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17 de octubre: una historia desde abajo

El nacimiento político y social del peronismo en las jornadas que rodearon al 17 de octubre de 1945 fue un acontecimiento de masas en el que es inútil rastrear un actor individual o una élite organizadora.

El siguiente es un fragmento de La Argentina peronista: Una historia desde abajo (1945-1955), de Omar Acha, Red Editorial, 2019.

 

Brevísima crónica del primer peronismo

Para entender el peronismo es preciso retroceder tres años de la asunción presidencial de Perón que tuvo lugar el 4 de junio de 1946. Ese mismo día de 1943, el presidente conservador Ramón Castillo fue derrocado por un movimiento militar. Orientado por un grupo de oficiales nacionalistas, el GOU, el objetivo inmediato del pronunciamiento fue neutralizar la sucesión gubernamental en manos del pro-Aliado candidato Robustiano Patrón Costas. Debido a desinteligencias respecto de algunos nombramientos, el militar de mayor graduación del golpe, el general Pedro Ramírez, fue rápidamente desplazado por el general Edelmiro Farrell.

El gobierno de facto fue apoyado por las grandes corporaciones y por la Iglesia católica, para la cual el último día del año se decretó la obligatoriedad de la enseñanza religiosa en las escuelas. Sin vacilar, se desplegó una política represiva contra un sector del movimiento obrero organizado en la CGT y contra las izquierdas. A fines de octubre ingresó al gobierno el más brillante integrante del GOU, el coronel Juan Domingo Perón, en un cargo en apariencia menor: la dirección del Departamento Nacional del Trabajo, pronto transformado en Secretaría de Trabajo y Previsión. Esa designación convirtió a Perón en el interlocutor del sindicalismo obrero, aunque el funcionario intentó vincular a la Secretaría con las representaciones institucionales de todas las clases sociales.

Durante 1944 y 1945, en la crítica condición que la derrota del Eje fascista en la Segunda Guerra Mundial impuso a un gobierno militar de signo neutralista, la figura de Perón no cesó de consolidarse y acumular posiciones administrativas. A su tarea en la Secretaría se añadieron el puesto de ministro de Guerra y la vicepresidencia. La aspiración de concitar apoyos de todas las clases sociales en su proyecto político se vio limitada debido al rechazo suscitado por sus ánimos redistribuidores inspirados en el catolicismo social y el intervencionismo estatal tan difundido en la época. Perón destacó la ecuanimidad de su Secretaría en un célebre discurso ante los acaudalados socios de la Bolsa de Comercio porteña, el 25 de agosto de 1944:

 

“Muchos de los señores que están aquí habrán asistido a nuestro trabajo. En ese sentido, vamos realizando una justicia distributiva y evitando que esto que puede ser un negocio transaccional, se transforme en una huelga con tiros, y en tantas cosas desagradables. (…) Creo, señores, que en cuanto se refiere a su acción, la Secretaría de Trabajo y Previsión no puede presentar ningún inconveniente, ni para el capital ni para el trabajo. Procedemos a poner de acuerdo al capital y al trabajo, tutelados ambos por la acción directiva del Estado, que también cuenta con esos convenios, porque es indudable que no hay que olvidar que el Estado, que representa a todos los demás habitantes, tiene también allí su parte que defender: el bien común, sin perjudicar ni a un bando ni a otro”.

 

El mensaje fue mal recibido. Durante 1945 Perón fue fustigado por las “Fuerzas Vivas”, esto es, las grandes corporaciones empresariales, los medios de prensa más prestigiosos y fue visto como un enemigo residual por la Embajada norteamericana. El coronel fue obligado a fortalecer su vínculo con los sindicatos y a adoptar una actitud más populista-obrerista. Tras la derrota definitiva de Alemania y Japón en la guerra, el gobierno y especialmente Perón se descubrieron cada vez más aislados por una movilización social y una crisis de dominación.

El 9 de octubre Perón fue separado de todos sus cargos y, tres días más tarde, recluido por sus propios camaradas de armas, presuntamente para protegerlo de sus belicosos enemigos en la Marina. El 16 de octubre la CGT decidió la convocatoria a una huelga general para el día 18 con consignas tendientes a sostener las conquistas recientemente prometidas.

