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Apostamos todo al populismo de izquierda…y perdimos

Traducción: Valentín Huarte

Hace cinco años celebrábamos el auge del populismo de izquierda en Europa. Ahora debemos considerar lo poco que este movimiento logró y lo que tal vez se haya perdido.

Hace cinco años, el periodista inglés Paul Mason no podía contener su emoción. Estaba parado en medio de la plaza Syntagma en Atenas, rodeado por miles de manifestantes griegos que cantaban canciones y coreaban consignas de la lucha contra la dictadura de los años 1970. Delante de él estaba Alexis Tsipras, líder de un gobierno de seis meses que se encontraba atascado en una prolongada batalla con las autoridades europeas. Tsipras había participado de la campaña por el “no” en el referéndum que se realizaría al día siguiente, la última jugada en la pugna con el Eurogrupo y con el Fondo Monetario Internacional (FMI). El mismo Mason había cubierto estos eventos para el Channel 4 News de Gran Bretaña, mientras informaba a sus seguidores de Twitter y escribía emocionantes columnas para el Guardian.

Mason no era el único que estaba entusiasmado. Jacobin publicó docenas de artículos sobre el drama griego. El filósofo Toni Negri, siempre listo para una revuelta, pensaba que una «verdadera Europa social» estaba «en camino». En menos de una semana, el hashtag “oxi” (“no” en griego) inundó Twitter y llevó a la fundación de un periódico alemán con el mismo nombre. Tal como dijo Stathis Kouvelakis en 2016, «el caso griego» dio a la gente de izquierda «una idea de lo que podría ser una alternativa».

Es fácil renegar de aquellos días felices. Cuatro años después, el entusiasmo de Mason y de Graeber resulta tan lejano como ridículo. Más tarde, durante ese mismo verano, Syriza firmó un convenio de austeridad todavía más duro que el que había sido rechazado en el referéndum. El acuerdo fue calificado por Yanis Varoufakis como «el mayor desastre de gestión macroeconómica de la historia», y el partido fue desplazado por la centro-derecha en las elecciones de 2019.

Cruel y fugaz, el experimento europeo con el populismo de izquierda había tocado fondo. Esta sensación fue reforzada por otra serie de retrocesos. Podemos perdió votos en España y fracasó en su intento de integrar una coalición con los socialistas en 2019. Finalmente ingresó al gobierno en 2020, pero lo hizo al costo de lavar su programa original y convertirse en guardián de un revitalizado partido socialdemócrata. El derrumbe en las encuestas, algunas inquietantes payasadas anti-Macron y los escándalos electorales sacudieron a France Insoumise, que nunca logró ponerse al día con los gilets jaunes. Los experimentos de Alemania con el populismo de izquierda en el movimiento Aufstehen nunca prosperaron. Al otro lado del canal, Jeremy Corbyn perdió el liderazgo del partido en las elecciones de diciembre de 2019. A su vez, Bernie Sanders se bajó de la carrera en marzo 2020, poco antes del comienzo de la pandemia global. A lo largo y ancho del mundo, el populismo de izquierda parece estar abandonando la escena.

Los días de gloria

Las raíces de este efímero momento populista de izquierda pueden remontarse casi una década atrás. A pesar de que la crisis de 2008 tuvo su origen en los Estados Unidos, sus repercusiones alcanzaron rápidamente a Europa, golpeando a los bancos privados que se habían comprometido en préstamos riesgosos y que apelaron a los gobiernos en busca de ayuda. Con la liquidez atada a la industria financiera, la mayoría de los países del sur de Europa optaron por duras medidas de austeridad que diezmaron sus sectores públicos.

Estas medidas fueron aceptadas casi universalmente por la clase política. Tanto los conservadores recalcitrantes como los socialdemócratas acataron la línea neoliberal.

Como una primera respuesta, a lo largo de 2010 y 2011, la gente ocupó las plazas en muchas ciudades del sur de Europa. Conocidos como los Indignados en España y los Aganaktismenoi en Grecia, estos movimientos sin líderes fueron una chispa en la imaginación popular. Pero su horizonte estaba poco definido. El estallido en España, por ejemplo, se apoyó sobre encuentros espontáneos de estudiantes y trabajadores que leían testimonios de la crisis y se rehusaban a elaborar reivindicaciones definidas. En Grecia, los manifestantes prendieron fuego un árbol de navidad y ocuparon el parlamento: poderosas demostraciones de descontento, pero ningún programa de cambio.

