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¿El Nowhere Man al poder?

¿Quién es Biden, el candidato demócrata desconocido hasta por el propio electorado estadounidense y que está a punto de ingresar a la Casa Blanca?

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Por un momento pareció que las primarias del Partido Demócrata servirían para construir una candidatura interesante. ¿Sería la de Bernie Sanders, el socialista de setenta y ocho años que prometía dirigir una revolución política nacional? ¿Sería la de Elizabeth Warren, la soldada anticorporaciones que prometió, cuando menos, comprometerse en una batalla que dejaría “mucha sangre y algunos dientes” en el suelo? ¿O triunfarían las candidaturas del centro que, a pesar de abogar por políticas comunes y corrientes, ofrecían –como mínimo– la semblanza de un hecho histórico, sea en la persona de Pete Buttigieg, candidato gay declarado, o en la de Kamala Harris, abogada negra?

Nada de esto. Las primarias sirvieron para consolidar la candidatura de Joe Biden.

Si se tienen en cuenta las candidaturas recientes, Biden es un espécimen excepcional: no parece ser el preferido de ninguno de los bandos del Partido Demócrata. Sus políticas conservadoras le resultan odiosas al ala progresista del partido a la vez que, para el ala centrista y corporativa, representa el retorno a los días en que reinaban los viejos aburridos, blancos y heterosexuales. Hasta Hillary Clinton, quien no era querida por todo el mundo, contaba con un grupo de seguidores inflexibles. Pero Biden no tiene ninguna base apasionada, y hasta su esposa advirtió a quienes deberán poner sus votos en las urnas que la candidatura de su marido sería “un poco difícil de digerir”. En la previa a la confirmación de su nombramiento, Biden despertaba menos entusiasmo del que haya generado cualquier otra candidatura demócrata en los últimos veinte años. Todavía hoy, muchas encuestas muestran que la mayor parte del apoyo a Biden está motivado por el deseo de deshacerse de Trump.

Aun así, la pandemia de coronavirus y la depresión que la acompaña –o, para decirlo con más precisión, la torpe gestión que Trump está haciendo de ellas– parecen indicar que Biden está cerca de convertirse en el próximo presidente de los Estados Unidos. Que esto sea algo bueno dependerá de si es capaz de desafiar, en el ocaso de su vida, todas las lecciones políticas e instintos que formaron su carácter a lo largo de los setenta y siete años que lleva en este mundo.

Un hombre sin atributos

La vida y carrera política de Biden fueron moldeadas y definidas por el flujo y reflujo de las políticas liberales en los Estados Unidos.

Nacido a mediados del siglo veinte, en pleno “consenso liberal” (alrededor de cinco décadas de compromiso bipartidista con las ideas políticas sostenidas por el presidente Franklin Roosevelt y por quienes reclamaban su legado) y casi sin saberlo, Biden se benefició del rol prominente que empezó a jugar durante este período el gobierno federal en el American way of life. La típica seguridad de clase media de la que gozó durante su infancia temprana fue conquistada con el trabajo de su padre como contratista en el sector de defensa durante la guerra, mientras que los idílicos paisajes suburbanos en los que transcurrieron sus años de formación fueron el fruto del boom inmobiliario y de la prosperidad económica garantizados por programas del New Deal como la G.I. Bill de 1944 en beneficio de los soldados desmovilizados y el seguro hipotecario federal.

Cuando Biden finalmente se postuló para ser senador en 1972, a sus tiernos 29 años (menos de los que la ley exige para desempeñar funciones en la Cámara), el consenso del New Deal, aunque todavía no se había agotado, estaba en su fase declinante. En ese entonces, Biden hizo una campaña que hoy parece una prefiguración irónica para cualquiera que haya prestado atención a su postulación de 2019-2020: una campaña populista financiada por las bases, impulsada por la juventud, en contra de quienes amasaban millones evadiendo impuestos y en contra también de la guerra de Vietnam, y exigiendo la creación de un departamento de gobierno que se encargue específicamente de proteger el consumo y de expandir la seguridad social. Asombrosamente, Biden ganó, derrotando a un viejo y querido estadista de Delaware. Lo hizo combinando los votos blancos del área suburbana con el apoyo de la mayoría de la comunidad negra. Esto último a pesar del importante historial de su oponente en materia de derechos civiles.

