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Una nueva generación (socialista)

El lanzamiento de una edición latinoamericana de Jacobin plantea una serie de interrogantes. ¿En qué medida el obrar de la generación norteamericana que fundó la edición original está en condiciones de hallar una réplica en las periferias en general y América Latina en particular?

All of old. Nothing else ever. Ever tried. Ever failed. No matter. Try again. Fail again. Fail better.

Samuel Beckett, Worstward Ho

El lanzamiento de una edición latinoamericana de Jacobin plantea una serie de interrogantes cuyo esclarecimiento se torna necesario si lo que se pretende es establecer cuáles son las especificidades del proyecto. La versión original de la revista apareció en 2011 en los Estados Unidos, convirtiéndose en poco tiempo en la red de comunicación de izquierdas más importante del mundo de habla inglesa. Consecuencia directa de la crisis abierta en 2008, Jacobin fue creada e impulsada por una generación que, propiciando un reencuentro con Marx, muy pronto trazaría como tarea fundamental la recuperación y rehabilitación de la empresa del socialismo. ¿En qué medida y hasta qué punto el obrar de esta generación norteamericana, referida y representada habitualmente a través del significante millennials, está en condiciones de hallar una réplica o cuanto menos un correlato en las periferias en general y América Latina en particular? Más aún, ¿podría llegar a existir algo así como una suerte de solución de continuidad transnacional entre los miembros de una misma generación?

Más temprano que tarde, toda perspectiva internacionalista que se precie de tal habrá de toparse con límites que en mayor o menor grado obstaculizarán su despliegue. Aunque en el marco de la actual inflexión (pos)fascista del capitalismo neoliberal los procesos de centralización de las periferias y periferización de los centros se han puesto cada vez más a la orden del día, las realidades de unas y de otros continúan siendo en más de un sentido divergentes y por tanto no homologables. Por más buenas intenciones que puedan llegar a tener aquellos que desean universalizar y extender a otros sitios la experiencia del socialismo millennial prefigurada en Estados Unidos, las particularidades de una región como la latinoamericana sugieren que, si tal cosa cosa es posible, lo es en unos muy diferentes términos. Y lo mismo cabe, desde ya, para lo que respecta a los neorreformismos europeos.

Restringiéndome a una porción de la historia reciente del caso argentino –es el que conozco–, y dejando por ende algo de lado la pregunta programática de cómo lidiar productivamente con estos términos, en lo que sigue intentaré arrojar algo de luz sobre ellos. La intención, vale decir, es poner a disposición un conjunto de archivos y ofrecer algunas periodizaciones, cartografías e hipótesis de lectura –una serie de apuntes generacionales, mejor dicho– que considero relevantes para pensar las condiciones de posibilidad de un nuevo comienzo de la cultura socialista, democrática y revolucionaria en el subcontinente.

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Boomers, millennials y centennials son algunas de las nominaciones resultantes de un fraccionamiento orientado por la charlatanería del marketing y una más amplia distribución de pautas de consumo, el cual proviene y se adecúa, sobre todo, a las realidades de los centros del sistema-mundo. La edad o el año de nacimiento biológico no pueden ser las pautas preponderantes para constituir y clasificar una generación. Antes que por la “fecha de nacimiento”, escribe Omar Acha en La nueva generación intelectual, una generación se caracterizaría por la “relación entre pensamiento compartido y realidad social”, por el tipo o modalidad de subjetivación tramada en ese mismo impasse. Se trata, en otras palabras, de algo en lo que se adviene o deviene. A su manera, esto quiere decir que hay un momento de verdad en el discurso del marketing, pues la tipificación y diferenciación derivadas de la segmentación de clientes por él propuesta suponen un implacable recordatorio de que hay algo irreconciliable entre los que, por ejemplo, nacieron en los setenta y se formaron en los noventa y los que lo hicieron en los ochenta e iniciaron sus trayectorias, carreras y militancias en algún momento de la primera década del nuevo milenio.