Para la izquierda, esta táctica encontró límites obvios. Para el año 2012, estaba claro que los Indignados no podían sostener otra marcha en las plazas y que la energía se estaba agotando. «La crisis no es suficiente», dijo un activista en 2012, desilusionado por la tendencia anti-institucional de las manifestaciones. Sin un liderazgo sólido, el movimiento se convertiría en una presa fácil para los aventureros demagógicos y los cínicos.

De la plaza al partido

El populismo de izquierda europeo nació de un momento de reorientación. Comprendiendo la naturaleza transitoria de movimientos como Occupy, la idea era retornar finalmente a la forma partido y tomar el Estado. Este salto hacia la política partidaria fue registrado por una extensa literatura académica. “Populismo” no solo se convirtió en una palabra de moda para los eruditos. Alimentó también toda una industria de consultoras en las cuales los políticos buscaron el consejo de los académicos para construir diques contra las mareas populistas domésticas.

Del otro lado de las barricadas, el teórico argentino Ernesto Laclau se convirtió en el principal evangelizador para algunas de las figuras de Syriza, Podemos y France Insoumise. Laclau murió en 2014, antes de que el momento alcanzara su punto más álgido, pero sus credenciales populistas eran impecables: había estado cerca de Hugo Chávez y había apoyado abiertamente parte del gobierno kirchnerista a comienzos de los años 2000. Desde su giro post-marxista en 1980, Laclau había alentado a la izquierda europea a abandonar sus anticuadas apelaciones a la “clase” y a tomar la ofensiva sobre un nuevo eje: el “pueblo” contra la “élite”.

Las condiciones para el surgimiento de la izquierda populista de Laclau eran propicias. La democracia partidaria europea enfrentaba una crisis histórica, ejemplificada por la completa incapacidad del partido socialdemócrata griego (Pasok) para construir una alternativa a los dictados del Eurogrupo. La “pasokificación” rápidamente se convirtió en la metonimia de una tendencia general. En los años que precedieron a la crisis, los partidos europeos se habían separado progresivamente de sus bases sociales y dependían cada vez más de las relaciones públicas y de las técnicas de marketing. Los resultados fueron un incremento en la volatilidad, mayor poder para los tecnócratas y una clase trabajadora completamente desorganizada.

El hecho de que los ciudadanos hayan tomado espontáneamente las calles en respuesta a las medidas de austeridad de 2011 habla de lo ajustado de su repertorio. Sus únicas opciones eran el referéndum, la revuelta o el comentario furioso en Facebook.

Gobernar el vacío

El deterioro de los partidos europeos fue correctamente descripto por el politólogo irlandés Peter Mair como una situación en la cual los partidos “gobiernan el vacío”. Los políticos europeos actuales tienen tan poca idea de lo que les importa a sus poblaciones que simplemente terminan especulando sobre aquello que podría ser un programa exitoso. Esto ha llevado a la ruptura entre dos campos tradicionalmente cohesionados durante el período de posguerra: la política (politics) y las políticas (policy).

Podemos pensar que estas últimas remiten al difícil trabajo de gestión estatal y ajuste técnico, la negociación a través de la cual los gobiernos ordenan sus sociedades e intervienen en sus economías. La primera, en cambio, remite al proceso que los politólogos denominan “formación de la voluntad popular”: la competencia entre partidos, la construcción de campañas, la puja electoral y el armado de coaliciones.

La creciente industria de las relaciones públicas brinda su auxilio en este punto. En lugar de escuchar a las necesidades de una base o de obedecer a los dictados de una máquina partidaria, los políticos se apoyan cada vez más sobre un ejército de publicistas y consultores para fabricar una voluntad popular. Es un proceso prefigurado por los gurúes de los nuevos medios de comunicación como Alastair Campbell en los años 1980 y 1990.

Luego del Tratado de Maastricht de 1992 y la consolidación de una moneda única, la implementación de políticas específicas para Europa se convirtió en el dominio exclusivo de poderes no electos: órganos tales como el Eurogrupo, la Comisión Europea, la Organización Mundial del Comercio, los bancos centrales, todos ellos poblados por los popes del universo neoliberal. La política en cambio, fue relegada a la esfera mediática, caracterizada por su dependencia de la novedad. Como consuelo, la emergencia de internet se presentó como una promesa democrática. Era la llegada de la tan esperada sociedad civil emancipada con la que soñaban los liberales en los años 1980, cuando pensadores como Foucault y Lyotard llamaban a la “apertura y a la proliferación de nuevos discursos”.