El 17 y 18 de octubre tuvieron lugar en varias ciudades del país, con un epicentro en Buenos Aires, movilizaciones que exigieron la liberación de Perón, en ese momento demorado en el Hospital Militar. Poco antes de la medianoche del 17, Perón se dirigió a la mediana multitud reunida en la Plaza de Mayo. Comenzó inmediatamente su campaña política hacia la presidencia para la que se edificó una semana más tarde el Partido Laborista. Se sumaron al laborismo un sector del radicalismo, la UCR-Junta Renovadora, y otros núcleos independientes. La oposición compuesta por los partidos radical, socialista, comunista y demócrata-progresista constituyó la Unión Democrática. El 24 de febrero de 1946 la fórmula Perón-Quijano se impuso sobre el binomio José Tamborini-Enrique Mosca.

El ascendido general Perón tomó posesión del cargo presidencial en junio de 1946. Un mes antes había disuelto el Partido Laborista y creado el Partido Único de la Revolución Nacional, el que dará paso al Partido Peronista en febrero de 1947. Dos años más tarde fue constituido el Partido Peronista Femenino. En 1950 ambos partidos, masculino y femenino, se incorporaron, junto a la CGT en términos de vertiente sindical, como las tres ramas del Movimiento Peronista.

Las concepciones de un Estado interventor y planificador, la disponibilidad de recursos en la inmediata postguerra y la expansión institucional de las últimas décadas modificaron la relación entre sociedad y Estado: los planes quinquenales, la nacionalización de los servicios públicos, de la banca y el comercio exterior, consolidaron desde la reforma constitucional de 1949 una efectiva presencia estatal en todos los órdenes sociales. El sindicalismo se extendió al plano nacional y multiplicó el número de sus afiliados, así como el alcance de sus obras sociales. Surgió Eva Perón como fuerza política promotora del Partido Peronista Femenino y la Fundación de Ayuda Social que llevó su nombre. Impulsado por la Primera Dama, el sistema democrático representativo progresó enérgicamente con la sanción del voto femenino en 1947 y la provincialización de dos territorios nacionales en 1951: Chaco y La Pampa. El sendero de innovaciones se hizo sistema con la reforma constitucional de 1949 bajo los lemas de “la Nueva Argentina” y “la Constitución de Perón”.

Tres años después de iniciado el gobierno, la economía peronista verificó limitaciones de inversión de capital y una dinámica inflacionaria, en el curso de una modificación de los términos de intercambio en el comercio exterior. Esto no impidió la reelección presidencial de Perón en noviembre de 1951 con un porcentaje electoral mayor al de 1946. El segundo gobierno de Perón fue sin embargo incapaz de sortear las consecuencias generadas por las dificultades económicas y políticas. Desde septiembre de 1951, una fracasada intentona militar fue ocasión para instituir un “Estado de guerra interno” (condición que perduró hasta 1955) y una hostilidad más intransigente hacia la oposición. La relación de colaboración entre peronismo y catolicismo –heredada del régimen de 1943– comenzó a revelar fracturas. Las huelgas obreras se incrementaron. No obstante, el movimiento peronista no cesó de crecer. Se proyectó un Segundo Plan Quinquenal para el lapso 1952-1957.

El sindicalismo se fortaleció y concentró su poder en la cúpula de la CGT. En las elecciones para elegir vicepresidente, en abril de 1954, el peronismo venció nuevamente. Desde noviembre se desarrolló una tensión creciente con las asociaciones católicas laicas de clase media. Durante la primera mitad de 1955 se extendió un clima de rumores y de conspiración más o menos declarada, liderada por la oposición católica pero a la que se plegaron todas las otras fracciones antiperonistas.