No obstante, Biden declaraba con tranquilidad frente a la prensa que era más conservador de lo que su campaña había sugerido, lo cual podía adivinarse a partir de sus frecuentes afirmaciones apuntando a infundir temor frente a los horrores del crimen y de la droga en las áreas suburbanas. De hecho, Biden –independiente hasta 1969– había coqueteado inicialmente con unirse al Partido Republicano. A pesar de que en sus discursos sostenía que las tropas debían retirarse de Vietnam, como ciudadano común había apoyado las campañas a favor de la guerra. Mantuvo también, casi hasta su última campaña, una posición marcadamente antiabortista que durante mucho tiempo lo dejó fuera de lugar incluso al interior de su propio partido. Como si quisiese dejarlo en claro, luego de ganar las elecciones, Biden contrató como asistentes para el Senado a alumnos y alumnas de la corporación Du Pont, que tuvieron una gran influencia en sus políticas. La mayoría eran personas blancas, lo cual provocó una dura amonestación por parte de la sección local de la NAACP (Asociación Nacional para el Progreso de la Gente de Color, por sus siglas en inglés).

Esta disposición a prometer casi cualquier cosa en su afán por ganarse el apoyo de todo el mundo le trajo algunos problemas durante la campaña, luego de que un antiguo asistente manifestó que Biden le había confesado que sus verdaderas ideas sobre Israel y Palestina estaban bastante a la izquierda del espectro político norteamericano, pero que planeaba adoptar y sostener una posición inquebrantable a favor de Israel durante el resto de su campaña electoral. Como suele suceder con las personas que triunfan en la política, el interés principal de Biden estaba puesto en su propia ambición (un hecho que no intentaba ocultar cuando, durante sus años de juventud, le decía a su familia que planeaba llegar a ser senador e incluso presidente).

La combinación entre sus instintos trepadores y conservadores hizo de Biden una persona especialmente susceptible al realineamiento derechista que empezó a definir la política norteamericana cuando se encontraba a la mitad de su mandato. La reelección de Biden coincidió con la “revuelta fiscal” de 1978, un movimiento suburbano de derecha en contra de los impuestos, que comenzó en California y se propagó hacia el este. Biden se adecuó rápidamente a esta nueva realidad, presentándose como un candidato que estaba decididamente en contra de cualquier tipo de impuesto y del despilfarro del gasto público.

En 1977, argumentando a favor de una ley que forzaba prácticamente a que todos los programas federales sean reautorizados cada cuatro años, dándose de baja automáticamente en el caso contrario, Biden afirmó: “Recorre el país un espíritu creciente a favor de reducir el Estado, de convertirlo en un Estado menos costoso y más eficiente, a favor de reducir la intromisión del gobierno en la vida privada de las personas. Tal como yo lo veo, nuestra responsabilidad es acompañar este sentimiento con acciones concretas”.

Otra cuestión que aceleró su transformación política fue la furia que asaltó a Biden hacia la mitad de su primer mandato contra las políticas de transporte escolar que intentaban combatir la segregación racial en las escuelas. De cara a las multitudes blancas de Delaware que exigían el fin de estas políticas, Biden renació abruptamente como un fanático antitransporte, hecho que no pasó desapercibido para el periodismo local. En el proceso, debilitó el movimiento por la abolición de la segregación racial y, en términos generales, el movimiento por la igualdad: uno de sus proyectos de ley logró quebrar, por primera vez, a la mayoría del Senado que estaba a favor de estas políticas. La enmienda que finalmente se aprobó fue tan amplia que terminó frustrando por muchos años las políticas de integración escolar, incluso en casos en los no se trataba específicamente del transporte.

Todo esto funcionó bien: a pesar de desplazarse hacia la derecha, Biden mantuvo un apoyo inquebrantable tanto entre la población liberal blanca como entre la afroamericana y, al mismo tiempo, ganó más apoyo entre los grupos conservadores. Se definió así un patrón que se repitió a lo largo de su carrera, demostrando que siempre y cuando sus opositores se posicionaran suficientemente a la derecha y los sectores liberales no tuviesen donde ir, él podría dar un bandazo sin ningún problema para apropiarse de las ideas de sus oponentes. Resultó ser capaz, también, de recaudar fondos del sector privado sin encontrar casi ninguna resistencia.

La elección de Ronald Reagan consolidó todo lo aprendido durante este período de formación. A pesar de que Biden “hizo su tarea” durante la campaña y advirtió a la población acerca del futuro sombrío que deparaba la presidencia de Reagan, prudentemente saludó su victoria argumentando que era “más consistente con el impulso fiscal de lo que un tipo como yo […] lo ha sido durante los últimos años”.

Luego pasó una parte significativa de los años ochenta reprendiendo a las distintas alas del Partido Demócrata para que cambiaran y se posicionaran más cerca del presidente republicano de extrema derecha. Dijo que era momento de dejar atrás la reticencia al uso de la fuerza militar en el extranjero. Ya era hora de que el partido dejara de consentir a “intereses especiales” –un término cifrado, usado en la época para referirse a las minorías y a la gente pobre– y comenzara a atender a los intereses de la “clase media”, es decir, a grupos de votantes de las áreas suburbanas, blancos y conservadores, que el Partido Republicano había convertido en su base social y cuyas creencias se alineaban de forma curiosa con las de la gente más rica y poderosa del país.