Los resultados fueron cualquier cosa menos emancipadores. La destrucción de las instituciones colectivas en los años 1980 –marcada por el aplastamiento del movimiento sindical en manos de Thatcher y por el destripamiento del Partido Comunista Francés en manos de Mitterrand, pero visible también en el envejecimiento veloz de la membresía de los partidos conservadores– hizo posibles nuevas formas espectrales de colectividad. Entre ellas se cuenta el crecimiento de un audaz etno-nacionalismo, alimentado por la anarquía de internet y por una derecha alternativa (alt-right) que hábilmente se desarrolló sobre este terreno.

La erosión de la soberanía estatal en Europa provocó respuestas populistas tanto en la izquierda como en la derecha. Los populistas de derecha se han concentrado principalmente en recalibrar la soberanía nacional: Matteo Salvini, Viktor Orbán y Marine Le Pen prometen reinstalar un régimen de fronteras punitivo. Los populistas de izquierda, por otro lado, han priorizado la defensa de la soberanía popular por sobre la soberanía nacional, buscando restaurar las redes de seguridad social y los órganos democráticos perdidos en los años neoliberales de 1990.

Sociología y destino

A diferencia de lo que sucedía en la época de los partidos de masas, este nuevo populismo de izquierda se esparció sobre un revoltijo de grupos distintos. Por un lado, estaban los antiguos obreros en los países del sur de Europa, los más golpeados por la recesión, y en general los más dependientes del Estado de bienestar. Luego del vaciamiento de los partidos comunistas, habían dejado de votar o habían sido atraídos por nuevas formaciones nacionalistas tales como el UKIP, el Front National, Vlaams Belang y la Lega Nord.

Figuras como Jean-Luc Mélenchon y Pablo Iglesias siempre confesaron su deseo de arrear a estos votantes nuevamente hacia la izquierda. Esto pudo verse en slogans como el de Mélenchon: fâches mais pas fachos [“enojados pero no fascistas”]. Lo mismo vale para el deseo de Íñigo Errejón y Pablo Iglesias de “ir más allá de la izquierda y la derecha”. Los teóricos del populismo también tendieron a tomar la delantera en este aspecto. Chantal Mouffe, colaboradora de Laclau, siempre se tomó en serio la necesidad de reconocer el “núcleo racional” de los populistas de derecha. En lugar de descartar a estos votantes como “sujetos tristes” que necesitan terapia, propuso una estrategia de recuperación: si la izquierda fracasaba en traer de vuelta a estos votantes, no podría ganar.

Este mensaje no siempre fue fácil de vender. Los escépticos principales eran otro grupo de votantes que tendían hacia el populismo de izquierda: los jóvenes profesionales. Con educación superior, interconectados y con buen manejo de las redes, la mayoría de ellos se graduaron de la universidad para pasar directamente al restringido mercado laboral de los años 2010. Muchos de ellos terminaron en el sector de servicios. Esto sumado a la nueva esfera pública habilitada por internet y liberada de los grilletes de los “viejos medios”, los hizo susceptibles a la radicalización. Cuando Tsipras fue elegido en 2015, al menos el 30% de sus seguidores eran jóvenes griegos.

Pero el horizonte cultural compartido por estos jóvenes no siempre se articuló bien con aquel, más tradicional, que caracterizaba a la base de clase trabajadora a la que apuntaban los populistas de derecha. Esto se volvió evidente en el Labour Party de Corbyn, donde una coalición precaria entre obreros del norte y millenials cosmopolitas del sur empezó a disolverse frente a la votación del Brexit. Una división similar se dio en buena parte de Europa continental. Tal como notó Adam Tooze, «la Unión Europea había dado voz y voluntad a una sustancial cohorte de europeos profesionales de clase media» y a «sus furiosos y decepcionados primos y hermanos menores». La desconexión de muchos otros votantes de la clase trabajadora, sumada a la falta de infraestructura partidaria, implicó que la constitución de un electorado mayoritario fuera casi imposible.

No es sorpresa, entonces, que los populistas de izquierda que consiguieron alguna viabilidad política lo hicieron a menudo al interior de los partidos de izquierda tradicionales. El Labour de Corbyn, por ejemplo, se apoyó en una dinámica populista interna para apartar a los moderados y al blairismo de su camino, solo para ser él mismo dejado de lado luego de su derrota electoral en 2019. Lo mismo vale para el Partido del Trabajo de Bélgica, que evolucionó hacia algo así como una representación de masas de la política sindical en el país.

Demasiado de izquierda, demasiado populista

Los populistas de izquierda siempre dejaron en claro que jamás podrían funcionar como una panacea. No se suponía que Syriza fuese a reordenar mágicamente la economía política de un continente entero. «¿Cuántas divisiones tiene el papa?» preguntó Pablo Iglesias justo después de la rendición de Tsipras, enfatizando que no podían cargar solos con la tarea. Sin embargo, hay una sensación persistente de desencanto en relación con el populismo de izquierda. No fue capaz de cumplir sus promesas, lo cual se volvió palpable en los retrocesos recientes de Die Linke, Podemos y France Insoumise.