En junio tuvo lugar un primer pronunciamiento golpista durante la cual se bombardeó la casa de Gobierno y una Plaza de Mayo en la que se congregaban manifestantes en apoyo al gobierno. Con timidez la CGT propuso a Perón resistir, ante lo que el presidente procuró contener la disputa en el plano institucional. Declaró finalizada la “revolución peronista” y cedió espacios a los líderes opositores para dirigirse por radio a toda la población. En sus alocuciones esos políticos se mostraron inconmovibles en su impugnación del gobierno. En un discurso pronunciado a fines de agosto, el presidente aprestó a sus seguidores a un enfrentamiento de creciente violencia verbal. Un nuevo golpe militar con el apoyo de “comandos civiles” triunfó en septiembre de 1955 derrocando al gobierno y obligando a Perón a partir al exilio.

El comandante golpista, el católico y nacionalista general Eduardo Lonardi, proclamó con ánimo contemporizador que no había habido “Ni vencedores ni vencidos”. Citaba con ello lo que Justo José de Urquiza había afirmado tras la derrota del ejército rosista en 1852. Desde mediados de noviembre de 1955 se produjo un desplazamiento del sector lonardista en la “Revolución Libertadora”, en beneficio del general Juan Carlos Aramburu y el almirante Isaac Rojas. Una Comisión Investigadora fue creada para juzgar los crímenes atribuidos al peronismo. Desconocidas las dirigencias peronistas tras la disolución de los partidos peronistas masculino y femenino, desbaratada la Fundación Eva Perón, intervenida la CGT y enjuiciada buena parte de las élites gobernantes del peronismo en desgracia, la resistencia solo podía llegar desde otro ángulo del movimiento en crisis. Con el decreto 4.161 de marzo de 1956 el nombre de Perón y los símbolos peronistas fueron prohibidos. Se intensificó el desarrollo de la acción clandestina vinculada a la resistencia peronista.

El 9 de junio fue desarticulado un levantamiento militar peronista. Fueron ejecutados su comandante, el general Juan José Valle, varios oficiales y una docena de civiles. El gobierno militar convocó a elecciones para la convención constituyente de 1957. El voto en blanco promovido por el peronismo obtuvo la primera minoría. Fracasó un congreso normalizador de la CGT y el movimiento obrero se dividió entre los gremios “democráticos” y los opositores, peronistas y comunistas, los primeros de los cuales derivaron en las “62 Organizaciones”. Desde el exilio, Perón acordó un pacto con el radical intransigente Arturo Frondizi. A cambio de los votos peronistas éste debía normalizar la CGT y legalizar al partido peronista. El conflicto social ocasionado por el plan de ajuste frondizista y la represión debilitaron al presidente, quien fue recluido por los militares en la Isla Martín García tras la victoria electoral peronista en las elecciones provinciales de marzo de 1962.

¿Qué es una historia desde abajo?

La crónica recién leída repone en pocas palabras la representación histórica más conocida del primer peronismo. Puede observarse en ella una construcción desde arriba. Los protagonistas son “grandes individuos”, de alguna u otra manera ligados al Estado y a la “gran política”.

Una historia desde arriba genera una narración tradicionalmente política e institucionalista. Los actores centrales son las dirigencias, las organizaciones mayores, las instancias de representación formalizadas, las corporaciones de alcance nacional. Esa historia es tan importante por lo que incluye como por lo excluido. Sobrevalora la trascendencia de los individuos institucionalizados (estadistas, militares, clérigos) e invisibiliza las eficacias agregadas de las interacciones mínimas.

Pero hay otras historias posibles. Incluso desde un “arriba” impersonal. Por ejemplo sería viable representar al peronismo del periodo 1945-1955 como una variante más de los casos del populismo latinoamericano desarrollado durante los primeros setenta años del siglo XX. En efecto, el peronismo ha sido comparado con el varguismo brasileño y el cardenismo mexicano, en referencia a los gobiernos de Getúlio Vargas y Lázaro Cárdenas. Se trataría de maneras de reorganizar el orden social gracias a la intervención estatal luego de la crisis en la inserción de los nuevos países latinoamericanos en el mercado mundial capitalista, la vertiginosa incorporación de población en los centros urbanos, el desplazamiento de las viejas élites por nuevos sectores anti-statu quo, el nacionalismo y la industrialización sustitutiva de importaciones. En razón de la escala de análisis utilizada, también suelen soslayarse los protagonismos exiguos. La participación de la clase obrera y el campesinado, de las y los pobres, brota a lo sumo como un coro, masa clientelar, carne de cañón o sujetos de reconocimiento estatal.