Oportunamente, Biden se pasó esa década y la siguiente corriendo detrás de objetivos republicanos, como dirigir la batuta en la creación del sistema norteamericano de encarcelamiento masivo o reducir el tamaño del Estado y revertir el New Deal.

“Clinton lo entendió”, dijo Biden en 2001, refiriéndose al enfoque de la tercera vía. “Es ahí donde está el pueblo norteamericano. Es ahí donde el Partido Demócrata debería haber estado. […] En la actualidad gana credibilidad la idea de que la lucha de clases y el populismo deberían ser los ejes de la próxima elección. Si hacemos esto, George Bush tendrá asegurado su segundo mandato, independientemente de lo mala que sea su gestión.

Un demócrata con currículo republicano

En medio de la crisis actual, con la evidente necesidad de apuntalar el entusiasmo progresista por su candidatura, Biden insiste en que ha visto la luz, en que de repente se comprometerá con las políticas de izquierda a cuyo ataque y desautorización dedicó su vida entera. No obstante, aun si quisiésemos creer que esto es verdad, hay muchos factores que lo tornan un cometido complejo.

El primero es la falta de honestidad de Biden. Una de las características menos admirables del antiguo vicepresidente es su propensión a mentir descaradamente acerca de quién es y de cuáles son sus intenciones. Quizás el episodio más famoso en este sentido fue el colapso de su primera candidatura a la presidencia en 1987, cuando salió a la luz que no solo había plagiado muchos de sus discursos –incluyendo detalles de las vidas de otras personalidades políticas–, sino que también había mentido sobre su pasado como activista en contra de la guerra y a favor de los derechos civiles. También se supo que había exagerado sus logros académicos. Cualquier persona que se sienta animada por las directrices políticas que Biden adoptó recientemente debería recordar su declaración de 1995, cuando dijo que había pospuesto su retiro para bloquear la agenda de derecha de Newt Gingrich; luego de ganar la reelección, al año siguiente, Biden se convirtió rápidamente en un defensor a plena voz de la “reforma” del Estado de bienestar y de una enmienda a favor de un presupuesto equilibrado, dos de los puntos principales de la agenda de su oponente.

También debe tenerse en cuenta su tendencia a quedar entrampado en los mayores temores de la derecha. Sin importar si se trata del recorte presupuestario, de las drogas, del crimen o del terrorismo, la histeria cocinada por el republicanismo, en general, lo ha llevado a redoblar su apuesta. Fue Biden quien aprobó un congelamiento del presupuesto aun mayor del que aprobó Reagan. Y fue también Biden quien presionó a este último y a George H. W. Bush para adoptar medidas extremas contra el crimen, quien se quejó de que la Ley Patriótica no haya sido más amplia, quien se convirtió en el demócrata que más apasionadamente apoyó la guerra de Irak para posicionarse como candidato al Senado en 2002.

Tal como nos lo recuerda el caso de Irak, Biden tiene un historial pobre cuando se trata de posicionarse en cuestiones de política exterior. Fue uno de los principales defensores de la expansión de la OTAN durante los años noventa fomentando la traición y el nacionalismo rusos, lo que contribuyó a enturbiar las relaciones entre los dos países y alentó el ascenso de Vladimir Putin. Inventó el enfoque basado en los drones y en las fuerzas especiales que terminó por convertirse en la destructiva política exterior de Barack Obama. Sostiene su compromiso inquebrantable con Israel, lo cual lo llevó a decir una vez que “los árabes harán las paces con Israel solo cuando se den cuenta de que no pueden abrir una brecha entre EEUU e Israel”. Y tanto bajo las administraciones de Clinton como de Obama, Biden fue el responsable de las políticas que financiaron a las abusivas fuerzas de seguridad e impulsaron la adopción de programas económicos neoliberales en América Latina, un enfoque que promete retomar.

La búsqueda del Partido Republicano de vías por las que acechar a Biden con los mismos métodos utilizados durante cuatro años por el Partido Demócrata en contra de Trump no verá frustradas sus intenciones. La historia de la familia de Biden, enriquecida gracias a su carrera política, produjo dos escándalos perfectos para contribuir a tal misión. El hermano de Biden, James, ha sido recientemente demandado por fraude, acusado de usar el nombre de Biden para prometer inversiones inexistentes a una empresa a la que estaba conduciendo a la quiebra con el fin de apropiársela. Más conocido es el caso de la empresa ucraniana de gas natural Burisma, que contrató al hijo de Biden, Hunter, garantizándole un lugar en su directorio y un generoso salario mientras hacía lobby en los Estados Unidos. Como vicepresidente, Biden presionó al presidente ucraniano para que despida al fiscal que en ese momento investigaba a la empresa por corrupción, y que luego fue reemplazado por uno mucho más corrupto que dio por terminadas las investigaciones.

