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Ilustración: Manuel Lautaro (de "Capitalismo en cuarentena").

Planificar para recuperar el futuro

La planificación es un tema espinoso que implica lidiar con cuestiones técnicas, pero también con los estigmas de las experiencias burocráticas pasadas. Sin embargo, si no planificamos nuestro futuro, lo van a hacer Amazon y Walmart.

 

El texto que sigue fue publicado en el #1 de Jacobin América Latina, “Capitalismo en cuarentena”. Click aquí para suscribirte y acceder a todo el material exclusivo de Jacobin.


La pandemia global del coronavirus ha provocado una profunda crisis económica y ha exacerbado las profundas desigualdades de clase, raza y género que dejan más de tres décadas de neoliberalismo. Es muy dudoso que esta situación, por sí misma, pueda desembocar en un orden socioeconómico más justo y equitativo (como se desprende de algunas lecturas optimistas sobre los posibles rumbos de la actual crisis). Una transición real requiere de un ejercicio consciente de planificación que no solamente desarrolle un mapa cognitivo del sistema actual, sino que también pueda confeccionar una posible imagen del sistema económico futuro. Para que pueda ser deseable, una sociedad alternativa no solamente debe ser imaginable, sino también técnica y políticamente factible.

Tras haber sido una de las ideas-fuerza más importantes del siglo pasado, la planificación cayó en desgracia en la década de 1990. El auge del neoliberalismo, sumado a la derrota histórica de los socialismos realmente existentes, hicieron de la planificación económica –tanto en sus vertientes socialistas, como keynesianas y desarrollistas– un paradigma no solamente ineficiente, sino políticamente peligroso. La gobernanza, con su énfasis en la eficiencia y en la gestión (aparentemente) no ideológica, se consolidó como la manera más sensata de administrar recursos escasos en una sociedad. Los movimientos de izquierda, por su parte, también renunciaron al proyecto de los grandes diseños utópicos y de la planificación democrática, recluyéndose en una política de localismo particularista. Tres décadas después, el avance desenfrenado de la globalización neoliberal –y sus efectos polarizantes y disruptivos– ha carecido de un contrapeso considerable o de una alternativa coherente.

La sucesión de crisis globales que inició con el estallido de la burbuja de hipotecas basura (“subprime”) en los Estados Unidos durante el 2008, y que llegó a su punto más álgido en la pandemia global del coronavirus en el 2020, sin embargo, ha puesto nuevamente la antigua cuestión sobre la planificación en el horizonte del pensamiento de izquierda. El espejismo neoliberal de un mercado que se autorregula de manera eficiente se ha desvanecido en años recientes ante un estado activista que rescata a grandes compañías en eventos de crisis, redistribuye riqueza hacia arriba a través de exenciones tributarias y subsidios y despliega impresionantes redes logísticas transnacionales para la captura de rentas monopólicas entre un puñado de grandes empresas. El auge de megacorporaciones como Amazon, Facebook y Walmart, por su parte, también ha sido posible gracias a ambiciosos esquemas de planificación estratégica al interior de las firmas mismas.

Haciendo un guiño al Gosplan –la agencia de planificación soviética– algunos analistas sugieren que las prácticas de coordinación de este tipo de actores monopólicos han dado origen a una suerte de “Gosplan 2.0” o “Gosplan de Google”. Como lo sugiere Campbell Jones, cuando la planificación se transforma en el hábitat natural en el que se desenvuelve la economía política del capitalismo, la pregunta entonces deja de ser si se debe planificar o no, sino de qué manera se debe planificar, en beneficio de quién se debe hacerlo y a quién se debe involucrar en la elaboración de planes.

Impulsado por las urgencias que ha traído consigo la actual crisis, el incipiente debate sobre la planificación ha generado un inesperado espacio para volver a discutir visiones ambiciosas y radicales de futuros poscapitalistas. Esta discusión también ha permitido un desplazamiento desde los argumentos típicamente moralistas y/o celebratorios sobre las economías alternativas (ya sean solidarias, cooperativas, post-carbono, o no-mercantiles), hacia un examen concreto de su viabilidad económica, su factibilidad técnica y sus condiciones político-institucionales. Estas nuevas corrientes de pensamiento, sin embargo, han evitado reproducir el registro tecnocrático, masculinizado y eurocéntrico que caracterizó a las culturas de planificación del pasado, y se han desarrollado a través de un diálogo cercano con las luchas de nuevos movimientos de masas por la justicia climática, racial y de género (siendo la discusión internacional sobre el Green New Deal, o el Pacto Ecosocial del Sur, uno de los ejemplos más ilustrativos).