Para ofrecer una mirada alternativa recurriré a la historia desde abajo. ¿Qué es eso?

Por historia desde abajo se entiende una ya amplia tradición de investigación y narración históricas en las que se intenta quebrantar las complacencias de la “historia de los grandes hombres” o de “las amplias estructuras”, para recobrar las vidas y acciones de los sujetos olvidados por la historia institucional. No se trata de observar solo otros aspectos de la realidad y actores invisibilizados por las lecturas obnubiladas por la historia política tradicional. La propuesta consiste, más bien, en analizar lo histórico de un modo diferente. No se propone entonces perfeccionar el cuadro trazado por la historia desde arriba, agregando algo marginado (pues eso completaría el relato sin cuestionarlo, añadiendo el mencionado coro), sino de contar otra historia, de apelar a una interpretación diferente.

Voy a sostener que sin una atención central a las acciones menores es inviable comprender momentos cruciales del primer peronismo, tales como el 17 de octubre de 1945, la vida obrero-sindical, la caída del gobierno en 1955 y la llamada resistencia peronista. La clase obrera será por eso una partícipe activa de este libro, mientras que Juan Perón y Eva Perón, así como las imágenes tradicionales del Estado peronista, permanecerán en segundo plano.

Al situar en el trasfondo a los individuos estatales principales del drama argentino no pretendo negarles protagonismo. Me interesa mostrar que ese protagonismo presupone otro conjunto más denso y proliferante de acciones en las cuales la clase obrera fue actriz decisiva. Por lo tanto, no me esfuerzo por reemplazar un gran sujeto (Perón, Evita, el Estado, las Fuerzas Armadas) por otro (la clase obrera). Procuro dispensar fuerza explicativa al nivel interindividual e intersubjetivo en los grandes hechos históricos. De tal modo, la clase obrera adquiere una efectividad propiamente histórica, en algunos instantes superior a las estructuras invisibles, a las instituciones dominantes y a los individuos prepotentes.

Una vez más: ¿por qué es importante elaborar una historia desde abajo? Básicamente porque las historias tradicionales del peronismo impiden comprenderlo como proceso histórico y como fenómeno político-cultural. Es usual en esas historias que se pretenda relatar la historia basándose en los discursos de Perón, en las planificaciones estatales, en los textos e imágenes de propaganda, en las decisiones macropolíticas. No es solo evidente que allí falta lo esencial, a saber, cómo fueron los contextos e interpretaciones de esos discursos, decisiones e imágenes. Las narrativas desde arriba también evitan la tarea de detallar las tramas de acciones en las que se generaron las condiciones de enunciación y acción, la interacción de proyectos e instituciones, los múltiples ámbitos en que se produjeron las realidades.

Entiendo que una historia desde abajo no es un mero complemento de una historia desde arriba unilateral y bastante atolondrada. Es otra historia. Me corrijo. Es también una mejor historia.

¿Qué fue el 17 de octubre de 1945?

Los hechos

La historia tradicional sintetizada en el primer capítulo es perezosa. Renuncia a comprender el enigma de cómo se produce lo inesperado en la historia.

Pienso que también reprime una historia más verídica y contemporánea: ya he dicho que no intento aquí sostener la inverosímil idea de que Perón y el Estado fueron irrelevantes para la historia del peronismo. Sin embargo, es evidente que la centralidad indiscutida de Perón en el peronismo es una narrativa construida después de sucedidos los hechos e impuesta a los mismos una vez que fue gobierno. También los relatos antiperonistas contribuyeron a instalar la idea de un peronismo emanado de la voluntad irrestricta de Perón, del Estado y de la propaganda.

El nacimiento político y social del peronismo en las jornadas que rodearon al 17 de octubre de 1945 fue un acontecimiento de masas en el que es inútil rastrear un actor individual o una élite organizadora. Por supuesto que encontramos candidaturas a ocupar ese rol: Eva Perón, el gremialista de frigoríficos Cipriano Reyes, la CGT, y algunos otros actores más. Salvo Eva Perón, quien tuvo un papel marginal, es posible que numerosos individuos y grupos organizados, algunos de ellos desde el propio Estado militar, hayan confluido en alguna medida en la génesis de las manifestaciones que condujeron a la liberación de Perón y al reinicio de su carrera política. También produjeron efectos quienes dejaron hacer, quienes no reprimieron a las columnas en marcha.