Ahora bien, el concepto de generación de las cuales se derivan las nominaciones referidas –y esto es sabido al menos desde los tiempos de Karl Mannheim– es problemático no sólo debido a la discrecionalidad y toma de decisiones arbitrarias que son inherentes a su uso. Hay un inconveniente más general asociado al empleo de la noción, y es que, entre otras cosas, ella tiende a esconder la importancia del corte estructural resultante de la diferencia de clases sociales, reemplazándolo por una segmentación demográfica de tipo etario. En tanto y en cuanto se halla impregnada por una ideología consumista que se basa en un supuesto desarrollo paralelo entre individuos y épocas; en tanto y en cuanto oscurece que, en última instancia, son los cambios de los patrones de acumulación del capital los que determinan y actúan como condición de posibilidad de los climas culturales y las estructuras de sentimiento de un período, la idea provee un marco falso.

Como sea, la llamada generación X –y la insistencia en el nombre obedece a que, en principio, no hay a la mano otro nombramiento posible– es la que, al menos en Argentina, protagonizó la transición que va desde la secuencia que, recientemente, el investigador y escritor Diego Sztulwark tematizó bajo la seña del “estallido de las subjetividades en crisis” a la de “la formación de una voluntad de inclusión”. Si hay algo reconocible en el grueso de los izquierdistas que resistieron las políticas neoliberales de los años noventa y participaron en las fiestas callejeras de 2001 transcurridas poco antes de las fiestas propiamente dichas, y que por tanto los aúna, es una cierta cesión en el intento de ponerse a distancia del Estado. En algún punto se adueñó de ellos, en efecto, una suerte de deseo de normalidad: el deseo de la construcción de un buen Estado que hiciera factible la inclusión de los excluidos.

En el país del Cono Sur latinoamericano, el gran exponente del pensamiento sin Estado fue (y continúa siendo) Ignacio Lewkowicz. En su libro póstumo Pensar sin Estado, el historiador de la subjetividad propuso la hipótesis de que, después de 2001, lo único que quedaban eran las marejadas del mercado –esto es, su fluidez–, de manera tal que ya no tenía sentido –en rigor, no se podía– pensar desde, a partir de y/o para el Estado. Luego de la trágica y prematura muerte del autor, esta hipótesis de investigación sería heredada de las más diversas maneras. Si bien, en principio, lo que tendió a primar a la hora de hacer algo productivo con ella fueron las lógicas teórico-políticas autonomistas en las que de alguna manera la misma se inscribía, con el tiempo pasaron a predominar otro tipo de lecturas –promovidas o protagonizadas, en muchos casos, por ex participantes de los grupos que Lewkowicz animaba en su mítico Estudio de la ciudad de Buenos Aires–, con las que a su vez venía dada una torsión o desplazamiento fundamental: un movimiento normalizador que suponía un retorno al Estado, el despertar de una nueva confianza en él y su capacidad restitutoria a la hora de atender y hacer concesiones a las masas.

Se podría hacer toda una investigación en clave genealógica sobre las trayectorias en las que, en el curso que va de 2003 a 2015, operó un pasaje desde el distanciamiento con respecto al Estado hacia su abrazo –vale decir, desde un antiestatismo y apartidismo muchas veces sectario hacia un estatismo pragmático, timorato, patético. A fin de cuentas, la tragedia de lo que en Desde abajo y a la izquierda Mariano Pacheco ha llamado “corriente autónoma de los nuevos movimientos sociales”, “nueva izquierda autónoma” o “izquierda independiente” –esto es, el itinerario por ella explorado– puede sustraerse a ese pasaje.

Una de las formas de heredar a Lewkowicz se plasmó en la propagación de la forma colectivo. Tanto ella como la más genérica práctica de la investigación militante –la cual, por lo demás, hunde sus raíces en el maoísmo (“quien no ha investigado no tiene derecho a opinar”, sentenció alguna vez el Gran Timonel)– fueron parte de una manera de intervención –una verdadera praxis– que cuajó ante la inminencia de la crisis, terminando de emerger con todo su esplendor luego de 2001. Aquellos convulsionados años estuvieron signados por la proliferación de todo tipo de experiencias colectivas mediante las que se intentaba articular las luchas en curso con ciertas ideas. En deuda con Lewkowicz pero sobre todo con Miguel Benasayag, el Colectivo Situaciones se destacaría como una de las más emblemáticas de ellas.