Pese a la diversidad de las nuevas aproximaciones, muchas de ellas han lidiado con este desafío a través de una relectura de los grandes problemas (aún no resueltos) que animaron el pensamiento socialista en el siglo XX. A grandes rasgos, éstos son: primero, la posibilidad técnica de calcular la operación de una economía nacional; segundo, la relación entre mercado y plan; tercero, la relación entre centralización y descentralización.

El debate sobre el cálculo socialista

Si el debate internacional en torno a la planificación tuviera una fecha de nacimiento en el siglo XX, podría ser la famosa polémica sobre el cálculo socialista de la década de 1930. En este debate, los economistas de la Escuela de Austria –principalmente Ludwig von Mises y Friedrich von Hayek– impugnaron la capacidad de una economía planificada para recopilar y calcular toda la información que requiere la gestión eficiente de recursos escasos. Las tecnologías de almacenaje y procesamiento de datos con las que contaban los planificadores del momento, señaló Hayek, simplemente no daban abasto con el universo de transacciones que se da permanentemente en una economía nacional. Por el contrario, Hayek consideró que el libre mercado juega un rol análogo al de una “máquina” o “sistema de telecomunicaciones”, pues permite la transmisión permanente de “señales” sobre costos y condiciones tecnológicas de la producción. En su forma agregada, este sistema de precios constituiría un dispositivo altamente preciso para orientar la toma de decisiones en una sociedad.

En su momento, economistas socialistas como Oskar Lange, Abba Lerner y Fred Taylor aceptaron a regañadientes el argumento sobre la superioridad de cómputo del sistema de precios, y el debate quedó zanjado a favor de la lectura austríaca. Avances recientes en tecnologías de supercomputación, robótica, bioquímica y de conectividad logística, sin embargo, han generado entusiasmo en la izquierda hacia las posibilidades que hoy en día abriría una economía democráticamente planificada. Algunos autores han afirmado que estas tecnologías, sumadas a los conocimientos algorítmicos propios de avances recientes en ciencia de materiales, modelación climática y cálculos astrofísicos, entre otros, permitirían solucionar los problemas de cómputo y recopilación de información con los que se estrellaron los socialismos realmente existentes. Al permitir formas de coordinación económica antes impensables, estas tecnologías estarían trazando la trayectoria hacia una era de posescasez o de “abundancia roja”.

Estas relecturas del debate sobre el cálculo, sin embargo, también han suscitado animadas críticas. De partida, la idea misma de un estado o agencia de planificación omnisciente ha causado alarma, pues su burocratización o cupularización siempre sería una posibilidad concreta. Desde el marxismo ecológico también se han criticado las ideas de sociedad posescasez que informan estas nuevas tradiciones de lo que se ha denominado “socialismo cibernético” o “cibercomunismo”, pues tienden a pasar por alto una discusión más seria sobre los límites del planeta para mantener los ritmos y estándares de vida actuales. Otras críticas han cuestionado los supuestos implícitos de control automático del trabajo, la automatización de la política y la reducción de importantes cuestiones sobre el esfuerzo y la cooperación humana a asuntos meramente matemáticos o actuariales. Si bien la planificación comprende un ejercicio técnico de cuantificación de la riqueza social, éste es irrelevante si no se enmarca en un debate propiamente valorativo y político acerca de qué ideales y trayectorias de desarrollo son más deseables que otras. Una planificación verdaderamente radical y democrática, de acuerdo con Jasper Bernes, se parecería entonces a una planarquía, pues aceptaría y encauzaría el carácter fundamentalmente heterogéneo, autónomo y espontáneo de las motivaciones humanas.

El mercado y el plan

La pregunta sobre la posibilidad del cálculo y la coordinación económica consciente, a su vez, dio paso a un debate incluso más complejo y espinoso: el del rol del dinero y los mercados en una sociedad poscapitalista. Para economistas socialistas de orientación neoclásica, como Oskar Lange y Alec Nove, el mercado es un dispositivo técnico de carácter neutral que puede ser hackeado, intervenido y rediseñado para lograr una asignación verdaderamente óptima de los recursos. En un artículo de 1967, Lange impugna a Hayek en sus propios términos, señalando que si el mercado es en efecto una máquina, no existe razón por la que no pueda ser remplazada por una más sofisticada. Contando con las tecnologías adecuadas, una junta central de planificación podría elaborar un sistema de precios sintético que fuera mucho más eficiente y preciso que el que se desprende de la propiedad privada de los medios de producción.

