trataba de una experiencia que había comprendido la importancia de no subalternizarse al social-liberalismo del Pasok en su gestión de los memorándums de la austeridad. El sector anticapitalista de Podemos, entonces, organizó su visión del proyecto en torno a estos ejemplos internacionales, aunque rápidamente se vio desbordado.

Esta visión convivía con otra perspectiva: aquella inspirada en los procesos populistas latinoamericanos, que habían marcado la experiencia vital y política del grupo nucleado en torno a Pablo Iglesias y Errejón. Se trataba de construir un proyecto fluido, en torno a una comando mediático ágil y autónomo, capaz de proyectarse electoralmente a través de una relación distante pero representativa con una masa heterogénea y desestructurada. Un pequeño comando mediático capaz de introducir una cuña en el panorama político tradicional o, como denominaba el propio binomio Iglesias-Errejón, la construcción de una «maquinaria de guerra electoral».

Sin embargo, una de las principales características de Podemos en sus primeras fases fue su capacidad de desbordar todas las previsiones hechas. En realidad, por utilizar una expresión muy recurrente, «la cantidad» se transformó en «calidad». El volumen del proyecto, su impacto, la afluencia de gente, etc. desbordó a sus participantes iniciales. La cuestión también es que ese desborde fue canalizado con más habilidad por la «hipótesis populista» que por la «hipótesis anticapitalista», obligando siempre a la segunda a jugar en el marco de la primera.

Para entender las razones de esto hay que tener en cuenta las condiciones en las que había nacido Podemos. Para empezar, la única izquierda organizada que participó en la conformación de Podemos fue Anticapitalistas. Una organización de unos cuantos cientos de militantes, escasamente implantada más allá de las grandes ciudades y muy «confinada», por así decirlo, a la tradición de la izquierda radical, pero con la suficiente consciencia de la necesidad de trascenderse a sí misma en otros proyectos, sin llegar a disolverse. El resto de sectores del activismo social miraron con escepticismo u hostilidad a Podemos en sus primeros momentos. La izquierda tradicional, directamente, miraba a Podemos como un enemigo.

En cierta manera, la fase inicial de la irrupción de Podemos recuerda a cuando las CUP entraron al Parlament. Entonces David Fernández aseguro que «estresaron a la izquierda y agobiaron a la derecha». Y añadiríamos, también, que generó una ilusión y una emoción imprescindibles para construir una sensibilidad social capaz de conectar con la gente en tiempos excepcionales. A pesar de esto, las bases organizativas de Podemos, su capital inicial, era extremadamente frágil y débil para organizar el torrente humano desencadenado (otra historia es cómo los mayores detractores de Podemos, cuando vieron que Podemos era un éxito, se fueron pasando al proyecto para hacerse con puestos… esa historia, acerca de cómo el éxito atrae a los oportunistas, todavía está por contarse).

Otro factor fue el estado de las luchas sociales en el momento de la conformación de Podemos. Es cierto que hay una relación entre Podemos y el 15M. Podemos no hubiese tenido éxito sin el poso que dejó el ciclo abierto por el 15M. El 15M fue, ante todo, una expresión de la crisis orgánica que sufría el régimen español: una generación entera, golpeada por la crisis, se separó de sus partidos tradicionales. Pero el 15M y sus luchas derivadas ya atravesaban una crisis profunda al momento de surgir Podemos. Sin horizonte político, las luchas se agotaban. Podemos fue capaz de darle un nuevo horizonte a ese proceso de fondo (ganar las elecciones y abrir un proceso constituyente) pero ya no se nutría de ellas y de su radicalidad. Y ese desfasaje temporal siempre ha sido un lastre para –más allá de la retórica– vincular a Podemos a luchas sociales de masas. De hecho, si bien el inicio del 15M inauguró, recuperando palabras de Daniel Bensaïd, una cierta «ilusión de lo social» en cuanto a la autosuficiencia de los movimientos sociales y al rechazo de la cuestión política como consecuencia de toda una primera fase de ascenso de las luchas sociales, el inicio de Podemos inauguró una «ilusión de lo electoral» en donde el «asalto institucional» absorbió las menguantes energías de un ciclo político declinante.