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En términos generacionales, por supuesto, hay un abismo entre Lewkowicz y el Colectivo Situaciones y todos los que de una u otra manera siguieron a aquél. El historiador argentino no fue parte de los que iniciaron sus carreras y militancias durante los años noventa. Lo fue de quienes lo hicieron –y deberían haberlo hecho, pues se trata de aquellos que fueron adolescentes y entraron a la vida adulta en medio de la última dictadura cívico-militar, y en consecuencia lidiaron desembozadamente y sin mediaciones con la experiencia de la represión y el exterminio– en la década de 1980. De esta corroboración resultaría que nos hallamos ante dos generaciones claramente distinguibles, siendo la de Lewkowicz, en lo fundamental, una generación (en su mayoría) ausente –esto es, como diría Néstor Kirchner en su discurso de asunción presidencial de mayo de 2003, una generación sacrificada o sacrificial, “diezmada” y “castigada”, “que puso y dejó todo”.

De aceptar esta hipótesis, de lo que en definitiva se trataría es de determinar cómo unos y otros procesaron productivamente la ausencia en cuestión, identificando y registrando los (des)encuentros acontecidos a partir de la misma. Considero que es más productivo, sin embargo, hacer hincapié en las continuidades antes que en las discontinuidades presentes en, de un lado, aquellos que nacieron a fines de los cincuenta y principios de los sesenta y, de otro, en los que lo hicieron en la década de 1970. Lewkowicz y muchos de los que vinieron después suyo forman parte de una cierta experiencia generacional más o menos común debido al sitio en el que el acontecimiento de 2001 los encontraría, cosa que se relaciona, además, con la construcción de una amplia memoria postdictatorial que tiene a las Madres, las Abuelas, los HIJOS, los Nietos, las historias desobedientes y una más general pérdida de temor como hitos principales y que, en lo esencial, al día de hoy se mantiene viva.

En contraposición a esta experiencia compartida, los millennials se revelan como una generación descompasada, a contra o fuera de tiempo, que se empecina en llegar tarde a la cita. Hablo de una generación que no es en verdad una generación, pues su única singularidad es la de encontrarse entre dos momentos claramente discernibles, sin ser realmente parte o partícipe de ninguno de ellos. Sus integrantes se posicionan en los bordes y límites: siempre afuera y adentro de algo, excluidos e incluidos, por realmente muy poco. Se trata, propongo, de aquellos que nacieron ya en democracia –es decir, luego o muy cerca de diciembre de 1983– pero antes del colapso euro-soviético y, por añadidura, del final de lo que Eric Hobsbawm ha dado en llamar corto siglo XX –esto es, antes o incluso durante la serie 1989-1991–, y, en consecuencia, se formaron mayoritariamente durante la década de 2000. Atrapados entre dos mundos –el que se conformó, de un lado, durante lo que Alain Badiou denominó el siglo de “la pasión de lo real”, y, de otro, el que brotó tras la instauración de lo que Mark Fisher llamó “realismo capitalista”–, las experiencias en cuestión estuvieron signadas –entiéndase bien: más que otras, pues todas en un punto lo están– por algo del orden de la melancolía e incluso la depresión. En efecto: en el mundo político-intelectual de las izquierdas, millennials son quienes eran demasiado chicos como para salir a tirar piedras en diciembre de 2001, y, a la vez, demasiado grandes como para que algo de sus trayectorias vitales pudiese desplegarse sin la marca de lo ocurrido entonces. Se trata, en otras palabras, de los que se perdieron la fiesta –la de diciembre de 2001 pero también la del menemato–, los que vieron los cacerolazos, los piquetes y los saqueos por televisión y no tuvieron más alternativas que (ad)venir después.