Tras su destitución, Perón organizó un acto de despedida de su cargo en la Secretaría de Trabajo y Previsión. Convocó para el día siguiente, el 10 de octubre, a que los sindicatos afines manifestaran su solidaridad con la gestión del funcionario saliente. Evidentemente el coronel no había perdido toda influencia en el gobierno. Perón reivindicó la tarea realizada desde la Secretaría y anunció la firma de un decreto con mejoras salariales para los trabajadores. El mensaje fue también la promesa velada de un regreso electoral y un pedido de calma. El coronel creía estar solo momentáneamente derrotado y no deseaba conflictos que obstaculizasen su porvenir político. Pronunció una famosa frase: los trabajadores debían ir “de la casa al trabajo y del trabajo a la casa”.

Los enemigos de Perón, concentrados en la guarnición de Campo de Mayo, pensaban otra cosa. La carrera política del ávido coronel debía ser tronchada para siempre. En los días siguientes fue presionado hasta la amenaza personal para abandonar toda aspiración gubernamental. Dubitativo respecto del alcance de su apoyo en la clase obrera y los sindicatos (que no tenían el poder detentado pocos años más tarde), Perón era demasiado previsor para lanzarse a una aventura en la que tenía demasiados enemigos. Deprimido, sus apetencias se ajustaron al ideal de casarse con la joven actriz Eva Duarte y dedicarse a modestas tareas agropecuarias en la Patagonia.

En los días siguientes, numerosos rumores y contactos, múltiples flujos de información y opiniones, fueron creando la convicción, opaca pero creciente, de que desde la clase obrera algo debía hacerse pues la revancha contra Perón se había revelado como algo más: era el contragolpe contra la clase obrera por parte de una patronal vengativa. Desacostumbrada a ceder y siquiera dialogar con la clase trabajadora a través de sus órganos colectivos, la burguesía argentina –con algunas excepciones que no lograron afectar al conjunto– experimentó como un ultraje el proyecto conciliador y corporativo de Perón. Una vez vencido el ambicioso coronel por sus pares militares, la revancha clasista fue anunciada a viva voz. Los patrones exclamaban jactanciosos ante los trabajadores: “vayan a cobrarle el aumento a Perón”.

Los rumores que en esos días recorrieron los barrios obreros y populares en todo el país carecen de una descripción precisa. Es contra-intuitivo reconocerlos como hechos históricos relevantes porque tenemos la costumbre atribuir ese carácter a las ideas y decisiones de personajes “importantes” usualmente ligados al orden estatal o de la “alta cultura”. Cuando las acciones tienen lugar por las zonas bajas y locales de la sociedad, con protagonistas de carne y hueso pero sin nombres distinguidos, tendemos a verlos como vagos y carentes de brillo. Largos siglos de adoctrinamiento elitista nos impiden percibir la vivacidad de las acciones menores y los efectos colectivos que pueden producir.

Eso fue justamente lo que aconteció en los días previos al 17 de octubre y se prolongó durante las jornadas posteriores. Me interesa destacar que de conjunto englobaron al menos quince días de deliberación popular: del 9 al 24 de octubre, o sea, del desplazamiento de Perón a la constitución del Partido Laborista.

Decir “17 de octubre” tiende a desfigurar el fenómeno histórico y en rigor a hacerlo misterioso. Entonces parece algo repentino e insólito. En un plazo más prolongado, el acontecimiento se torna en un proceso de organización popular, en un ejercicio de poder social instituyente. Y nos obliga a prestar  atención a una historicidad más minuciosa. A los encuentros cara a cara en casas particulares, en los almacenes barriales, en los locales sindicales y vecinales, en los almuerzos y partidos de fútbol en las fábricas, en los mentideros de bares y restoranes arrabaleros, se añadían espacios donde circulaba información, maledicencias e infidelidades, pero también citas organizativas, debates políticos, promesas de encuentros para definir una respuesta de clase a la ofensiva patronal.