Luego está el hecho del abiertamente corrupto sistema político de los Estados Unidos, en el que Biden ha estado nadando durante décadas. Como senador, luchó con firmeza para mantener el estatus que hacía de su Estado de origen un paraíso fiscal para las empresas. Tampoco le son extraños los elementos más crudos del pagar por jugar, sea que se trate de hacer todavía más dura la bancarrota de la clase media (a instancias de la empresa de tarjetas de crédito que fue su principal donante durante la campaña y que contrató a su hijo) o sea que se trate de oponerse al sistema sanitario de pagador único mientras recibe enormes sumas de dinero de las empresas de salud. La promesa de campaña sobre aprobar una ley que garantice una alternativa de atención sanitaria pública es difícil de conciliar con el hecho de que Biden ha sido, a todas luces, el candidato más favorecido por las donaciones de las farmacéuticas, las aseguradoras y otros sectores de la industria de la salud, los mismos que se movilizaron para dar por tierra con la alternativa pública cuando él era vicepresidente.

Y finalmente está su alarmante pero genuina creencia acerca de un posible acuerdo con el Partido Republicano. Biden comenzó su carrera defendiendo a Nixon contra Watergate, advirtiendo que el colapso del gran partido sería negativo para el país. Décadas más tarde, como vicepresidente de Obama, era la figura ideal cada vez que el líder republicano Mitch McConnell necesitaba un felpudo demócrata para pisar, consciente de que Biden aceptaría cualquier trato desigual que implicara enormes gastos y reducción de la presión fiscal sin ningún aumento de impuestos. Tan débil era Biden, que el líder demócrata Harry Reid tuvo que pedirle a Obama que le prohibiera negociar con McConnell, quien cerraba de forma secreta unos tratos increíbles con el vicepresidente que llegaban a indignar al resto del partido.

¿Un tigre de papel en la Casa Blanca?

Todo esto debería, en teoría, hacer de Biden la peor opción posible en el Partido Demócrata para el cargo de presidente, especialmente desde el punto de vista de la izquierda. Y, sin embargo, tal vez hay motivos para ser optimistas en el hecho de que el aparato del partido se haya visto forzado a optar por Biden entre todas las candidaturas centristas posibles.

Mientras que Obama y Hillary Clinton eran figuras populares al interior de su propio partido, con una base de apoyo intransigente, Biden asumirá el nombramiento y –probablemente– la presidencia sin ninguna base electoral orgánica y con poco entusiasmo o lealtad por parte de sus votantes. Lo hará en un momento de crisis y de agitación popular sin precedentes. Pero puede que se trate de una figura especialmente maleable, no solo cuando se trata de las condiciones en las que recibe la presidencia, sino también cuando se trata de los movimientos de masas y los levantamientos obreros, que no van a terminarse con la derrota de Trump.

También es probable que se trate de una figura con poca capacidad para llevar adelante la agenda de derecha que demócratas como Obama desarrollaron con éxito siguiendo el mandato de las corporaciones. Figuras como Buttigieg, Harris y, particularmente, Clinton, parecen mejor dotadas para cumplir dichos objetivos. Incapaz de reconciliar su amor por Obama con sus acciones reales, gran parte de las personas que lo votaron optó simplemente por ignorarlas –como en el caso de las deportaciones masivas y los recortes de la asistencia social– o terminó, en cambio, apoyándolas (como en el caso de la expansión de la “guerra contra el terror” de George W. Bush).

Pasados sus años mozos, Biden no tiene ni el carisma, ni el entusiasmo de las bases, ni los rasgos de identidad necesarios para vender un programa de estas características a una masa de votantes liberales reacia y escéptica, que solo lo apoyará para sacarse de encima a Trump. Basta mirar los debates presidenciales del año pasado, en los que Biden sirvió simplemente como blanco para que otras figuras del partido pudieran atacar las políticas de Obama sin atacar directamente al anterior presidente, que sigue siendo una figura popular.

Joe Biden es un hombre especialmente mal preparado para el momento histórico que le toca. Esto podría convertirlo en un presidente desastroso e ineficaz. Pero, para la izquierda, podría convertirlo también en la mejor alternativa dentro del abanico de “peores escenarios” que se presenta.

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Published in homeCentro3, La Guillotina, Número 1 and Números

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