En breve: al menos en Argentina, los millennials pueden ser tenidos como los que nacen en la década corta que va de 1983 a 1989-1991, transcurren su niñez en la larguísima década de los noventa, subjetivamente se constituyen como tales en medio de la crisis del 2001 y la consolidación –a falta de otro nombre, lo llamaré así– de un Estado posneoliberal, y vagan, por añadidura, en la tierra de nadie que se ubica entre ambas situaciones. Tienen también muy poco que ver, en consecuencia, con aquellos jóvenes viejos de esa otra generación que despertó a la vida política luego del conflicto de las patronales agrarias de 2008 y asumió toda la responsabilidad que el caso ameritaba, gestándose así –para utilizar la terminología propuesta por Damián Selci– un movimiento que va “del pueblo a la militancia”. Un mundo los separa, finalmente, de la otra fracción de esta misma generación “post-alfabética” –de esa manera es cómo podría denominársela siguiendo ahora a Franco ‘Bifo’ Berardi– en la cual cuajó o tomó cuerpo un cierto deseo de neoliberalismo y derecha democrática –esto es, una suerte de “deseo micropolítico de integración al mercado”. De acuerdo con lo que Sztulwark plantea en La ofensiva sensible, podría decirse que tanto en la generación que protagonizó el pasaje de la crisis a la voluntad de inclusión como en ambas cohortes referidas de los centennials o zoomers –de ese modo denominan a esta otra generación Z, fragmentada o engrietada, nacida en los noventa y formada por ende durante la década de 2010, los expertos en mercadotecnia y big data– lo que de fondo se encontró operando fue un deseo más amplio de normalidad: un deseo, vale decir, por que el 2001 consiguiera ser dejado atrás para así entonces, de una buena vez por todas, dar paso a un país normal.

Desde ya que el pintado hasta aquí es un cuadro muy general y que hubo casos y casos. Las trayectorias particulares de muchos no tienen por qué coincidir o amoldarse a los rasgos más o menos universales de sus respectivas generaciones. Puntualmente en la generación de Lewkowicz –y, como espero que haya quedado claro, me refiero a ella como la generación de Lewkowicz por pura operatividad: es, desde ya, la generación de muchos otros y otras cuya producción configura una suerte de canon para los millennials argentinos con alguna sensibilidad de izquierda–, hubo quienes supieron problematizar críticamente el tránsito hacia la normalidad inclusiva y por añadidura resistieron y tensionaron, en clave de autoafirmación situacional y enfrentamiento de la indeterminación, el proceso de desarticulación subjetiva desatado después de 2001.

Por otra parte, hay que decir que no todos los centennials devinieron militantes estatistas o desearon integrarse al mercado ni, en último término, fueron los únicos que lo hicieron –si lo primero hubiera sucedido, por ejemplo, no nos encontraríamos donde hoy nos encontramos, experimentando una suerte de empoderamiento y/o retorno al Estado de la voluntad de inclusión. En cualquier caso, siempre hay un conjunto específico de marcas actitudinales que, en cada momento, resultan identificables y por ende generalizables. La generación de los millennials argentinos de izquierdas se distingue de todas las demás por ciertas estructuras de sentimiento que le son exclusivas, y que, en gran medida, creo, se relacionan con las dimensiones de la melancolía y la depresión, y, sobre todo, el pasaje sobrepujante de una a la otra. En breve, la tragedia de éstos es la de estar demasiado cerca de la generación X y demasiado lejos de los zoomers –que, a fin de cuentas, es la de todos los que vienen después de ellos.