La historia de ese momento crucial exige por lo tanto una percepción refinada y una descripción densa. El tiempo abigarrado del 17 de octubre –como dije, prolongado durante quince días– se desplegó a lo largo de todo el país. No tuvo lugar solo en la ocupación de la Plaza de Mayo porteña por trabajadoras y trabajadores del conurbano industrial. Fue un acontecer público que se hizo visible en esos escenarios que fueron las plazas, porque las plazas constituyeron desde antes de la Independencia nacional los lugares esenciales en que se definieron las visibilidades populares. A los pueblos explotados, sojuzgados y despreciados, no les vale la centralidad social y estatal de los mandantes y de sus élites: deben recurrir a la manifestación multitudinaria que reclama un poder popular al hacerse público, visible y político.

 

El protagonismo obrero y popular

En verdad, el 17 de octubre deber ser incluido en una explicación también más prolongada porque hubiera sido irrealizable sin el concurso de una cultura popular y formas de organización, así como de transmisión de información, de mayor duración. En primer término figura el desarrollo de la cultura sindical. La clase obrera contaba al momento de producirse el acontecimiento de 1945 con al menos ochenta años de una dolorosa construcción de organizaciones gremiales, tanto dentro como fuera de los lugares de trabajo.

Los sindicatos fueron edificados, destruidos y reconstruidos innumerables veces, contra la voluntad de las patronales y la persecución estatal. A pesar de que las mejores cabezas de quienes se situaron en el punto de vista estatal (Joaquín V. González, Hipólito Yrigoyen, Juan Perón) creyeron conveniente incorporar a las organizaciones del proletariado en un diálogo con las patronales y el propio Estado, la lucha de clases condujo a que solo tras un combate incesante y obstinado los sindicatos participaran de la vida social argentina.

Los ambiguos antecedentes de una “mediación” estatal en las décadas previas fueron olvidados cuando desde fines de 1943 Perón anunció la voluntad del gobierno militar de fomentar una conciliación corporativa de clases y, sobre todo, cuando la obcecación clasista de la burguesía rechazó cualquier reforma social significativa. Sin embargo, desde un dividido movimiento obrero las actitudes estuvieron lejos de ser unánimes. La autonomía sindical en relación al Estado constituía una creencia sedimentada por la experiencia sufrida y no iba a ser sencillamente eliminada. Por otra parte, la política de Perón en la Secretaría de Trabajo y Previsión fue paralela a una represión hacia las variantes sindicales vistas como peligrosas, sin importar que fueran elegidas por sus bases. Entonces, se entiende por qué los sindicatos y, en particular, su organización mayor, la CGT, fueron reticentes a embarcarse en una defensa individual de Perón.

Las dirigencias sindicales no dudaban de que se desarrollaba una revancha de clase pero tampoco podían apostar su siempre precaria existencia a un coronel defenestrado por sus camaradas de armas y él mismo desmoralizado. Fue un momento de incertidumbre y debate en la conducción gremial. En un gesto que visto en el contexto fue de extraordinaria valentía, el comité central confederal de la CGT convocó a un paro general de 24 horas para el día 18 de octubre. El acta de la reunión expresa la decisión adoptada de la siguiente manera:

 

El Comité Central de la Confederación General del Trabajo declara la Huelga General de los Trabajadores en Todo El País por 24 horas para el día Jueves 18 de Octubre desde las 0.00 horas hasta las 24 horas del mismo día, para expresar el pensamiento de la clase obrera en este momento excepcional que vive el país y por las siguientes razones:
1°) Contra la entrega del Gobierno a la Suprema Corte y contra todo Gabinete de la Oligarquía.
2°) Formación de un Gobierno que sea una garantía de Democracia y Libertad para el país y que consulte la opinión de las organizaciones Sindicales de Trabajadores.
3°) Realización de Elecciones libres en la fecha fijada.
4°) Levantamiento del Estado de sitio. Por la libertad de todos los presos civiles y militares que se hayan distinguido por sus claras y firmes convicciones democráticas y por su identificación con las causas obreras.
5°) Mantenimiento de las conquistas sociales y ampliación de las mismas. Aplicación de la Reglamentación de las Asociaciones Profesionales.
6°) Que se termine de firmar de inmediato el Decreto-Ley sobre aumentos de sueldos y jornales, salario mínimo básico y móvil y participación en las ganancias, y que se resuelva el problema Agrario mediante el reparto de la tierra al que la trabaja y el cumplimiento integral del Estatuto del Peón.