Por último, existen factores más de fondo que tienen que ver con la estructuración política en el capitalismo tardío. La debilidad y aislamiento del movimiento obrero produce sociedades desestructuradas e inorgánicas, en las que el papel de los medios de comunicación mutan hasta ocupar el rol que anteriormente ocupaban los partidos: intelectuales orgánicos que ordenan la adhesión y generan vínculos morales entre la ciudadanía.

El liderazgo de Pablo Iglesias, más allá de la contingencia del individuo, estuvo siempre condicionado por ese marco. La habilidad para situar una figura de referencia y aprovecharla para lanzar un proceso disruptivo no estuvo nunca acompañada por una estrategia para compensar esa debilidad, si no que se alimentó conscientemente por las luchas internas. Desde anticapitalistas siempre tuvimos este elemento presente, y fue uno de los principales puntos de fricción con el núcleo dirigente de Iglesias. Nosotros entendíamos que los Círculos deberían ser un espacio de autoorganización popular que (bajo un modelo de ensayo y error) pudiera construir, desde abajo y colectivamente, una mayoría social para enfrentar el reto mayúsculo de un proceso constituyente. Los Círculos como los anclajes necesarios para ensanchar el espacio social que permitiera convertir en hegemónico un pensamiento alternativo al representado por las élites. Así como una vacuna necesaria contra los riesgos del hiperliderazgo.

Pero la enorme autoridad de la que gozaron las caras públicas no fue nunca utilizada para fortalecer el proyecto desde un punto de vista orgánico. Por el contrario, tuvo como único objetivo marginar y aniquilar a los sectores que, dentro de Podemos, apostaban por aprovechar el impulso de las masas y conformar una organización de nuevo tipo, siendo el proceso de autoorganización vinculada a los Círculos la primera victima de la «maquinaria de guerra electoral» que afianzó el modelo de hiperliderazgos a costa de la recreación y experimentación democrática que suponía el torrente social que en un primer momento se agrupó en torno a Podemos.

En este sentido, podemos decir abiertamente que las decisiones de un pequeño núcleo condicionaron el desarrollo de todo el proyecto. La paradoja es que, incluso cuando este núcleo se dio cuenta de que había ido demasiado lejos y trató desesperadamente de corregir ese rumbo, ya había destruido las condiciones de posibilidad de hacerlo. Hasta la hipótesis que finalmente adopta Podemos (gobernar con el PSOE a cambio de aceptar un rol subalterno bajo la hegemonía social-liberal) existieron múltiples intentos de organizar el proyecto desde abajo y, hasta cierto punto, rectificar las debilidades del proyecto. Pero ya era tarde, todo tiene sus momentos.

En nuestra opinión, hay una tensión entre la verdad leninista (las organizaciones se construyen si hay una acumulación previa para ello) y la verdad luxemburguista (las organizaciones se construyen durante los procesos) que, en el caso de Podemos, se resuelve de la peor manera posible. Ni el núcleo político que conforma Podemos llega con la suficiente acumulación militante para estructurar el proceso que desata, ni el proceso tuvo como intención compensar esas deficiencias. Las limitaciones de la época se combinaron con las decisiones subjetivas de la peor forma posible.

La estrategia

Hubo un momento, al día de hoy lejano, en el que la posibilidad de que Podemos ganase las elecciones pareció real. Esa efervescencia, esa «borrachera colectiva», simplificó mucho los problemas políticos en torno al cambio político en una democracia capitalista en Occidente. El debate estratégico terminó reduciéndose a dos cuestiones. En su momento álgido, toda la perspectiva de Podemos se limitaba a ganar las elecciones y abrir un proceso constituyente «para decidirlo todo». En su proceso de declive, todo el debate se redujo a si gobernar o no con el PSOE. Y, en su momento de decadencia, a cuántos ministerios le tocaban a Podemos en un gobierno bajo liderazgo socialista. Resumiéndolo de una forma gráfica, Podemos nació para «asaltar los cielos» y terminó «salvando los muebles».