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 Si, como han propuesto Michael Hardt y Antonio Negri –los pensadores de la generación X–, el socialismo se rige por la regla de la propiedad pública –eso es lo que en definitiva lo diferencia de la forma de vida capitalista, en la cual señorea el régimen de lo privado–, una apuesta por su renovación como proyecto emancipatorio radical –y permítaseme aclarar que los autores de Imperio, Multitud y Commonwealth no se inclinan por ello sino más bien por la posibilidad de lo común del comunismo– debería eludir recaer sin más en una reivindicación del Estado y las lógicas de la regulación estatal. El ciclo progresista o populista de izquierdas sudamericano que sería determinante para las experiencias de Syriza en Grecia, Podemos en el Estado español y las fallidas candidaturas de Jeremy Corbyn en el Reino Unido y Bernie Sanders en los Estados Unidos, dejó como saldo una conservación y un fortalecimiento de lo que Verónica Gago ha dado en llamar “razón neoliberal”. Y ello no se debió a un déficit o falta del Estado sino, por el contrario, a un superávit o exceso de él. Si bien, por arriba, éste pudo haber llegado a resistir e incluso desmantelar ciertas lógicas del neoliberalismo –una presunción obviamente discutible–, es claro que, por abajo –a nivel de las subjetividades, los afectos, etc.–, las robusteció y perfeccionó. En un punto, entonces, hizo las veces de su mejor complemento.

Un nuevo comienzo del socialismo en América Latina supondría no caer por enésima vez en la por lo demás imposible tentación del fétido Estado westfaliano sino, en verdad, dirigirse a lo que, en términos tanto históricos como subjetivos, se halla antes de ella –esto es, la crisis– para mantenerse en su inmanencia. En otras palabras, la intención de suscitar un encuentro productivo con la generación de Lewkowicz –de eso en definitiva es de lo que se trata–, que no abreve en una lisa y llana reivindicación de lo que Nick Srnicek y Alex Williams denominan “política folk” –hay que evitar a toda costa la tentación del Estado pero también la de “cambiar el mundo sin tomar el poder”–, está alentada por el hecho de que, aún hoy, la misma se halla determinada por la experiencia de una derrota en cierto sentido fundante; a saber: aquella tematizada anteriormente como una cesión en el intento de pensar sin Estado.

Siguiendo lo que Bruno Bosteels plantea en el marco de su proyecto de una “genealogía crítica del giro ético” de la filosofía continental contemporánea, podría decirse que, más que una cesión, la derrota referida consistió en una defección: el apartamiento desleal o vergonzante de una causa a la que solía pertenecerse, o, en todo caso, la negación de la existencia en cuanto tal de esa causa perdida. En efecto: la experiencia generacional referida es menos la de una derrota y más la de un abandono, un repliegue o una retirada. El vocablo francés défaite con el que juega Bosteels, de hecho, posee una doble acepción, aludiendo tanto a la derrota propiamente dicha como –a través de una de las conjugaciones posibles del verbo défaire– a la acción de deshacer, desanudar o desmontar, por lo que una buena traducción al castellano de la palabra podría ser, tranquilamente, defección.

Que el último libro publicado en vida por alguien como León Rozitchner esté dedicado a la derrota y los vencidos revela que éstos fueron los problemas que atormentaron no a los que vinieron inmediatamente después de él sino, en verdad, a los de su propia generación. Más que el de una derrota, el derrotero de la generación de Lewkowicz –su sucumbir ante la tentación del Estado– ha sido el del desarrollo de un conjunto de prácticas y saberes que dieron lugar a posiciones derrotistas que, a su vez, generaron efectos de bloqueo e inhibición en los que llegaron más tarde. La trayectoria compartida por varios habla de la vergüenza en la que la revolución se habría convertido; no de la rabia y el coraje que se vivencian acto seguido a la derrota sino de un paso en reversa, defeccionante, domesticado, de-generado y en apariencia irreversible, que iría del duelo a la melancolía para extenderse de allí a la depresión.

Ahora bien, la cita en clave realista y materialista que los millennials deberían tener con la generación en cuestión a los fines de renovar la cultura socialista ha de ser pautada no bajo el pretexto moralista de determinar qué está mal en unos y qué está bien en otros. Si hago hincapié en una derrota –es decir, en una huida o un apartamiento– es para honrar el “secreto compromiso de encuentro” entre generaciones del que hablaba Walter Benjamin en sus Tesis de 1940. Su cumplimiento supone rememorar no los triunfos sino los fracasos, atendiendo a lo que insiste en ellos para intentarlo otra vez y, en todo caso, como dice Samuel Beckett en Worstward Ho, fracasar mejor.

Por un nuevo comienzo del socialismo, entonces.

Manos a la obra.

Cierre

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