En un sentido, el populismo de izquierda intentó sintetizar lo que no podía ser sintetizado: demasiado “a la izquierda” como para sacar rédito del colapso del sistema partidario tradicional, y demasiado “populista” como para dar solución a las cuestiones organizativas fundamentales. Partidos tales como el Movimento 5 Stelle, por ejemplo, estaban felices por dejar atrás las referencias al clivaje izquierda-derecha y abrazar un enfoque catchall [atrapalotodo]. Por el contrario, Podemos se vio constantemente acorralado por su origen izquierdista y castigado como “comunista” por sus opositores.

Mientras tanto, la desorganización social producida por la última oleada neoliberal ha resultado en modos de protesta cada vez más elusivos y huidizos a las tentativas de los populistas de izquierda en Europa. Estos van desde los chalecos amarillos en Francia hasta el voto por el Brexit y el surgimiento de una nueva Internacional Nacionalista. Se suma ahora la tenaz supervivencia (y, en algunos casos, un retorno a gran escala) de la socialdemocracia en España y en Portugal. Todo indica que la política partidaria tradicional es dura de matar.

Esto llevó a que se acumularan contendientes de derecha, cuyas respuestas fueron más veloces. A pesar de no tener ningún cargo en este momento, Matteo Salvini de la Lega Nord se presenta como uno de los políticos más poderosos de Europa. Su talento consistió en combinar un partido regionalista existente –fundado en los noventa para mantener a raya a las “sanguijuelas” del sur– con un arsenal digital novedoso. Este último está dirigido a los clicks, a los compartidos en redes sociales y a las frases mediáticas.

No menos de tres millones de seguidores reciben actualizaciones cotidianas de Salvini en Facebook, y en Twitter, “Matteo” es un fenómeno. En lugar de armar un partido de la nada, Salvini –como Corbyn– simplemente secuestró una estructura existente y la utilizó en su batalla. La recompensa fue considerable. Le permitió a Salvini fortalecer su base de votantes habituales a través de la movilización de masas y captar un conjunto nuevo de “seguidores” algorítmicos en el sur del país.

El populismo: sistémico y anti-sistema

Los populistas de izquierda no contaron con tales arietes a su disposición. Sin estructuras partidarias robustas para mantenerse unidos a una parte considerable de su público, siempre existe el peligro de que se genere una “burbuja populista” en la cual el partido opera sin base, lo cual refleja de forma invertida el problema de una base sin partido que caracterizó a Occupy.

Ejecutar los planes populistas de derecha de Salvini siempre será una tarea más fácil, dado que no se trata de alternativas realmente anti-sistémicas. En esencia, no requieren más que un arreglo cosmético que esté de acuerdo con los límites de deuda europeos y un posicionamiento ocasional sobre cómo “defender los valores de Occidente”. Incluso frente a la recesión generada por el COVID, el partido mantiene un compromiso difícil entre la prudencia económica y el estímulo keynesiano. Pero cuando se trata de los inmigrantes, Angela Merkel y Salvini no tienen mayores desacuerdos. Se trata solamente de distintas formas de distribuir la carga financiera.

Los populistas de izquierda quieren más que la torta entera. Han intentado tomar la pastelería misma: una reforma radical de la Eurozona, dejar atrás los programas de austeridad y una expansión ambiciosa de la previsión social. Esto requería la sincronización perfecta de una multitud de movimientos populistas de izquierda en el marco de una coordinación de estilo dominó, algo que Varoufakis intenta desarrollar en un nivel supranacional con el Movimiento Democracia en Europa 2025. Los populistas de derecha no tienen necesidad de ser tan ambiciosos. En cambio, están contentos con atizar la batalla cultural y atacar la irracionalidad del Banco Central Europeo.

No hay que negar la amenaza que representan estos actores. Salvini, Orbán, Le Pen y Thierry Baudet no son ningunos defensores de las libertades básicas. Pero el pánico no es suficiente para analizar la situación. Estos populistas de derecha deben ser tomados en serio, tanto como actores electorales como oponentes intelectuales que navegan en un terreno político nuevo. Ya en 2002 Slavoj Žižek percibía que «lo trágico es que la única fuerza política seria que sigue ‘viva’ hoy en día es la derecha populista». Además de una «anémica administración económica», decía, la «principal función» del liberalismo contemporáneo era «garantizar que nada ocurra de verdad en la política», mientras que «hoy en día, la derecha populista actúa, marca el paso, determina la problemática de la lucha política, y el centro liberal se ve reducido a una ‘fuerza reactiva’». Casi dos décadas después, este juicio sigue siendo dolorosamente justo.