Eso sí: siempre manteniendo una retórica triunfalista embriagada de un culto a la inmediatez, ligado al ritmo que marcan las redes sociales y los medios de comunicación. Así, la supuesta disputa del «relato» comunicativo se convirtió en una obsesión en donde lo urgente siempre se anteponía a lo importante. Un tacticismo sin estrategia que consiguió resultados a corto y problemas a medio plazo. O, como escribió Sun Tzu, «las tácticas sin estrategia son el ruido antes de la derrota». Porque no podemos olvidar que, más allá de que Podemos haya alcanzado importantes cuotas de representación como hacía décadas que la izquierda no conseguía en España, las hipótesis estratégicas fundacionales de no subordinación al PSOE, ruptura de régimen y procesos constituyentes han sido desterradas del horizonte político de la formación morada.

Entre los debates de fondo con repercusiones prácticas en los que Podemos ha demostrado gran debilidad, destacaremos fundamentalmente tres.

En primer lugar, una tremenda ingenuidad hacia la cuestión del Estado. La visión politicista, propia del pensamiento politológico mainstreim, considera el Estado como artefacto fluido, como «una relación social», pero sin extraer implicaciones estratégicas sobre estas afirmaciones. El nivel de dureza con el que respondió el Estado a la irrupción de Podemos no fue excesivamente alto en el terreno coercitivo, pero sí en el ideológico. En Podemos nunca hubo una discusión real y una estrategia en torno a lo que significaba que el Estado era una «condensación de la relación de fuerzas entre las clases». Las alabanzas oportunistas a la patria y a la policía, que pretendían compensar superficialmente y de forma oportunista ese déficit, ocultaron lo fundamental: la incapacidad para señalar, nuclear y ganar los elementos clave del Estado que permitiesen generar una relación de fuerzas constituyente en el seno del mismo.

Seamos claros: la judicatura, la policía y el ejército, por su composición política-ideológica y de clase, son órganos estructuralmente reaccionarios que solo pueden neutralizarse cercándolos con fuerzas sociales vivas, activas y antagónicas. Trabajadores de sanidad y educación o de la administración pública eran la base potencial sobre la que vertebrar un proceso de cambio constituyente que tuviese también fuerza en el seno del Estado. Estos sectores también eran los más proclives a apoyar lo que el primer Podemos representaba. No se hizo nada por organizarlos y dotarlos de fuerza política: cuando se ganaron algunas elecciones, como en los municipios, no había plan ni fuerza para abordar los retos que el «asalto institucional» se había fijado.

En ningún momento se sacaron lecciones de la experiencia de gobierno de Syriza, de sus dificultades para enfrentar no solo un aparato de estado hostil sino, sobre todo, para poder desarrollar una política anti austeridad en el marco de la correlación de fuerzas de la UE (en donde el Mecanismo Europeo de Estabilidad –MEDE– equivale a un tanque financiero capaz de derrocar gobiernos y políticas que no cumplan el esquema austeritario, mecanismo que se cierne ahora sobre el horizonte del gobierno de coalición en España).

Después de Syriza y Grecia, el siguiente ejemplo fueron los propios ayuntamientos del cambio que llegaron con la consigna del «Si se Puede» y terminaron asumiendo el marco de la gestión de las miserias que permitían las reglas de gasto en un resignado «no se puede», preludio de la derrota electoral de muchos de ellos. Pero lo mas peligroso de esta situación no ha sido la derrota en sí misma sino la negación de esta: la capacidad de hacer de la necesidad, virtud, decretando victorias ficticias que ocultan la dificultad y contradicciones de los procesos de cambio y que impiden extraer lecciones políticas de los procesos. Una lógica de huida hacia delante que te aleja de tu propia base social, reforzando los mecanismos de representación en contra de las dinámicas de organización popular.

El segundo tema en donde Podemos hizo agua fue en la cuestión de la economía política. El grupo dirigente de Podemos, atrapado en sus prejuicios posmarxistas, consideró siempre a la sociedad como un campo de juego politicista, en el cual el poder económico era un poder externo a combatir y no la relación social que configura el conjunto de la sociedad. Sin contar, inicialmente, con un programa económico (más allá de unas cuantas consignas básicas, como la nacionalización de la banca, auditoría ciudadana e impago de la deuda y/o nacionalización de sectores estratégicos de la economía), Podemos pasó rápidamente a sostener posiciones políticas keynesianas amparadas en una nueva operación de marketing para «socialdemocratizar» la imagen del partido y aparecer como una fuerza de gobierno.