Para algunos autores, sin embargo, la existencia misma de los mercados y el dinero harían inviable una sociedad socialista democráticamente planificada, pues el mecanismo mercantil lleva necesariamente implícita la tendencia a la competencia, a la concentración de la riqueza y, por ende, al antagonismo de clases. Las lecturas críticas del socialismo de mercado, entonces, se han caracterizado por proponer esquemas de contabilidad y gestión económica de carácter no monetario. Uno de los ejemplos más paradigmáticos es quizás el modelo de contabilidad en especie propuesto por el economista heterodoxo Otto Neurath en 1919. Para Neurath, la unidad de cuenta en una economía socialista no debería ser el dinero, sino alguna métrica de bienestar humano (ej. morbilidad, felicidad, educación) que permitiera un proceso de toma de decisiones más racional que el que se desprende de la productividad como fin en sí mismo. Otros enfoques, como el de Paul Cockshott y Maxi Nieto, por ejemplo, emplean herramientas de álgebra matricial para proponer un modelo de planificación input-output cuya unidad de cuenta sería el tiempo de trabajo y el medio de pago serían “bonos de trabajo” (redimibles por bienes de consumo).

Lecturas más matizadas, sin embargo, han criticado el carácter dicotómico y restrictivo con el que este debate ha entendido las diferencias entre mercado y plan. Para Ernest Mandel, en una economía crecientemente socializada –como lo es la economía global bajo el capitalismo tardío– las señales de precios se hacen cada vez menos importantes. Así, el autor muestra que la mayor parte del comercio global lo componen bienes intermedios que se transan de manera extramercantil –esto es, con precios fijados de antemano por estados y/o actores oligopsónicos, como son hoy en día Walmart y Amazon. De acuerdo con esto, Mandel sugiere que es posible concebir esquemas donde bienes intermedios (materias primas, insumos técnicos, maquinaria, etc.) y servicios esenciales (salud, educación, alimentación básica) sean asignados racionalmente por un plan de acuerdo a necesidades humanas reales, mientras que los bienes y servicios suntuarios circulen a través de mercados. De manera similar, Sam Gindin señala que un proyecto socialista podría nutrirse de todos aquellos mercados que no presupongan efectos desintegradores propios a su operación. Es decir, los mercados de bienes y servicios serían fundamentales para enriquecer la vida social en el socialismo, mientras que los mercados financieros y de capitales se permitirían solamente en casos muy puntuales.

Centralización y/o descentralización

En los últimos años, se encuentran en el llamado movimiento del Nuevo Municipalismo algunos gérmenes de un nuevo tipo de planificación. Este movimiento parte de criticar la rigidez de los protocolos de intervención del pasado, los cuales eran diseñados desde arriba por expertos que desconocían la realidad de los territorios objeto de intervención. El Nuevo Municipalismo, por ejemplo, ha dado origen a una amplia red de “Ciudades sin Miedo” en diversas ciudades del mundo (Valparaíso, Rosario, Barcelona, Zagreb, Preston y Jackson, entre muchas otras), las cuales han posicionado a las administraciones locales como importantes laboratorios de experimentación con formas no capitalistas de los mercados y las relaciones sociales. Como señala Matthew Thompson, el nuevo municipalismo emerge a raíz de una nueva sensibilidad que no apunta a tomarse las plazas sino más bien a tomarse las instituciones, llevando a los movimientos sociales al corazón de la política institucional. Una vez en el poder, estas alcaldías rebeldes han implementado agendas de política inspirada en principios mutualistas, feministas, ecosocialistas y cooperativos.

En la práctica, la “política de proximidad” sobre la que se fundamenta el nuevo municipalismo ha servido como una barrera de contención frente al auge del neofascismo, pues ha permitido una asignación más precisa de servicios públicos en escenarios de crisis (ya sea climática, de desempleo, desindustrialización, etc.) y ha empoderado a la ciudadanía al incorporarla más directamente al proceso de toma de decisiones. Sin embargo, la discusión sobre este movimiento ha carecido de un análisis más matizado sobre la (in)capacidad de la política municipal de controlar el proceso productivo general y de definir trayectorias de desarrollo cuya implementación trascienda las facultades del espacio municipal. Para impulsores del Green New Deal, por ejemplo, la descarbonización radical de una economía nacional requiere de una estrategia de intervención diferenciada que incluya: desde abajo, políticas de proximidad que emanen desde los espacios municipales para proteger a comunidades vulnerables e incorpore públicos diversos a la toma de decisiones; desde arriba, una “política industrial verde” que pueda impulsar de manera comprehensiva algunos sectores de la economía –tecnologías limpias, salud, educación, recreación y vivienda– mientras hace decrecer otros (industrias fósiles, policía y fuerzas militares, mercados de capitales).