 

No se mencionó a Perón, es cierto, aunque cualquiera sabía de qué se trataba cuando se reclamaba por “todos los presos civiles y militares”. El dato central es que por entonces la CGT no era lo que sería más tarde. Era incapaz de detener la producción capitalista en el país. A lo sumo podía generar un cese de actividades parcial y en ciertas zonas urbanas. Sin embargo, y a pesar de todo, era el órgano más potente que la clase obrera se había dado. La medida adoptada se diseminó como un reguero de pólvora y confluyó con otras líneas de organización popular. También hubo conciliábulos suscitados desde los núcleos más cercanos a Perón, sin su concurso decisivo. El conjunto hizo que las protestas localizadas y abandono de tareas sin concierto producidas en los días previos condujeran a que desde la mañana del día 17 en numerosos lugares de trabajo, sobre todo de carácter manufacturero e industrial, las tareas no fueran iniciadas o se las abandonara luego de conversaciones entre las y los trabajadoras anoticiadas del aval cegetista al descontento popular.

Es imposible reducir a un solo sentido las actitudes de quienes se movilizaron y con qué motivaciones lo hicieron. Se desarrolló una intensa deliberación popular, en cada casa, en cada fábrica, en cada organización, en cada individuo. Por supuesto que eso no ocurrió en todos lados, pero por su alcance conquistó una representatividad de clase. La composición de la movilización se modificó de acuerdo al perfil social de cada ámbito, fuera en la ciudad de Buenos Aires, en La Plata, Rosario o Mendoza. La masividad posibilitó un cambio de actitudes en el seno del propio gobierno militar, pues los sectores leales a Perón, comenzando por el presidente de facto Edelmiro Farrell, vieron que su capacidad de negociación había aumentado de la mañana al anochecer del día 17. Fue también por eso que no hubo consenso entre los militares para reprimir las concentraciones. Otro defecto de la historia desde arriba consiste en que anula en las élites lo que hace proliferar en los individuos y grupos del montón: la incertidumbre.

Por su parte, en las voluntades obreras y populares el temor a una represalia violenta que había moderado las movilizaciones durante el día cedió hacia la tarde y la confluencia en los espacios públicos recuperó fuerza con la caída del sol. Nuevos rumores situaron el paradero de Perón en el Hospital Militar, donde se concentró una manifestación que entonaba “Queremos a Perón”.

Me detengo brevemente aquí para enfatizar la dimensión pública del acontecimiento. En realidad todo el año 1945 estuvo recorrido por las disputas de lo público, tanto en las calles y plazas como en la prensa y otros medios de comunicación. Fueron numerosas las solicitadas que circularon y suscitaron respuestas vehementes. De esa pugna por prevalecer en la visibilidad colectiva participó también la oposición al gobierno de Farrell y Perón. Las grandes corporaciones patronales, denominadas “Fuerzas Vivas”, multiplicaron sus declaraciones en los periódicos. Hubo un auténtico entusiasmo en una población de clase media y alta –aunque fueron escasos, también se acercaron núcleos obreros– que creía sinceramente estar protagonizando una acción antifascista.

La derrota definitiva del Eje en la guerra estimuló la aparición en el espacio público de manifestaciones antigubernamentales. El 19 de septiembre tuvo lugar una multitudinaria Marcha por la Constitución y la Libertad, por la zona privilegiada de la ciudad, exigiendo la transmisión del mando a la Suprema Corte de Justicia y la convocatoria a elecciones libres. El impacto de esa presencia pública numerosa animó a los sectores ligados al general Eduardo Ávalos y la guarnición de Campo de Mayo a demandar la expulsión de Perón de todos sus cargos. En suma, el año 1945 puede ser descripto como un año de movilizaciones públicas y conexiones activistas, caracterizado por una ofensiva contraria al coronel Perón hasta octubre y por el nacimiento de un movimiento popular desde abajo también orientado a disputar tanto el espacio público (las calles, las plazas, las pancartas y, en menor medida, los periódicos) como la presencia social.