De las masas al enjambre

Desde 2002, los comentadores han tendido a leer nuestro presente político a través de prismas analíticos antiguos. Pero no vivimos más en los años 1930. La revolución no está en la agenda, ni tampoco lo está la guerra mundial. Tal vez el factor más importante sea la ausencia práctica de una ciudadanía movilizada. Tanto en los años 1930 como en los años 1790, las masas estaban en movimiento, dando batalla, compitiendo en elecciones, ocupando el espacio público.

Es una cuestión seria la de definir si estas “masas” todavía existen en la actualidad. Internet ha pulverizado la esfera social tradicional mientras que al mismo tiempo hizo posibles nuevas formas de organización. Pero también disminuyó las posibilidades para la movilización de masas e hizo de la política algo desconcertantemente volátil. En marzo de 2019, Paul Mason posteó un comentario en su Twitter en el cual sostenía que el proceso del Brexit, que había sido recientemente agitado por un nuevo rechazo parlamentario, «estaba ahora en manos de las masas».

Esta extraña afirmación dice mucho acerca del movimiento populista contemporáneo. Los “populistas” contemporáneos como Boris Johnson, Salvini y Orbán pueden tener sus seguidores, simpatizantes, gente que les aporta sus likes y comparte sus intervenciones en las redes sociales. Pero difícilmente puedan contar con las masas. Las masas pueden moverse, marchar, cantar y luchar. Nada de esto existe en 2019.

El nuevo populismo no es un asunto de masas. Más bien, se trata de la política de un enjambre. Los enjambres deambulan, se enfurecen y gritan solo para terminar produciendo un zumbido monótono. Sus movimientos no están liderados por tribunas partidarias, sino por lo que Paolo Gerbaudo denominó “hiperlíderes”, figuras cuya presencia mediática imparte coherencia a una coalición que de otra forma no existiría. No hay trumpismo sin Trump.

Un nuevo saco de patatas

Tal vez el precedente más importante de esta situación deba buscarse en la lectura que Karl Marx hizo de la Revolución de 1848. A comienzos de ese año, las revueltas se habían extendido por París, motivadas por una crisis alimentaria que deprimió los ingresos de los trabajadores urbanos. Sin embargo, en lugar de ceder a la agitación, Napoleón III movilizó a la apática población de los campesinos parcelarios y les ordenó que aplastaran la revuelta.

De forma memorable, Marx describió a los campesinos parcelarios franceses como un «saco de patatas» para el cual «la identidad de sus intereses no engendra entre ellos ninguna comunidad, ninguna unión nacional y ninguna organización política». Y dado que estos campesinos «no pueden representarse», «tienen que ser representados»: en este caso, por un rey.

Es precisamente este tipo de impulso desde arriba lo que algunos populistas de izquierda intentaron recrear en nuestro tiempo. Una sociedad desorganizada puede necesitar cierta agitación por arriba. Esta opción todavía está a la orden del día: no todos los experimentos populistas de izquierda se han esfumado en Europa.

Corbyn y el responsable de Economía y Hacienda John McDonnell, por ejemplo, siempre fueron claros al afirmar que su objetivo fundamental sigue siendo “pre-político”: hacer posibles formas de organización que se vaciaron luego de treinta años de embestida neoliberal. Esto incluiría derogar las leyes anti-sindicales británicas, introducir la sindicalización obligatoria y otorgar participación en las empresas a los trabajadores.

Dada la crisis del Brexit, estos objetivos parecen ser hoy algo secundario. Paul Mason, por ejemplo, ya no está en la plaza Syntagma: se encuentra marchando en la calle Downing por la suspensión del Brexit.

Es improbable que esta táctica se materialice sin sacudidas ocasionales. La historia no es lineal. «Muchas formaciones corporativas escribió alguna vez el historiador Loren Goldner fueron construidas décadas atrás por trabajadores que deseaban romper la ley». Pero el trabajo parlamentario sigue siendo igualmente importante. La promesa original del corbinismo era modernizar el Estado británico, deshacerse de sus vestigios aristocráticos y restaurar la soberanía absoluta. Tales medidas harían posible la reconstitución de una esfera pública para la clase trabajadora. 

Aun cuando la crisis del COVID está reorganizando el paisaje político global, este sigue siendo el objetivo principal: hacer que la política sea posible nuevamente, y asegurarse de que el populismo y la tecnocracia no sean las únicas alternativas.

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