Este revival eurocomunista afectó la orientación general del movimiento de fondo sobre el cual se sustentaba Podemos: apuntar al corazón del capital financiero. La batalla principal se desplazó hacia una visión superficial de lo institucional, entendido como una carrera para ganar posiciones en el aparato representativo del Estado. Este desplazamiento pudrió la relación de fuerzas, generando falsas sensaciones de victoria e imposibilitando relaciones virtuosas entre institución y movilización popular. El ejemplo del ayuntamiento de Madrid, donde Manuela Carmena (alcaldesa aupada por Podemos y posteriormente adscrita al «errejonismo») culminó la mayor operación inmobiliario-financiera al servicio de la banca que jamás se haya visto en España en nombre del «progreso», es un buen ejemplo de las consecuencias de esta visión de las cosas.

Por último, las particularidades nacionales del Estado España han sido un autentico campo minado para Podemos. En España existen naciones sin estado que cuentan con movimientos independentistas de masas, como Euskadi y Catalunya. En otras naciones, como Galicia, existe un fuerte sentimiento nacional. Pero la crisis del sistema político español ha extendido ese sentimiento de agravio territorial a prácticamente todas las regiones del Estado. En su primera fase, Podemos fue capaz de canalizar ese sentimiento hacia la idea de un proceso constituyente. Pero, al abandonar esa perspectiva, el malestar volvió al cauce territorial (a excepción de Catalunya, en  donde se combinó el ansia constituyente con la aspiración soberanista).

Al día de hoy, Podemos puede terminar desapareciendo en la mayoría de los territorios de España; y buena muestra de ello fueron los recientes resultados electorales en Galicia, siendo su espacio ocupado por partidos que ponen la cuestión nacional-territorial en el centro de su articulación política y aparecen como una opción mas creíble de impugnación del régimen del 78. La negativa de Podemos a explorar hasta el final la naturaleza confederal y plurinacional de los pueblos de España le ha dejado sin espacio entre los proyectos centralistas de la derecha, el proyecto de estado de las autonomías del PSOE y los nuevos o viejos nacionalismos periféricos que, al día de hoy, constituyen la principal oposición o alternativa al sistema político español.

Algunas conclusiones

Podemos ha sufrido un proceso de transformismo. Este proceso tiene dos caras. Por una parte, ha dejado de ser un partido con vocación antisistémica y constituyente para pasar a ocupar el espacio que tradicionalmente ocupó el Partido Comunista en el sistema político español, pero sin sus vínculos con el movimiento obrero: un partido de izquierdas, vagamente reformista, defensor del orden político existente, adaptado a la política económica de la clase dominante. Por otro lado, Podemos ha debilitado sus lazos con la fuerza social que lo constituyó y, al día de hoy, no es más que unas cuantas carteras ministeriales con una cierta base electoral.

Sin duda, la nueva crisis en curso implica que habrá que generar nuevos artefactos antisistémicos, aunque ya en circunstancias muy diferentes. El problema actual es que estamos en el inicio de una larga reconstrucción pero, al mismo tiempo, en una carrera contra el reloj contra una crisis de destrucción no solamente social sino también ecológica (y la pandemia del coronavirus es solo un ensayo de lo que puede suponer el colapso climático si no hacemos nada). Esta situación nos devuelve una pregunta fundamental: ¿una organización revolucionaria debería volver a apostar por un proyecto antineoliberal y antirrégimen amplio, como lo fue Podemos en sus inicios?

Nosotros lo tenemos claro, la respuesta es sí. Podemos fue una apuesta arriesgada y audaz que permitió hacer política (si consideramos a la política, como decía Lenin, como el momento en el que millones de personas se mueven). Por supuesto que hay momentos de flujo y reflujo, momentos en donde la política revolucionaria es el arte de aguantar y de mantener viva una esperanza; pero siempre con la vocación de prepararse para lo que Bensaïd llamaba «saltos»: manteniendo siempre una lenta impaciencia.