 

El discurso de Perón y el camino electoral

Cerca de la medianoche, el coronel Perón se dirigió a la pequeña multitud reunida en la Plaza de Mayo. Después de que Perón fuera elegido presidente se difundieron imágenes de reuniones conmemorativas del 17 de octubre en que cientos de miles de personas convergían en tranvías, camiones y a pie hacia la misma plaza. Esas imágenes luego circularon como si hubieran sido tomadas en 1945, pero el número real de manifestantes de entonces fue sensiblemente menor. Lo decisivo fue la ocurrencia del movimiento popular en diversos puntos del país y el modo en que logró conmover el juego de fuerzas internas al poder militar. No debemos soslayar que entre 1930 y 1982 las Fuerzas Armadas fueron un actor político central de la realidad argentina. Otras corporaciones empresariales, obreras y católicas también intervinieron significativamente, así como lo hicieron los contextos mundiales.

Con esto quiero destacar que sería errónea una explicación histórica centrada principalmente en la clase obrera y los sectores populares. Si es justo reconocer la singularidad de su acción en la génesis del peronismo, el alcance de la novedad demanda situarla en una sociedad de clases como la capitalista donde la clase obrera juega un rol defensivo, a menos que se produzcan esos acontecimientos raros denominados “revoluciones sociales”. Con los hechos del 17 de octubre es verdad que la clase obrera argentina se modificó a sí misma al autoconstituirse en un agente político de primer orden. Su alcance fue vivido como revolucionario porque alteró la distribución del poder, aunque lo hiciera sin conmover la estructura de clases. Hubo un momento de vacilación en que todo pudo haber sucedido, incluso una revolución social. El renacido coronel Perón, para quien según su formación castrense las “masas” acompañaban a los dirigentes, no lo entendió de ese modo.

El mensaje de Perón en su alocución intentó retrotraer a la situación al discurso pronunciado el 10 de octubre. Insistió en la tranquilidad y se negó a extremar el conflicto. Mientras la multitud esperaba una exhortación al combate al preguntar “¿Dónde estuvo?”, y así soñaba con una revancha de consecuencias desconocidas pero ciertamente diferentes del regreso al hogar para esperar las elecciones futuras, un Perón prudente llamó al orden con palabras dirigidas al recuerdo de su propia madre.

Sin embargo, algo irreversible había sucedido. El corte histórico que ese acontecimiento significó continuó en su movimiento molecular y organizativo durante los días siguientes. El gobierno militar confirmó la convocatoria a las próximas elecciones y el día 24 de octubre nació desde los sindicatos el Partido Laborista, la fuerza militante principal que llevaría a Perón a la presidencia.

El despliegue de la campaña electoral activó las redes sindicales en diferentes partes del país, pero también las conexiones asociativas de pequeños grupos simpatizantes auto-organizados, de los “centros cívicos” y otras instituciones menores. Del mismo modo, un mundo asociativo fue despertado por el frente alternativo, la Unión Democrática. En ésta, anexos a los partidos políticos se alistaron para la contienda agrupaciones sindicales con otra opinión que la cegetista, asociaciones culturales y organizaciones estudiantiles. El asociacionismo cristiano, con la Acción Católica como su organismo mayor y la tutela de la jerarquía eclesiástica, se declaró políticamente prescindente aunque manifestó su antagonismo contra el laicismo que denunció en la Unión Democrática…

Ese verano de 1945-1946 experimentó una vivacidad en el activismo social pocas veces vista, al menos con alcance nacional. Las votaciones del 24 de febrero fueron las más intachables que se recordaran en la historia argentina, según se apresuraron a declarar los partidos y diarios tradicionales dando por descontada la victoria de la fórmula Tamborini-Mosca. El recuento de votos demoró un mes. A fines de abril de 1946 la Argentina se aprestaba a comenzar de nuevo. Perón había sido elegido presidente.

Cierre

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