Gestionar la operación de una economía nacional hacia algún objetivo específico, sin embargo, no implica necesariamente una planificación centralizada y envolvente. Para Michael Löwy, la discusión en torno a si la planificación debe ser centralizada o descentralizada, desde arriba o desde abajo, pasa por alto lo que sería quizás el aspecto más importante: la capacidad de controlar democráticamente el plan en todos los niveles de su diseño y ejecución (local, nacional, y multilateralmente). Una planificación verdaderamente democrática, de acuerdo con Löwy, sería entonces lo opuesto a una planificación centralizada, pues las decisiones no las tomaría ningún “centro”, sino los públicos involucrados. En ese sentido, algunos autores han propuesto enfoques de capas de planificación, en los que distintos niveles de intervención (hogares, lugares de trabajo, economía nacional, comercio internacional) se articulen de manera sinérgica entre sí.

Liberar el pasado para recuperar el futuro

Articular históricamente el pasado, Walter Benjamin plantea en sus Tesis sobre la filosofía de la historia, “no significa conocerlo como verdaderamente ha sido. Significa apoderarse de un recuerdo tal como este relampaguea en un instante de peligro”. No es mera casualidad que la idea de la planificación esté regresando precisamente en un momento en el que parecemos acercarnos a un escenario de colapso civilizatorio. De hecho, muchos de los textos que informaron los grandes debates sobre planificación en el siglo pasado fueron publicados, o bien tras la Gran Depresión de la década de 1930, o bien en el marco de los horrores suscitados por la Segunda Guerra Mundial. De hecho, fue precisamente ese escenario de colapso lo que impulsó la creación de los estados de bienestar que en años subsiguientes se propagaron por gran parte del mundo.

Hoy, desde la miseria de nuestro presente neoliberal, puede parecer que estos experimentos de planificación ampliaron las fronteras de la solidaridad, la equidad social e incluso del disfrute, otorgando oportunidades y condiciones de vida digna a millones de personas. Volver a los mundos perdidos de la planificación, particularmente en el espíritu en el que Benjamin nos propone leer la historia, significa recuperar aquello que es emancipador y revolucionario de este modo de gestión, pero también tensionar algunos de sus supuestos y alertar con fuerza sobre sus peligros.

La experiencia latinoamericana con la planificación se dio justamente en una edad de oro del pensamiento social en la región, cuando nuestras ciencias sociales no se limitaban a importar conceptos angloeuropeos o a celebrar las virtudes de lo originario, sino que incidían ampliamente en el debate internacional. En su momento, las teorías de la dependencia, el desarrollismo y el estructuralismo animaron discusiones transnacionales y le dieron textura a la implementación de reformas agrarias y a la construcción de estados de bienestar en diversos países del mundo. Experimentos más periféricos –como el Proyecto Synco de regulación cibernética de la economía, llevado a cabo por el gobierno de Salvador Allende en Chile– también son hoy en día ampliamente debatidos en la literatura internacional para reflexionar acerca de las potencialidades que las tecnologías de comunicación le podrían brindar a un proyecto de autogobierno popular. La experiencia latinoamericana con la planificación, en este sentido, tiene mucho por contribuir a esta discusión que apenas empieza.

De manera muy reciente, la idea de un Pacto Ecosocial del Sur ha venido ganando popularidad entre los movimientos sociales latinoamericanos, trazando así posibles trayectorias para discutir el problema de la planificación. Propuesto inicialmente por Maristella Svampa y Enrique Viale, el Pacto Ecosocial del Sur involucra una transición energética cuya escala y ambición se asemejarían a las de un Green New Deal angloeuropeo. En términos más sustantivos, este proyecto propone combinar formas de intervención institucional desde arriba, con procesos e iniciativas autogestivas que se tejen desde abajo. El Pacto Ecosocial del Sur se estructura en términos de políticas públicas que involucran, entre otras cosas, una renta básica universal, el fomento de la soberanía alimentaria, una transición hacia una matriz productiva poscarbono y un esquema de integración regional soberana, articulado en torno a circuitos monetarios paralelos al dólar estadounidense. Si bien es muy temprano aún para conjeturar los posibles rumbos de este pacto, parece no obstante indicar un cambio de marea en la sensibilidad política de la región.

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Publicado en Medios de Deducción, Número 1 and Números

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