Frente a una izquierda radical cosificada, que rechaza los procesos vivos porque se cree capaz de canalizarlos por sí misma, la experiencia de Podemos permitió a un sector del socialismo anticapitalista luchar por imprimir un rumbo político transformador a un «movimiento real». Los resultados no han sido los esperados, pero hemos intentado analizar que eso fue producto de una lucha política en la cual el resultado no estaba predefinido de antemano, aunque sí sobredeterminado por sus condiciones de partida. Debemos huir en la tentación de refugiarnos en la «ilusión de lo social» producto de una derrota política que nos aboca a buscar un espacio mas cómodo y con menos contradicciones. En resumen, simplemente volver a hacer lo que hacíamos antes de Podemos no puede ser una opción.

Entre otras cosas, porque hemos entrado en una época histórica convulsa, rápida y acelerada, en la cual los estallidos sociales y el descontento político se combinan con una profunda involución civilizatoria. El gobierno progresista en España es un gobierno que está mostrando todos los límites de gobernar bajo la hegemonía del social-liberalismo. Más allá de la propaganda para autoconsumo, el gobierno del PSOE-Podemos ha sido incapaz de llevar a cabo ninguna reforma progresista significativa: el famoso ingreso mínimo vital está siendo un fracaso estrepitoso (solo el 6 % de los solicitantes lo recibe), las arcas del Estado están sufriendo un fuerte desgaste, ya que no se han aumentado los impuestos a los ricos (lo que supone un preludio a la austeridad y a los recortes), el gobierno es incapaz de frenar los cierres de empresas estratégicas (ya que se niega a cuestionar la propiedad) y ni siquiera en terrenos como la educación pública o la sanidad, más allá de una propaganda cada vez menos creíble, se nota la existencia de un proyecto antineoliberal tangible. Ni siquiera ha sido capaz de derogar la reforma laboral, una demanda histórica del movimiento obrero y que fue incluida en el acuerdo de gobierno.

La situación es, sin duda, preocupante: el fracaso y la cobardía política del progresismo podría suponer el auge de opciones reaccionarias, que cabalguen sobre la desafección y la decepción política. La debilidad del Estado y de las fuerzas políticas que proponen mejoras políticas «sin lucha de clases» abre el campo a todo tipo de opciones monstruosas. Esta circunstancia, combinada con la profunda crisis económica, social y ecológica que sufre el capitalismo (la más importante de nuestra era), abren un panorama desolador: si la historia sigue desarrollándose por su cauce natural, la conclusión lógica es el desastre. La urgencia de un freno de emergencia abre el camino a la necesidad de la apertura permanente.

La actual deriva de Podemos y su transformación en un partido débil y cada vez más insignificante no invalida la experiencia, si no que encierra lecciones para otros procesos similares que sin duda vendrán. Preparen una organización revolucionaria. Acumulen cuadros. Vincúlense a las luchas. Háganse todo lo fuertes que puedan para, cuando llegue el momento, tener la suficiente fuerza para imprimirle un rumbo a las ansias de cambio. Se trata, en todo caso, de caminar sobre la incertidumbre, sobre unas dudas que, como decía Miguel Romero, no son nuestro enemigo. Nuestro enemigo es la resignación.

 

 

Brais Fernández: Militante de Anticapitalistas y miembro de la redacción de Viento Sur.

Miguel Urbán: Eurodiputado, militante de Anticapitalistas y cofundador de Podemos.

 

 

 

Cierre

Archivado como

Publicado en Artículos, Dossier España, España, Estrategia, homeCentro3 and Política

       Suscribirse

Jacobin es una voz destacada de la izquierda que ofrece un punto de vista socialista sobre política, economía y cultura.


EN ARGENTINA

ARS$1260

1 Año : 4 Números
Suscripción Impresa + Digital

EN EL RESTO DEL MUNDO

US$ 12

1 Año : 4 Números
Suscripción Digital

J

Que «las cosas continúen así» es la catástrofe.

WALTER BENJAMIN

Ingresa tu mail para recibir nuestro newsletter

Jacobin Logo Cierre